Category: SANTOS Y EL CAMINITO ESPIRITUAL


SAN CIPRIANO de Cartago
Thaschus Cæcilius Cyprianus                                                               

Obispo y mártir. +258                                                                                                                       

Fiesta: 16 de septiembre

-De sus escritos:
El Padre Nuestro
Tratado Sobre los Bienes de la Paciencia
Sabemos que los soldados de Cristo no son destruidos sino coronados

"Cualquier cosa que el hombre prefiera a Dios, de eso el se hace un dios"

"He vivido en este mundo nuestro totalmente alejado de Dios, porque las divinidades estaban muertas y Dios no era visible. Y viendo a los cristianos, he pensado: es una vida imposible, ¡esto no se puede realizar en nuestro mundo! Pero después, encontrando a algunos de ellos, estando en su compañía, dejándome guiar en el catecumenado, en este camino de conversión hacia Dios, poco a poco he comprendido: ¡es posible! Y ahora soy feliz por haber encontrado la vida. He comprendido que aquella otra no era vida, y en verdad sabía ya antes que aquella no era la verdadera vida". San Cipriano

-Un escritor contemporáneo: "Era majestuoso y venerable, inspiraba confianza a primera vista y nadie podía mirarle sin sentir veneración hacia él. Tenía una agradable mezcla de alegría y venerabilidad, de manera que los que lo trataban no sabían qué hacer más: si quererlo o venerarlo, porque merecía el más grande respeto y el mayor amor".


Benedicto XVI sobre San Cipriano
Audiencia General, 6 de junio, 2007

San Cipriano nació en Cartago, en una rica familia pagana. Después de su conversión, a los 35 años de edad, fue ordenado sacerdote y luego obispo. Durante su episcopado tuvo que afrontar muchas dificultades, como las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, mostrando así sus grandes dotes de gobierno. Con los fieles que habían claudicado ante la prueba – los lapsi, es decir, “caídos” -, fue severo pero no inflexible, concediéndoles el perdón después de una penitencia ejemplar. Durante la peste que asoló África, manifestó todo su espíritu de caridad invitando a los cristianos a socorrer también a los paganos.

Cipriano escribió numerosos tratados y cartas, con el deseo de edificar a la comunidad y exhortar a los fieles al buen comportamiento. El tema de la Iglesia era muy querido para él. La unidad es su característica irrenunciable: unidad que se fundamenta en Pedro y que se realiza en la Eucaristía. En su tratado sobre la oración del Padre nuestro, anima a rezar usando las palabras con moderación, porque Dios no escucha las palabras sino el corazón. El corazón es lo más íntimo donde Dios habla al hombre y el hombre habla a Dios; es, pues, el lugar privilegiado de la oración.


San Cipriano es uno de los mas importantes Padres de a Iglesia africana.

Nacido en el año 200 en Cartago (Africa), se convirtió al cristianismo cuando era mayor de 40 años. Su mayor inspiración fue un sacerdote llamado Cecilio. Una vez bautizado descubrió la fuerza del Espíritu Santo capacitándolo para ser un hombre nuevo. Se consagró al celibato.

Tuvo un gran amor al estudio de las Sagradas Escrituras por lo que renunció a libros mundanos que antes le eran de gran agrado.

Es famoso su comentario del Padrenuestro.

Fue ordenado obispo por aclamación popular, el año 248, al morir el obispo de Cartago. Quiso resistir pero reconoció que Dios le llamaba.  "Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes".  Fue gran maestro y predicador. 

En el año 251, el emperador Decio decreta una persecución contra los cristianos, sobre todo contra los obispos y libros sagrados. Muchos cristianos, para evitar la muerte, ofrecen incienso a los dioses, lo cual representa caer en apostasía

Cipriano se esconde pero no deja de gobernar, enviando frecuentes cartas a los creyentes, exhortándoles a no apostatar. Cuando cesó la persecución y volvió a la ciudad se opuso a que permitieran regresar a la Iglesia a los que habían apostatado sin exigirles penitencia. Todo apóstata debía hacer un tiempo de  penitencia antes de volver a los sacramentos. Esta práctica no era para el bien del penitente que de esta forma profundizaba su arrepentimiento y fortalecía su propósito de mantenerse fiel en futuras pruebas.  Esto ayudó mucho a fortalecer la fe y prepararse ya que pronto comenzaron de nuevo las persecuciones.

El año 252, Cartago sufre la peste de tifo y mueren centenares de cristianos. El obispo Cipriano organiza la ayuda a los sobrevivientes. Vende sus posesiones y predica con gran unción la importancia de la limosna.

El año 257 el emperador Valeriano decreta otra persecución aun mas intensa. Todo creyente que asistiera a la Santa Misa corre peligro de destierro. Los obispos y sacerdotes tienen pena de muerte celebrar una ceremonia religiosa. El año 157 decretan el destierro de Cipriano pero el sigue celebrando la misa, por lo que en el año 258 lo condenan a muerte.

Actas del juicio:

Juez: "El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?"

Cipriano: "Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos".

El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó a Cipriano: "¿Es usted el responsable de toda esta gente?"

Cipriano: "Si, lo soy".

El juez: "El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses".

Cipriano: "No lo haré nunca".

El juez: "Píenselo bien".

Cipriano: "Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar".

El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: "Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada".

Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: "¡Gracias sean dadas a Dios!"

Toda la inmensa multitud gritaba: "Que nos maten también a nosotros, junto con él", y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.

Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.

El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.

A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte. 

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   San Pío X está muy reciente en el amor de la Iglesia. Aún perdura el grato recuerdo de su memoria -no hace cincuenta años que nos dejó- como el perfume que llena las naves del templo después de una solemne ceremonia religiosa. San Pío X es algo muy reciente en la Iglesia. Reciente su elevación a los altares por Pío XII, y más reciente la visita de su cuerpo a la bella Venecia en cumplimiento de una vieja promesa hecha a sus amados diocesanos:

-Vivo o muerto volveré a Venecia.

   En la basílica de San Pedro de Roma un sencillo y hermoso sepulcro guarda sus restos. Este sepulcro es hoy día uno de los lugares vivos de la oración. Nunca faltan allí el recuerdo de las flores secas y la plegaria de los romanos y cuantos católicos visitan el templo de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

   Hay otra presencia más viva y fecunda de San Pío X. Presencia de alma a alma, que es como la gracia de su intercesión ante Dios. Cuántos sacerdotes de nuestros días se miran en el rostro de San Pío X y sacan de su ejemplo el impulso de un sacerdocio verdaderamente santo. Me parece que este hecho no se podía escapar de mis líneas al trazar su semblanza, y que debía hacer constancia de él para las nuevas generaciones de hijos de Dios que nos sucedan.

   San Pío X ha dado jornadas de inmensa gloria de Dios a su Iglesia del siglo XX. 

   Su figura noble y bondadosa es algo muy cercano que cuelga de la pared de nuestro despacho o se esconde en las páginas de nuestro breviario.

   En muy pocas palabras nos resume su vida la lápida de su sepulcro: 

   "Pío Papa X, pobre y rico, suave y humilde, de corazón fuerte, luchador en pro de los derechos de la Iglesia, esforzado en el empeño de restaurar en Cristo todas las cosas."

   San Pío X nació en Riese, humilde pueblo del norte de Italia, el 2 de junio de 1835. El nombre de bautismo era José Melchor Sarto. Sus padres se llamaban Juan Bautista Sarto y Margarita Sansón. Tuvieron diez hijos, de los cuales vivieron ocho. 

   Juan Bautista era alguacil del ayuntamiento de Riese. En su oficio entraba hacer la limpieza de la casa-ayuntamiento y los recados del alcalde. Por todo ello recibía cincuenta céntimos diarios.

   Los padres de San Pío X eran pobres, pero muy piadosos. Sobre todo, su madre.

   "Siendo Beppi Sarto -dice René Bazin-, hijo de padres tan cristianos, no podía dejar de amar a la Iglesia, a los oficios, al cura, al cielo, del que se aparta a tantos niños.

   Vistió muy pronto la sotana de acólito y empezó a decir que deseaba ser sacerdote.

   A los once años hizo la primera comunión. Uno necesariamente tiene que pensar aquí en el amor con que recibiría a Jesús Eucaristía aquel niño que un día Papa iba a abrir de par en par las puertas del sagrario a los pequeños.

   El cura de Riese, que se llamaba don Tito Fusarini, conocía muy bien a Beppi y decía de él:

   -Es el alma noble de este país.

   Todos los niños saben que para ser sacerdote hay que saber latín. También lo sabía el pequeño Beppi. Para ello tuvo que ir a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese. Y después, al seminario de Padua. Antes hay que conseguir una beca. De esto se encarga el cura de Riese, quien un día llama con bastante misterio al muchacho y le dice:

   -"De rodillas, Beppi, y da gracias a Dios, que, seguramente, tiene algún designio para ti: pronto entrarás en el seminario, y, como yo, tú también serás sacerdote."

   -José Sarto fue siempre un estudiante aventajado. Junto a las notas de los archivos del seminario de Padua se ha conservado este juicio: "Discípulo irreprochable; inteligencia superior; memoria excelente; ofrece toda esperanza".

   Fue ordenado sacerdote el 18 de septiembre de 1858 en la catedral de Castelfranco. Al día siguiente canta su primera misa en Riese, ante las lágrimas y gozo de su madre y sus hermanas.

   Don José era un sacerdote de buena estatura, muy delgado, pero de fuerte osamenta y estaba dotado de un rostro encantador, La frente, alta; los cabellos, abundantes y echados hacia atrás; los labios, finos; las mejillas y el mentón sólidamente modelados. Pero, sobre todo, un alma que iluminaba todos sus rasgos del cuerpo con una mirada de pureza, de suavidad, que se transparentaba en sus ojos. Alguien dirá más tarde de Pío X: 

   "Todo corazón recto vuela hacia él."

   Y después de la primera audiencia que como Papa concedió al cuerpo diplomático, preguntaban éstos al cardenal Merry del Val:

   -Monseñor, ¿qué tiene este hombre que atrae tanto?

   La vida sacerdotal de don José Sarto empieza como coadjutor de Tómbolo y termina en la cátedra de Pedro. Se puede decir que pasó por la mayoría de los cargos por que puede pasar un eclesiástico. Un estupendo aprendizaje brindado por la Providencia al hijo del humilde alguacil de Riese.

   Hay una hermosa anécdota de sus tiempos de cardenal de Venecia. Nos la cuenta don José María Javierre en su estupenda vida de San Pío X.

   Al patriarca de Venecia, la ciudad más bella del mundo, le gustaba jugar alguna que otra vez una partidita a los naipes. Esta tarde son cinco amigos en torno a la mesa. Una niebla espesa cubre los canales y apenas se divisan las luces movedizas de las góndolas. Dentro se está bien al calorcillo de la estufa. Se acaba la partida y Rosa, la hermana del cardenal ha traído unas tacitas de café. Brota la charla festiva.

   -De todos modos -bromea el cardenal-, me dará mucha pena dejar Venecia. Sí, porque pronto se cumplirá mi fecha. Cada nueve años cae una hoja de mi calendario. Fui nueve años coadjutor de Tómbolo. Nueve años párroco de Salzano, y otros nueve, canónigo de Treviso. Nueve años goberné Mantua como obispo. ¿Qué me harán al terminar mis nueve años de patriarca en Venecia? ¿Papa? Porque otra solución no veo.

   Ríen todos. El patriarca está firmemente convencido de que sus días terminarán en Venecia.

   Pero Dios ha dispuesto otra cosa. A los nueve años es elegido Papa y tiene que dejar su amada Venecia.

   El Papa ha muerto. León XIII, el anciano y sabio pontífice acaba de morir. Los cardenales de todo el mundo se han reunido en Roma para elegir al nuevo Papa. Al lado del cardenal Sarto está el cardenal Lecot, arzobispo de Burdeos, quien le pregunta en francés:

   -Vuestra eminencia es, sin duda, arzobispo en Italia. ¿De qué diócesis?

   -No hablo francés -responde Sarto en italiano.

   -¿De qué diócesis sois arzobispo? -pregunta ahora en latín, el cardenal francés.

   -Soy patriarca de Venecia.

   -¿Y no habláis francés? Por tanto no sois papable, pues el Papa debe hablar francés.

   -Cierto, eminencia, no soy papable. Gracias a Dios.

   A pesar de no saber francés fue elegido Papa. Se resistió cuanto pudo, pero finalmente tuvo que rendirse a lo que claramente era la voluntad de Dios.

   El cardenal Oreglia, decano del Sacro Colegio y camarlengo de la Santa Romana iglesia, se acerca al trono del patriarca de Venecia para recibir su aceptación del Sumo Pontificado:

   -¿Aceptas la elección que acaba de hacerse de tu persona, en calidad de Papa?

   Un momento de silencio, y el elegido contesta:

   -Que ese cáliz se aparte de mí. Sin embargo, que se haga la voluntad de Dios.

   La contestación no fue considerada válida y el cardenal decano insiste:

   -¿Aceptas la elección que acaba de ser hecha de tu persona, en calidad de Papa?

   -El cardenal Sarto contesta:

   -Acepto, como una cruz.

   -¿Cómo quieres ser llamado?

   -Puesto que debo sufrir, tomo el nombre de los que han sufrido: me llamaré Pío.

   -El 4 de octubre de 1903 publica Pío X su primera encíclica que empieza por las palabras E supremi apostolatus cathedra. En ella va el programa de todo su pontificado: Restaurar todas las cosas en Cristo.

   "Puesto que plugo a Dios  -dice- elevar nuestra bajeza hasta esta plenitud de poder, Nos sacamos ánimo de Quien nos conforta, y poniendo manos a la obra, sostenido por la fuerza divina, Nos declaramos que nuestro fin único, en el ejercicio del Sumo Pontificado, es restaurar todo en Cristo, a fin de que Cristo sea todo y esté en todo…"

   Pío X, intrépido y manso, va a dar a la Iglesia de Cristo uno de los pontificados más fecundos de toda la historia. Pío X es el papa de la Eucaristía, de la codificación del Derecho canónico, de la condenación del modernismo y restaurador de la música sacra. Cada una de estas empresas es suficiente para hacer glorioso a un pontificado.

   San Pío X abrió las puertas del sagrario a los niños. El jansenismo había propagado un concepto de Dios demasiado severo. Exigía una pureza extraordinaria para acercarse a comulgar. A los niños no se les permitía hacerlo hasta los doce años o más. Y una vez hecha la primera comunión, las restantes se distanciaban mucho.

   Pío X señaló los siete años como edad normativa para la primera comunión. Basta —decía— que los niños conozcan las verdades fundamentales de la fe y sepan distinguir este pan divino del otro pan.

   Una dama inglesa presentó su chiquitín a Pío X pidiéndole la bendición.

   -¿Cuántos años tiene?

   -Cuatro, Santidad, y espero que dentro de poco pueda él recibir la comunión.

   -¿A quién recibirás en la comunión?

   -A Jesucristo.

   -¿Y Jesucristo, quién es?

   Es Dios -contestó el pequeño sin titubeos.

   –Tráigamelo mañana -dijo a la madre, y yo mismo le daré la comunión.

   Uno de los problemas más difíciles de su pontificado fue la condenación del modernismo. Este le costó la encíclica Pascendi, probablemente la más importante de San Pío X. En ella califica a estas doctrinas como "el punto de cita de todas las herejías". Era un ataque sutil a la revelación y sentido sobrenatural del catolicismo. Algo muy peligroso por salir del mismo seno de la Iglesia y minar los fundamentos de nuestra santa religión. Influenciados por las corrientes filosóficas en boga daban una interpretación enteramente natural y racionalista de las verdades religiosas, Hizo falta el instinto sobrenatural de un santo y toda la fortaleza del espíritu de Dios para desenmascarar y afrontar al modernismo.

   Fueron días de tormenta para la barca de Pedro. No era fácil ver claro entonces. Hoy, en cambio, todos vemos claro la certeza con que obró el Papa.

   Otra gran empresa de San Pío X fue la codificación del Derecho canónico.

   En una audiencia con monseñor Gasparri, uno de los canonistas más eminentes del momento, le dice el Papa:

   -Seguramente, es posible la codificación del Derecho canónico.

   -Sí, Santo Padre.

   -Pues bien, hágala usted.

   No pudo ver esta obra terminada. El día de Pentecostés de 1917 promulgaba Benedicto XV esta gran obra legislativa.

   Escogió el nombre de Pío porque así se habían llamado los papas que habían sufrido mucho. No se equivocó; tuvo que sufrir mucho. El mayor sufrimiento le vino de Francia, la hija mayor de la Iglesia.

   El 6 de diciembre de 1905 el Parlamento francés votó la ley de separación entre la Iglesia y el Estado. Era el laicismo para el pueblo francés y la pobreza para la Iglesia de Francia.

   El 11 de febrero de 1906 se dirigía el Papa a los cardenales, obispos, clero y pueblo de Francia:

   "Tenemos la esperanza, mil veces cumplida, de que jamás Jesucristo abandonará a su Iglesia, y jamás la privará de su apoyo indefectible. No podemos temblar por el futuro de la Iglesia. Su fuerza es divina… y contamos con experiencia de siglos."

   El catolicismo francés cuenta en nuestros días con un magnífico florecimiento. Sin duda que Pío X no tiene en ello la menor parte.

   Don José María Javierre tiene en su vida de Pío X un capítulo extraño y simpático. Se titula "Los defectos de Pío X". Acaso sea la única vida de santos que tiene ese capítulo, aunque lo deberían de tener todas. Así nos daríamos perfectamente cuenta de lo que les costó llegar a la santidad y nos animaríamos a imitarlos.

   Allí se nos cuenta que José Sarto era de un temperamento fuerte y que en un momento de intenso dolor de muelas dio un tortazo a su hermana Rosa.

   A cargo de su ironía se cuentan bastantes anécdotas. De no ser santo, hubiese sido mordaz e insoportable. Pero la santidad despejó totalmente este peligro.

   La gente empezó a equivocarse cariñosamente y a llamarle Papa Santo. El corregía inmediatamente:

   -No Papa Santo, sino Papa Sarto.

   Esa santidad suya se reflejaba en su rostro, en sus palabras, en su espíritu de oración y en su incansable sentido apostólico. Cuantos le trataron de cerca aseguraban que acababan de ver a un santo. En vida se le atribuían milagros.

   Su blanca figura de Papa era la encarnación de la mansedumbre y el sentido sobrenatural.

   La Iglesia ha reconocido oficialmente su santidad. El 29 de mayo de 1954 es elevado al honor de los altares por Su Santidad Pío XII.

 

 

 
 
ALTÍSIMO, OMNIPOTENTE Y BUEN SEÑOR, a Ti loor y gloria, honor y toda bendición: a Ti solo, Altísimo, Te convienen, y ningún hombre es digno de nombrarte.

¡Alabado sea, mi Señor, en todas las creaturas tuyas, especialmente el señor hermano Sol, por quien nos das el día y nos alumbras, y es bello y radiante con grande esplendor: de Ti, Altísimo, es significación!:

¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las Estrellas: en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, por el Aire y la Nube, por el Cielo sereno y todo Tiempo: por ellos a tus creaturas das sustento!

Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua, la cual es muy útil y humilde, preciosa y casta!

¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Fuego: por él nos alumbras la noche, y es bello y alegre, vigoroso y fuerte!

¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra, que nos mantiene y sustenta, y produce los variados frutos con las flores coloridas y las hierbas!

¡Alabado seas, mi Señor, por quienes perdonan por tu amor, y soportan enfermedad, tribulación: bienaventurados quienes las soporten en paz, porque de Ti, Altísimo, coronados serán

¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal de quien ningún hombre viviente puede escapar! ¡Ay de aquéllos que mueran en pecado mortal! ¡Bienaventurados los que encuentre cumpliendo tu muy santa voluntad: pues la muerte segunda no les podrá hacer mal!

¡Alabad y bendecid a mi Señor y gracias dad, y servidle con grande humildad!

Párrafos escogidos de san Ambrosio de Milán

“Os presento la imagen viva de la virginidad, personificada en la Virgen María, espejo de ella y dechado de virtud, digna de que la toméis por norma de vida; porque la de ella os enseña, como maestra divina la bondad, lo que habéis de corregir, lo que os conviene evitar y lo que debéis practicarlo”.

“Es virgen en el cuerpo y virgen en el alma, limpia de desordenados afectos. Humilde de corazón, prudente en el juicio, grave y mesurada en el hablar, recatada en el trato, amiga del trabajo. Despreciadora de riquezas vanas, espera más de la pobreza, a quien Dios oye, que no del consejo humano, a menudo falaz y apasionado. A nadie ofende, a todos sirve; es respetuosa con los mayores y afable con los iguales. Enemiga de honras mundanas, regula sus acciones con el dictado de la razón, moviéndose solo por el amor de la virtud. Jamás dio enojo a sus padres ni con un leve gesto. Jamás afligió al humilde, ni menospreció al débil, ni volvió la espalda al necesitado, ni tuvo trato con los hombres, fuera del que pedía la misericordia y toleraba el pudor. Sus ojos no conocieron el fuego de la lujuria, ni en sus palabras sonaron exentos de procacidad, ni en su continente faltó nunca la decencia. Ni movimiento indecoroso, ni andar descompuesto, ni voz presumida vióse jamás en ella, reflejando en cambio en su compostura la interior pureza del alma”.

“Su continencia en la comida era sobrehumana, y su ocupación en obras manuales, continua; porque no tomaba más alimentos que el necesario para conservar la vida, y trabajaba sin descanso ni dar tregua a la ociosidad. Nunca usó manjar alguno para deleite del gusto, ni sueño por regalar a la carne, sino que en el breve reposo que le concedía, mientras descansaba el cuerpo, vigilaba el espíritu… En el recogimiento llevaba la mejor defensa, decoro y modestia, la cual resplandecía en sus movimientos y palabras con tal arte que se granjeaba el respeto y veneración de cuantos la veían alejada de las vanidades y entregada por entero a la virtud”.

“Pongan sus ojos en este acabado modelo y escuela viva de todas las virtudes, y a él oigan e imiten si desean enderezar sus pasos por el camino de la gloria eterna. Como flores en ameno jardín brillan en el alma de María las virtudes: en su pudor muéstrase el recato; en su fe, la firmeza y el valor; en su devoción, el amor obsequioso. Como virgen, ama el retiro de su casa y no sale de ella sin compañía; como madre, acude al templo a ofrecer su hijo a Dios”.

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San Ambrosio de Milán

San Ambrosio murió el Sábado Santo, 4 de abril del año 397. como el 4 de abril suele caer con frecuencia dentro de la Pascua, Se celebra la memoria del gran obispo de Milán en el aniversario de su consagración episcopal. Aun cuando nació en Tréveris (hacia el 339), en donde su padre era prefecto del pretorio, Ambrosio fue un romano perfecto por su cultura. Curso en Roma los estudios jurídicos, que habían de conducirle a los más elevados cargos. Así, se hallaba de cónsul en Milán cuando el pueblo cristiano lo eligió como obispo, en sustitución del arriano Auxencio (374). Sin embargo, aún no había recibido el bautismo, Ambrosio realizaría en su vida una de las figuras más acabadas de pastor. Supo ser un jefe enérgico y oponerse al poder imperial. Pero, si bien conservó siempre una cierta frialdad, impresionaba a Agustín al enfrentarse con sus torturas intelectuales, era de una bondad sin medida: «Más vale ser bueno y crearnos dificultades–escribe–que mostrarnos inhumanos". A lo largo de todo su episcopado se convirtió en sencillo catequista de su pueblo, comentando sin cesar la Escritura, preparando durante la Cuaresma a los candidatos al bautismo y dando a conocer los cánticos religiosos populares para luchar contra la herejía. Este hombre, que supo encontrar unas fórmulas lapidarias para definir las relaciones de la Iglesia y el Estado o para expresar la autoridad de la Sede apostólica–"allá donde se encuentre Pedro, está la Iglesia"–supo también formular su amor a Cristo con una sensibilidad iluminada por el Espíritu.

 

Santa Catalina de Siena
Virgen y doctora de la Iglesia

Nacida en 1347, Catalina (nombre que significa "Pura") era la menor del prolífico hogar de Diego Benincasa. Allí crecía la niña en entendimiento, virtud y santidad. A la edad de cinco o seis años tuvo la primera visión, que la inclinó definitivamente a la vida virtuosa. Cruzaba una calle con su hermano Esteban, cuando vio al Señor rodeado de ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición.

Su padre, tintorero de pieles, pensó casarla  con un hombre rico. La joven manifestó que se había prometido a Dios. Entonces, para hacerla desistir de su propósito, se la sometió a los servicios mas humildes de la casa. Pero ella caía frecuentemente en éxtasis y todo le era fácil de sobrellevar.

Finalmente, derrotados por su paciencia, cedieron sus padres y se la admitió en la tercera orden de Santo Domingo y siguió, por tanto, siendo laica. Tenía dieciséis años. Sabía ayudar, curar, dar su tiempo y su bondad a los huérfanos, a los menesterosos y a los enfermos a quienes cuidó en las epidemias de la peste. En la terrible peste negra, conocida en la historia con el nombre de "la gran mortandad", pereció más de la tercera parte de la población de Siena.

A su alrededor muchas personas se agrupaban para escucharla. Ya a los veinticinco años de edad comienza su vida pública, como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Por su influjo, el papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñon para retornar a Roma. Este pontífice y Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; Catalina supo hacer las cosas con prudencia, inteligencia y eficacia.

Aunque analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado Diálogo de la divina providencia, donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Sus trescientas setenta y cinco cartas son consideradas una obra clásica, de gran profundidad teológica. Expresa los pensamientos con vigorosas y originales imágenes. Se la considera una de las mujeres más ilustres de la edad media, maestra también en el uso de la lengua Italiana.

Santa Catalina de Siena, quien murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de treinta y tres años, el 29 de abril de 1380, fue la gran mística del siglo XIV. El papa Pío II la canonizó en 1461. Sus restos reposan en la Iglesia de Santa María sopra Minerva en Roma, donde se la venera como patrona de la ciudad; es además, patrona de Italia y protectora del pontificado.

El papa Pablo VI, en 1970, la proclamó doctora de la Iglesia.

Ella, Santa Teresa de Avila y Santa Teresita de Lisieux son las tres únicas mujeres que ostentan este título.

Otros Santos cuya fiesta se celebra hoy: Santos: Paulino, Severo, obispos;
Agapio, Secundino, Tíquico, Torpetes, Emiliano, mártires; Pedro de Verona;
Roberto (Bob, Boby), monje; Tértula, Antonia, vírgenes; Hugo, abad.

 

 

 

Santo Domingo de Guzmán
Fundador
Año 1221.
Domingo significa: "Consagrado al Señor".

El fundador de los Padres Dominicos, que son ahora 6,800 en 680 casas en el mundo, nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, era una mujer admirable en virtudes y ha sido declarada Beata. Lo educó en la más estricta formación religiosa.

A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano. Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres.

Por aquel tiempo vino por la región una gran hambre y las gentes suplicaban alguna ayuda para sobrevivir. Domingo repartió en su casa todo lo que tenía y hasta el mobiliario. Luego, cuando ya no le quedaba nada más con qué ayudar a los hambrientos, vendió lo que más amaba y apreciaba, sus libros (que en ese tiempo eran copiados a mano y costosísimos y muy difíciles de conseguir) y con el precio de la venta ayudó a los menesterosos. A quienes lo criticaban por este desprendimiento, les decía: "No puede ser que Cristo sufra hambre en los pobres, mientras yo guarde en mi casa algo con lo cual podía socorrerlos".

En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas. Y el método que los misioneros católicos estaban empleando era totalmente inadecuado. Los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, y se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad. Y así de esa manera las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente.

Vio que a las gentes les impresionaba que el misionero fuera pobre como el pueblo. Que viviera una vida de verdadero buen ejemplo en todo. Y que se dedicara con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza, y con una santidad de conducta impresionante, empezaron a evangelizar con grandes éxitos apostólicos.

Sus armas para convertir eran la oración, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión. Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: "Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores por que nos ven muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones".

Domingo llevaba ya diez años predicando al sur de Francia y convirtiendo herejes y enfervorizando católicos, y a su alrededor había reunido un grupo de predicadores que él mismo había ido organizando e instruyendo de la mejor manera posible. Entonces pensó en formar con ellos una comunidad de religiosos, y acompañado de su obispo consultó al Sumo Pontífice Inocencio III.

Al principio el Pontífice estaba dudoso de si conceder o no el permiso para fundar la nueva comunidad religiosa. Pero dicen que en un sueño vio que el edificio de la Iglesia estaba ladeándose y con peligro de venirse abajo y que llegaban dos hombres, Santo Domingo y San Francisco, y le ponían el hombro y lo volvían a levantar. Después de esa visión ya el Papa no tuvo dudas en que sí debía aprobar las ideas de nuestro santo.

Y cuentan las antiguas tradiciones que Santo Domingo vio en sueños que la ira de Dios iba a enviar castigos sobre el mundo, pero que la Virgen Santísima señalaba a dos hombres que con sus obras iban a interceder ante Dios y lo calmaban. El uno era Domingo y el otro era un desconocido, vestido casi como un pordiosero. Y al día siguiente estando orando en el templo vio llegar al que vestía como un mendigo, y era nada menos que San Francisco de Asís. Nuestro santo lo abrazó y le dijo: "Los dos tenemos que trabajar muy unidos, para conseguir el Reino de Dios". Y desde hace siglos ha existido la bella costumbre de que cada año, el día de la fiesta de San Francisco, los Padres dominicos van a los conventos de los franciscanos y celebran con ellos muy fraternalmente la fiesta, y el día de la fiesta de Santo Domingo, los padres franciscanos van a los conventos de los dominicos y hacen juntos una alegre celebración de buenos hermanos.

En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia.

El gran fundador le dio a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos. Por ejemplo estas:

  • Primero contemplar, y después enseñar. O sea: antes dedicar mucho tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia, y después sí dedicarse a predicar con todo el entusiasmo posible.
  • Predicar siempre y en todas partes. Santo Domingo quiere que el oficio principalísimo de sus religiosos sea predicar, catequizar, tratar de propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles. Y él mismo daba el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.

La experiencia le había demostrado que las almas se ganan con la caridad. Por eso todos los días pedía a Nuestro Señor la gracia de crecer en el amor hacia Dios y en la caridad hacia los demás y tener un gran deseo de salvar almas. Esto mismo recomendaba a sus discípulos que pidieran a Dios constantemente.

Los santos han dominado su cuerpo con unas mortificaciones que en muchos casos son más para admirar que para imitar. Recordemos algunas de las que hacía este hombre de Dios.

Cada año hacía varias cuaresmas, o sea, pasaba varias temporadas de a 40 días ayunando a pan y agua.

Siempre dormía sobre duras tablas. Caminaba descalzo por caminos irisados de piedras y por senderos cubiertos de nieve. No se colocaba nada en la cabeza ni para defenderse del sol, ni para guarecerse contra los aguaceros. Soportaba los más terribles insultos sin responder ni una sola palabra. Cuando llegaban de un viaje empapados por los terribles aguaceros mientras los demás se iban junto al fuego a calentarse un poco, el santo se iba al templo a rezar. Un día en que por venganza los enemigos los hicieron caminar descalzos por un camino con demasiadas piedrecitas afiladas, el santo exclamaba: "la próxima predicación tendrá grandes frutos, porque los hemos ganado con estos sufrimientos". Y así sucedió en verdad. Sufría de muchas enfermedades, pero sin embargo seguía predicando y enseñando catecismo sin cansarse ni demostrar desánimo.

Era el hombre de la alegría, y del buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: "De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación". Pasaba noches enteras en oración.

Era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.

Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria. A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.

Los que trataron con él afirmaban que estaban seguros de que este santo conservó siempre la inocencia bautismal y que no cometió jamás un pecado grave.

Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: "Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte", dijo: "¡Qué hermoso, qué hermoso!" y expiró.

A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: "De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo".

 

 
 

– He ahí el misterio de mi vocación, de mi vida entera, y sobre todo el misterio de los
privilegios que Jesús ha querido dispensar a mi alma….El no llamó a los que son dignos,
sino a los que el quiere como dice San Pablo: "Tendré misericordia de quien quiera y me
apiadaré de quien me plazca. No es pues del que quiere o se afana sino de Dios que esmisericordioso". (MsA.2r)

– Tú sabes, Dios mío ,que yo nunca he deseado otra cosa que amarte. No ambiciono otra
gloria.Tu amor me estaba esperando desde la infancia, ha crecido conmigo y al presente
es un abismo cuyas profundidades no puedo sondear. El amor llama al amor. Por eso,
Jesús mío, mi amor me lanza hacia ti y quisiera colmar al abismo que lo atrae.. (MsC. 35r)

– Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más
sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime .Y es
que siendo propio del amor abajarse …. El ha creado al niño que no sabe nada… y ha
creado al pobre salvaje y también a sus corazones el quiere descender. …. Abajándose de
tal modo , Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los cedros
y a cada florecilla, como si ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también
Nuestro Señor de cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. (MsA.2r.3r)

" Sí, estoy segura de que aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que
puedan cometerse, iría con el corazón roto de arrepentimiento a echarme en brazos de
Jesús, pues sé como ama al hijo pródigo que vuelve a El ".( MsC.36r)

 

 
 
"La santidad no consiste en tal o cual práctica, sino en una disposición del corazón (del alma) que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra nonada y confiados hasta la audacia en la bondad del Padre."

"Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor en las penas como en las alegrías."

"Con la práctica fiel de las virtudes más humildes y sencillas, has hecho Madre mía, visible a todos el camino recto del Cielo."

"Pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan estrechamente a sí, que sea Él quien viva y obre en mí".

"Vuestro amor me previno desde la infancia, creció conmigo, y ahora es un abismo cuya profundidad me es imposible medir".

"Me preguntas por un método para alcanzar la perfección. Yo conozco el amor _ y solo el amor".

"El amor puede hacer todas las cosas".

"Solo cuenta el amor y la obediencia".

 
 
 
 
 

 
 
 
En un punto de su historia, Japón pareció la más fructífera misión de toda Asia. San Francisco Javier desembarcó allí en 1549 y estuvo dos años estableciendo la iglesia. En el curso de una generación, el número de crisitanos había subido a los 300.000. Javier llamó al Japón "la delicia de mi corazón… el país de Oriente más adaptado al cristianismo".

Cuando este siglo llegaba a su fin, la repugnancia de los sogunes hacia las divisiones religiosas entre españoles, portugueses y holandeses llevaron a un cambio de política. Los sogunes expulsaron a los jesuitas, exigieron que todos los cristianos renunciaran a su fe y se registraran como budistas y empezaron a acosar a los desobedientes. Siguieron pronto las primeras ejecuciones, y comenzó la edad de los mártires cristianos del Japón.

Los japoneses que accedían a pisar el fumie -un icono de la Virgen y el Niño- eran declarados apóstatas y liberados. Quienes rehusaban eran acorralados y asesinados en el intento de exterminio más exitoso en la historia de la iglesia. Algunos fueron obligados a andar forzados a caminar hacia el interior del mar, otros fueron atados y abandonados en balsas; incluso otros fueron colgados boca abajo sobre una fosa llena de cadáveres y excrementos.

Los cristianos en Occidente crecen con inspiradoras historias de los mártires adelantando la frase: "La sangre de los cristianos es la semilla de la iglesia", decía Tertuliano. No así en Japón, donde la sangre de los mártires fue casi la aniquilación de la iglesia.

Casi, pero no del todo. En el siglo XIX, cuando Japón permitió finalmente que se construyera una iglesia católica en Nagasaki para los visitantes occcidentales, los sacerdotes se asombraron de ver a cristianos japoneses bajando en tropel de las colinas; eran Kakure, o cripto-cristianos, cristianos ocultos que se habían reunido en secreto durante 240 años. El culto sin el apoyo de una Biblia o libro de liturgia se había cobrado sin embargo un peaje: su fe había sobrevivido como una curiosa amalgama de catolicismo, budismo, animismo y sintoísmo (la religión tradicional japonesa, panteísta).

Los Kakure no tenían resto de creencia en la Trinidad, y con el paso de los años las palabras latinas de la Misa se habían convertido en una especie de lenguaje macarrónico: Ave Maria gratia plena Dominus tecum benedicta se había convertido en Ame Maria karassa binno domisu terikobintsu y nadie tenía la más ligera idea de lo que estos sonidos significaban. Los creyentes veneraban al "dios del armario", fardos de ropa envueltos alrededor de medallones cristianos y estatuas que eran disimulados en un armario disfrazado como un santuario budista.

Alrededor de 30.000 de estos cristianos Kakure aún dan culto, y 80 iglesias caseras continúan la tradición del "Dios del armario". Los católicos han intentado atraerlos y llevarlos de vuelta a la corriente principal de fe, pero los Kakure resisten. "No tenemos interés en unirnos a su iglesia", dijo uno de sus líderes después de una visita del Papa Juan Pablo II, "nosotros, y nadie más, somos los verdaderos cristianos".

Un museo en la ciudad de Nagasaki alberga restos de la época de los mártires cristianos japoneses (en uno de las terribles ironías de la historia, la segunda bomba atómica explotó encima de la catedral de Nagasaki, diezmando la mayor comunidad de cristianos en Japón y destruyó la iglesia más grande. Las nubes ocultaron el objetivo previsto, Kokura, forzando a la tripulación del bombardero a dirigirse a Nagasaki).

En los años 50, un joven escritor llamado Shusaku Endo solía visitar ese museo y permanecer solo mirando fijamente una vitrina en particular, que contenía un fumie verdadero del siglo XVII, un retrato de la Virgen y el Niño grabado en bronce. Endo estaba especialmente impresionado por las pequeñas marcas negras que desfiguraban el bronce; éstas, aprendió, estaban hechas por dedos humanos, las huellas dejadas por miles de cristianos que habían pisado el fumie.

El fumie obsesionaba a Endo. ¿Lo habría pisado yo? se preguntaba. ¿Qué sintió esta gente mientras apostataban? ¿Qué clase de gente eran? Los libros de historia católica registraban sólo los bravos, gloriosos mártires, no los cobardes que abandonaron la fe. Fueron doblemente malditos: primero por el silencio de Dios en el momento de la tortura y después por el silencio de la historia. Endo prometió que contaría la historia de los apóstatas y a través de novelas como "Silencio" y "El samurai" ha cumplido esta promesa.

En sus relatos cortos "Madres", "Unzen" y "Los últimos mártires", su novela "Silencio" y su obra de teatro "El país de oro" Endo contó la historia de estos martirios y estas apostasías, también de jesuitas portugueses. Y en "Silencio" y en "Los últimos mártires" aparecen en cada una de esas obras un apóstata japonés que reniega por cobardía, porque no tiene valor para soportar el sufrimiento.

Como ejemplo de las torturas y persecuciones voy a poner un fragmento de "Madres", en el que el protagonista va a una isla para conocer a los cristianos Kakure y habla sobre las persecuciones en aquella isla:

Después de haber tomado mi desayuno en compañía del sacerdote, me quedé tendido en la habitación que me habían dado, para releer un libro sobre la historia de la región […]

Según los textos, la persecución de los cristianos de la región había comenzado en 1607, se había hecho particularmente feroz a partir de 1615 y así durante 17 años.

El padre Pedro de San Dominico
Matías.
Francisco [sic] Gorôsuké.
Miguel [sic] Shin.émon.
Dominico [sic] Kisuké.

No son más que los nombres de los sacerdotes y los monjes que perecieron como mártires en 1615, pero hay sin duda numerosos campesinos, esposas de pescadores anónimos que perdieron la vida por su fe […]

Los documentos indican que sobre esta isla que tiene 10 kilómetros de largo por 3,5 kilómetros de ancho había otras veces unos 1500 kirishitan [deformación de la palabra portuguesa christâo que data del siglo XVI y designa a los primeros católicos del Japón]. Un sacerdote portugués, el padre Camilo Constanzo, había evangelizado los lugares fue quemado vivo en 1622 en una playa de Tabira. Se dice que estando ardiendo, la multitud continuaba oyéndolo cantar el Laudate. Después gritó cinco veces: "Él es santo entre todos los santos" y entregó el alma.

Los campesinos y los pescadores eran ejecutados en Iwashima, una isla rocosa a una media hora en barca. Con las manos y los pies atados, eran arrojados al mar desde lo alto de un acantilado. En la peor época de las persecuciones, no había menos de 10 ejecuciones por mes en Iwashima. Para ahorrarse trabajo, los funcionarios los ponían en sacos atados juntos en rosario y los arrojaban tal cual en el mar glacial. Casi nunca se encontraban los cuerpos.

En "Los últimos mártires" también se relata las torturas a que fueron sometidos los últimos cristianos kakure, del distrito de Uragami en la cuarta persecución en este lugar, que duró desde 1867 a 1873, y durante la cual fueron encarcelados 100 kakure, de los cuales 60 murieron en la cárcel por la tortura y el frío:

Los días siguientes, numerosos prisioneros fueron llamados al tribunal. Aquellos que rechazaron apostatar recibieron la tortura llamado dodoi: los pies, los brazos eran ceñidos dentro de cuerdas y todo ello era atado detrás de la espalda. Después se izaba el cuerpo sobre una cruz mientras que los gendarmes, colocados por debajo, lo golpeaban violentamente por medio de látigos y de bastones. A continuación lo remojaban de agua. Las cuerdas, que absorbían el agua, se inflaban, penetrando más en la piel de los prisioneros. Aquellos que habían quedado en la celda escuchaban, viniendo del tribunal, gritos que parecían aullidos de bestias salvajes, puntuados por los insultos de los verdugos.

A los que no cedían, les aplicaron otra estrategia: tratarlos bien e intentar adoctrinarlos, y como tampoco esto sirvió , los torturaron de nuevo:

El alimento, hasta ahora relativamente abundante, fue reducido a un pizco de sal y arroz hervido. Los colchones fueron reemplazados por una estera de paja, y el único vestido autorizado fue el kimono de verano que llevaban cuando los arrestaron.

El invierno se anunciaba desde el mes de noviembre, en la región de Sanin. La tortura tenía lugar en el pequeño estanque del jardín del templo de Kôrinji. Los cristianos eran desnudados y puesto delante del estanque, con una cuba llena de 70 litros de agua a su lado. Un policía, con un salabre en la mano, esperaba cerca y preguntaba:

“Entonces ¿reniegas o no?

– ¡No!”

Después de lo cual le empujaba dentro del estanque, cuya superficie estaba cubierta de una delgada capa de hielo. Cuando el ajusticiado subía a la superficie, el policía lo golpeaba. Kanzaburô describió así los sufrimientos soportados: “Yo estaba helado, comenzaba a temblar y los dientes castañeteaban; no veía más nada. Todo giraba a mi alrededor, y tenía la impresión de que mi última hora había llegado, el policía me llamó y me dijo que saliera. Habían atado un gancho al extremo de un tallo de bambú y por medio del gancho tiraron de mí con todas sus fuerzas, por los cabellos. Cuando estuve fuera del agua, rascaron la nieve e hicieron un fuego con dos montones de leña seca. Después me dejaron que me secara cerca de las llamas y me dieron sales para hacerme recobrar el conocimiento. Me es imposible describir el dolor soportado aquel día”.

Tras la tortura del agua, los prisioneros fueron conducidos a una minúscula celda, cuchitril de un metro cuadrado con barrotes de seis centímetros de largo puestos cada tres centímetros. La única abertura consistía en un agujero colocado a la altura de los ojos para distribuir la comida; vista la estrechez de los lugares, los detenidos debían agacharse antes de penetrar en ese calabozo.

Los fieles murieron uno detrás de otro a causa de las torturas y del rigor del invierno de Tsuwano. El primero en partir fue uno llamado Wasaburô, de veintisiete años. Sobrevivió durante veinte días en el calabozo pero finalmente la debilidad se apoderó de él y ese fue el fin.

El siguiente, Yasutarô, murió a la edad de treinta y dos años a consecuencia de la tortura. Este hombre, a pesar de una constitución de apariencia frágil, distribuyó su ración de alimento a sus camaradas y ofreció hacer tareas desagradables como limpiar los aseos. Fue obligado a quedar sentado en la nieve durante tres días y tres noches, después de lo cual fue puesto en el calabozo donde murió.Kanzaburô estuvo en condiciones de hablar con Yasutarô tres días antes de su muerte. He aquí lo que escribió en una de sus cartas: “Le he dicho que seguro que se sentía solo en el calabozo, pero me ha respondido que no; desde que tenía nueve años, una mujer vestida como la Santa Virgen, con un kimono azul y un velo, le cuenta historias, así él no se siente solo del todo. Pero me pidió que no lo contara a nadie mientras él viviera. Y tres días exactamente después de esta confesión, murió de una dulce muerte”.

Ante esos fallecimientos sucesivos, ciertos cristianos comenzaron a perder esperanza. Finalmente, por una noche de invierno particularmente fría, dieciséis de entre ellos hicieron acto de apostasía. Fueron soltados del calabozo y se les dio una comida caliente y sake; varios días después, bajaron de las montañas.

Quedaron diez hombres, entre ellos Kanzaburô y Zennosuke. En el calabozo, lucharán contra el recuerdo de su aldea, de su casa y de sus familias. Esos recuerdos, más que todo, debilitaban su corazón.

Pero como aún quedaban cristianos firmes, los verdugos decidieron torturar a los hermanos pequeños y a las madres:

En el mes de febrero, veintiséis mujeres y niños fueron embarcados en un barco y llevados a Tsuwano. Una nueva celda fue instalada en el jardín del templo de Kôrinji y se colocó allí a los nuevos que llegaron. La hermana menor de Kanzaburô, Matsu, y su hermano menor, Yujirô, se encontraban entre los prisioneros. La joven muchacha tenía quince años y Yujirô, doce.

Los niños fueron torturados sin piedad. Un niño de diez años rehusó renegar de su fe a pesar del agua hirviendo que vertieron sobre sus manos. Otro de cinco años fue dejado sin comida durante diez días y, cuando lo tentaron con caramelos, movió la cabeza con determinación diciendo: “¡Mi madre me ha dicho que si no reniego de mi religión, iré al paraíso y que allí hay golosinas mucho mejores que éstas!”

Yûjirô, el hermano de Kanzaburô, fue desnudado y dejado expuesto al viento helado, después lo instalaron sobre una cruz hecha con ramas de árbol. Por la noche, un policía arrojaba agua sobre su cuerpo y lo azotaba. Le hundieron el extremo del látigo en las orejas y en la nariz. Desde su calabozo, Kanzaburô podía oír las lamentaciones de ese pequeño muchacho de doce años. La sola cosa que podía hacer era rezar.

Pasó una semana y el cuerpo de Yûjirô comenzó a hincharse y a volverse azul. Su corazón se debilitaba. Los policías, alarmados, cesaron de torturarlo y volvieron a llevarlo al lado de Matsu. Con la cabeza anidada en el regazo de su hermana, Yûjirô hablaba jadeando: “Por favor, perdóname. Lo he hecho todo para no llorar así. He pensado en las pruebas que Jesús ha atravesado y he tratado no gritar. Pero el dolor era tan fuerte que he terminado por ceder. Mi fe es tan débil, perdóname, ¡te lo ruego!”

Al alba, el muchacho entregó su último suspiro apretando la mano de Matsu. Esa mañana los policías trajeron un ataúd, pusieron rápidamente el cuerpo en él y partieron sin decir una palabra.

 
 
 
 
 
 
 
En 1974 se publicó una obra en italiano, titulada «Cosí parlò Padre Pio»: «Así habló el Padre Pio» (San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vincencia.
En este presente trabajo sacamos algunos pasajes en los que el Padre Pío hablaba de la Santa Misa:

Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?
Sí, porque con él regenera el mundo.

¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?
Una gloria infinita.

¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?
Compadecernos y amar.

Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa?
Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz.

Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?
No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración.

Padre, ¿qué es su Misa?
Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo -decía llorando.

¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa?
Todo el Calvario.

Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa.
Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, sólo en cuanto lo puede hacer una creatura humana. Y esto, a pesar de cada uno de mis faltas y por su sola bondad.

Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados?
No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio.

¿El Señor le considera a Vd. como un pecador?
No lo sé, pero me temo que así es.

Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir?
No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.

¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más?
En la Consagración y en la Comunión.

Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.
¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!

¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»…?
Llora conmigo de ternura.

Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa?

Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus creaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad.

Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento?
¡Hereje!

Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco?

Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.

¿Quien le limpia la sangre durante la Santa Misa?
Nadie.

Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio?
¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas.

Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido.
Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme.

¿No le distraen los ruidos?
Para nada.

Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
No seas malo… (no quiero que me preguntes eso…).

Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración?
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.

Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación? Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd.
Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimitas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio?

Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel?
Sí, muy a menudo…

Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar?
Como estaba Jesús en la Cruz.

En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario?
¿Y aún me lo preguntas?

¿Como se halla Vd.?
Como Jesús en el Calvario.

Padre, los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos?
Evidentemente.

¿A Vd. también se los clavan?
¡Y de qué manera!

¿También acuestan la Cruz para Vd.?
Sí, pero no hay que tener miedo.

Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz?
Sí, indignamente, pero también yo las digo.

Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»?
Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.

¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús?
Sí.

¿En qué momento?
Después de la Consagración.

¿Hasta qué momento?
Suele ser hasta la Comunión.

Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué?
Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesus.

¿Ante quién siente vergüenza?
Ante Dios y mi conciencia.

Los Angeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.?
Pues… no lo siento.

Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada.
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante?

¿Qué es la sagrada Comunión?
Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente.

Cuando viene Jesús, ¿visita solamente el alma?
El ser entero.

¿Qué hace Jesús en la Comunión?
Se deleita en su creatura.

Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿que quiere que le pidamos al Señor por Vd.?
Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús.

¿Sufre Vd. también en la Comunión?
Es el punto culminante.

Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos?
Sí, pero son sufrimientos de amor.

¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante?
A su Madre.

Y Vd., ¿a quién mira?
A mis hermanos de exilio.

¿Muere Vd. en la Santa Misa?
Místicamente, en la Sagrada Comunión.

¿Es por exceso de amor o de dolor?
Por ambas cosas, pero más por amor.

Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué?
Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.

Padre, Vd. a dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora?
En los de San Francisco.

Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.?
¡Soy yo quien descansa en El!

¿Cuánto ama a Jesús?
Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena.

Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»?
¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo?

¿Qué unión tendremos entonces con Jesús?
La Eucaristía nos da una idea.

¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa?
¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?

¿Y los ángeles?
En multitudes.

¿Qué hacen?
Adoran y aman.

Padre, ¿quién está más cerca de su Altar?
Todo el Paraíso.

¿Le gustaría decir más de una Misa cada día?
Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.

Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar…
Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).

¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado!
(No contesta).

Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa?
Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de tí.

La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas. Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio:

Padre, quiero hacerle una pregunta.
Dime, hijo.

Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa.
¿Por qué me preguntas eso?

Para oírla mejor, Padre.
Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.

Pues eso es lo que quiero saber, Padre.
Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.