Latest Entries »

SANTO DOMINGUITO DEL VAL

(†  1250)

Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.

 Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. "Fue nuestro antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia—. El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres".

 Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.

 Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. El fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.

 Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.

 La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.

 Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.

 Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val. "Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val— que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber."

 Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado "que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos". Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: "Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia".

 Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.

 Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

 Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.

 Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

 —Querido niño —le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo.

 —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no.

 —Acabemos pronto —dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.

 Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.

 Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

 "Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche."

 Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

 Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.

 Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.

 Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

 Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.

 Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.

 La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la leyenda no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: "Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos". El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.

 "Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado."

 Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.

 Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: "Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo

LA SANTA MISA

 

La Santa Misa

A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste.

Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón.

Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas.

Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.

La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones.

Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas.

Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti.

Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio

Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales.

Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte.

Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa.

Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio.

Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el cielo.

Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Angel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte.

Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue.

Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día.

La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria. – San Bernardo de Sena.

El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho. – San Agustín.

Por cada Misa celebrada u oídas con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. – San Gregorio el Grande, Papa.

Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa. –San Gregorio el Grande

Puedes ganar también Indulgencia Plenaria todos los lunes del año ofreciendo la santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención.

Se suplica que apliquen todas las indulgencias en sufragio de las Almas del Purgatorio, pues Dios nuestro Señor, y ellas le recompensaran esta caridad.

La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

SAGRADA COMUNION

 

 
 
El misterio y el culto de la Sagrada Eucaristía,
por el Papa Juan Pablo II.
Carta del Papa (Dominicae cenae) a todos los obispos y sacerdotes,
24 de febrero, 1980.

La carta incluye:

"¡Con qué elocuencia, en nuestra ordenación en latín, el rito de los sacerdotes de ungir las manos expresa la necesidad de una gracia especial y un poder del Espíritu Santo para las manos de los sacerdotes! Tocar la Sagrada Eucaristía y distribuirla con las propias manos es un privilegio de las personas ordenadas.”

Regalo inestimable (Inaestimabile donum)
en algunas normas relativas al culto del Misterio Eucarístico,
por el Papa Juan Pablo II.
Sagrada Congregación para los Sacramentos y la Alabanza Divina
(Jueves Santo) 3 de abril, 1980.

Incluye:

"La Sagrada Eucaristía es el regalo del Señor. Debería ser distribuida a los laicos mediante la mediación de sacerdotes católicos ordenados especialmente para esta tarea. A los laicos no les está permitido tomar la Sagrada Eucaristía ni el Cáliz Consagrado, ellos mismos."

(JESÚS A…) SANTA BRÍGIDA DE SUECIA, + 1373
"Mira, hija mía, les obsequio cinco cosas a mis sacerdotes (…), y en quinto lugar el privilegio de tocar con sus manos mi Carne Sagrada."

 

 

¿Comunión en la boca o en la mano?
Padre Jordi Rivero. 28, junio, 2008




El Papa Benedicto XVI ha decidido distribuir personalmente la comunión a los fieles solo en la boca y puestos de rodillas (Ver video). Cuando le preguntaron al arzobispo Marini, Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificias, si el Papa continuará esa práctica, respondió: "Creo que será así. No hay que olvidar que la distribución de la comunión en la mano es todavía desde el punto de vista jurídico una dispensa a la ley universal, concedida por la Santa Sede a aquellas conferencias episcopales que lo pidieron", 26 junio, 2008, L’Osservatore Romano, edición italiana".

Según el Maestro de las Celebración Litúrgicas Pontificias, la modalidad adoptada por Benedicto XVI tiende a subrayar la vigencia de la norma, "válida en toda la Iglesia".

Con la distribución de la comunión en la boca, agregó, se intenta resaltar "la presencia real en la Eucaristía, se ayuda la devoción de los fieles y se introduce con más facilidad el sentido de misterio, aspectos que en este tiempo es urgente recuperar". Ver texto>>

En resumen, se nos ha recordado que:
1: La comunión directamente en la boca es la ley universal y por lo tanto la norma vigente, válida en toda la Iglesia.
2: La comunión en la mano es una dispensa de dicha ley.
3: El Papa Benedicto claramente favorece la comunión directamente en la boca y su maestro de ceremonias da razones consideradas como urgentes.

Debemos respetar las opciones que la Iglesia permite. Sería contradictorio causar divisiones y faltar a la caridad en torno a la Eucaristía. Al mismo tiempo me parece que es sabio valorar la preferencia del Papa y atender a sus consideraciones.

 

 

 

Luego, proseguimos con esta investigacion:

San Sixto I, Papa (115-125) prohíbe a los laicos tocar los vasos sagrados (Mansi 1, 653). Con mayor razón hubo de prohibir la Comunión en la mano.

En la época de San Justino (100-166) sólo los ddiáconos dan la Comunión a los fieles (Apología 1, 65,5). Este uso es confirmado por la Didajé (15,1) y por S. Ignacio de Antioquia (+107).

El Papa San Eustaquio (275-283) en su "Exhortación a los sacerdotes" decreta que "nadie tenga la presunción de hacer llevar la Comunión por un laico o una mujer a un enfermo" (Patrol. La. 5, 165).

San Basilio (329-379) en carta del a�o 372, no permite la Comunión en la mano salvo en alguna situación extraordinaría como en caso de persecución (Ep. 93, Patrol. Griega, 332, 483,6).

San Jerónimo (347-420), secretario del Papa San Dámaso, aplica la Doctrina Bíblica (Ex 19,5; ISam 21,5) para descalificar la Comunión en la mano: "Si quienes habían estado con sus esposas no podían comer los panes de la Proposición… ¿Cuánto menos podrá ser violado y tocado por ellos aquel Pan que bajó del Cielo?" (C. de Panm., 49,15).

En el Sínido de Roma del a�o 404, celebrado bajo el Papa Inocencio I (401-417) se impone el rito de la Comunión en la lengua (Mansi X, 49,15).

El Papa San León I "El Grande" (440-461) recuerda en su "Sermon V" que el Santísimo Sacramento es recibido en la lengua (Patrología Latina, 54, 1385).

El Papa San Agapito (535-536) curó milagrosamente a un sordomudo, cuya lengua se solto al darle de comulgar en la boca (S. Greg. dial. III, 3).

El Papa San Gregorio "El Grande" (590-604) daba la Comunión en la lengua (Patr. Latina, 75, 103).

En el Sínodo de Rouen (649-653), siguiendo la línea observada en Roma, se prohíbe Comulgar en la mano, y se amenaza a los sacerdotes que no cumplan estas disposiciones (Mansi X, 1199-1200).

En el VI Concilio Ecuménico de Constantinopla (680-681) se prohíbe a los fieles que comulguen por sí mismos, y se amenaza con la Excomunión a los que tengan la osadía de hacerlo (Mansi XI, 969).

Sto. Tomás de Aquino, el "Doctor Angélico" nos dice: "Por reverencia a este Sacramento, ninguna cosa entra en contacto con Ella (La Eucaristía) a no ser que esté consagrada; por lo cual se consagran no solo el corporal sino también el Cáliz y, asimismo, las manos del Sacerdote, para tocar este Sacramento. De donde se deduce que a ningún otro le es lícito tacarlo" (Sum. T., III Q, 82, a, 3).

Por eso dice S. Francisco de Asís: "Sólo ellos (los Sacerdotes) deben administrarlo, y no otros". (Carta 2ª a todos los fieles, 35).

Estas prohibiciones son mantenidas por el Concilio de Trento (1545-1563) de crácter dogmático.

Ya S. Agustín había advertido: "Sería una locura insolente el discutir qué se ha de hacer cuando toda la Iglesia universal tiene una práctica establecida…". (Carta 54, 6; a Jenaro).

El "Doctor Supremo", el Papa Pio XII, 15 siglos má tarde, mantenía la misma postura: "Hay que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costumbres litúrgicas, o hacen renacer ritos ya deshusados, y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes". (Mediator Dei, 17).

E incluso el C. Vaticano II no hblao nada dle tema

Juan Pablo II: DOMINICAE CENAE

En algunos Países se ha introducido el uso de la comunión en la mano. Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha obtenido la aprobación de la Sede Apostólica. Sin embargo, llegan voces sobre casos de faltas deplorables de respeto a las Especies eucarísticas, faltas que gravan no sólo sobre las personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia, que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la Eucaristía. Sucede también que, a veces, no se tiene en cuenta la libre opción y voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la comunión en la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca. Es difícil pues en el contexto de esta Carta, no aludir a los dolorosos fenómenos antes mencionados. Escribiendo esto no quiero de ninguna manera referirme a las personas que, recibiendo al Señor Jesús en la mano, lo hacen con espíritu de profunda reverencia y devoción, en los Países donde esta praxis ha sido autorizada.

Conviene sin embargo no olvidar el deber primordial de los sacerdotes, que han sido consagrados en su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por eso sus manos, como su palabra y su voluntad, se han hecho instrumento directo de Cristo. Por eso, es decir, como ministros de la sagrada Eucaristía, éstos tienen sobre las sagradas Especies una responsabilidad primaria, porque es total: ofrecen el pan y el vino, los consagran, y luego distribuyen las sagradas Especies a los participantes en la Asamblea. Los diáconos pueden solamente llevar al altar las ofrendas de los fieles y, una vez consagradas por el sacerdote, distribuirlas. Por eso cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo.

El tocar las sagradas Especies, su distribución con las propias manos es un privilegio de los ordenados, que indica una participación activa en el ministerio de la Eucaristía. Es obvio que la Iglesia puede conceder esa facultad a personas que no son ni sacerdotes ni diáconos, como son tanto los acólitos, en preparación para sus futuras ordenaciones, como otros laicos, que la han recibido por una justa necesidad, pero siempre después de una adecuada preparación.

 

 

Por favor queridos hermanos, es muy importante sus colaboraciones a mi correo, preguntas, Observaciones, etc… este tema y todos son apasionantes y garantes de mantener la Sana Doctrina en cuanto la aprendamos debidamente, ante una crisis como la que vive la Iglesia de abusos Liturgicos, desinformacion, etc… debemos hacer frente hablando con la VERDAD… BENDICIONES.

 

_________________
 

 
Instrucción REDEMPTIONIS SACRAMENTUM de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos

-[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos».[177] Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohiba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

-[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca,[178] si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.[179]

-[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano».[181] En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

 
 
NOTIFICACION ACERCA DE LA COMUNION EN LA MANO
CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO

Prot. n. 720/85 La Santa Sede, a partir de 1969, aunque manteniendo en vigor para toda la Iglesia la manera tradicional de distribuir la Comunion, acuerda a las Conferencias Episcopales que lo pidan y con determinadas condiciones, la facultad de distribuir la Comunion dejando la Hostia en la mano de los fieles.

Esta facultad esta regulada por las Instrucciones Mernoriale Domini e immensae caritatis (29 de mayo de 1968: AAS 61, 1969, 541-546; 29 de enero de 1973: AAS 65, 1973, 264-271), asi como por el Ritual De sacra Communione publicado el 21 de junio de 1973, n. 21. De todos modos parece util llamar la atencion sobre los siguientes puntos:

1. La Comunion en la mano debe manifestar, tanto como la Comunion recibida en la boca, el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristia.

Por esto se insistira, tal como lo hacian los Padres de la Iglesia, acerca de la nobleza que debe tener en si el gesto del comulgante. Asi ocurria con los recién bautizados del siglo IV, que recibian la consigna de tender las dos manos haciendo "de la mano izquierda un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey" (6ª catequesis mistagogica de Jerusalén, n. 21: PG 33, col. 1125, o también Sources chréet., 126, p. 171; S. Juan Crisostomo, Homilia 47: PG 63, col. 898, etc.).

2. De acuerdo igualmente con las ensenanzas de los Padres, se insistira en el Amén que pronuncia el fiel, como respuesta a la formula del ministro: "El Cuerpo de Cristo"; este Amén debe ser la afirmacion de la fe: "Cum ergo petieris, dicit tibi sacerdos ‘Corpus Christi’ et tu dicis ‘Amen’, hoc est ‘verum’; quod confitetur lingua, teneat affectus" (S. Ambrosio, De Sacramentis, 4, 25: SC 25 bis, p. 116).

3. El fiel que ha recibido la Eucaristia en su mano, la llevara a la boca, antes de regresar a su lugar, retirandose lo suficiente para dejar pasar a quien le sigue, permaneciendo siempre de cara al altar.

4. Es tradicion y norma de la Iglesia que el fiel cristiano recibe la Eucaristia, que es comunion en el Cuerpo de Cristo y en la Iglesia; por esta razon no se ha de tomar el pan consagrado directamente de la patena o de un cesto, como se haria con el pan ordinario o con pan simplemente bendito, sino que se extienden las manos para recibirlo del ministro de la comunion.

5. Se recomendara a todos, y en particular a los ninos, la limpieza de las manos, como signo de respeto hacia la Eucaristia.

6. Conviene ofrecer a los fieles una catequesis del rito, insistiendo sobre los sentimientos de adoracion y la actividad de respeto que merece el sacramento (cf. Dominicae cenae, n. 11). Se recomendara vigilar para que posibles fragmentos del pan consagrado no se pierdan (cf. 5. Congre. para la Doctrina de la Fe, 2 de mayo de 1972: Prot. n. 89/71, en Notitiae 1972, p. 227).

7. No se obligara jamas a los fieles a adoptar la practica de la comunion en la mano, dejando a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunion o en la mano o en la boca.

Estas normas, asi como las que se dan en los documentos de la Sede Apostolica citados mas arriba, tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristia, independientemente de la forma de recibir la comunion.

Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesaria libertad para recibir la comunion o en la mano o en la boca.

Estas normas, asi como las que se dan en los documentos de la Sede Apostolica citados mas arriba, tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristia, independientemente de la forma de recibir la comunion.

Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesarias para una recepcion fructuosa de la Comunion -que, en algunos casos exige el recurso al sacramento de la Penitencia-, sino también sobre la actitud exterior de respeto, que, bien considerado, ha de expresar la fe del cristiano en la Eucaristia.

 

Dado en la Congregacion para el Culto Divino, el 3 de abril de 1985.

(† Agustin Mayer, o.s.b.) Arzob. tit. de Satriano Pro-Prefecto († Virgilio Noè) Arzob. tit. de Voncaria Secretario

 

Ante todo esto quede la recomendacion del Hermano Marcvs:

 

Finalmente, recalcar lo antes dicho por la Instrucción Redemtionis Sacramentum, la cual verifica lo anterior: (RECOMIENDO ENCARECIDAMENTE LEER ESTA INSTRUCCIÓN, JUNTO A OTRAS COSAS EMANADAS RECIENTEMENTE DESDE LA SEDE PETRINA)

[90.] «Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas».[176]
Asi se evidencia que la Iglesia decide, desde siempre, que la Comunion sea lo más solemne posible, pues es el Culmen de la Acción Litúrgica.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca,[178] si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.[179]

Como vemos, este anterior parrafo evidencia, que si bien esta permitido por el documento que citó Maria Eugenia de Sagone anteriormente, la iglesia Prefiere, Ante peligro de Profanación, que la comunion sea en la boca. Luego, como SIEMPRE hay peligro de profanación, no debe administrarse en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.[180]
Oh Bendita Patena de Comunión, que evitas que el Señor sea botado al piso y ser pisoteado por los pies de los hombres Pecadores… Gracias a Dios que existe esta patena… Ahora bien HAY QUE OCUPARLA!

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano».[181] En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.
Lo anterior, como un pequeño recuerdo, de que los fieles NO DEBEN TOMAR LA HOSTIA CONSAGRADA, si el Caliz sagrado. Hay que evitar a toda costa las profanaciones, y asi, cuidar y dar el culto necesario al Santisimo Sacramento.

Finalmente, dejar en claro que no pretendo amonestar ni amenazar bajo pena esto, sino que se pretende dejar en claro de que, aunque la intención sea buena, los resultados pueden llegar a ser, por lo menos, desastroso.

In Christo +
+MARCVM

 

 

 

 

 
 
Debemos atender tambien lo que nos dice la Sagrada Tradicion al respecto:
 

 
Ante el debate que se ha suscitado en torno a si se debe de comulgar en mano, para ilustrar van las siguientes declaraciones de algunos Papas, Santos y Concilios.

San Sixto I ( a.115) "Las Sagradas Especies no son para ser manipuladas por otros que no estén consagrados al Señor".

Papa San Eutychian (275-283) "Prohiban a los creyentes tomar la Sagrada Hostia en la mano".

San Basilio el Grande, Doctor de la Iglesia (330-379) "El derecho de recibir la Santa Comunión en la mano es permitida solamente en tiempos de persecución". San Basilio el Grande consideraba la Comunión en la mano tan irregular que no vaciló en considerarlo una grave falta.

El Concilio de Zaragoza: (a.380) "Excomúlguese a cualquiera que ose recibir la Sagrada Comunión en la mano." El Sínodo de Toledo: Confirma esta sentencia.

El Papa San León el Grande (440-461): "Enérgicamente defendemos y requerimos a los creyentes obediencia en cuanto a la practica de administrar la Sagrada Comunión en la lengua del creyente."

Sínodo de Rouén: (a.650) "Condenamos la comunión en la mano para poner un limite a los abusos que ocurren a causa de esta práctica, y como salvaguarda contra sacrilegios."

El sexto Concilio Ecuménico en Constantinopla: (680-681) "Prohíbase a los creyentes tomar la Sagrada Hostia en sus manos, excomulgando a los transgresores".

Santo Tomas de Aquino:(1225-1274) "Para reverenciar este Santo Sacramento (La sagrada Eucaristía), nada lo toque, salvo lo que está consagrado; así como la Hostia y el Cáliz están consagrados, así lo están las manos consagradas de los sacerdotes, para tocar este Sacramento". Summa Theológica, Parte III; Q.82, art3, Rep Obj .

Concilio de Trento: (1545-1565): "El hecho de que sólo el sacerdote da la sagrada Comunión con sus manos consagradas es una Tradición Apostólica".

Papa Pablo VI (1963-1978): "Este método (en la lengua) debe ser continuado".(Memoriale Domini).

Papa Juan Pablo II: "Tocar las Sagradas Especies y distribuirlas con sus propias manos es un privilegio de los ordenados"(Dominicae Cenae,11).

"No está permitido que los creyentes puedan tomar por si mismos el Pan Consagrado y el Sagrado Cáliz, ni mucho menos que se los dé a otro".(Inaestimabile Donum, 17 de abril de 1980,sec9)

 
El Sacro Concilio de Trento declaró que es una Tradición Apostólica la costumbre de que sólo el sacerdote que está celebrando la misa puede darse la Comunión a sí mismo (o sea, con sus propias manos), y los laicos recibiéndola de él.

Un estudio más riguroso de la evidencia disponible de la Historia de la Iglesia y de los escritos de los Padres, no soporta la aserción de que la Comunión en la mano fuera una práctica universal la cual fuera suplantada y reemplazada por la Comunión en la lengua. Por el contrario, los hechos apuntan a una conclusión muy diferente.

El Papa San León el Grande, (440-461) ya en el siglo quinto, fue un testigo de su práctica tradicional. En sus comentarios del sexto capítulo de la Palabra de Dios según San Juan, habla de la comunión en la boca como una práctica común:"uno recibe en la boca lo que cree por Fe" El papa no habla como si estuviera introduciendo una novedad, sino como si esto fuera un hecho ya establecido.

Un siglo y medio después, pero todavía TRES SIGLOS antes de lo que se establece como "introducción de esta práctica", San Gregorio el Grande (590-604), es otro testigo. En sus Diálogos (Roman 3,c.3), relata como el Papa San Agapito recibió un milagro durante la Misa, luego de colocar el Cuerpo de Cristo en la boca de un creyente. Esto fue también comentado por el Diácono Juan sobre la forma en la que el Papa daba la Santa Comunión.

Estos testigos son de los siglos quinto y sexto de la Era Cristiana. Cómo alguien puede decir que la Comunión en la mano fue utilizada "hasta el siglo décimo?" ¿Cómo alguien puede decir que la Comunión en la boca fue un invento medieval?

No estamos diciendo que nunca los creyentes la recibieran en la mano. Pero… bajo cuáles condiciones esto alguna vez sucedió? Parece que durante los tiempos de persecución, cuando los sacerdotes no estaban tan al alcance, y cuando los creyentes debían llevar el Sacramento a sus casas, se daban la comunión a sí mismos, en la mano. En otras palabras; antes de ser privados totalmente del Pan de Vida, ellos podían recibirla de sus propias manos. Lo mismo podáa decirse de los monjes que debían partir al desierto, en donde obviamente no gozaban de los servicios de un sacerdote, y no querían suspender la práctica de la comunión diaria.

Para resumir, la práctica de la Comunión en la mano sólo se estableció cuando había peligro de ser privados de ella; pero cuando el Sacerdote está disponible, no está permitida en la mano.

Así, San Basilio (330-379) dice claramente que recibir la Comunión en la mano SOLO ESTÁ PERMITIDO EN TIEMPOS DE PERSECUCIÓN, o en el caso de los monjes del desierto, CUANDO NO HAY SACERDOTE DISPONIBLE PARA DARLA.

"No es necesario mostrar que no constituye una grave falta para una persona que comulga por sí misma en sus manos en un tiempo de persecución o cuando no hay sacerdote disponible o diácono".(Carta 93)

El texto implica que recibir la Sagrada Comunión en la mano bajo otras circunstancias es una falta grave.

En su artículo de Comunión en el diccionario de Arqueología, Leclerq declara que la paz de Constantino trajo el fin de la práctica de la Comunión en la mano. Esto reafirma el razonamiento de San Basilio en el sentido de que fue la persecución la que creó el dilema de no recibirla, o el mal menor de recibirla en la mano.

El Concilio de Constantinopla prohibió a los creyentes darse la Comunión a sí mismos . Se decretó la excomunión por una semana para aquellos que lo hicieran en la presencia de un Obispo, de un sacerdote o de un diácono.

Hay quienes se preguntan si no es una forma de clericalismo permitir a los sacerdotes tocar la Hostia consagrada y no permitir a los laicos hacer lo mismo. Pero los sacerdotes no están tampoco autorizados a tocarla a no ser un caso de necesidad. En realidad, otro que no sea el celebrante, aunque sea sacerdote también, no puede hacerlo. Si uno de ellos es asistente (ayudante) a la Misa tradicional del Rito Romano, si quiere comulgar, debe recibirla en la boca y de manos del celebrante, como cualquier parroquiano. Lo mismo se aplica a un Obispo, y aún al Papa.

Pongamos un ejemplo: cuando el Papa San pío X, por ejemplo, se hallaba en su lecho de muerte, y se le facilitó la Hostia como "viáticum", el no recibió, ni le fue permitido, recibir la Sagrada Forma en la mano: lo hizo en su lengua, de acuerdo a la ley y práctica prescrita por la Iglesia Católica. Esto confirma el punto básico: no se puede tocar innecesariamente la Hostia. Obviamente, alguien tiene que distribuirla; pero no ser tocada y manipulada por todos, con el consiguiente riesgo de caerse al piso, o perder fragmentos, o ser "raptada" para misas negras.

Testimonio de la Madre Teresa de Calcuta

El Padre George William Rutler, en una homilía del año 1989, dijo:"Les contaré un secreto, dado que los aquí presentes son amigos muy cercanos y además tenemos entre nos a las Hermanas Misioneras de la Caridad, las cuales el Espíritu Santo envió al mundo para que los secretos de los corazones fueran revelados. No hace mucho, celebré la Misa y prediqué para Su Superiora, Madre Teresa de Calcuta, y luego de un desayuno pasamos un largo rato charlando. De repente, me encontré a mí mismo (no sé por qué) preguntándole:

Madre, cual es a su criterio, el peor problema del mundo?

Ella más que nadie, podría haber contestado: el hambre, las plagas, la mortandad, el derrumbamiento de la familia, la rebeldía hacia Dios, la corrupción de los medios de comunicación, la deuda externa, la carrera armamentista, y cosas por el estilo; pero sin dudar un segundo, me contestó inmediatamente: "VAYA DONDE VAYA, EN EL MUNDO ENTERO, LO QUE MAS TRISTE ME PONE ES VER A LA GENTE RECIBIENDO LA COMUNION EN LA MANO".

Conclusión

Santo Tomas de Aquino nos recuerda que la reverencia demanda que solo aquél que la ha consagrado puede tocar el Sagrado Sacramento. Por el Bautismo, los cristianos se consagran a recibir al Señor en sagrada Comunión, pero no a distribuirlo a otros, o tocarla innecesariamente. Para terminar, los únicos que comulgaban de pie y con las manos extendidas, fueron los arrianos, los cuales obstinadamente NEGARON la Divinidad de Cristo y los cuales no podían ver en la Eucaristía mas que un simple símbolo de unión, el cual tomaban y manipulaban a su antojo. Con esta práctica, miles de católicos contemporáneos, incluyendo prelados y sacerdotes, se convierten en ARRIANOS, una gran HEREJIA que duró desde el cuarto al séptimo siglo.

 
Algunos queridos hermanos, me han escrito para ahondar en el tema de la "Comunion en la mano" y su licitud dentro de la Liturgica Latina, de nuestr querido hermano SECRETMAN, (participante de los foros de Catholic.net) tenemos esta contestacion en dicho foros:
 

 
 “Benedicto XVI quiere subrayar que las normas de distribución de la comunión en la Iglesia Católica están aún en vigor. No se debe olvidar en efecto, que la distribución de la santa comunión en la mano está vinculada a un indulto, una excepción, podría decirse, concedida por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo demanden. […]

Recibir la hostia en la boca pone de manifiesto la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ello ayuda a la devoción de los fieles y los introduce más fácilmente en el sentido del misterio. Uno de los muchos aspectos que es importante destacar y que es urgente redescubrir […]

No se trata de una batalla entre antiguos y modernos, y mucho menos entre preconciliares y conciliares. Este género de problemática ideológica hoy día es desfasado. Lo antiguo y lo nuevo pertenecen al mismo tesoro litúrgico de la Iglesia. La celebración litúrgica debe ser la celebración del misterio sagrado, del Señor crucificado y resucitado. Encontramos en el patrimonio de la liturgia, una continuidad para servir al sentido de lo sagrado”.

 
 
La práctica de la comunión en la mano es sólo la tolerancia de la Iglesia a un Abuso.

Monseñor Guido Marini, Mestro de ceremonias de las Celebraciones Liturgicas del Papa, Le Figaro, 9 de Agosto de 2008:

Cita:
“Benedicto XVI quiere subrayar que las normas de distribución de la comunión en la Iglesia Católica están aún en vigor. No se debe olvidar en efecto, que la distribución de la santa comunión en la mano está vinculada a un indulto, una excepción, podría decirse, concedida por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo demanden. […]

Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregción para el Culto Divino, 30 Giorni, Enero de 2009:

Cita:
Como es sabido, la actual disciplina universal de la Iglesia dispone que, por norma, la Comunión sea distribuida en la boca de los fieles. Hay, luego, un indulto que permite, a petición de los episcopados, distribuir la Comunión también sobre la palma de la mano. Es bueno recordar esto.

Monseñor Albert Malcolm Ranjith, Secretario de la Sagrada Congregación para el Culto Divino. Prólogo para la edición inglesa del libro “El Cardenal Ferdinando Antonelli y el desarrollo de la reforma litúrgica desde 1948 hasta 1970” de Monseñor Nicola Giampietro. 8 de Diciembre de 2008:

Cita:
algunas prácticas que Sacrosanctum Concilium no había ni siquiera contemplado fueron permitidas en la liturgia, como la Misa versus populum, la Santa Comunión en la mano,

Monseñor Albert Malcolm Ranjith, Secretario de la Sagrada Congregación para el Culto Divino. Entrevista para Radici Cristiane # 38, Octubre de 2008:

Cita:
Sobre la cuestión de cómo nació esta praxis de la Comunión en la mano hay un gran debate. De todos modos algunas cosas son claras. A saber, esta praxis fue iniciada en el sentido de exaltación y de euforia que se crearon a raíz de la conquista de una cierta libertad, de una cierta apertura a la creatividad en las iglesias locales. Y entonces, antes de que estas cuestiones fueran estudiadas, antes de que fueran introducidos los nuevos libros litúrgicos y fueran establecidas las nuevas normas, algunos países y algunos episcopados se tomaron la libertad, usando la famosa categoría ad experimentum, de introducir en algunos países esta nueva praxis de la Comunión en la mano. Quizás era visto como un gesto favorable al ecumenismo con los protestantes, un gesto de apertura hacia ellos.

La nueva praxis una vez iniciada se consolidó. Queriendo regularizar la situación, el Santo Padre Pablo VI, de feliz memoria, hizo una encuesta a los obispos. Y muchos obispos, como está escrito en el documento pontificio Memoriale Domini, no aceptaron esta nueva praxis. Pero ésta ya estaba difundida en ciertas zonas y seguramente el Papa encontró dificultad para hacerlos volver sobre sus pasos. Para legalizar esta anomalía, permitió a algunos países continuarla. Pero no indicaba de ningún modo este ejemplo como válido para todo el mundo. Además el Papa determinó que, si bajo ciertas condiciones, las conferencias episcopales querían adoptar la nueva praxis, era necesario pedir el indulto a la Santa Sede.

Entonces las conferencias episcopales de otros países comenzaron a adoptarla, bajo la presión de diversas escuelas teológicas y litúrgicas que decían que la nueva praxis era un gesto más abierto, más moderno. Luego los viajeros que iban a los países del Tercer Mundo pedían recibir la Comunión de este modo. De todos modos, permanecía la obligación de pedir el indulto a la Santa Sede. El hecho mismo de tener que pedir el indulto indica que la praxis normal es la otra. Ahora la praxis extraordinaria se ha vuelto la praxis normal. Pero no debería ser así en todos los países.

 
 
 

Sermón de Pascua de San Agustín

SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

1 Cor 10,16-17: Sed lo que veis y recibid lo que sois
Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche, pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa, ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es un pan y un cáliz; vuestros ojos así os lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada. Dice, en efecto el profeta: Si no creéis, no comprenderéis (Is 7,9 LXX). Ahora podéis decirme: «Nos mandas que lo creamos; explícanoslo para que lo entendamos». En efecto, puede surgir en la mente de cualquiera el siguiente pensamiento: «Sabemos de dónde tomó carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. Siendo pequeño, tomó el pecho, fue alimentado, creció, llegó a la edad madura, fue perseguido por los judíos, colgado en un madero, muerto en el madero y bajado del madero; fue sepultado, resucitó al tercer día y cuando quiso subió al cielo, llevándose allí su cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos, y allí está sentado ahora a la derecha del Padre. ¿Cómo este pan es su cuerpo y cómo este cáliz, o lo que él contiene, es su sangre?».
A estas cosas, hermanos míos, las llamamos sacramentos, porque una cosa es la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende, posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois. A lo que sois respondéis con el amén, y vuestra respuesta es vuestra rúbrica. Se te dice: «El cuerpo de Cristo», y respondes: «Amén». Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén.¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos nada personal al respecto; escuchemos de nuevo al Apóstol, quien, hablando del mismo sacramento dice: Siendo muchos, somos un único pan, un único cuerpo (1 Cor 10,17). Comprendedlo y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan. ¿Quién es este único pan? Siendo muchos somos un único cuerpo. Traed a la memoria que el pan no se elabora de un único grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos, erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como aspergeados; cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol a propósito del pan.

Lo que hemos de decir respecto al cáliz, aún sin indicarlo expresamente, lo mostró con suficiencia. Para que exista esta especie visible del pan se han conglutinado muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo que dice la Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32). Lo mismo ha de decirse del vino. Recordad, hermanos, cómo se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las mismas se mezcla, formando un único vino. Así también nos simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe el misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí.

[Consilium Liturgicum] – "De la Comunión en la mano" [I]

 

 
Hoy comienza nuestro "Consilium Liturgicum", al cual invitamos a todo quien quiera participar, ya sea teólogo, o bien, un simple laico. El objetivo de esto es poner en comun algunos puntos, desde las diversas perspectivas de quienes deseen participar, para asi poder establecer directivas en conjunto, para ser aplicadas en nuestras propias parroquias. Claro está que no pretendemos ser más que la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos (SCCDDS), que preside el Eminentísimo Cardenal Cañizares Llovera. Por el contrario, este "coloquio" pretende establecer directivas prácticas para poder vencer este movimiento de desacralización litúrgica, fruto de la secularización de la Iglesia. Para ello, queremos interpretar debida y adecuadamente las instruciones provenientes de la SCCDDS, para luego transformarla en consejos prácticos para fieles y para los llamados "liturgos aficionados", que somos quienes nos gozamos en aprender sobre la Sagrada Liturgia de nuestra Santa Iglesia.
 
Y comenzamos con nuestro primer artículo de discusión:
"La Recepción de la Sagrada Comunión en la Mano".
Para iniciar esta discusión, ponemos a disposición de nuestros lectores el siguiente estudio gráfico, realizado por un Seminarista estadounidense, sobre los restos de Hostia Consagrada que quedan en la mano despues de comulgar:
 
1- El seminarista utiliza para el experimento una forma sin consagrar, y un guante negro, que permitirá ver con mayor claridad los resultados del experimento. Además, se muestra que no existen residuos anteriores en el guante.
 
 
2.- A continuación, se coloca la hostia sin consagrar sobre el guante, de la misma manera en que una persona recibiría la comunión en la mano.
 
3.- Finalmente, el experimentador toma la forma sin consagrar, la consume (claramente es solo pan), para luego observar la numerosa y contundente cantidad y tamaño de las "migajas" de pan que quedan sobre el guante. Claramente, si una persona fuese a comulgar en la mano, estos trozos caerían al suelo facilmente, siendo una forma de Sacrilegio a la Presencia Real de Cristo.
 
 
Finalmente, esperamos conocer vuestras opiniones al siguente enlace del blog hermano de nuestro hermano Marcvm…
 
SACRAM LITURGIAM (da click aqui)

In Christo +
MARCVM
and
GATO SENTADO. OP

TRIDUO PASCUAL

El Triduo Pascual: notas históricas

*

*

Traducción del artículo publicado por el Padre Matias Augé sobre la historia del Sagrado Triduo Pascual.

***

Los primeros testimonios explícitos de la celebración anual de la Pascua son de la mitad del siglo II y provienen de las Iglesias de Asia Menor que celebraban la Pascua el 14 de Nisán, día en que los judíos tenían prescrito inmolar los corderos. Estos cristianos, llamados precisamente “cuartodecimanos”, convencidos de que la muerte de Cristo había sustituido el Pesah judaico, celebraban la Pascua ayunando el 14 de Nisán y terminaban el ayuno con la celebración eucarística que tenía lugar al final de la vigilia nocturna entre el 14 y el 15 de Nisán. Las otras iglesias, guiadas por Roma, celebraban la Pascua el domingo después del 14 de Nisán.

Eusebio de Cesarea (+ 339-490) nos informa en su Historia Eclesiástica (5, 23-25) que esta diversidad de fechas provocó una seria controversia entre Roma y las Iglesias del Asia Menor, polémica que llegó a su culmen en tiempos del papa Víctor (193-203). La controversia no consistía en el dilema de si la Pascua recuerda la muerte o si en cambio recuerda la resurrección de Cristo sino en el dilema de si la Pascua debía ser celebrada en el día de la muerte o en el día de la resurrección de Cristo. Es de notar que, en el curso del siglo III, se impone la fecha dominical de la Pascua.

Las más antiguas fuentes que testimonian la celebración anual de la Pascua provienen del área del Asia Menor y son: la Epístola de los Apóstoles, texto apócrifo escrito en torno al 150; la homilía Sobre la Pascua de Melitón de Sardes, del año 165 aproximadamente; una homilía Sobre la Santa Pascua de un Anónimo cuartodecimano de fines del siglo II; más otros textos menores. En estos documentos, la celebración de la Pascua se presenta esencialmente como un ayuno riguroso, generalmente de dos o tres días, seguidos de una asamblea nocturna de oración y lecturas (aparece la lectura de Ex. 12: la inmolación del cordero pascual), concluida luego por la celebración eucarística.

En Occidente, los testimonios sobre las celebraciones pascuales son escasos en los primeros cuatro siglos; luego, en cambio, en los siglos V-VII, son más abundantes. San Ambrosio (+397) y san Agustín (+430) hablan del “triduo sacro” (o “sacratísimo”) para indicar los días en que Cristo ha sufrido, ha reposado en el sepulcro y ha resucitado. En cuanto a la celebración del Triduo sacro en Roma, cerca del año 416, una carta del papa Inocencio I al obispo Decenzio de Gubbio, aunque no habla de “triduo”, menciona una celebración especial de la pasión el viernes y de la resurrección el domingo, y también el ayuno del viernes y del sábado. Este mismo documento testimonia que el jueves antes de Pascua no hacía referencia alguna al Triduo sacro pero era el día de la reconciliación de los penitentes. Luego, en el siglo VII, la reconciliación de los penitentes es insertada en el marco de una Misa matutina celebrada en los Títulos romanos (cfr. Sacramentario Gelasiano, nn. 352-367). El mismo Gelasiano (nn. 391-394) es testigo de una segunda Misa, que inicia desde el ofertorio, celebrada en la tarde del jueves en los Títulos, cuyo tema central es la doble “entrega” (= traditio): la entrega que Judas hace de Jesús a sus enemigos, y la entrega que Jesús hace de sí mismo a los discípulos en la Eucaristía. En la Basílica lateranense, en cambio, el Papa celebra a mediodía una Misa conmemorativa de la Cena del Señor, en el curso de la cual son bendecidos el crisma y los oleos (cfr. Gelasiano, nn. 375-390; Gregoriano nn. 328-337).

El Pontifical Romano-germánico del siglo X conoce sólo la Misa crismal (n. XCIX, 222) y la de la tarde (n. XCIX, 252) anticipada ya a la hora tercia, y coloca la reconciliación de los penitentes antes de la Misa crismal (n. XCIX, 224). Los libros litúrgicos del siglo XIII y el Misal Romano pos-tridentino de 1570 tienen sólo el formulario correspondiente a la Misa que recuerda la institución eucarística. La confección del crisma y la bendición de los óleos tienen lugar en las catedrales y son reportadas por los Pontificales (cfr. Pontifical Romano de 1596, Parte III). En el siglo XVI, la única Misa del Jueves santo ya ha sido anticipada a la mañana. Con respecto a la conservación y adoración del Santísimo Sacramento en el Jueves santo, las primeras manifestaciones las encontramos en los siglos XII-XIII (recordemos que en 1264 Urbano II instituyó la fiesta del “Corpus Domini”). La centralidad que progresivamente adquiere la adoración de las especies sacramentales en la piedad del pueblo cristiano es uno de los elementos decisivos que hará del Jueves santo un día del Triduo sacro.

El Viernes santo en Roma, en el siglo V, según las homilías de san León y la ya citada carta del papa Inocencio I, se celebra exclusivamente una liturgia de la Palabra. A mitad del siglo VII, la liturgia papal nos ha transmitido sólo las oraciones solemnes que pertenecen a la liturgia de la Palabra (cfr. Gregoriano, nn. 338-355). En la misma época, en las iglesias presbiterales de los Títulos, la liturgia de la Palabra es unida a la adoración de la Cruz y a la comunión de todos los participantes con pan y vino consagrados el día anterior (cfr. Gelasiano, nn. 395-418). En los libros litúrgicos de la alta Edad Media, la comunión no es practicada siempre. En los libros litúrgicos del siglo XIII, está prescrita sólo la comunión del Pontífice. Surgirá así la costumbre que reservará la comunión únicamente al presidente de la celebración. Esta norma pasa al Misal de Pío V de 1570 y permanece en vigor hasta la reforma de Pío XII de 1956, que permitirá de nuevo la comunión de todos los participantes.

El Sábado santo fue originariamente un día alitúrgico, dedicado a la oración, a la penitencia y al ayuno.

Momento culminante y núcleo del que ha nacido el Triduo Sacro es la Vigila pascual. En el siglo VII, tiene una rica estructura ritual basada en tres elementos fundamentales: celebración de la Palabra, celebración del bautismo y celebración eucarística (para la liturgia papal: Gregoriano, nn. 362-382; para la liturgia de los Títulos presbiterales: Gelasiano, nn. 425-462). Es de notar que la liturgia de los Títulos inicia con el encendido y bendición del cirio pascual, rito que es acogido sólo más tarde en la liturgia papal. La celebración de la Vigilia tiende cada vez más a anticiparse a las horas de la tarde hasta que con el Misal de Pío V de 1570 es fijada en la mañana del sábado. En este contexto, aparece y se consolida la Misa del domingo de Pascua: el Gelasiano (nn. 463-467) y el Gregoriano (nn. 383-391) ofrecen cada uno un formulario dominical en el cual la resurrección es presentada como parte del único misterio pascual. Las fuentes posteriores hablarán ya de domingo “de Resurrección”. Respecto al ordenamiento de las lecturas bíblicas de la Vigilia pascual, los autores no están de acuerdo en la interpretación de los datos provistos por los antiguos Leccionarios y Sacramentarios. Según la opinión más común, la antigua liturgia romana conocía dos esquemas de lecturas: uno que forma parte del Gregoriano (nn. 36-372) con cuatro lecturas del Antiguo Testamento más dos del Nuevo, y otro que forma parte del Gelasiano (nn. 431-443) con diez lecturas del Antiguo Testamento más dos del Nuevo. Posteriormente, en el Misal Romano de 1570, las lecturas llegarán a ser hasta doce del Antiguo Testamento más dos del Nuevo. La reforma de Pío XII de 1956 reduce las lecturas y conserva las dos del Nuevo (Col. 3, 1-4; Mt. 28, 1-7).

El Triduo Sacro forma parte de lo que hoy llamamos Semana Santa, la cual tenía ya en los siglos VI-VII su propia personalidad celebrativa, cuyo núcleo central es la pasión del Señor, tema que en los antiguos Sacramentarios da el nombre al domingo que precede al de Pascua. El rito de los Olivos, que en Jerusalén caracterizaba este domingo en la segunda parte del siglo IV, llegará a Roma sólo a fines del siglo X.

Concluyendo, notamos que en el progresar del medioevo se verifican algunos desarrollos en la celebración del Triduo Sacro que resquebrajarán cada vez más la armonía y unidad primitivas. Se verifica sobre todo una cierta descomposición de la unidad teológica de la pasión-muerte-resurrección en beneficio de la pasión-muerte del Señor que, entre otras cosas, se puede “representar” mejor. Surge además una tendencia a hacer la liturgia drama sagrado en la misma acción litúrgica y en las manifestaciones folklóricas que la acompañan y prolongan.

***

Fuente: Messainlatino.it

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

La Santa Misa.

Ad Orientem: un debate que nunca ha terminado

* *

Ofrecemos nuestra traducción de un artículo que el Padre Uwe Michael Lang publicó hace dos años en una revista italiana (y que recientemente fue recogido por el blog Fides et Forma) acerca de un tema de gran actualidad: la orientación de la plegaria litúrgica. El autor, que es un experto en el tema, realiza un profundo análisis de la cuestión rechazando las teorías de quienes presentan la orientación versus populum como una "opción conciliar".

***

Recibo con placer la invitación de Rinaldo Falsini a reabrir un debate sobre la posición del altar y la orientación en la plegaria litúrgica (Vita Pastorale 10/2006, pp. 54-55). Éste es un debate que, a pesar de las apariencias contrarias, nunca se ha terminado. Ya en los años `60 teólogos de fama internacional criticaron la rápida acogida de la celebración versus populum: entre ellos, Josef Andreas Jungmann, uno de los artífices de la constitución del concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia, el oratoriano Louis Bouyer, uno de los grandes teólogos del Concilio, y Joseph Ratzinger, entonces profesor de teología en Tubinga y perito del Concilio. Las observaciones del joven Ratzinger no han perdido nada de su importancia: “No podemos negar por más tiempo que sobre este tema se han insinuado muchas exageraciones e incluso aberraciones, hasta el punto de resultar enojosas e indecorosas. Por ejemplo, ¿deberán celebrarse todas la Misas cara al pueblo? ¿Es tan absolutamente importante poder mirar a la cara al sacerdote que celebra la Eucaristía? O, ¿no será muchas veces extremadamente saludable pensar que también él es un cristiano y tiene todos los motivos para dirigirse a Dios en compañía de sus hermanos congregados en asamblea y recitar con ellos el Padrenuestro?” (traducción de J. Ratzinger, “Der Katholizismus nach dem Konzil” in Auf dein Wort hin. 81. Deutscher Katholikentag vom 13. Juli’ bis 17. Juli 1966 in Bamberg, Paderborn 1966, p. 253).

Estos teólogos, “a pesar de su gran reputación, en un principio no lograron que se oyeran sus voces, tan fuerte era la tendencia a subrayar el aspecto comunitario de celebración litúrgica y, por tanto, a considerar como absolutamente necesaria la posición cara a cara de sacerdote y pueblo”: son palabras del cardenal Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, en su prefacio a mi libro “Volverse hacia el Señor. La orientación en la plegaria litúrgica”. Actualmente el clima intelectual y espiritual está menos polarizado y ha sido posible retomar la discusión sobre la posición del altar y la orientación de la plegaria; lo demuestran las recientes obras sobre el tema que han sido acogidas con notable atención entre los estudiosos de liturgia. Como dice Ratzinger, “la investigación histórica ha suavizado la controversia haciéndola menos partidista mientras que, por otro lado, los fieles han ido tomando conciencia de los problemas que plantea una sistematización que difícilmente podrá demostrar que la liturgia está abierta a realidades superiores y a la perspectiva del mundo futuro” (ibíd.).

Lamentablemente no puedo estar de acuerdo con la tesis del padre Falsini de que “el altar hacia el pueblo es una opción conciliar”. Es bien conocido que los decretos del concilio no mencionan nada de todo esto. La Sacrosanctum Concilium no habla de celebración versus populum. El padre Falsini se refiere al artículo 128 del cap. VII de la constitución: “Revísense (…) los cánones y prescripciones eclesiásticas que se refieren a la disposición de las cosas externas del culto sagrado, sobre todo en lo referente a la apta y digna edificación de los tiempos, a la forma y construcción de los altares”. Pero su interpretación de este artículo me parece forzada.

La instrucción Inter Oecumenici, preparada por el Concilium para la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y publicada el 26 de septiembre de 1964, contiene un capítulo sobre la proyección de nuevas iglesias y altares que comprende el parágrafo que sigue: “Praestat ut altare maius extruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit” [Es recomendable que el altar esté exento del muro frontal, de modo que se pueda rodear fácilmente y así llevar a cabo la celebración cara al pueblo]” (Inter oecumenici, n. 91: AAS 56, 1964, p. 898).

Se afirma que sería deseable erigir el altar separado del muro frontal de modo que el sacerdote pueda rodearlo fácilmente y sea posible celebrar de cara al pueblo. Jungmann nos invita a considerar lo siguiente: “Es subrayada solamente la posibilidad. Y ésta [separación del altar de la pared] no es ni siquiera impuesta sino sólo aconsejada, como se puede notar observando el texto latino de la directiva […] En la nueva Instrucción, la premisa general de una disposición similar del altar es subrayada sólo en función de posibles obstáculos o restricciones de espacio” (J. A. Jungmann, “Der neue Altar” ii Der Seelsorger, 37, 1967, p. 375).

En una carta dirigida a los presidentes de las Conferencias episcopales, con fecha de 25 de enero de 1966, el cardenal Giacomo Lercaro, presidente del Concilium, declara que, respecto a la renovación de los altares, “la prudencia debe ser nuestra guía”. Y prosigue explicando: “Sobre todo porque, para una liturgia viva y participada, no es indispensable que el altar esté versus populum: en la Misa, toda la Liturgia de la Palabra se desarrolla desde la sede, el ambón o el atril y, por tanto, de cara a la asamblea; y en cuanto a la Liturgia Eucarística, los sistemas de altavoces hacen la participación bastante posible. En segundo lugar, se debería pensar seriamente en los problemas artísticos y arquitectónicos siendo que estos elementos están protegidos, en muchos países, por rigurosas leyes civiles” (traducción de G. Lercaro, “L’heureux développement” en Notitiae 2, 1966, p 160).

Se debe recordar también, en ese contexto, una proposición fundamental de las normas generales sobre la reforma de la sagrada Liturgia de la Sacrosanctum Concilium: “Por último, no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes” (cap. III, art. 23). En todo caso, no se puede apelar al concilio Vaticano II para justificar las alteraciones radicales a las que han sido sometidas las iglesias históricas en los últimos tiempos.

Respecto a la exhortación a la prudencia del cardenal Lercaro, Jungmann advierte que no deberíamos convertir la opción en “un requisito absoluto y, eventualmente, una moda a la que sucumbamos sin pensar” (Der neue Alltar, p. 380). La Inter Oecumenici permite, por lo tanto, celebrar la Misa de cara al pueblo pero no la impone. Aquel documento, de hecho, no sugiere que la Misa celebrada de cara a los fieles sea siempre la forma preferible de celebración eucarística. Las rúbricas del Missale Romanum renovado del Papa Pablo VI presuponen una orientación común del sacerdote y del pueblo para el momento culminante de la liturgia eucarística.

La Instrucción indica que, en el momento del Orate fratres, de la Pax Domini, del Ecce Agnus Dei y del Ritus conclusionis, el sacerdote debe dirigirse hacia los fieles: esto parece dar a entender que, en precedencia, sacerdote y pueblo están mirando en la misma dirección, es decía, hacia el altar. En la comunión del celebrante, la rúbrica dice ad altare versus, instrucción que sería redundante si el celebrante ya estuviera detrás del altar y de frente al pueblo. Esta lectura es confirmada por las directivas de la Institutio generalis, aunque de tanto en tanto éstas son diversas de las del Ordo Missae. La tercera Editio typica del Missale Romanum renovado, aprobada por el papa Juan Pablo II el 10 de abril de 2000 y publicada en la primavera del 2002, mantiene estas rúbricas.

Esta interpretación de los documentos oficiales ha sido confirmada por la Congregación para el Culto Divino. En una editorial de Notitiae, el boletín oficial de la Congregación, se aclara que la disposición de un altar que permita la celebración de cara al pueblo no es una cuestión que haga que la liturgia se mantenga firme o sufra detrimento. El artículo sugiere, además, que en este problema, como en muchos otros, la invitación a la prudencia del cardenal Lercaro casi ha caído en el vacío en el clima de euforia postconciliar. La editorial observa que el cambio de orientación del altar y el uso de la lengua son cosas mucho más fáciles que el entrar en la dimensión teológica y espiritual de la liturgia, estudiar su historia y tener en cuenta las consecuencias pastorales de la reforma (“Editorial: Pregare ad orientem versus” en Notitiae 29, 1993, p.247).

En la edición revisada de la Ordenación general del Misal Romano, publicada con fines de estudio en la primavera del 2000, se encuentra un parágrafo sobre la cuestión del altar: “Altare exstruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit, quod expedit ubicumque possibile sit [Constrúyase el altar separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda realizar de cara al pueblo, lo cual conviene que sea posible en todas partes]” (n. 299). La sutil formulación de este parágrafo (posit- posible) indica con claridad que la posición del sacerdote celebrante de cara al pueblo no es obligatoria: la instrucción simplemente permite ambas formas de celebración.

De cualquier modo, la frase añadida “lo cual conviene que sea posible en todas partes (quod expedit ubicumque possibile sit)”, se refiere a la previsión de un altar exento y no al hecho de que sea deseable una celebración versus populum. No obstante, diversos comentarios a la Ordenación general revisada parecían sugerir que la posición del celebrante versus orientem o versus absidem había sido declarada indeseable o incluso prohibida. Esta interpretación, sin embargo, ha sido rechazada por la Congregación para el Culto Divino respondiendo a una pregunta del cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena (sorprende que no haya sido publicada en Notitiae sino en la publicación oficial del Pontificio Consejo para los textos legislativos: Communicationes 32, 2000, pag. 171-172). Naturalmente, el parágrafo en cuestión de la Ordenación general debe ser leído a la luz de esta aclaración.

Una breve digresión histórica sobre las reflexiones del padre Pierre Jounel: el concilio Vaticano I se realizó en el brazo derecho de la Basílica de San Pedro y por eso se celebraba la Misa en el altar del ábside del mismo brazo dirigiendo “la espalda a los padres” (expresión inadecuada). En cambio, las sesiones del concilio Vaticano II fueron realizadas en la nave central. La Misa se celebraba “hacia el aula conciliar” porque San Pedro es una basílica con el ingreso orientado al este, hacia el cual el celebrante que estaba detrás del altar se dirigía durante la liturgia eucarística (ver el cap. II de mi libro “Volverse hacia el Señor”).

En realidad, la cuestión subyacente al debate litúrgico es la recepción del Concilio. Como Benedicto XVI ha dicho en su fundamental discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, hay dos hermenéuticas opuestas: la hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura y la hermenéutica de la reforma: “La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar”. Por el contrario, la hermenéutica de la reforma, “de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia que el Señor nos ha dado”, nos lleva a una relectura de los textos conciliares en el contexto de la tradición eclesial. Por eso, no podemos dejar a un lado la reflexión sobre la historia y sobre la teología de la orientación litúrgica, ni tampoco interpretando el Concilio, como propone Falsini en su artículo. Como he intentado demostrar en “Volverse hacia el Señor”, la dirección común del sacerdote y de los fieles en la plegaria litúrgica pertenece a toda la tradición cristiana, de Oriente y de Occidente, y tiene un significado aún más actual para la vida de la Iglesia de hoy.

***
Fuente:
Fides et Forma

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

***