Category: LITURGIA Y ORACIONES


EXAMEN CRITICO

 

Il grande carabiniere della Chiesa

Como
se sabe, el concilio ecuménico Vaticano II (1962-1965) emprendió la
reforma de la liturgia católica, cosa que ya estaba en los planes de
Pío XII, quien en 1948 (un año después de publicar su encíclica Mediator Dei,
había instituido una comisión con ese objeto. En realidad, no tenía
nada de extraordinario el que la Iglesia revisara sus ritos: lo ha
hecho siempre y, después de la gran reforma tridentina, no cesó de
ponerlos a punto cuando lo estimó necesario (el Misal Romano tuvo
varias ediciones típicas después de la de 1570; el Breviario fue
ampliamente modificado por san Pío X; el mismo Pío XII encargó una
nueva traducción de los salmos opcional para el rezo del oficio). Lo
que pasa es que siempre en el pasado se había respetado la tradición
(que no hay que confundir con conservadurismo). En las liturgias
orientales es un principio sacrosanto la intangibilidad de los ritos.
En la Iglesia latina, sin llegarse a esto, sí que existe un respeto por
lo que ha sido transmitido a través de los siglos, adaptándolo –cuando
se juzga necesario– a las legítimas exigencias de los tiempos. Pero una
justa adaptación no implica nunca una revolución. El Vaticano II así lo
comprendió y estableció la puesta al día (aggiornamento) de la liturgia en su constitución Sacrosanctum Concilium
de 1963. Si se lee atentamente este documento nada hay en él contrario
a la sana tradición de la Iglesia y la reforma en él planteada era
razonable y podría haber dado buenos frutos si no se la hubiera
adulterado a continuación.

El papa Pablo VI, con el objeto de llevar a la práctica la reforma litúrgica querida por el concilio, instituyó el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia,
independiente de la entonces Sagrada Congregación de Ritos, el
dicasterio encargado de velar por la liturgia. Durante las sesiones
conciliares el ala liberal había acusado constantemente a la Curia de
ser conservadora (lo cual era cierto de algún modo) y de obstaculizar
los trabajos conciliares (lo cual era falso e injusto, pues
precisamente fueron los llamados progresistas los que sabotearon
sistemáticamente el reglamento del Vaticano II, aprobado por el beato
Juan XXIII). A Pablo VI lo convencieron, pues, de la conveniencia de
quitar a Ritos (presidido por el cardenal cordimariano Arcadio
Larraona, considerado tradicional) la competencia en la actuación de la
reforma litúrgica y darla a un organismo que no tuviera que dar cuenta
sino al Papa directamente. El Consilium estaba presidido por
el cardenal Giacomo Lercaro, arzobispo de Bolonia y significado líder
liberal del concilio, y tenía por secretario al P. Annibale Bugnini,
vicentino, propulsor del movimiento litúrgico (aunque no el ortodoxo de
Dom Guéranger, sino el arqueologista y ecumenista de Dom Beaudoin).

El
aspecto de la reforma litúrgica que nos interesa ahora y hace a nuestro
tema es el de la misa, por lo cual dejamos aparte la reforma de los
demás libros litúrgicos. La del misal romano se llevó a cabo en dos
fases. La primera consistió en el desmantelamiento del rito clásico
codificado por san Pío V y cuya última edición típica fue la del beato
Juan XXIII de 1962, justo el año en el que comenzó el Vaticano II. En
1965 y en 1967 el Consilium publicó sucesivas instrucciones
en fuerza de las cuales se mutilaba el ordinario de la misa y se
relegaba peligrosamente el uso del latín (considerado, sin embargo, por
el propio concilio como la lengua propia de los ritos latinos). Estos
cambios ya pusieron sobre aviso a los católicos fieles a la tradición
(a los que se comenzó a llamar “tradicionalistas”). Fue en estos años
cuando comenzó a organizarse la defensa del rito antiguo,
principalmente en torno a la revista francesa Itinéraires (Louis Salleron, Jean Madiran) y a UNA VOCE (véase esta entrada anterior: http://roma-aeterna-una-voce.blogspot.com/2009/04/breve-historia-de-la-fiuv-i.html).
Hay que decir que estas iniciativas provenían de los seglares, aunque
en el ámbito del clero se seguía también con preocupación la evolución
de la reforma litúrgica. La segunda fase fue la creación de un Novus Ordo que substituyera al antiguo, para lo cual fueron admitidos a los trabajos del Consilium
observadores no católicos (un talmudista judío y algunos expertos
protestantes), que a menudo rebasaron su carácter meramente consultivo.
El caso es que en 1967, el P. Bugnini propuso al sínodo de los obispos
la llamada missa normativa, que no llegó a ser aprobada
debido a los reparos de la mayoría de los padres sinodales. Dos años
más tarde, sin embargo, ese mismo rito, con algunos retoques, era
promulgado por Pablo VI mediante la constitución apostólica Missale Romanum de 3 de abril de 1969.

Pablo VI y los observadores protestantes del Consilium: Rev. Jasper, Dr. Shepherd,
Prof. George, pastor Kenneth, Rev. Brand y el Hno. Max Thurian de Taizé

El Novus Ordo Missae
constituía el triunfo de las tesis que el movimiento litúrgico desviado
había ido introduciendo en la Iglesia, primero subrepticiamente y
después del concilio abiertamente (tesis contrarias a los principios
que había dejado bien claros Pío XII en la carta magna de la liturgia
católica que fue su encíclica Mediator Dei de 1947). Lo más
llamativo era que el resultado se hallaba en abierto contraste con lo
que había dispuesto la mismísima constitución Sacrosanctum Concilium. La misa del Consilium no era en absoluto la misa del Concilium.
Los tradicionalistas habían tenido razón de inquietarse con las
primeras modificaciones. La reforma de la misa resultaba ser, en
realidad, una revolución litúrgica. No se había tratado sólo de una
refundición o adaptación del antiguo rito según una legítima evolución
homogénea: se estaba delante de una verdadera y propia innovación. El
mismo artífice del Novus Ordo, monseñor Bugnini, admitió que
se habían dado a los ritos estructuras nuevas (la substitución del
antiguo ofertorio pre-sacrifical por una presentación de ofrendas de
origen judío da buena fe de ello).

A
la sazón convergían en Roma algunos personajes eclesiásticos que se
habían significado por su defensa de la continuidad con la tradición
durante los debates en el aula conciliar: el cardenal Alfredo
Ottaviani, prefecto emérito del ex-Santo Oficio; el cardenal Antonio
Bacci, eximio latinista; monseñor Marcel Lefebvre, antiguo delegado
apostólico en el África francófona, que acababa de renunciar como
superior general de los Padres del Espíritu Santo (por estar en
desacuerdo con la línea liberal adoptada por la congregación), y el
R.P. Michel Louis Guérard des Lauriers, dominico, profesor en la
Pontificia Universidad Lateranense y en el Angelicum. También por
aquellos días se constituía en la Ciudad Eterna la correspondiente
italiana de UNA VOCE. Dos de sus miembros, la poetisa y artista
Vittoria Guerrini (bajo el nombre artístico de Cristina Campo) y Emilia
Pediconi, lograron reunir un grupo de estudio, conformado por teólogos
romanos de confianza bajo la dirección del P. Guérard des Lauriers,
para examinar el Novus Ordo Missae. El cardenal Ottaviani
aceptó revisar los trabajos, que se desarrollaron de forma intensiva
durante los meses de abril y mayo de 1969, siendo seguidos de cerca por
monseñor Lefebvre. El resultado fue el Breve Examen Crítico,
redactado en latín probablemente en el círculo del cardenal Bacci, que
contó con la aprobación final del cardenal Ottaviani. Vittoria Guerrini
(foto) lo tradujo
inmediatamente al italiano y monseñor Lefebvre obtuvo una versión
francesa del P. Guérard de Lauriers. La versión definitiva fue datada
el día de Corpus de 1969, es decir el 5 de junio de hace cuarenta años.

¿Qué sostenía este examen del Novus Ordo? En líneas generales he aquí sus puntos principales:

1.-
La definición de la misa simplemente como asamblea y cena en desmedro
de su carácter esencial de sacrificio (como se ve en el artículo 7 de
la Institutio generalis).
2.- La supresión de todo aquello
que habla de un sacrificio propiciatorio ofrecido a Dios (que es lo que
los portestantes niegan).
3.- La disminución del sacerdote celebrante, reducido a mero « presidente de la asamblea ».
4.- El silencio sobre la Trnasubstanciación y la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.
5.- El cambio del modo activo (infra-actionem) al modo narrativo en el momento de la consagración.
6.- La multiplicación de opciones ad libitum, que atenta realmente contra la unidad dentro del mismo rito.
7.-
El empleo a lo largo de todo el texto del ordinario de la misa de un
lenguaje ambiguo y equívoco que abre la posibilidad a múltiples
interpretaciones.

De todo ello deducían los cardenales Ottaviani y Bacci que “atendidos
los elementos nuevos, susceptibles de apreciaciones muy diversas, que
aparecen subentendidos o implicados, se aleja de manera impresionante,
en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal
como fue formulada en la XXII Sesión del Concilio de Trento, el cual,
al fijar definitivamente los cánones del rito, levantó una barrera
infranqueable contra toda herejía que pudiera menoscabar la integridad
del Misterio”
. Palabras mayores, pero que reflejaban una realidad objetiva y comprobable.

De lo que se trataba ahora era de presentar lo más pronto posible el riguroso estudio redactado por el P. Guérard des Lauriers (foto)
al Santo Padre antes de que entrara en vigor la nueva liturgia de la
misa, lo cual estaba previsto para la primera domínica de adviento de
ese mismo año. El cardenal Ottaviani preparó una carta a Pablo VI
acompañando el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae (de
la que está entresacada la cita anterior) y esperaba que la firmara un
buen número de prelados. Después de todo, durante el Vaticano II se
había logrado aglutinar a más de 500 padres conciliares en lo que se
llamó el Coetus Internationalis Patrum, que hizo una decidida
oposición –a veces eficaz– a la conocida como Alianza del Rin, que
lideraba al ala liberal de la asamblea ecuménica. Monseñor Lefebvre
pensaba que se podrían llegar a recoger más de 600 firmas. Sin embargo,
las gestiones llevadas a cabo discretamente en los círculos vaticanos y
los medios conservadores de la Iglesia no dieron un gran resultado.
Aunque doce cardenales presentes en Roma dieron su consentimiento para
subscribir el documento (entre ellos el español Larraona), al final
sólo dos estamparon su firma el 13 de septiembre de 1969: Ottaviani y
Bacci. ¿Qué había sucedido? Un sacerdote tradicionalista –sin duda con
muy buena voluntad pero con poco tino y un gran desconocimiento de cómo
marchan las cosas en Roma– cometió la imprudencia de publicar el Breve Examen Crítico
antes de ser sometido a Pablo VI, siendo así que se había acordado no
darlo a la luz hasta un mes después. Esto hizo retroceder a los
potenciales signatarios, que temieron aparecer como desafiantes a la
autoridad del Romano Pontífice.
Todo
y así, el escrito se envió al papa Montini, que lo remitió a la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, a fin de conocer si las
críticas que el Breve Examen Crítico hacía al Novus Ordo Missae
tenían fundamento teológico. El 12 de noviembre de 1969, el cardenal
Franjo Seper respondió por medio de una carta al secretario de Estado
cardenal Villot, cuyo contenido no fue dado a conocer, si bien monseñor
Bugnini, en sus memorias, afirma (sin aportar la prueba documental) que
la Institutio generalis del nuevo misal romano (en la que se expone la
doctrina que subyace al rito) fue hallada conforme a la ortodoxia,
quedando así desmentidas las acusaciones del alegato firmado por los
cardenales Ottaviani y Bacci (foto). Algunos días después, se reunió el Consilium para estudiar las objeciones hechas al Novus Ordo, llegándose a la conclusión de que, los puntos que ofrecían dificultades en la Institutio generalis
no tenían en realidad un carácter doctrinal sino pastoral y que las
explicaciones de lo que era la misa contenidas en ella no tenían por
qué ser exhaustivas. Sin embargo, esto estaba en contradicción con lo
que el propio Bugnini había sostenido en el curso de la elaboración del
rito reformado, a saber: que la Institutio generalis debía contener principios doctrinales y constituir una explicación teológica completa sobre la eucaristía.

En cuanto a los cardenales firmantes de la carta a Pablo VI que acompañaba al Novus Ordo Missae,
nunca recibieron una respuesta directa del Papa. Pero el cardenal
Ottaviani fue recibido por éste en audiencia el 7 de diciembre y,
aunque no trascendió lo que en ella se trató (oficialmente, el
pontífice quería tan sólo interesarse por la salud del purpurado
después de una hospitalización que sufrió), sí que fue significativo el
hecho de que desde entonces el aguerrido carabiniere della Chiesa no volvió a tratar públicamente del asunto del Novus Ordo.
Es significativo, no obstante, el hecho de que en su diario anote que
la audiencia papal comenzó en medio de una atmósfera tensa “a causa de la carta que le enviamos Bacci y yo”.
Parece ser, pues, que Pablo VI le obligó bajo obediencia a abstenerse
de manifestarse al respecto. Del posterior silencio del cardenal
Ottaviani han querido deducir algunos que se contentó con las
seguridades que le habría dado el Papa de su perfecta ortodoxia. Otros
han ido más lejos y aseguran que, en realidad, nada tuvo que ver con el
Breve Examen Crítico y puso su firma de mala gana,
desautorizando más tarde el escrito. Para ello sacan a relucir una
supuesta carta suya al monje francés Dom Gerard Lafond fechada el 17 de
febrero de 1970, en la cual lo felicitaba por una apología de la nueva
misa, en uno de cuyos pasajes se afirmaba que el cardenal había sido
autor de algunas de sus partes. Pero no sólo eso: también afirmaba
Ottaviani que la carta que acompañaba el Breve Examen Crítico se había enviado sin su consentimiento y que para él los discursos de Pablo VI del 19 y 26 de noviembre defendiendo el Novus Ordo zanjaban la cuestión de la misa.

El publicista católico francés Jean Madiran (foto)
no tardó en contestar la autenticidad de la carta del 17 de febrero,
que no menciona el biógrafo del cardenal Ottaviani, Emilio Cavaterra
(que, sin embargo revisó cuidadosamente su diario y sus papeles) ni
tampoco monseñor Gilberto Agustoni, secretario de aquél y ferviente
defensor del Novus Ordo, que, sin duda, habría esgrimido esa
valiosa prueba documental de haber sido auténtica. Es más: todas las
sospechas de una falsificación recaen sobre Agustoni, en quien
Ottaviani había depositado su confianza, manteniéndola hasta que le
llegaron voces de que su secretario se aprovechaba de su ceguera para
hacerle firmar documentos de los que no se enteraba bien. Uno de esos
documentos pudo perfectamente ser la famosa carta. Pero hay un hecho
clarificador: tanto antes como después del 17 de febrero de 1970, el
cardenal Ottaviani reafirmó de viva voz y ante testigos (aunque no
públicamente) su apoyo al Breve Examen Crítico. Por lo demás, el
cardenal Bacci siempre se mantuvo firme y nunca escatimó sus críticas a
la reforma litúrgica y a sus fautores (entre ellos el cardenal Lercaro).

Sea
como fuere, lo cierto es que algún resultado dio la intervención de los
dos ilustres príncipes de la Iglesia, pues la entrada en vigor del Novus Ordo Missae hubo de atrasarse medio año para poder enmendar las partes más polémicas de la Institutio generalis.
Se introdujeron las modificaciones que evitaban una interpretación
protestante de la misa (se cambió el polémico y escandaloso artículo 7
de la Institutio) y reforzaban la interpretación católica en puntos claves como la noción de sacrifico propiciatorio, la acción del sacerdote in persona Christi,
etc. Se añadió un preámbulo doctrinal de corte y estilo tridentino,
pero ello no obstante, no se tocó el rito en sí mismo. A pesar de todo,
su ortodoxia estaba salvada y ello se debe al Breve Examen Crítico.
Esta intervención fue providencial en un momento en el que la teología
católica coqueteaba con la herejía y el modernismo y en que se imponía
por la fuerza una hermenéutica de la ruptura, invocando el llamado
“espíritu del Concilio”, un concilio que, sin embargo, no había
previsto ni habría querido lo que en su nombre después se promovió. La
oportunísima requisitoria de los cardenales Ottaviani y Bacci a favor
de salvar la doctrina católica de la misa fue el primer y temprano paso
hacia la recuperación de la misa de siempre y por ello los católicos no
podemos sino estarles profundamente agradecidos y venerar su piadosa
memoria.

Nunca fue abrogado

(FUENTE: ROMAE AETERNA)

Liturgia

Hay un vacio de pensamiento sobre la lengua latina y su uso en la liturgia (Fray Nelson.com)

7 Mayo, 2009

Si hay algo que brilla por su ausencia en las discusiones sobre el lugar del latín en la liturgia es la falta de argumentos, casi digo yo de parte y parte. La nostalgia de unos se enfrenta con el temor al anacronismo de parte de los otros y al final las cosas quedan en pánico paralizante o cerrazón a todo discurso racional.

Me atrevo a decir que he conocido varias dimensiones de este asunto. Conozco, leo y amo el latín; lo he enseñado en nuestra casa de formación en Bogotá por varios años, y también a nuestros novicios dominicos. He celebrado y rezado en latín en varias partes, incluyendo nuestro Angelicum en Roma. Por otro lado, mi experiencia de fe resulta imposible de comprender sin el entusiasmo (y la percusión y el ritmo) de las celebraciones carismáticas. Y de ahí sobre todo lo que echo de menos cuando se afirma que “sólo” el órgano es “digno” de la liturgia: mi sensación es que canonizar solo la música tubular equivale a dejar de lado la palabra “ritmo,” y en esto se cumple lo que en otras pareas de la vida de fe: lo que la Iglesia menosprecia, alguien lo aprecia, lo hace suyo y lo usa contra la Iglesia. Buena parte, quizás la mayor parte del rock nació y se crió al margen de la fe, y bueno, ahí lo tienes. Ya decían los antiguos: “lo que no es asumido no es redimido” (Quod non assumptus, non redemptus).

Y sin embargo, perder el latín es perder demasiado.

1. Cada lenguaje es la expresión del alma de un pueblo. Durante unos mil años largos la Iglesia, y la civilización occidental misma, pensó en latín, oró en latín, rió en latín. Olvidarse del latín es perder mil años de vida, de búsquedas, de hallazgos, de esperanzas, de poesía.

2. Una proporción solo modesta de textos están traducidos a lenguas modernas, y ninguna traducción reemplaza al original. Cuando hoy oímos “perfidi Iudaei” espontáneamente pensamos en una especie de insulto. Sucede así porque creemos que se puede reemplazar “perfidus” con “pérfido,” pero resulta que este último termino hace tiempo tiene vida propia, y sus sentido no puede asumirse como paralelo del antiguo.

3. Las lenguas llamadas “muertas” tienen por ello mismo una mayor capacidad de estabilidad semántica, y esto es muy necesario en la teología y en la liturgia. Sin al estabilidad en los vocablos terminamos por no saber a qué aluden. Ya es esto difícil cuando se trata de términos como “hypostasis” y “prosopon,” pero es mucho más complejo cuando términos nuevos aspiran a reemplazar a los antiguos, como cuando se propusieron “trans-significación” y “trans-finalización” en vez de “trans-substanciación.” Juzgar de estos asuntos de teología sin una sólida base en latín es temerario, por decir lo menos.

4. El latín tiene su genio propio para expresar una de las dimensiones menos apreciadas hoy, perp más necesarias: la objetividad del culto. ¿Qué se entiende por objetividad aquí? El hecho de que la fuente de la adoración no es el sujeto, en cuanto sujeto de emociones, recuerdos, sentimientos o anhelos, sino lo realmente actuado en, por y a través de Cristo.

5. La Iglesia ha tenido y tendrá que afrontar el embate de los nacionalismos, en tales circunstancias la neutralidad y universalidad del latín cumple un servicio enorme que a la vez previene del afán de protagonismo de cualquier nación o lengua ya todos educa en la pertenencia a una realidad que va más allá de sus propias fronteras.

De lo dicho en el punto cuarto quiero citar un par de ejemplos tomados del Misal Romano. Primero, una oración colecta de una misa para el tiempo pascual:

Deus, qui et libertatis nostrae auctor es et salutis, exaudi supplicantium voces, et, quos sanguinis Filii tui effusione redemisti, fac ut per te vivere et perpetua in te valeant incolumitate gaudere.

Así suele leerse en los misales en lengua castellana:

Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos; y ya que nos has salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre en ti y en ti encontremos la felicidad eterna.

La versión común en inglés va así:

Lord God, source of our freedom and salvation, listen to our humble prayer. You redeemed us by the shedding of your Son’s blood: enable us to live by your grace, and grant us at all times the joy of your safe keeping.

Las traducciones vernáculas, ambas muy correctas desde el punto de vista lingüístico, creo yo, presentan un movimiento que parte de Dios, llega a nosotros y allí atesorado pide ser preservado; es decir, el sujeto de interés es el hombre redimido. E el tetxo latino el fruto de la acción es pedido en la forma típica de esa lengua, o sea, en tercera persona: “quos… redimisti, fac ut… vivant.” El recurso a la tercera persona hace que el narrador-orante se sitúe como contemplativo y narrador de una acción divina, que da una vida firme, feliz y perdurable a los mismos que rescató. El énfasis está en el Dios redentor.

Un ejemplo diferente lo tomo de la fiesta de San Gregorio Magno. Dice el texto latino:

Deus, qui populis tuis indulgentia consulis et amore dominaris, da spiritum sapientiae, intercedente beato Gregorio papa, quibus dedisti regimen disciplinae, ut de profectu sanctarum ovium fiant gaudia aeterna pastorum.

Lo cual en castellano sale así en algún misal:

Dios todopoderoso y eterno, que pusiste al papa san Gregorio al frente de tu pueblo para que con su ejemplo y su palabra lo ayudara a crecer en santidad; protege, por su intercesión, a los pastores de la Iglesia y al rebaño que les has confiado, para que siempre caminen por las sendas de la salvación.

Esta vez, el traductor español ha tomado la otra opción: traducir literalmente la figura latina de la tercera persona, ya mencionada. El latín va: “da spiritum sapientiae… quibus dedisti regimen disciplinae.” Es una expresión bellísima, de clásica espiritualidad “objetiva,” en la que, de nuevo, Dios aparece como el iniciador y consumador de la gesta salvífica. La traducción arruina ese propósito y ni siquiera menciona el espíritu de sabiduría; mucho menos sabe qué decir del “regimen disciplinae;” quizás no le parece popular. El inglés traduce así:

God our Father, your rule is a rule of love, your providence is full of mercy for your people. Through the intercession of Saint Gregory grant the spirit of wisdom to those you have placed in authority, so that the spiritual grouwth of the people may bring eternal joy to the pastors.

Mejor que la versión castellana pero se pierden varias cosas. Resulta que en latín se habla del señorío de Dios (”dominaris”), y eso desaparece en inglés. En latín Dios es señor de los pueblos, y por eso se mencionan “populis tuis;” ello también falta en inglés. La sutileza y belleza de “indulgentia consulis” no existe más. Y la “disciplina” tampoco gustó a irlandeses, ingleses, australianos o estadounidenses.

Ahora pregunto yo: ¿cómo sabrán quienes solo conocen sus respectivas lenguas de cuánto se están perdiendo?

No pido yo simplemente que se diga todo en latín. Una respuesta integral a esta situación pide sacerdotes que amen el ser y la vida de la Iglesia, y que sean verdaderos liturgos, capaces de tomar de los tesoros de la Iglesia lo antiguo y lo nuevo.

EL LATÍN

   El latín es la lengua oficial de la Iglesia. La Iglesia lo emplea en los Divinos Oficios para conservar mejor la unidad de fe pues como las lenguas vivas cambian de continuo, su uso podría introducir alteraciones en la Liturgia y en los ritos de los sacramentos.
   Además, usando la misma lengua en los países más diversos; brilla la catolicidad de la Iglesia. En ningún templo católico puede sentirse extraño un hijo de la Iglesia, porque en todas partes se celebran los mismos oficios, interpretados con las mismas palabras.

3. El latín, lengua litúrgica.

   Los libros litúrgicos están escritos en la lengua oficial de la Iglesia, o sea en latín, que es, desde el siglo III o principios del IV, la única lengua litúrgica de todo el Occidente. Los pocos vocablos griegos (el" Kyrie eléison", de la Misa y de las Letanías, y el trisagio "Ágios o Theos" del Viernes Santo), y hebreos ("amen" "alleluia" "hosanna" "sabaoth") que todavía se emplean en la Liturgia romana, son restos de las primitivas lenguas litúrgicas y un indicio bien claro de la unidad de la Iglesia de Cristo, a la que sucesivamente se fueron incorporando judíos, griegos y romanos.
   En los orígenes del cristianismo celebrábase la Liturgia en lengua vulgar, siguiendo en esto el ejemplo de Jesucristo y de los Apóstoles, que usaban el arameo, por ser entonces entra sus compatriotas, el idioma popular. "Los cristianos griegos -dice a este propósito Orígenes- ruegan a Dios en griego; los romanos se sirven de la lengua latina; los demás pueblos le dicen sus alabanzas cada cual en su propio idioma".

   No obstante esta diversidad de lenguas litúrgicas primitivas, el griego, que era a la sazón el idioma más conocido y popular, dominó en seguida a todos los demás, de modo que, hasta la paz de Constantino (313) fue prácticamente la lengua oficial de la Iglesia. A partir de esa época, empero, la influencia de Roma empezó a ser ya decisiva en las naciones cristianas de Occidente, y su lengua, que era ya conocida en todas ellas y usada con frecuencia por los hombres cultos, se impuso en seguida como idioma universal. De esta suerte, el griego cedió su lugar en la Iglesia al latín, el cual quedó en adelante como lengua litúrgica oficial.
   Las Liturgias de Oriente usan desde muy antiguo, según las regiones: el griego, el armenio, el sirio, el etíope y el eslavo, que son las lenguas vulgares de esos mismos pueblos.
  Paulo V concedió a los jesuitas establecidos en China el uso litúrgico de la lengua del país; León XIII permitió el glagolito a los croatas y montenegrinos, que lo venían usando hasta el año 1868; y Benedicto XV consintió que la nueva República checoeslovaca lo empleara igualmente en ciertas solemnidades y en determinados altares. 

4. Ventajas del latín

   El uso del latín, como única lengua litúrgica de Occidente, ofrece varias y muy apreciables ventajas, contra algún pequeño inconveniente.
    Las ventajas son: 

  • 1º) que contribuye poderosamente a conservar la unidad de la fe; 

  • 2º) que facilita a los eclesiásticos de todas las naciones y de todas las lenguas el desempeño, en cualquier iglesia y país, de sus sagradas funciones; y 

  • 3º) que envuelve de cierto misterio y majestad a los actos de culto. 

   Es bien obvio que la unidad y universalidad del latín ha salvaguardado en la Iglesia Romana la unidad e inmutabilidad de la fe, tanto como en las iglesias protestantes ha sido fuente de discordias y discrepancias la adaptación periódica del Libro de Oraciones al lenguaje de la época. Gracias a la lengua única, nuestra fe es proclamada siempre y dondequiera con las mismas fórmulas, las cuales nos han sido transmitidas desde los Apóstoles, de generación en generación. .
   Gracias al latín, por otra parte, no existen propiamente, en la Iglesia Romana, liturgia ni templos extranjeros, como tampoco sacerdotes ni fieles advenedizos: todos nos sentimos dondequiera como en nuestra propia y parroquial iglesia. Para la liturgia no hay patria chica ni dialectos ni celos regionales. Todos somos hijos de una madre común, la Iglesia Romana, y todos hablamos u oimos la misma lengua materna, que, es el latín.
   La antigüedad y venerabilidad del latín y el ser hoy una lengua muerta, contribuye, finalmente, a revestir los ritos litúrgicos de cierta gravedad y misterioso misticismo, que los ponen al resguardo de la profanación y sarcasmo de los burladores de la Iglesia. A la vista están los comentarios picarescos que a veces provocan hoy ciertos cánticos y oraciones populares en la boca de los maliciosos.
   Contra estas indiscutibles ventajas sólo aducen los enemigos del latín, casi todos protestantes o afines a ellos, un inconveniente de bulto, a saber: que es ininteligible al común de los fieles. El inconveniente es cierto, pero no tan grave como a primera vista parece.
   No es tan grave como parece, por cuanto se ha remediado en gran parte con las traducciónes y comentarios del Misal y del Breviario y de los ritos más usuales de la Liturgia; y además, porque para orar bien, no es absolutamente necesario -aunque sea muy conveniente- entender las fórmulas de oración que se usan, ya que es la Iglesia el órgano oficial de la alabanza y nosotros meros portavoces. Para bien orar, basta unir, a la adoración en espíritu y en verdad, la pronunciación y la presencia materiales. 

5. La pronunciación del latín

   Asegurada la unidad de la lengua litúrgica por las grandes ventajas que reporta a la fe y a la piedad cristiana, la Iglesia se preocupa, sobre todo en estos últimos tiempos, de uniformar en lo posible hasta su pronuneiación, para que así reine una más perfecta inteligencia entre los eclesiásticos de todos los países católicos. Y como no es fácil precisar ahora cuál es la verdadera y clásica pronunciación latina, la Iglesia ha manifestado deseos de que se adopte la romana, cuyas características, por lo mismo, es necesario conocer.
   En el latín se pronuncian todas las palabras, y nunca se acentúa la última sílaba de las palabras. Las palabras de más de dos sílabas casi siempre llevan señalado el acento, como en español.
   Los diptongos ae, oe, se pronuncian e. Ejmplo: laetus, coelum, que se leen: Letus, celum. Suelen ecribirse formando una sola letra.
   C, delante de e y de i y de los diptongos ae, oe, se pronuncia aproximadamente como tch. Ej.: pace patche, cibus=tchibus coelum=tchelum. Al duplicarse la c, se duplica también la t. Ejemplo: ecce=ettche.
   Ch se pronuncia k. Ej.: ohérubin=Kérubin, brachio=brakio.
   
Ge, gi no tienen sonido equivalente en español; equivalen a dj francesas Ej.: ágimus=ádjimus, reges=redjes. 

   Gue, gui se pronuncian güe, güi. Ej.: pinguedo=pingüedo, sanguis=sangüis.
   
Gn equivale exactamente a ñ. Ej.: agnus=añus.
  
H se pronuncia k en las palabras mihi, nihil y sus derivados. Ej.: mihi=mik7ci.
   
J se pronuncia como y. Ej.: Jerusalem=Yerusalem, jejúnium=yeyunium.
   
Ll suena como dos l. Ej.: ille=il-le, alleluia=al-leluia. 

   Ph como f. Ej.: Joseph=Yosef, philosophia=filosofía.
   
S, entre dos vocales suena algo más dulce que en español; 

   T, en medio de dicción y seguirla de i y de otra vocal, se pronuncia ts, Ej.: laetitia=letitsia, gratia=gratsia. Pero se conserva el sonido de t cuando está precedida de s o de x. Ej.: ostium=ostium, mixtio=mixtio; y en las palabras Antiochia, y sus derivados.
  
Sc Suena aroximadamente como ch francesa. Ej.: descendit=dechendit.
  
Xc se parece a kch francesas. Ej.: excelsis=ekchelsis.

   Z al principio de la dicción, se pronuncia ds, pero suavizando la s. Ej.: Zachaeus=Dsakeus; y en medio de dicción, como ts. Ej.: N azareus=Natsareus.
   Esta pronunciación romana del latín tiene, para los de habla española, el ligero inconveniente de alterar los sonidos de algunas palabras, cuyo significado, por su gran parecido con el español, adivinan aún los que ignoran totalmente el latín. Así, por eiemplo, pronunciando reges, pace, coelum, etc. a ]a española. no hay nadie que no adivine su significado; mientras que pronunciándolas a la romana, el vulgo en seguida se desorienta. Pero es éste un inconveniente tan insignificante, que apenas merece tenerse en cuenta.
   Algunos gramáticos meticulosos se resisten a pronunciar el latín a la romana, pretextando que no es esa la verdadera pronunciación del lacio; mas conviene recuerden que lo que, por ahora se pretende es tan solo la unificación práctica de dicha pronunciación, no su restauración arqueológioa. Mientras ésta no llegue, bueno y conveniente será fomentar aquélla, siguiendo las directivas de Roma.

LA SANTA MISA

 

La Santa Misa

A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste.

Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón.

Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas.

Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.

La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones.

Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas.

Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti.

Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio

Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales.

Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte.

Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa.

Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio.

Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el cielo.

Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Angel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte.

Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue.

Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día.

La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria. – San Bernardo de Sena.

El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho. – San Agustín.

Por cada Misa celebrada u oídas con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. – San Gregorio el Grande, Papa.

Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa. –San Gregorio el Grande

Puedes ganar también Indulgencia Plenaria todos los lunes del año ofreciendo la santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención.

Se suplica que apliquen todas las indulgencias en sufragio de las Almas del Purgatorio, pues Dios nuestro Señor, y ellas le recompensaran esta caridad.

La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

SAGRADA COMUNION

 

 
 
El misterio y el culto de la Sagrada Eucaristía,
por el Papa Juan Pablo II.
Carta del Papa (Dominicae cenae) a todos los obispos y sacerdotes,
24 de febrero, 1980.

La carta incluye:

"¡Con qué elocuencia, en nuestra ordenación en latín, el rito de los sacerdotes de ungir las manos expresa la necesidad de una gracia especial y un poder del Espíritu Santo para las manos de los sacerdotes! Tocar la Sagrada Eucaristía y distribuirla con las propias manos es un privilegio de las personas ordenadas.”

Regalo inestimable (Inaestimabile donum)
en algunas normas relativas al culto del Misterio Eucarístico,
por el Papa Juan Pablo II.
Sagrada Congregación para los Sacramentos y la Alabanza Divina
(Jueves Santo) 3 de abril, 1980.

Incluye:

"La Sagrada Eucaristía es el regalo del Señor. Debería ser distribuida a los laicos mediante la mediación de sacerdotes católicos ordenados especialmente para esta tarea. A los laicos no les está permitido tomar la Sagrada Eucaristía ni el Cáliz Consagrado, ellos mismos."

(JESÚS A…) SANTA BRÍGIDA DE SUECIA, + 1373
"Mira, hija mía, les obsequio cinco cosas a mis sacerdotes (…), y en quinto lugar el privilegio de tocar con sus manos mi Carne Sagrada."

 

 

¿Comunión en la boca o en la mano?
Padre Jordi Rivero. 28, junio, 2008




El Papa Benedicto XVI ha decidido distribuir personalmente la comunión a los fieles solo en la boca y puestos de rodillas (Ver video). Cuando le preguntaron al arzobispo Marini, Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificias, si el Papa continuará esa práctica, respondió: "Creo que será así. No hay que olvidar que la distribución de la comunión en la mano es todavía desde el punto de vista jurídico una dispensa a la ley universal, concedida por la Santa Sede a aquellas conferencias episcopales que lo pidieron", 26 junio, 2008, L’Osservatore Romano, edición italiana".

Según el Maestro de las Celebración Litúrgicas Pontificias, la modalidad adoptada por Benedicto XVI tiende a subrayar la vigencia de la norma, "válida en toda la Iglesia".

Con la distribución de la comunión en la boca, agregó, se intenta resaltar "la presencia real en la Eucaristía, se ayuda la devoción de los fieles y se introduce con más facilidad el sentido de misterio, aspectos que en este tiempo es urgente recuperar". Ver texto>>

En resumen, se nos ha recordado que:
1: La comunión directamente en la boca es la ley universal y por lo tanto la norma vigente, válida en toda la Iglesia.
2: La comunión en la mano es una dispensa de dicha ley.
3: El Papa Benedicto claramente favorece la comunión directamente en la boca y su maestro de ceremonias da razones consideradas como urgentes.

Debemos respetar las opciones que la Iglesia permite. Sería contradictorio causar divisiones y faltar a la caridad en torno a la Eucaristía. Al mismo tiempo me parece que es sabio valorar la preferencia del Papa y atender a sus consideraciones.

 

 

 

Luego, proseguimos con esta investigacion:

San Sixto I, Papa (115-125) prohíbe a los laicos tocar los vasos sagrados (Mansi 1, 653). Con mayor razón hubo de prohibir la Comunión en la mano.

En la época de San Justino (100-166) sólo los ddiáconos dan la Comunión a los fieles (Apología 1, 65,5). Este uso es confirmado por la Didajé (15,1) y por S. Ignacio de Antioquia (+107).

El Papa San Eustaquio (275-283) en su "Exhortación a los sacerdotes" decreta que "nadie tenga la presunción de hacer llevar la Comunión por un laico o una mujer a un enfermo" (Patrol. La. 5, 165).

San Basilio (329-379) en carta del a�o 372, no permite la Comunión en la mano salvo en alguna situación extraordinaría como en caso de persecución (Ep. 93, Patrol. Griega, 332, 483,6).

San Jerónimo (347-420), secretario del Papa San Dámaso, aplica la Doctrina Bíblica (Ex 19,5; ISam 21,5) para descalificar la Comunión en la mano: "Si quienes habían estado con sus esposas no podían comer los panes de la Proposición… ¿Cuánto menos podrá ser violado y tocado por ellos aquel Pan que bajó del Cielo?" (C. de Panm., 49,15).

En el Sínido de Roma del a�o 404, celebrado bajo el Papa Inocencio I (401-417) se impone el rito de la Comunión en la lengua (Mansi X, 49,15).

El Papa San León I "El Grande" (440-461) recuerda en su "Sermon V" que el Santísimo Sacramento es recibido en la lengua (Patrología Latina, 54, 1385).

El Papa San Agapito (535-536) curó milagrosamente a un sordomudo, cuya lengua se solto al darle de comulgar en la boca (S. Greg. dial. III, 3).

El Papa San Gregorio "El Grande" (590-604) daba la Comunión en la lengua (Patr. Latina, 75, 103).

En el Sínodo de Rouen (649-653), siguiendo la línea observada en Roma, se prohíbe Comulgar en la mano, y se amenaza a los sacerdotes que no cumplan estas disposiciones (Mansi X, 1199-1200).

En el VI Concilio Ecuménico de Constantinopla (680-681) se prohíbe a los fieles que comulguen por sí mismos, y se amenaza con la Excomunión a los que tengan la osadía de hacerlo (Mansi XI, 969).

Sto. Tomás de Aquino, el "Doctor Angélico" nos dice: "Por reverencia a este Sacramento, ninguna cosa entra en contacto con Ella (La Eucaristía) a no ser que esté consagrada; por lo cual se consagran no solo el corporal sino también el Cáliz y, asimismo, las manos del Sacerdote, para tocar este Sacramento. De donde se deduce que a ningún otro le es lícito tacarlo" (Sum. T., III Q, 82, a, 3).

Por eso dice S. Francisco de Asís: "Sólo ellos (los Sacerdotes) deben administrarlo, y no otros". (Carta 2ª a todos los fieles, 35).

Estas prohibiciones son mantenidas por el Concilio de Trento (1545-1563) de crácter dogmático.

Ya S. Agustín había advertido: "Sería una locura insolente el discutir qué se ha de hacer cuando toda la Iglesia universal tiene una práctica establecida…". (Carta 54, 6; a Jenaro).

El "Doctor Supremo", el Papa Pio XII, 15 siglos má tarde, mantenía la misma postura: "Hay que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costumbres litúrgicas, o hacen renacer ritos ya deshusados, y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes". (Mediator Dei, 17).

E incluso el C. Vaticano II no hblao nada dle tema

Juan Pablo II: DOMINICAE CENAE

En algunos Países se ha introducido el uso de la comunión en la mano. Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha obtenido la aprobación de la Sede Apostólica. Sin embargo, llegan voces sobre casos de faltas deplorables de respeto a las Especies eucarísticas, faltas que gravan no sólo sobre las personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia, que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la Eucaristía. Sucede también que, a veces, no se tiene en cuenta la libre opción y voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la comunión en la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca. Es difícil pues en el contexto de esta Carta, no aludir a los dolorosos fenómenos antes mencionados. Escribiendo esto no quiero de ninguna manera referirme a las personas que, recibiendo al Señor Jesús en la mano, lo hacen con espíritu de profunda reverencia y devoción, en los Países donde esta praxis ha sido autorizada.

Conviene sin embargo no olvidar el deber primordial de los sacerdotes, que han sido consagrados en su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por eso sus manos, como su palabra y su voluntad, se han hecho instrumento directo de Cristo. Por eso, es decir, como ministros de la sagrada Eucaristía, éstos tienen sobre las sagradas Especies una responsabilidad primaria, porque es total: ofrecen el pan y el vino, los consagran, y luego distribuyen las sagradas Especies a los participantes en la Asamblea. Los diáconos pueden solamente llevar al altar las ofrendas de los fieles y, una vez consagradas por el sacerdote, distribuirlas. Por eso cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo.

El tocar las sagradas Especies, su distribución con las propias manos es un privilegio de los ordenados, que indica una participación activa en el ministerio de la Eucaristía. Es obvio que la Iglesia puede conceder esa facultad a personas que no son ni sacerdotes ni diáconos, como son tanto los acólitos, en preparación para sus futuras ordenaciones, como otros laicos, que la han recibido por una justa necesidad, pero siempre después de una adecuada preparación.

 

 

Por favor queridos hermanos, es muy importante sus colaboraciones a mi correo, preguntas, Observaciones, etc… este tema y todos son apasionantes y garantes de mantener la Sana Doctrina en cuanto la aprendamos debidamente, ante una crisis como la que vive la Iglesia de abusos Liturgicos, desinformacion, etc… debemos hacer frente hablando con la VERDAD… BENDICIONES.

 

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Instrucción REDEMPTIONIS SACRAMENTUM de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos

-[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos».[177] Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohiba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

-[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca,[178] si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.[179]

-[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano».[181] En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

 
 
NOTIFICACION ACERCA DE LA COMUNION EN LA MANO
CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO

Prot. n. 720/85 La Santa Sede, a partir de 1969, aunque manteniendo en vigor para toda la Iglesia la manera tradicional de distribuir la Comunion, acuerda a las Conferencias Episcopales que lo pidan y con determinadas condiciones, la facultad de distribuir la Comunion dejando la Hostia en la mano de los fieles.

Esta facultad esta regulada por las Instrucciones Mernoriale Domini e immensae caritatis (29 de mayo de 1968: AAS 61, 1969, 541-546; 29 de enero de 1973: AAS 65, 1973, 264-271), asi como por el Ritual De sacra Communione publicado el 21 de junio de 1973, n. 21. De todos modos parece util llamar la atencion sobre los siguientes puntos:

1. La Comunion en la mano debe manifestar, tanto como la Comunion recibida en la boca, el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristia.

Por esto se insistira, tal como lo hacian los Padres de la Iglesia, acerca de la nobleza que debe tener en si el gesto del comulgante. Asi ocurria con los recién bautizados del siglo IV, que recibian la consigna de tender las dos manos haciendo "de la mano izquierda un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey" (6ª catequesis mistagogica de Jerusalén, n. 21: PG 33, col. 1125, o también Sources chréet., 126, p. 171; S. Juan Crisostomo, Homilia 47: PG 63, col. 898, etc.).

2. De acuerdo igualmente con las ensenanzas de los Padres, se insistira en el Amén que pronuncia el fiel, como respuesta a la formula del ministro: "El Cuerpo de Cristo"; este Amén debe ser la afirmacion de la fe: "Cum ergo petieris, dicit tibi sacerdos ‘Corpus Christi’ et tu dicis ‘Amen’, hoc est ‘verum’; quod confitetur lingua, teneat affectus" (S. Ambrosio, De Sacramentis, 4, 25: SC 25 bis, p. 116).

3. El fiel que ha recibido la Eucaristia en su mano, la llevara a la boca, antes de regresar a su lugar, retirandose lo suficiente para dejar pasar a quien le sigue, permaneciendo siempre de cara al altar.

4. Es tradicion y norma de la Iglesia que el fiel cristiano recibe la Eucaristia, que es comunion en el Cuerpo de Cristo y en la Iglesia; por esta razon no se ha de tomar el pan consagrado directamente de la patena o de un cesto, como se haria con el pan ordinario o con pan simplemente bendito, sino que se extienden las manos para recibirlo del ministro de la comunion.

5. Se recomendara a todos, y en particular a los ninos, la limpieza de las manos, como signo de respeto hacia la Eucaristia.

6. Conviene ofrecer a los fieles una catequesis del rito, insistiendo sobre los sentimientos de adoracion y la actividad de respeto que merece el sacramento (cf. Dominicae cenae, n. 11). Se recomendara vigilar para que posibles fragmentos del pan consagrado no se pierdan (cf. 5. Congre. para la Doctrina de la Fe, 2 de mayo de 1972: Prot. n. 89/71, en Notitiae 1972, p. 227).

7. No se obligara jamas a los fieles a adoptar la practica de la comunion en la mano, dejando a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunion o en la mano o en la boca.

Estas normas, asi como las que se dan en los documentos de la Sede Apostolica citados mas arriba, tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristia, independientemente de la forma de recibir la comunion.

Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesaria libertad para recibir la comunion o en la mano o en la boca.

Estas normas, asi como las que se dan en los documentos de la Sede Apostolica citados mas arriba, tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristia, independientemente de la forma de recibir la comunion.

Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesarias para una recepcion fructuosa de la Comunion -que, en algunos casos exige el recurso al sacramento de la Penitencia-, sino también sobre la actitud exterior de respeto, que, bien considerado, ha de expresar la fe del cristiano en la Eucaristia.

 

Dado en la Congregacion para el Culto Divino, el 3 de abril de 1985.

(† Agustin Mayer, o.s.b.) Arzob. tit. de Satriano Pro-Prefecto († Virgilio Noè) Arzob. tit. de Voncaria Secretario

 

Ante todo esto quede la recomendacion del Hermano Marcvs:

 

Finalmente, recalcar lo antes dicho por la Instrucción Redemtionis Sacramentum, la cual verifica lo anterior: (RECOMIENDO ENCARECIDAMENTE LEER ESTA INSTRUCCIÓN, JUNTO A OTRAS COSAS EMANADAS RECIENTEMENTE DESDE LA SEDE PETRINA)

[90.] «Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas».[176]
Asi se evidencia que la Iglesia decide, desde siempre, que la Comunion sea lo más solemne posible, pues es el Culmen de la Acción Litúrgica.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca,[178] si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.[179]

Como vemos, este anterior parrafo evidencia, que si bien esta permitido por el documento que citó Maria Eugenia de Sagone anteriormente, la iglesia Prefiere, Ante peligro de Profanación, que la comunion sea en la boca. Luego, como SIEMPRE hay peligro de profanación, no debe administrarse en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.[180]
Oh Bendita Patena de Comunión, que evitas que el Señor sea botado al piso y ser pisoteado por los pies de los hombres Pecadores… Gracias a Dios que existe esta patena… Ahora bien HAY QUE OCUPARLA!

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano».[181] En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.
Lo anterior, como un pequeño recuerdo, de que los fieles NO DEBEN TOMAR LA HOSTIA CONSAGRADA, si el Caliz sagrado. Hay que evitar a toda costa las profanaciones, y asi, cuidar y dar el culto necesario al Santisimo Sacramento.

Finalmente, dejar en claro que no pretendo amonestar ni amenazar bajo pena esto, sino que se pretende dejar en claro de que, aunque la intención sea buena, los resultados pueden llegar a ser, por lo menos, desastroso.

In Christo +
+MARCVM

 

 

 

 

 
 
Debemos atender tambien lo que nos dice la Sagrada Tradicion al respecto:
 

 
Ante el debate que se ha suscitado en torno a si se debe de comulgar en mano, para ilustrar van las siguientes declaraciones de algunos Papas, Santos y Concilios.

San Sixto I ( a.115) "Las Sagradas Especies no son para ser manipuladas por otros que no estén consagrados al Señor".

Papa San Eutychian (275-283) "Prohiban a los creyentes tomar la Sagrada Hostia en la mano".

San Basilio el Grande, Doctor de la Iglesia (330-379) "El derecho de recibir la Santa Comunión en la mano es permitida solamente en tiempos de persecución". San Basilio el Grande consideraba la Comunión en la mano tan irregular que no vaciló en considerarlo una grave falta.

El Concilio de Zaragoza: (a.380) "Excomúlguese a cualquiera que ose recibir la Sagrada Comunión en la mano." El Sínodo de Toledo: Confirma esta sentencia.

El Papa San León el Grande (440-461): "Enérgicamente defendemos y requerimos a los creyentes obediencia en cuanto a la practica de administrar la Sagrada Comunión en la lengua del creyente."

Sínodo de Rouén: (a.650) "Condenamos la comunión en la mano para poner un limite a los abusos que ocurren a causa de esta práctica, y como salvaguarda contra sacrilegios."

El sexto Concilio Ecuménico en Constantinopla: (680-681) "Prohíbase a los creyentes tomar la Sagrada Hostia en sus manos, excomulgando a los transgresores".

Santo Tomas de Aquino:(1225-1274) "Para reverenciar este Santo Sacramento (La sagrada Eucaristía), nada lo toque, salvo lo que está consagrado; así como la Hostia y el Cáliz están consagrados, así lo están las manos consagradas de los sacerdotes, para tocar este Sacramento". Summa Theológica, Parte III; Q.82, art3, Rep Obj .

Concilio de Trento: (1545-1565): "El hecho de que sólo el sacerdote da la sagrada Comunión con sus manos consagradas es una Tradición Apostólica".

Papa Pablo VI (1963-1978): "Este método (en la lengua) debe ser continuado".(Memoriale Domini).

Papa Juan Pablo II: "Tocar las Sagradas Especies y distribuirlas con sus propias manos es un privilegio de los ordenados"(Dominicae Cenae,11).

"No está permitido que los creyentes puedan tomar por si mismos el Pan Consagrado y el Sagrado Cáliz, ni mucho menos que se los dé a otro".(Inaestimabile Donum, 17 de abril de 1980,sec9)

 
El Sacro Concilio de Trento declaró que es una Tradición Apostólica la costumbre de que sólo el sacerdote que está celebrando la misa puede darse la Comunión a sí mismo (o sea, con sus propias manos), y los laicos recibiéndola de él.

Un estudio más riguroso de la evidencia disponible de la Historia de la Iglesia y de los escritos de los Padres, no soporta la aserción de que la Comunión en la mano fuera una práctica universal la cual fuera suplantada y reemplazada por la Comunión en la lengua. Por el contrario, los hechos apuntan a una conclusión muy diferente.

El Papa San León el Grande, (440-461) ya en el siglo quinto, fue un testigo de su práctica tradicional. En sus comentarios del sexto capítulo de la Palabra de Dios según San Juan, habla de la comunión en la boca como una práctica común:"uno recibe en la boca lo que cree por Fe" El papa no habla como si estuviera introduciendo una novedad, sino como si esto fuera un hecho ya establecido.

Un siglo y medio después, pero todavía TRES SIGLOS antes de lo que se establece como "introducción de esta práctica", San Gregorio el Grande (590-604), es otro testigo. En sus Diálogos (Roman 3,c.3), relata como el Papa San Agapito recibió un milagro durante la Misa, luego de colocar el Cuerpo de Cristo en la boca de un creyente. Esto fue también comentado por el Diácono Juan sobre la forma en la que el Papa daba la Santa Comunión.

Estos testigos son de los siglos quinto y sexto de la Era Cristiana. Cómo alguien puede decir que la Comunión en la mano fue utilizada "hasta el siglo décimo?" ¿Cómo alguien puede decir que la Comunión en la boca fue un invento medieval?

No estamos diciendo que nunca los creyentes la recibieran en la mano. Pero… bajo cuáles condiciones esto alguna vez sucedió? Parece que durante los tiempos de persecución, cuando los sacerdotes no estaban tan al alcance, y cuando los creyentes debían llevar el Sacramento a sus casas, se daban la comunión a sí mismos, en la mano. En otras palabras; antes de ser privados totalmente del Pan de Vida, ellos podían recibirla de sus propias manos. Lo mismo podáa decirse de los monjes que debían partir al desierto, en donde obviamente no gozaban de los servicios de un sacerdote, y no querían suspender la práctica de la comunión diaria.

Para resumir, la práctica de la Comunión en la mano sólo se estableció cuando había peligro de ser privados de ella; pero cuando el Sacerdote está disponible, no está permitida en la mano.

Así, San Basilio (330-379) dice claramente que recibir la Comunión en la mano SOLO ESTÁ PERMITIDO EN TIEMPOS DE PERSECUCIÓN, o en el caso de los monjes del desierto, CUANDO NO HAY SACERDOTE DISPONIBLE PARA DARLA.

"No es necesario mostrar que no constituye una grave falta para una persona que comulga por sí misma en sus manos en un tiempo de persecución o cuando no hay sacerdote disponible o diácono".(Carta 93)

El texto implica que recibir la Sagrada Comunión en la mano bajo otras circunstancias es una falta grave.

En su artículo de Comunión en el diccionario de Arqueología, Leclerq declara que la paz de Constantino trajo el fin de la práctica de la Comunión en la mano. Esto reafirma el razonamiento de San Basilio en el sentido de que fue la persecución la que creó el dilema de no recibirla, o el mal menor de recibirla en la mano.

El Concilio de Constantinopla prohibió a los creyentes darse la Comunión a sí mismos . Se decretó la excomunión por una semana para aquellos que lo hicieran en la presencia de un Obispo, de un sacerdote o de un diácono.

Hay quienes se preguntan si no es una forma de clericalismo permitir a los sacerdotes tocar la Hostia consagrada y no permitir a los laicos hacer lo mismo. Pero los sacerdotes no están tampoco autorizados a tocarla a no ser un caso de necesidad. En realidad, otro que no sea el celebrante, aunque sea sacerdote también, no puede hacerlo. Si uno de ellos es asistente (ayudante) a la Misa tradicional del Rito Romano, si quiere comulgar, debe recibirla en la boca y de manos del celebrante, como cualquier parroquiano. Lo mismo se aplica a un Obispo, y aún al Papa.

Pongamos un ejemplo: cuando el Papa San pío X, por ejemplo, se hallaba en su lecho de muerte, y se le facilitó la Hostia como "viáticum", el no recibió, ni le fue permitido, recibir la Sagrada Forma en la mano: lo hizo en su lengua, de acuerdo a la ley y práctica prescrita por la Iglesia Católica. Esto confirma el punto básico: no se puede tocar innecesariamente la Hostia. Obviamente, alguien tiene que distribuirla; pero no ser tocada y manipulada por todos, con el consiguiente riesgo de caerse al piso, o perder fragmentos, o ser "raptada" para misas negras.

Testimonio de la Madre Teresa de Calcuta

El Padre George William Rutler, en una homilía del año 1989, dijo:"Les contaré un secreto, dado que los aquí presentes son amigos muy cercanos y además tenemos entre nos a las Hermanas Misioneras de la Caridad, las cuales el Espíritu Santo envió al mundo para que los secretos de los corazones fueran revelados. No hace mucho, celebré la Misa y prediqué para Su Superiora, Madre Teresa de Calcuta, y luego de un desayuno pasamos un largo rato charlando. De repente, me encontré a mí mismo (no sé por qué) preguntándole:

Madre, cual es a su criterio, el peor problema del mundo?

Ella más que nadie, podría haber contestado: el hambre, las plagas, la mortandad, el derrumbamiento de la familia, la rebeldía hacia Dios, la corrupción de los medios de comunicación, la deuda externa, la carrera armamentista, y cosas por el estilo; pero sin dudar un segundo, me contestó inmediatamente: "VAYA DONDE VAYA, EN EL MUNDO ENTERO, LO QUE MAS TRISTE ME PONE ES VER A LA GENTE RECIBIENDO LA COMUNION EN LA MANO".

Conclusión

Santo Tomas de Aquino nos recuerda que la reverencia demanda que solo aquél que la ha consagrado puede tocar el Sagrado Sacramento. Por el Bautismo, los cristianos se consagran a recibir al Señor en sagrada Comunión, pero no a distribuirlo a otros, o tocarla innecesariamente. Para terminar, los únicos que comulgaban de pie y con las manos extendidas, fueron los arrianos, los cuales obstinadamente NEGARON la Divinidad de Cristo y los cuales no podían ver en la Eucaristía mas que un simple símbolo de unión, el cual tomaban y manipulaban a su antojo. Con esta práctica, miles de católicos contemporáneos, incluyendo prelados y sacerdotes, se convierten en ARRIANOS, una gran HEREJIA que duró desde el cuarto al séptimo siglo.

 
Algunos queridos hermanos, me han escrito para ahondar en el tema de la "Comunion en la mano" y su licitud dentro de la Liturgica Latina, de nuestr querido hermano SECRETMAN, (participante de los foros de Catholic.net) tenemos esta contestacion en dicho foros:
 

 
 “Benedicto XVI quiere subrayar que las normas de distribución de la comunión en la Iglesia Católica están aún en vigor. No se debe olvidar en efecto, que la distribución de la santa comunión en la mano está vinculada a un indulto, una excepción, podría decirse, concedida por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo demanden. […]

Recibir la hostia en la boca pone de manifiesto la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ello ayuda a la devoción de los fieles y los introduce más fácilmente en el sentido del misterio. Uno de los muchos aspectos que es importante destacar y que es urgente redescubrir […]

No se trata de una batalla entre antiguos y modernos, y mucho menos entre preconciliares y conciliares. Este género de problemática ideológica hoy día es desfasado. Lo antiguo y lo nuevo pertenecen al mismo tesoro litúrgico de la Iglesia. La celebración litúrgica debe ser la celebración del misterio sagrado, del Señor crucificado y resucitado. Encontramos en el patrimonio de la liturgia, una continuidad para servir al sentido de lo sagrado”.

 
 
La práctica de la comunión en la mano es sólo la tolerancia de la Iglesia a un Abuso.

Monseñor Guido Marini, Mestro de ceremonias de las Celebraciones Liturgicas del Papa, Le Figaro, 9 de Agosto de 2008:

Cita:
“Benedicto XVI quiere subrayar que las normas de distribución de la comunión en la Iglesia Católica están aún en vigor. No se debe olvidar en efecto, que la distribución de la santa comunión en la mano está vinculada a un indulto, una excepción, podría decirse, concedida por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo demanden. […]

Cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregción para el Culto Divino, 30 Giorni, Enero de 2009:

Cita:
Como es sabido, la actual disciplina universal de la Iglesia dispone que, por norma, la Comunión sea distribuida en la boca de los fieles. Hay, luego, un indulto que permite, a petición de los episcopados, distribuir la Comunión también sobre la palma de la mano. Es bueno recordar esto.

Monseñor Albert Malcolm Ranjith, Secretario de la Sagrada Congregación para el Culto Divino. Prólogo para la edición inglesa del libro “El Cardenal Ferdinando Antonelli y el desarrollo de la reforma litúrgica desde 1948 hasta 1970” de Monseñor Nicola Giampietro. 8 de Diciembre de 2008:

Cita:
algunas prácticas que Sacrosanctum Concilium no había ni siquiera contemplado fueron permitidas en la liturgia, como la Misa versus populum, la Santa Comunión en la mano,

Monseñor Albert Malcolm Ranjith, Secretario de la Sagrada Congregación para el Culto Divino. Entrevista para Radici Cristiane # 38, Octubre de 2008:

Cita:
Sobre la cuestión de cómo nació esta praxis de la Comunión en la mano hay un gran debate. De todos modos algunas cosas son claras. A saber, esta praxis fue iniciada en el sentido de exaltación y de euforia que se crearon a raíz de la conquista de una cierta libertad, de una cierta apertura a la creatividad en las iglesias locales. Y entonces, antes de que estas cuestiones fueran estudiadas, antes de que fueran introducidos los nuevos libros litúrgicos y fueran establecidas las nuevas normas, algunos países y algunos episcopados se tomaron la libertad, usando la famosa categoría ad experimentum, de introducir en algunos países esta nueva praxis de la Comunión en la mano. Quizás era visto como un gesto favorable al ecumenismo con los protestantes, un gesto de apertura hacia ellos.

La nueva praxis una vez iniciada se consolidó. Queriendo regularizar la situación, el Santo Padre Pablo VI, de feliz memoria, hizo una encuesta a los obispos. Y muchos obispos, como está escrito en el documento pontificio Memoriale Domini, no aceptaron esta nueva praxis. Pero ésta ya estaba difundida en ciertas zonas y seguramente el Papa encontró dificultad para hacerlos volver sobre sus pasos. Para legalizar esta anomalía, permitió a algunos países continuarla. Pero no indicaba de ningún modo este ejemplo como válido para todo el mundo. Además el Papa determinó que, si bajo ciertas condiciones, las conferencias episcopales querían adoptar la nueva praxis, era necesario pedir el indulto a la Santa Sede.

Entonces las conferencias episcopales de otros países comenzaron a adoptarla, bajo la presión de diversas escuelas teológicas y litúrgicas que decían que la nueva praxis era un gesto más abierto, más moderno. Luego los viajeros que iban a los países del Tercer Mundo pedían recibir la Comunión de este modo. De todos modos, permanecía la obligación de pedir el indulto a la Santa Sede. El hecho mismo de tener que pedir el indulto indica que la praxis normal es la otra. Ahora la praxis extraordinaria se ha vuelto la praxis normal. Pero no debería ser así en todos los países.

 
 
 

TRIDUO PASCUAL

El Triduo Pascual: notas históricas

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Traducción del artículo publicado por el Padre Matias Augé sobre la historia del Sagrado Triduo Pascual.

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Los primeros testimonios explícitos de la celebración anual de la Pascua son de la mitad del siglo II y provienen de las Iglesias de Asia Menor que celebraban la Pascua el 14 de Nisán, día en que los judíos tenían prescrito inmolar los corderos. Estos cristianos, llamados precisamente “cuartodecimanos”, convencidos de que la muerte de Cristo había sustituido el Pesah judaico, celebraban la Pascua ayunando el 14 de Nisán y terminaban el ayuno con la celebración eucarística que tenía lugar al final de la vigilia nocturna entre el 14 y el 15 de Nisán. Las otras iglesias, guiadas por Roma, celebraban la Pascua el domingo después del 14 de Nisán.

Eusebio de Cesarea (+ 339-490) nos informa en su Historia Eclesiástica (5, 23-25) que esta diversidad de fechas provocó una seria controversia entre Roma y las Iglesias del Asia Menor, polémica que llegó a su culmen en tiempos del papa Víctor (193-203). La controversia no consistía en el dilema de si la Pascua recuerda la muerte o si en cambio recuerda la resurrección de Cristo sino en el dilema de si la Pascua debía ser celebrada en el día de la muerte o en el día de la resurrección de Cristo. Es de notar que, en el curso del siglo III, se impone la fecha dominical de la Pascua.

Las más antiguas fuentes que testimonian la celebración anual de la Pascua provienen del área del Asia Menor y son: la Epístola de los Apóstoles, texto apócrifo escrito en torno al 150; la homilía Sobre la Pascua de Melitón de Sardes, del año 165 aproximadamente; una homilía Sobre la Santa Pascua de un Anónimo cuartodecimano de fines del siglo II; más otros textos menores. En estos documentos, la celebración de la Pascua se presenta esencialmente como un ayuno riguroso, generalmente de dos o tres días, seguidos de una asamblea nocturna de oración y lecturas (aparece la lectura de Ex. 12: la inmolación del cordero pascual), concluida luego por la celebración eucarística.

En Occidente, los testimonios sobre las celebraciones pascuales son escasos en los primeros cuatro siglos; luego, en cambio, en los siglos V-VII, son más abundantes. San Ambrosio (+397) y san Agustín (+430) hablan del “triduo sacro” (o “sacratísimo”) para indicar los días en que Cristo ha sufrido, ha reposado en el sepulcro y ha resucitado. En cuanto a la celebración del Triduo sacro en Roma, cerca del año 416, una carta del papa Inocencio I al obispo Decenzio de Gubbio, aunque no habla de “triduo”, menciona una celebración especial de la pasión el viernes y de la resurrección el domingo, y también el ayuno del viernes y del sábado. Este mismo documento testimonia que el jueves antes de Pascua no hacía referencia alguna al Triduo sacro pero era el día de la reconciliación de los penitentes. Luego, en el siglo VII, la reconciliación de los penitentes es insertada en el marco de una Misa matutina celebrada en los Títulos romanos (cfr. Sacramentario Gelasiano, nn. 352-367). El mismo Gelasiano (nn. 391-394) es testigo de una segunda Misa, que inicia desde el ofertorio, celebrada en la tarde del jueves en los Títulos, cuyo tema central es la doble “entrega” (= traditio): la entrega que Judas hace de Jesús a sus enemigos, y la entrega que Jesús hace de sí mismo a los discípulos en la Eucaristía. En la Basílica lateranense, en cambio, el Papa celebra a mediodía una Misa conmemorativa de la Cena del Señor, en el curso de la cual son bendecidos el crisma y los oleos (cfr. Gelasiano, nn. 375-390; Gregoriano nn. 328-337).

El Pontifical Romano-germánico del siglo X conoce sólo la Misa crismal (n. XCIX, 222) y la de la tarde (n. XCIX, 252) anticipada ya a la hora tercia, y coloca la reconciliación de los penitentes antes de la Misa crismal (n. XCIX, 224). Los libros litúrgicos del siglo XIII y el Misal Romano pos-tridentino de 1570 tienen sólo el formulario correspondiente a la Misa que recuerda la institución eucarística. La confección del crisma y la bendición de los óleos tienen lugar en las catedrales y son reportadas por los Pontificales (cfr. Pontifical Romano de 1596, Parte III). En el siglo XVI, la única Misa del Jueves santo ya ha sido anticipada a la mañana. Con respecto a la conservación y adoración del Santísimo Sacramento en el Jueves santo, las primeras manifestaciones las encontramos en los siglos XII-XIII (recordemos que en 1264 Urbano II instituyó la fiesta del “Corpus Domini”). La centralidad que progresivamente adquiere la adoración de las especies sacramentales en la piedad del pueblo cristiano es uno de los elementos decisivos que hará del Jueves santo un día del Triduo sacro.

El Viernes santo en Roma, en el siglo V, según las homilías de san León y la ya citada carta del papa Inocencio I, se celebra exclusivamente una liturgia de la Palabra. A mitad del siglo VII, la liturgia papal nos ha transmitido sólo las oraciones solemnes que pertenecen a la liturgia de la Palabra (cfr. Gregoriano, nn. 338-355). En la misma época, en las iglesias presbiterales de los Títulos, la liturgia de la Palabra es unida a la adoración de la Cruz y a la comunión de todos los participantes con pan y vino consagrados el día anterior (cfr. Gelasiano, nn. 395-418). En los libros litúrgicos de la alta Edad Media, la comunión no es practicada siempre. En los libros litúrgicos del siglo XIII, está prescrita sólo la comunión del Pontífice. Surgirá así la costumbre que reservará la comunión únicamente al presidente de la celebración. Esta norma pasa al Misal de Pío V de 1570 y permanece en vigor hasta la reforma de Pío XII de 1956, que permitirá de nuevo la comunión de todos los participantes.

El Sábado santo fue originariamente un día alitúrgico, dedicado a la oración, a la penitencia y al ayuno.

Momento culminante y núcleo del que ha nacido el Triduo Sacro es la Vigila pascual. En el siglo VII, tiene una rica estructura ritual basada en tres elementos fundamentales: celebración de la Palabra, celebración del bautismo y celebración eucarística (para la liturgia papal: Gregoriano, nn. 362-382; para la liturgia de los Títulos presbiterales: Gelasiano, nn. 425-462). Es de notar que la liturgia de los Títulos inicia con el encendido y bendición del cirio pascual, rito que es acogido sólo más tarde en la liturgia papal. La celebración de la Vigilia tiende cada vez más a anticiparse a las horas de la tarde hasta que con el Misal de Pío V de 1570 es fijada en la mañana del sábado. En este contexto, aparece y se consolida la Misa del domingo de Pascua: el Gelasiano (nn. 463-467) y el Gregoriano (nn. 383-391) ofrecen cada uno un formulario dominical en el cual la resurrección es presentada como parte del único misterio pascual. Las fuentes posteriores hablarán ya de domingo “de Resurrección”. Respecto al ordenamiento de las lecturas bíblicas de la Vigilia pascual, los autores no están de acuerdo en la interpretación de los datos provistos por los antiguos Leccionarios y Sacramentarios. Según la opinión más común, la antigua liturgia romana conocía dos esquemas de lecturas: uno que forma parte del Gregoriano (nn. 36-372) con cuatro lecturas del Antiguo Testamento más dos del Nuevo, y otro que forma parte del Gelasiano (nn. 431-443) con diez lecturas del Antiguo Testamento más dos del Nuevo. Posteriormente, en el Misal Romano de 1570, las lecturas llegarán a ser hasta doce del Antiguo Testamento más dos del Nuevo. La reforma de Pío XII de 1956 reduce las lecturas y conserva las dos del Nuevo (Col. 3, 1-4; Mt. 28, 1-7).

El Triduo Sacro forma parte de lo que hoy llamamos Semana Santa, la cual tenía ya en los siglos VI-VII su propia personalidad celebrativa, cuyo núcleo central es la pasión del Señor, tema que en los antiguos Sacramentarios da el nombre al domingo que precede al de Pascua. El rito de los Olivos, que en Jerusalén caracterizaba este domingo en la segunda parte del siglo IV, llegará a Roma sólo a fines del siglo X.

Concluyendo, notamos que en el progresar del medioevo se verifican algunos desarrollos en la celebración del Triduo Sacro que resquebrajarán cada vez más la armonía y unidad primitivas. Se verifica sobre todo una cierta descomposición de la unidad teológica de la pasión-muerte-resurrección en beneficio de la pasión-muerte del Señor que, entre otras cosas, se puede “representar” mejor. Surge además una tendencia a hacer la liturgia drama sagrado en la misma acción litúrgica y en las manifestaciones folklóricas que la acompañan y prolongan.

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Fuente: Messainlatino.it

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

La Santa Misa.

Ad Orientem: un debate que nunca ha terminado

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Ofrecemos nuestra traducción de un artículo que el Padre Uwe Michael Lang publicó hace dos años en una revista italiana (y que recientemente fue recogido por el blog Fides et Forma) acerca de un tema de gran actualidad: la orientación de la plegaria litúrgica. El autor, que es un experto en el tema, realiza un profundo análisis de la cuestión rechazando las teorías de quienes presentan la orientación versus populum como una "opción conciliar".

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Recibo con placer la invitación de Rinaldo Falsini a reabrir un debate sobre la posición del altar y la orientación en la plegaria litúrgica (Vita Pastorale 10/2006, pp. 54-55). Éste es un debate que, a pesar de las apariencias contrarias, nunca se ha terminado. Ya en los años `60 teólogos de fama internacional criticaron la rápida acogida de la celebración versus populum: entre ellos, Josef Andreas Jungmann, uno de los artífices de la constitución del concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia, el oratoriano Louis Bouyer, uno de los grandes teólogos del Concilio, y Joseph Ratzinger, entonces profesor de teología en Tubinga y perito del Concilio. Las observaciones del joven Ratzinger no han perdido nada de su importancia: “No podemos negar por más tiempo que sobre este tema se han insinuado muchas exageraciones e incluso aberraciones, hasta el punto de resultar enojosas e indecorosas. Por ejemplo, ¿deberán celebrarse todas la Misas cara al pueblo? ¿Es tan absolutamente importante poder mirar a la cara al sacerdote que celebra la Eucaristía? O, ¿no será muchas veces extremadamente saludable pensar que también él es un cristiano y tiene todos los motivos para dirigirse a Dios en compañía de sus hermanos congregados en asamblea y recitar con ellos el Padrenuestro?” (traducción de J. Ratzinger, “Der Katholizismus nach dem Konzil” in Auf dein Wort hin. 81. Deutscher Katholikentag vom 13. Juli’ bis 17. Juli 1966 in Bamberg, Paderborn 1966, p. 253).

Estos teólogos, “a pesar de su gran reputación, en un principio no lograron que se oyeran sus voces, tan fuerte era la tendencia a subrayar el aspecto comunitario de celebración litúrgica y, por tanto, a considerar como absolutamente necesaria la posición cara a cara de sacerdote y pueblo”: son palabras del cardenal Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, en su prefacio a mi libro “Volverse hacia el Señor. La orientación en la plegaria litúrgica”. Actualmente el clima intelectual y espiritual está menos polarizado y ha sido posible retomar la discusión sobre la posición del altar y la orientación de la plegaria; lo demuestran las recientes obras sobre el tema que han sido acogidas con notable atención entre los estudiosos de liturgia. Como dice Ratzinger, “la investigación histórica ha suavizado la controversia haciéndola menos partidista mientras que, por otro lado, los fieles han ido tomando conciencia de los problemas que plantea una sistematización que difícilmente podrá demostrar que la liturgia está abierta a realidades superiores y a la perspectiva del mundo futuro” (ibíd.).

Lamentablemente no puedo estar de acuerdo con la tesis del padre Falsini de que “el altar hacia el pueblo es una opción conciliar”. Es bien conocido que los decretos del concilio no mencionan nada de todo esto. La Sacrosanctum Concilium no habla de celebración versus populum. El padre Falsini se refiere al artículo 128 del cap. VII de la constitución: “Revísense (…) los cánones y prescripciones eclesiásticas que se refieren a la disposición de las cosas externas del culto sagrado, sobre todo en lo referente a la apta y digna edificación de los tiempos, a la forma y construcción de los altares”. Pero su interpretación de este artículo me parece forzada.

La instrucción Inter Oecumenici, preparada por el Concilium para la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y publicada el 26 de septiembre de 1964, contiene un capítulo sobre la proyección de nuevas iglesias y altares que comprende el parágrafo que sigue: “Praestat ut altare maius extruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit” [Es recomendable que el altar esté exento del muro frontal, de modo que se pueda rodear fácilmente y así llevar a cabo la celebración cara al pueblo]” (Inter oecumenici, n. 91: AAS 56, 1964, p. 898).

Se afirma que sería deseable erigir el altar separado del muro frontal de modo que el sacerdote pueda rodearlo fácilmente y sea posible celebrar de cara al pueblo. Jungmann nos invita a considerar lo siguiente: “Es subrayada solamente la posibilidad. Y ésta [separación del altar de la pared] no es ni siquiera impuesta sino sólo aconsejada, como se puede notar observando el texto latino de la directiva […] En la nueva Instrucción, la premisa general de una disposición similar del altar es subrayada sólo en función de posibles obstáculos o restricciones de espacio” (J. A. Jungmann, “Der neue Altar” ii Der Seelsorger, 37, 1967, p. 375).

En una carta dirigida a los presidentes de las Conferencias episcopales, con fecha de 25 de enero de 1966, el cardenal Giacomo Lercaro, presidente del Concilium, declara que, respecto a la renovación de los altares, “la prudencia debe ser nuestra guía”. Y prosigue explicando: “Sobre todo porque, para una liturgia viva y participada, no es indispensable que el altar esté versus populum: en la Misa, toda la Liturgia de la Palabra se desarrolla desde la sede, el ambón o el atril y, por tanto, de cara a la asamblea; y en cuanto a la Liturgia Eucarística, los sistemas de altavoces hacen la participación bastante posible. En segundo lugar, se debería pensar seriamente en los problemas artísticos y arquitectónicos siendo que estos elementos están protegidos, en muchos países, por rigurosas leyes civiles” (traducción de G. Lercaro, “L’heureux développement” en Notitiae 2, 1966, p 160).

Se debe recordar también, en ese contexto, una proposición fundamental de las normas generales sobre la reforma de la sagrada Liturgia de la Sacrosanctum Concilium: “Por último, no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes” (cap. III, art. 23). En todo caso, no se puede apelar al concilio Vaticano II para justificar las alteraciones radicales a las que han sido sometidas las iglesias históricas en los últimos tiempos.

Respecto a la exhortación a la prudencia del cardenal Lercaro, Jungmann advierte que no deberíamos convertir la opción en “un requisito absoluto y, eventualmente, una moda a la que sucumbamos sin pensar” (Der neue Alltar, p. 380). La Inter Oecumenici permite, por lo tanto, celebrar la Misa de cara al pueblo pero no la impone. Aquel documento, de hecho, no sugiere que la Misa celebrada de cara a los fieles sea siempre la forma preferible de celebración eucarística. Las rúbricas del Missale Romanum renovado del Papa Pablo VI presuponen una orientación común del sacerdote y del pueblo para el momento culminante de la liturgia eucarística.

La Instrucción indica que, en el momento del Orate fratres, de la Pax Domini, del Ecce Agnus Dei y del Ritus conclusionis, el sacerdote debe dirigirse hacia los fieles: esto parece dar a entender que, en precedencia, sacerdote y pueblo están mirando en la misma dirección, es decía, hacia el altar. En la comunión del celebrante, la rúbrica dice ad altare versus, instrucción que sería redundante si el celebrante ya estuviera detrás del altar y de frente al pueblo. Esta lectura es confirmada por las directivas de la Institutio generalis, aunque de tanto en tanto éstas son diversas de las del Ordo Missae. La tercera Editio typica del Missale Romanum renovado, aprobada por el papa Juan Pablo II el 10 de abril de 2000 y publicada en la primavera del 2002, mantiene estas rúbricas.

Esta interpretación de los documentos oficiales ha sido confirmada por la Congregación para el Culto Divino. En una editorial de Notitiae, el boletín oficial de la Congregación, se aclara que la disposición de un altar que permita la celebración de cara al pueblo no es una cuestión que haga que la liturgia se mantenga firme o sufra detrimento. El artículo sugiere, además, que en este problema, como en muchos otros, la invitación a la prudencia del cardenal Lercaro casi ha caído en el vacío en el clima de euforia postconciliar. La editorial observa que el cambio de orientación del altar y el uso de la lengua son cosas mucho más fáciles que el entrar en la dimensión teológica y espiritual de la liturgia, estudiar su historia y tener en cuenta las consecuencias pastorales de la reforma (“Editorial: Pregare ad orientem versus” en Notitiae 29, 1993, p.247).

En la edición revisada de la Ordenación general del Misal Romano, publicada con fines de estudio en la primavera del 2000, se encuentra un parágrafo sobre la cuestión del altar: “Altare exstruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit, quod expedit ubicumque possibile sit [Constrúyase el altar separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda realizar de cara al pueblo, lo cual conviene que sea posible en todas partes]” (n. 299). La sutil formulación de este parágrafo (posit- posible) indica con claridad que la posición del sacerdote celebrante de cara al pueblo no es obligatoria: la instrucción simplemente permite ambas formas de celebración.

De cualquier modo, la frase añadida “lo cual conviene que sea posible en todas partes (quod expedit ubicumque possibile sit)”, se refiere a la previsión de un altar exento y no al hecho de que sea deseable una celebración versus populum. No obstante, diversos comentarios a la Ordenación general revisada parecían sugerir que la posición del celebrante versus orientem o versus absidem había sido declarada indeseable o incluso prohibida. Esta interpretación, sin embargo, ha sido rechazada por la Congregación para el Culto Divino respondiendo a una pregunta del cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena (sorprende que no haya sido publicada en Notitiae sino en la publicación oficial del Pontificio Consejo para los textos legislativos: Communicationes 32, 2000, pag. 171-172). Naturalmente, el parágrafo en cuestión de la Ordenación general debe ser leído a la luz de esta aclaración.

Una breve digresión histórica sobre las reflexiones del padre Pierre Jounel: el concilio Vaticano I se realizó en el brazo derecho de la Basílica de San Pedro y por eso se celebraba la Misa en el altar del ábside del mismo brazo dirigiendo “la espalda a los padres” (expresión inadecuada). En cambio, las sesiones del concilio Vaticano II fueron realizadas en la nave central. La Misa se celebraba “hacia el aula conciliar” porque San Pedro es una basílica con el ingreso orientado al este, hacia el cual el celebrante que estaba detrás del altar se dirigía durante la liturgia eucarística (ver el cap. II de mi libro “Volverse hacia el Señor”).

En realidad, la cuestión subyacente al debate litúrgico es la recepción del Concilio. Como Benedicto XVI ha dicho en su fundamental discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, hay dos hermenéuticas opuestas: la hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura y la hermenéutica de la reforma: “La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar”. Por el contrario, la hermenéutica de la reforma, “de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia que el Señor nos ha dado”, nos lleva a una relectura de los textos conciliares en el contexto de la tradición eclesial. Por eso, no podemos dejar a un lado la reflexión sobre la historia y sobre la teología de la orientación litúrgica, ni tampoco interpretando el Concilio, como propone Falsini en su artículo. Como he intentado demostrar en “Volverse hacia el Señor”, la dirección común del sacerdote y de los fieles en la plegaria litúrgica pertenece a toda la tradición cristiana, de Oriente y de Occidente, y tiene un significado aún más actual para la vida de la Iglesia de hoy.

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Fuente:
Fides et Forma

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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