Category: HISTORIA DE LA IGLESIA


Iglesias Hermanas

 

NOTA SOBRE LA EXPRESION ‘IGLESIAS HERMANAS’

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

30 de junio de 2000

 

A. CARTA A LOS PRESIDENTES DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES

Roma, 30 de junio, 2000

Eminencia (Excelencia):

Desde varias partes se ha llamado la atención de este Dicasterio sobre los problemas implicados en el uso de la expresión "Iglesias hermanas", utilizada en importantes Documentos del Magisterio pontificio. Dicha expresión, presente también en textos e intervenciones referidos a iniciativas en la promoción del diálogo entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, se ha convertido en parte del vocabulario común para expresar el vínculo objetivo entre la Iglesia de Roma y las Iglesias ortodoxas.

Lamentablemente, en ciertas publicaciones y por parte de algunos teólogos comprometidos en el diálogo ecuménico, se ha constatado recientemente la extensión del uso del término para indicar la relación entre la Iglesia católica, por un lado, y la Iglesia ortodoxa, por otro. De este modo se induce a pensar que en realidad no existe una sola Iglesia de Cristo, sino que la misma podrá ser restablecida de nuevo sólo como consecuencia de la reconciliación entre las dos mencionadas Iglesias hermanas. Además, la misma expresión es aplicada indebidamente por algunos a la relación entre la Iglesia católica, de una parte, y la Comunión anglicana y las Comunidades eclesiales no católicas, de otra. Así, se habla de una "teología de las Iglesias hermanas" o de una "eclesiología de las Iglesias hermanas", caracterizadas por la ambigüedad y la discontinuidad en el uso y el significado de esta expresión respecto a su correcta acepción originaria, propia de los Documentos pontificios.

Con el fin de superar tales equívocos en el uso y aplicación del término "Iglesias hermanas", esta Congregación ha juzgado necesario elaborar la adjunta NOTA sobre la expresión "Iglesias hermanas", aprobada por el Santo Padre Juan Pablo II en la Audiencia del 9 de junio de 2000, y cuyas indicaciones deben ser consideradas vinculantes, a pesar de que la Nota no sea oficialmente publicada en Acta Apostolicae Sedis, a causa de su finalidad, que es la de precisar el uso correcto de una terminología teológica.

Mientras le envío copia del citado Documento, le ruego que tenga a bien hacerse intérprete de las preocupaciones e indicaciones en él contenidas ante la Conferencia Episcopal de su digna presidencia, y en particular ante la Comisión u Organismo encargado del diálogo ecuménico, a fin de que en las publicaciones y escritos concernientes la referida temática emanados por esa Conferencia, se tenga cuidadosamente en cuenta de lo prescrito en la Nota.

Agradeciéndole vivamente su inestimable colaboración, aprovecho la circunstancia para confirmarme

Suyo devotísimo en Cristo

+ Joseph Card. Ratzinger
Prefecto

 

B. TEXTO DE LA NOTA

1. La expresión Iglesias hermanas se repite a menudo en el diálogo ecuménico, sobre todo entre católicos y ortodoxos, y es objeto de profundización por ambas partes del diálogo. Aún existiendo un uso indudablemente legítimo de la expresión, en la actual literatura ecuménica se ha difundido un modo ambiguo de utilizarla. En conformidad con la enseñanza del Concilio Vaticano II y el sucesivo Magisterio pontificio, es por lo tanto oportuno recordar cuál es el uso proprio y adecuado de tal expresión. Pero antes, parece útil señalar brevemente la historia del término.

I. Origen y desarrollo de la expresión.

2. En el Nuevo Testamento, la expresión Iglesias hermanas, como tal, no se encuentra; sin embargo, se hallan numerosas indicaciones que manifiestan las relaciones de fraternidad existentes entre las Iglesias locales de la antigüedad cristiana. El pasaje neotestamentario que en modo más explícito refleja esa convicción es la frase final de 2 Jn 13: "Te saludan los hijos de tu hermana Elegida". Se trata de saludos enviados de una comunidad eclesial a otra; la comunidad que envía los saludos se llama a sí misma "hermana" de la otra.

3. En la literatura eclesiástica, la expresión se comienza a utilizar en Oriente cuando, a partir del siglo V, se difunde la idea de la Pentarquía, según la cual a la cabeza de la Iglesia se encontrarían los cinco Patriarcas, y la Iglesia de Roma tendría el primer puesto entre las Iglesias hermanas patriarcales. Al respecto, hay que notar que ningún Romano Pontífice reconoció esta equiparación de las sedes ni aceptó que a la sede romana se le reconociese solamente un primado de honor. Además, nótese que en Occidente no se desarrolló esa estructura patriarcal que es típica de Oriente.

Como se sabe, en los siglos siguientes las divergencias entre Roma y Constantinopla llevaron a excomuniones mutuas, que tuvieron "consecuencias, que, por cuanto podemos juzgar, fueron más allá de las intenciones y las previsiones de sus autores, cuyas censuras concernían a las personas afectadas, no a las Iglesias, y no tenían la intención de romper la comunión eclesiástica entre las sedes de Roma y de Constantinopla"[1].

4. La expresión aparece de nuevo en dos cartas del Metropolita Nicetas de Nicomedia (año 1136) y del Patriarca Juan X Camateros (desde 1198 a 1206), en las cuales ambos protestaban contra Roma, la cual, presentándose como madre y maestra, habría anulado su autoridad. Según ellos, Roma es solamente la primera entre hermanas de igual dignidad.

5. En época reciente, el primero en utilizar nuevamente la expresión Iglesias hermanas fue el Patriarca ortodoxo de Constantinopla Atenágoras I. Acogiendo los gestos fraternos y la llamada a la unidad a él dirigidos por Juan XXIII, expresa a menudo en sus cartas el auspicio de ver pronto restablecida la unidad entre las Iglesias hermanas.

6. El Concilio Vaticano II usa la expresión Iglesias hermanas para calificar la relación fraterna entre las Iglesias particulares: "…existen en Oriente muchas iglesias particulares o locales, entre las cuales ocupan el primer lugar las iglesias patriarcales, y de las cuales no pocas tienen origen en los mismos Apóstoles. Por este motivo ha prevalecido y prevalecen entre los orientales la diligencia y el cuidado de conservar en la comunión de la fe y de la caridad aquellas relaciones fraternas, que deben observarse entre las iglesias locales como entre hermanas".[2]

7. El primer documento pontificio en el cual de halla el apelativo de hermanas aplicado a las Iglesias es el Breve Anno ineunte, de Pablo VI al Patriarca Atenágoras I. Tras haber manifestado su voluntad de hacer lo posible para "restablecer la plena comunión entre la Iglesia de Occidente y la Iglesia de Oriente", el Papa se pregunta: "Puesto que en cada Iglesia local se opera este misterio del amor divino, ¿no es tal vez éste el origen de aquella expresión tradicional, en virtud de la cual las Iglesias de varios lugares comenzaron a llamarse entre ellas como hermanas? Nuestras Iglesias han vivido por siglos como hermanas, celebrando juntas los concilios ecuménicos, que han defendido el depósito de la fe contra toda alteración. Ahora, después de un largo período de división y de incomprensión recíproca, el Señor, a pesar de las dificultades que en el pasado han surgido entre nosotros, nos da la posibilidad de redescubrirnos como Iglesias hermanas".[3]

8. Después la expresión ha sido utilizada por Juan Pablo II en numerosos discursos y documentos entre los cuales serán recordados aquí los principales, siguiendo un orden cronológico.

Encíclica Slavorum Apostoli: "Para nosotros [Cirilo y Metodio] son paladines y a la vez patronos en el esfuerzo ecuménico de las Iglesias hermanas de Oriente y Occidente para volver a encontrar, mediante el diálogo y la oración, la unidad visible en la comunión perfecta y total".[4]

Carta de 1991 a los Obispos europeos: "Con aquellas Iglesias [las Iglesias ortodoxas] se fomentan relaciones como entre Iglesias hermanas, según la expresión del Papa Pablo VI en el Breve al Patriarca de Constantinopla Atenágoras I".[5]

En la Encíclica Ut unum sint, el tema es desarrollado sobre todo en el n. 56, que inicia así: "Después del Concilio Vaticano II y con referencia a aquella tradición, se ha restablecido el uso de llamar Iglesias hermanas a las Iglesias particulares o locales congregadas en torno a su Obispo. La supresión, además, de las excomuniones recíprocas, quitando un doloroso obstáculo de orden canónico y psicológico, ha sido un paso muy significativo en el camino hacia la plena comunión". El número termina auspiciando: "El término tradicional de Iglesias hermanas debería acompañarnos incesantemente en este camino". El tema es retomado en el n. 60, en el cual se observa: "Más recientemente, la Comisión mixta internacional ha dado un paso significativo en la cuestión tan delicada del método a seguir en la búsqueda de la comunión plena entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, cuestión que ha alterado con frecuencia las relaciones entre católicos y ortodoxos. La Comisión ha puesto las bases doctrinales para una solución positiva del problema, que se fundamenta en la doctrina de las Iglesias hermanas".[6]

II. Indicaciones sobre el uso de la expresión.

9. Las referencias históricas expuestas en los párrafos precedentes muestran la relevancia que ha asumido la expresión Iglesias hermanas en el diálogo ecuménico. Esto hace aun más importante que de ella se haga un uso teológicamente correcto.

10. En efecto, en sentido proprio, Iglesias hermanas son exclusivamente las Iglesias particulares (o las agrupaciones de Iglesias particulares: por ejemplo, los Patriarcados y las Metropolías).[7] Debe quedar siempre claro, incluso cuando la expresión Iglesias hermanas es usada en este sentido propio, que la Iglesia universal, una, santa, católica y apostólica, no es hermana sino madre de todas las Iglesias particulares[8].

11. Se puede hablar de Iglesias hermanas, en sentido propio, también en referencia a Iglesias particulares católicas y no católicas; y por lo tanto también la Iglesia particular de Roma puede ser llamada hermana de todas las Iglesias particulares. Pero, como ya ha sido recordado, no se puede decir propiamente que la Iglesia católica sea hermana de una Iglesia particular o grupo de Iglesias. No se trata solamente de una cuestión terminológica, sino sobre todo de respetar una verdad fundamental de la fe católica: la de la unicidad de la Iglesia de Jesucristo. Existe, en efecto, una única Iglesia,[9] y por eso el plural Iglesias se puede referir solamente a las Iglesias particulares.

En consecuencia es de evitar, como fuente de malentendidos y de confusión teológica, el uso de fórmulas como "nuestras dos Iglesias", que insinúan -cuando se aplican a la Iglesia católica y al conjunto de las Iglesias ortodoxas (o de una Iglesia ortodoxa)- un plural no solamente al nivel de Iglesias particulares, sino también al nivel de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, confesada en el Credo, cuya existencia real aparece así ofuscada.

12. En fin, se debe también tener presente que la expresión Iglesias hermanas en sentido proprio, como es testimoniado por la Tradición común de Occidente y Oriente, puede ser aplicada exclusivamente a aquellas comunidades que han conservado válidamente el Episcopado y la Eucaristía.

Roma, en la Sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 30 de junio de 2000, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

+ Joseph Card. Ratzinger
Prefecto

+ Tarcisio Bertone, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario

Notas

[1] Pablo VI y Atenágoras I, Declaración común Pénétrés de reconnaissance (7-XII-1965), n. 3: AAS 58 (1966) 20. Las excomuniones fueron recíprocamente levantadas en 1965: "el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I en su Sínodo (…) declaran de común acuerdo (…) que es de deplorar también, y de cancelar de la memoria y del seno de la Iglesia, las sentencias de excomunión" (ibid., n. 4); cf. también Pablo VI, Carta Apostólica Ambulate in dilectione (7-XII-1965): AAS 58 (1966) 40-41; Atenágoras I, Tomos Agapis (7-XII-1965), Vatican-Phanar 1958-1970 (Romae et Istanbul 1970) 388-390.

[2] Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 14

[3] Pablo VI, Breve Anno ineunte (25-VII-1987): AAS 59 (1967) 852-854.

[4] Juan Pablo II, Encíclica Slavorum apostoli (2-VI-1985), n. 27: AAS 77 (1985) 807-808.

[5] Juan Pablo II, Carta a los Obispos del continente europeo sobre Las relaciones entre católicos y ortodoxos en la nueva situación de la Europa central y oriental (31-V-1991), n. 4: AAS 84 (1992) 167.

[6] Juan Pablo II, Encíclica Ut unum sint (25-V-1995), nn. 56 y 60: AAS 87 (1995) 921-982.

[7] Cf. los textos del Decreto Unitatis redintegratio, n. 14, y del Breve Anno ineunte de Pablo VI a Atenágoras I, citados arriba en las notas 2 y 3.

[8] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28-V-1992), n. 9: AAS 85 (1993) 838-850.

[9] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 8; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae (24-VI-1973), n. 1: AAS 65 (1973) 396-408.

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Fr. Guy Bedouelle, O.P.


 Jules Michelet pintó en su Historia de Francia, tan característica del siglo XIX, un fresco en el que muestra cómo la Iglesia en el Languedoc, durante el siglo XIII, interrumpió «el impulso de libertad de pensamiento» que representaba la herejía. Las frases van fluyendo nerviosas, jadeantes, románticas… e inexactas. «Aquel Domingo», escribe, «el terrible fundador de la Inquisición, era un noble castellano. Nadie le sobrepasó en el don de lágrimas, que con tanta frecuencia va unido al fanatismo» (1). Y continúa en el capítulo siguiente: «El papa sólo logró vencer al misticismo independiente abriendo a su vez grandes escuelas de misticismo, me refiero a las Ordenes mendicantes. Esto equivale a combatir el mal con el mal; es acometer la empresa más difícil y contradictoria de todas: regular la inspiración, delimitar la iluminación, estructurar el delirio».

También conocemos el cuadro de Pedro Berruguete (t 1504), El Auto de fe, que se encuentra en el museo del Prado de Madrid. Santo Domingo -al que se reconoce por su manto estrellado- aparece sentado en una cátedra elevada, presidiendo un tribunal y rodeado de seis asesores, casi todos laicos. Debajo, a la derecha, unos herejes medio desnudos van a ser quemados en la hoguera que ya se está preparando. El contraste es impresionante y la composición admirable. El cuadro fue pintado sin duda para gloria de santo Domingo; ¿no había realizado el pintor diversos retablos para el convento dominicano de Avila, por encargo de Tomás de Torquemada (t 1493), Inquisidor general de España en 1483?

Si nos remontamos más atrás en el tiempo, encontraremos testimonios dominicanos en apoyo de la participación de Domingo antes que nadie en la Inquisición contra cátaros y valdenses en el Languedoc. Bernardo Gui (1261-1331) no vacila en reivindicar para su fundador el título de primer inquisidor, en una referencia que hace en su Vida de santo Domingo, recogiendo además textos «legendarios» del siglo XIII ? (2). El autor del célebre «Manual de inquisidores» no dudó tampoco en hacer por propia autoridad una interpolación en la Historia albigense de Pedro de Vaux de Cernai, para mencionar la presencia de Domingo en la batalla de Muret, el 12 de septiembre de 1213, en el transcurso de la sangrienta cruzada albigense; el santo tenía en sus manos un crucifijo acribillado á flechazos, que todavía se puede ver en San Saturnino de Toulouse… (3).

En sentido inverso Lacordaire afirma muy alto, cuando defiende ante su «País» el restablecimiento en Francia de la Orden de Predicadores, en 1838 (es decir, algunos años después de las inflamadas frases de Michelet sobre la fundación de las Ordenes mendicantes), que «santo Domingo no fue en absoluto el inventor de la Inquisición y nunca hizo acto alguno de inquisidor. Los dominicos no fueron en modo alguno promotores ni principales instrumentos de la Inquisición» (c. 6). Desgraciadamente, la demostración histórica que sigue a estos teoremas es bastante sospechosa. Por eso se la echaron en cara con vehemencia -y no sólo por razones de exactitud histórica-, especialmente su amigo Dom Próspero Guéranger, restaurador de los benedictinos en Solesmes, que le acusaba de no atreverse a «asumir su herencia».
¿A quién hay que creer entonces? ¿Fue Domingo el primer inquisidor? La respuesta es categórica: de ninguna manera. Basta la simple cronología para dirimir la cuestión:


Domingo murió en 1221 y el oficio de inquisidor no se instituyó hasta 1231 en Lombardía y hasta 1234 en el Languedoc.
¿Fueron los Frailes Predicadores los principales instrumentos de la Inquisición? ¿o sólo tomaron parte en ella «como todo el mundo», conforme a lo que dice Lacordaire? La respuesta tendrá que ser más matizada.

En todo caso, será conveniente saber de qué hablamos cuando pronunciamos la palabra Inquisición – juzgada unánimemente como algo funesto-, antes de intentar comprender el significado de la misma.
Hay que decir, en primer lugar, que existen dos Inquisiciones, o, mejor, dos oleadas de la Inquisición, bastante diferentes por su origen y por su destino. La primera, del siglo XIII, es el resultado de un largo proceso iniciado por los papas; se la suele llamar «Inquisición pontificia». La segunda responde a una iniciativa de los Reyes Católicos de España, que piden al papa en 1478 que reorganice la antigua institución. Este instrumento del absolutismo real, dirigido contra las minorías religiosas judía y musulmana, mal asimiladas, y contra las corrientes de pensamiento que parecían amenazar el orden social, no sería suprimido hasta el siglo XIX. Es ésta la que fue objeto de una «leyenda negra» lo bastante tenaz como para que todavía hoy el término «Inquisición» evoque inmediatamente en la mentalidad general, de manera un tanto visceral, las ideas de fanatismo y de intolerancia. Los reyes de España recurrieron con frecuencia a dominicos como Tomás de Torquemada, pero con mayor frecuencia aún, desde el siglo XVI, llamaron a jesuitas (4).

Por otra parte, cuando se habla de «Inquisición» hoy se confunden a menudo dos realidades que sería muy conveniente distinguir: un procedimiento y un tribunal. La inquisitio es, en primer lugar, un procedimiento jurídico. Se trata de una investigación que la autoridad pública abre de oficio, en las naciones modernas, al tener conocimiento de un crimen, mientras en las causas civiles esa misma autoridad espera a que se haya interpuesto una denuncia o acusación para perseguir el delito. La introducción de este procedimiento tan objetivo y minucioso, que constituye una garantía para el acusado, supuso un gran progreso con relación al antiguo procedimiento acusatorio, que era en otro tiempo el más generalizado. Así ocurría con los herejes a comienzos del siglo XIII: sólo se les perseguía si alguien los acusaba. Hacia 1230 termina de implantarse en Europa este procedimiento de investigación aplicado a los asuntos de fe. El problema que se plantea no es el de la implantación del procedemiento como tal, sino más bien el hecho de que las autoridades reales y eclesiásticas consideren la manifestación del disentimiento en materia de fe como un crimen que se ha de perseguir de oficio.

La Inquisición es también un tribunal, un tribunal extraordinario destinado a conocer en el crimen de herejía, aplicando, entre otros, el procedimiento de investigación. Tal es el origen del oficio de la Inquisición encomendado a diversos personajes. Sin hacer desaparecer al tribunal del obispo, que era el que se ocupaba hasta entonces de las causas de fe, este nuevo tribunal lo sustituye ampliamente.

Hasta esa época la herejía dependía, en lo espiritual, del tribunal del obispo, encargado de juzgar las creencias de los bautizados de su diócesis. El príncipe, que usaba de la coacción secular para obligar a comparecer al sospechoso acusado y para castigar en función de su propia ley penal al hereje condenado, reservaba al obispo el juicio sobre la acusación de herejía.

A principios del siglo XIII las múltiples acciones del papa Inocencio III contra los herejes, con el envío de legados a diversos sectores de la cristiandad, sólo miran a estimular o a reforzar la acción de los obispos. Van acompañadas de vastas campañas de predicación, destinadas a afianzar las creencias de los católicos y a atraer a los herejes a la fe. Domingo se incorporó a una de estas campañas de la palabra, la del mediodía francés (1206-1209).

La frecuente ineficacia del tribunal de los obispos llevó al emperador de Alemania Federico II y al papa Gregorio IX a decidirse por la creación de un tribunal extraordinario. El juez sería un clérigo, pero el príncipe garantizaría la base y la eficacia temporales: locales, mantenimiento, responsabilidad de los arrestos y comparecencias, aplicación de las penas en que se incurre según su propio derecho penal. En 1231 se crea el oficio de la Inquisición por una decisión común del papa y del emperador, para aplicarlo desde entonces en Alemania y en Italia. Este tribunal se introdujo en el norte de Francia en 1233, y en el mediodía a principios de 1234. Por consiguiente, no se puede suponer -como a veces se ha hecho – que fuera pensado especialmente para esta región. No tuvo nada que ver con santo Domingo.

Se le puede definir como un tribunal extraordinario, permanente, que interviene en todos los asuntos que interesan a la defensa de la fe y que utiliza el procedimiento inquisitorial, mucho más flexible y eficaz (5). No es una «policía de la fe». Se trata de convencer al hereje de la contradicción en la que se encuentra respecto a la fe cristiana y convertirlo; el inquisidor deberá, pues, ser un buen predicador. Para las faltas menos graves el tribunal. asigna penas de orden religioso: llevar una cruz, visitar iglesias, hacer peregrinaciones, o penas más importantes. Si el hereje es pertinaz, la Iglesia lo entrega al brazo secular, que a partir del siglo XIII podrá aplicarle la pena de muerte (prohibida, sin embargo, en el concilio III de Letrán). A partir de 1252 la Inquisición dispone del derecho a someter a tortura a los presuntos herejes, como era corriente en el derecho común de la época 27. Se comprende así la gravedad de la función inquisitorial.

La elección de la persona que habrá de ser juez de la fe es muy importante a los ojos de Gregorio IX, pues teme el peligro de un juez demasiado dependiente del príncipe, al servicio del cual podría poner su oficio. Ese es frecuentemente el caso de los obispos, especialmente en Alemania. El papa se inclina, pues, hacia los religiosos y a veces hacia los sacerdotes seculares. El primer inquisidor conocido fue Conrado de Marburgo, un secular. Sin embargo, el papa se vuelve pronto a los dominicos, especialmente por lo que respecta a Francia (1233) y al Languedoc (1234). Dos años más tarde, empero, les añade un franciscano. En adelante, los inquisidores del Languedoc serán ordinariamente dominicos, y los de Provenza franciscanos. Estos religiosos podían consagrarse a instruir causas de fe de manera continua, más justa y más concienzuda, a diferencia de los monjes y los clérigos seculares, que se ven solicitados por otras tareas. Pero la Inquisición nunca fue un oficio de la Orden de Predicadores como tal.

No es a los inquisidores a quienes hay que hacer responsables de la creación de la Inquisición. Si a algunos les faltó equilibrio, por el poder temible que se les había otorgado -como el tristemente célebre Roberto el Bougre, nombrado en 1235, que se desprestigió por sus excesos en el norte de Francia-, la mayor parte desempeñó con competencia, independencia de espíritu y preocupación principal por la salvación de las almas la tarea de juez que se les había encomendado y en cuya necesidad saludable creían, como la gran mayoría de los cristianos de occidente.
El problema de la Inquisición se inscribe en el marco de dos problemas mucho más antiguos: el de la persecución de la herejía dentro de la sociedad cristiana y, más en general, el de la sensibilidad de esta sociedad ante el disentimiento en la fe.

Este último dato se remonta a los orígenes de la Iglesia, cuando los cristianos se adhieren fuertemente al «sentimiento de unanimidad» (Fil 2, 2): «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre», como dice san Pablo (Ef 4, 5). Es verdad que la fe es un don total de la persona a Dios, pero implica, para ser auténtica, unas creencias, un contenido objetivo común.

La responsabilidad de la creación y perfeccionamiento de la Inquisición corresponde a la sociedad occidental, eclesiástica y política, a través de una larga serie de decisiones de todas clases. En definitiva, fue el sistema mismo de la cristiandad de occidente el que, vinculando entre sí estrechamente la Iglesia y la sociedad temporal, creyó justo y santo hacer de la fe y la moral cristianas la base de la legislación y el orden civil, y puso a su servicio como contrapartida las fuerzas coercitivas temporales, uno de cuyos instrumentos fue la Inquisición.

Este sentido de responsabilidad de los príncipes en Europa en relación con la norma de fe, para la salvación de sus súbditos, y esta voluntad de intervenir en su defensa con ayuda de los obispos, siguen estando muy vivos en occidente hasta el siglo XVI e incluso el XVII. Rebelarse contra la fe equivale a rebelarse contra el príncipe.

Dentro de la inquietud por la salvación que reinaba en la época, la gente corriente era a menudo la primera en exigir la persecución de aquellos propagandistas de doctrinas o remedios de salvación que, a juicio de la Iglesia, suponían para algunos cristianos un riesgo de perdición eterna. El hombre de la Edad Media podía comprender que se tuviera tolerancia con los paganos, que no dispusieron de medios para conocer la revelación; a lo sumo, que se tuviera con los judíos (tal será la actitud de los papas). Pero le resulta imposible considerar la desviación de la fe católica o la negación del bautismo como si no fueran pecados graves (7).

El disentir en la fe aparece así como la falta más grave, la más perniciosa de todas; por eso, el procedimiento inquisitorial lo que pretende, en primer lugar, es curar, como lo haría un médico. ¿Acaso no hay que salvar a la misma persona hereje, y no solamente la sociedad a la que amenaza? Se trata, en realidad, del famoso dilema que plantea el impresionante cuadro del Gran Inquisidor, ideado por Dostoievsky para expresar la rebelión de Iván Karamazov.

Durante toda la Edad Media esta connivencia entre lo temporal y lo espiritual que culmina en la Inquisición se considera normal. A pesar de las querellas que enfrentaron sucesivamente con el papa a reyes, emperadores, clérigos rebeldes o teólogos como Marsilio de Padua, por ejemplo, en ninguna de ellas se encuentra reproche alguno relativo a la Inquisición, que parece aceptada e incluso deseada por la opinión general.

Habrá que esperar a que despierte la idea de «tolerancia» para que se llegue a rechazar, si no el hecho de la institución, sí al menos sus métodos. Erasmo parece haber sido un precursor en este terreno, como lo fue también en otros (8).

La Edad Media es mucho más sensible a los valores y a las verdades objetivas y sociales que a la sinceridad de las convicciones personales. La profundización en el sentido de la persona y de la libertad, tan subrayado sin embargo por san Pablo cuando considera la vida del cristiano bajo la gracia (Gal 5, 13), es, en el fondo, una conquista reciente. Lo cual no nos permite ser jueces de los siglos que pensaban de otra manera, máxime si tenemos en cuenta que, a pesar de tantas declaraciones de principios, nuestra conducta no es mucho más respetuosa de los derechos del hombre.

(Fuente: Bedouelle, Guy. La fuerza de la pala bra. Domingo de guzman. Editorial San Esteban. 1987).



1. Tomo II, lib. IV, c. 7, en: Oeuvres complétes, IV, ed. crítica de P. VIALLANEIX (París 1974). En la primera edición había escrito Michelet: «Era un noble castellano, singularmente caritativo y puro. Nadie tuvo en mayor abundancia el don de lágrimas y la elocuencia que las hace brotar». Estas últimas palabras fueron suprimidas en 1852 y sustituidas por la frase vengativa en 1861, Ibid., p. 657.

2. Sobre el estado de la cuestión, cfr. M. H. VICAIRE, Dominique…, 3657; 143-149.

3. Cfr. «Cahiers de Fanjeaux» 16 (1981) 243-250.

4. Cfr. G. y J. TESTAS, L’Inquisition (París 1974).

5. Cfr. Le Credo, la morale et l’Inquisition. «Cahiers de Fanjeaux» 6 (1971). Cfr. Y. DOSSAT, Les crises de l’Inquisition toulousaine (1233-1273) (Burdeos 1959); H. MAISGNNEUVE, Etudes sur les origines de l’Inquisition (París 21960) 248-249.

6. Cfr. F. COMPAGNONI, Pena de muerte y tortura en la tradición católica. «Concilium» n. 140 (1978) 689-706.

7. Exponente de la actitud medieval en esta cuestión es SANTO TOMAS DE AQUINO, Summa theologiae, II-II, 10, 8, ad 3, donde se encuentra la famosa expresión: «es voluntario abrazar la fe, pero el mantener la fe recibida es de necesidad».

8. Cfr. J. LECLER, Histoire de la tolérance au siécle de la Réforme, 1 (París 1955) 140.

 
 

 
 
¿Quiénes son Doctores de la Iglesia?
Son santos reconocidos como eminentes maestros de la fe de todos los tiempos. Los tres requisitos para que alguien pueda ser considerado Doctor de la Iglesia son: insigne santidad de vida, doctrina celestial eminente y reconocimiento o declaración expresa del Sumo Pontífice.

¿Quiénes son Padres de la Iglesia?
Los "Padres de la Iglesia" son los mas insignes pastores, generalmente obispos, de la Iglesia de los primeros siglos. Sus enseñanzas, en sentido colectivo, son consideradas por la Iglesia como fundamento indispensable de la doctrina ortodoxa cristiana. Por su cercanía a los Apóstoles nos presentan la correcta interpretación de las Sagradas Escrituras.
Los cuatro principales criterios para ser reconocido como "Padre de la Iglesia": antigüedad, ortodoxia, santidad, aprobación de la Iglesia. No todos los escritos de los Padres son ortodoxos sino solo aquellos en los que hay común acuerdo entre ellos.

¿Qué diferencian a los Padres de la Iglesia de los Doctores de la Iglesia?
Con respecto al concepto de Padre de la Iglesia, el de Doctor de la Iglesia no siempre implica la antigüedad, pero exige necesariamente una ciencia extraordinaria y una aprobación más solemne de la Iglesia.

¿Cuántos Doctores de la Iglesia existen en la actualidad?
En la actualidad existen 33 Doctores de la Iglesia

ATANASIO DE ALEJANDRIA, Obispo de Alejandría. (295-373)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 2 de mayo

 

 

EFRÉN DE SIRIA, Diácono. (306-373)
Doctor en 1920 – Fiesta: 9 de junio

 

 

HILARIO DE POITIERS, Obispo de Poitiers. (315-367)
Doctor en 1851 – Fiesta: 13 de enero

 

 

CIRILO DE JERUSALÉN, Obispo de Jerusalén. (315-386)
Doctor en 1883 – Fiesta: 18 de marzo

 

 

BASILIO MAGNO, Obispo de Cesárea (Capadocia). (329-379)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 2 de enero

 

 

 

GREGORIO NACIANCENO, Obispo de Constantinopla. (329-390)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 2 de enero

 

 

 

AMBROSIO, Obispo de Milán. (339-397)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 7 de diciembre

 

 

 

JUAN CRISÓSTOMO, Patriarca de Constantinopla. (345-407)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 13 de septiembre

 

 

 

JERÓNIMO, (349-420)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 30 de septiembre

 

 

 

AGUSTÍN, Obispo de Hipona. (354-430)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 28 de agosto.Doctor de la Gracia

 

 

 

CIRILO DE ALEJANDRÍA, Patriarca de Alejandría. (380-444)
Fiesta: 27 de junioDoctor de la Encarnación y de la Maternidad Divina de María
Doctor en 1883

 

 

LEÓN I MAGNO, Papa. (?-461)
Fiesta: 10 de noviembreDoctor en 1754

 

 

 

PEDRO CRISOLOGO, Arzobispo de Rávena. (400-450)
Fiesta: 30 de julioDoctor en 1729

 

 

 

GREGORIO MAGNO, Papa. (537-604)
PADRE DE LA IGLESIA – Fiesta: 3 de septiembre

 

 

 

ISIDORO DE SEVILLA, Arzobispo de Sevilla. (560-636)
Fiesta: 4 de abril
Doctor en 1899

 

 

JUAN DAMASCENO, Monje (675-749)
Fiesta: 4 de diciembre
Doctor en 1890

 

 

 

BEDA EL VENERABLE, O.S.B. (672-735)
Fiesta: 25 de mayoDoctor Admirable
Doctor en 1899

 

 

 

PEDRO DAMIÁN, Cardenal Obispo de Hostia (1007-1072)
Fiesta: 21 de febrero
Doctor en 1828

 

 

 

ANSELMO DE CANTERBURY, Benedictino, Arzobispo de Canterbury (1033-1109)
Fiesta: 21 de abrilDoctor Magnífico
Doctor en 1720

 

 

BERNARDO DE CLARAVAL, Abad (1090-1153)
Fiesta: 20 de agostoDoctor Melifluo
Canonizado en 1174; Doctor en 1899

 

 

 

ANTONIO DE PADUA, Franciscano (1195-1231)
Fiesta: 13 de junioDoctor Evangélico
Canonizado en 1232; Doctor en 1946

 

 

 

ALBERTO MAGNO, Dominico. Obispo de Ratisbona. (1200-1280)
Fiesta: 15 de noviembreDoctor Universal
Beatificado en 1622; Canonizado en 1931; Doctor en 1899

 

 

 

BUENAVENTURA, Franciscano. Cardenal Obispo de Albano. (1221-1274)
Fiesta: 15 de julioDoctor Seráfico.
Canonizado en 1482; Doctor en 1587

 

 

 

TOMÁS DE AQUINO, Dominico. (1225-1274)
Fiesta: 28 de eneroDoctor Angélico
Canonizado en 1323; Doctor en 1567

 

 

 

CATALINA DE SIENA, Terciaria. Dominica. (1347-1380)
Fiesta: 29 de abril
Canonizada en 1461; Doctora en 1970

 

 

 

TERESA DE JESÚS, Carmelita. Reformadora. (1515-1582)
Fiesta: 15 de octubre
Beatificada en 1614; Canonizada en 1622; Doctora en 1970

 

 

 

PEDRO CANISIO, Jesuita. (1521-1597)
Fiesta: 21 de diciembre
Beatificado en 1864; Canonizado en 1925; Doctor en 1925

 

 

 

JUAN DE LA CRUZ, Carmelita. (1542-1591)
Fiesta: 14 de diciembreDoctor Místico
Beatificado en 1675; Canonizado en 1726; Doctor en 1926

 

 

 

ROBERTO BELARMINO, Cardenal S.J. (1542-1621)
Fiesta: 17 de septiembre
Beatificado en 1923; Canonizado en 1928; Doctor en 1931

 

 

 

LORENZO DE BRINDISI, Capuchino. (1559-1619)
Fiesta: 21 de julioDoctor Apostólico

 

 

 

FRANCISCO DE SALES, Obispo de Ginebra. (1567-1622)
Fiesta: 24 de eneroBeatificado en 1661; Canonizado en 1665; Doctor en 1877

 

 

 

ALFONSO Mª DE LIGORIO, Redentorista.Obispo de Sta Agueda de los Godos. (1696-1787) Fiesta: 1 de agosto
Beatificado en 1816; Canonizado en 1839; Doctor en 1871

 

 

 

TERESA DE LISIEUX, (1873-1897)
Fiesta: 1 de octubre
Beatificada en 1923; Canonizada en 1925; Doctora en 1997

 

 

  

 

 

 

El Nuevo Testamento está compuesto de veintisiete libros, todos ellos escritos en la segunda mitad del siglo I. Cuatro Evangelios contienen la historia y las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo; los Hechos de los Apóstoles —obra de San Lucas— es también un libro histórico que da a conocer la vida de la primitiva Iglesia de Jerusalén y sigue luego los avatares del Apóstol San Pablo, hasta su llegada a Roma para comparecer ante el tribunal del César.

Un segundo grupo de libros —los didácticos— está formado por las catorce cartas de San Pablo y las siete epístolas «católicas» —dos de San Pedro, tres de San Juan, una de Santiago y otra de San Judas—. Un libro profético —el Apocalipsis de San Juan— viene a cerrar la serie de los libros inspirados que contienen la Revelación divina neotestamentaria. A la Escritura revelada le sigue la Literatura Cristiana.

La literatura de la Antigüedad cristiana surgió al hilo de la vida y refleja la existencia de la primera Iglesia. Ésta, con el paso del tiempo, creció internamente, hubo de afrontar peligros de dentro y persecuciones de fuera; y, llegada a un determinado grado de madurez, sintió la necesidad de proceder a una elaboración sistemática de la doctrina de la fe. Todo este desarrollo tuvo cabida dentro de los tres primeros siglos de nuestra Era, anteriores a la concesión de la libertad religiosa por el emperador Constantino. Los textos literarios que se conservan permiten conocer puntualmente este itinerario histórico.

La más venerable literatura cristiana está integrada por un grupo de escritores en lengua griega, de los siglos I y II, a los que se conoce con el nombre de «Padres Apostólicos». Este título expresa sus características peculiares: la antigüedad —algunas obras son, probablemente, anteriores al Evangelio de San Juan— y la estrecha vinculación de estos escritores a los Apóstoles, de los cuales pueden considerarse discípulos. Los escritos de los «Padres Apostólicos» son de índole pastoral y están dirigidos a un público cristiano.

Los textos más notables de este primer núcleo de la literatura cristiana fueron la Didaché —el más viejo tratado de disciplina eclesiástica—, la carta ya mencionada de San Clemente a los Corintios, las siete escritas por San Ignacio de Antioquía a otras tantas iglesias, durante su viaje hacia Roma, donde había de sufrir martirio, y otra epístola, todavía, de San Policarpo de Esmirna. El «Pastor» de Hermas, importante para la historia de la penitencia, pertenece también a este grupo de obras.

La Iglesia primitiva fue la Iglesia de los mártires. Los fieles deseaban conocer con detalle la gesta heroica de los cristianos que daban su vida por la fe de Jesucristo. Es cierto que esta curiosidad dio lugar a la aparición de relatos legendarios, de escaso valor histórico. Pero la literatura martirial cuenta con no pocos documentos con todas las garantías de la más estricta veracidad.

Muchos martirios fueron precedidos por un proceso judicial, en el cual los notarios levantaban acta de los interrogatorios de los magistrados, las respuestas de los mártires y la sentencia que les condenaba a morir. Los cristianos conseguían a veces copias literales de estas actas, como ocurrió con el proceso de San Justino, celebrado en Roma (c. a. 165), o el de San Cipriano en Cartago (a. 258). Un valor documental semejante a las «actas» tienen las «pasiones», relatos escritos por cristianos contemporáneos testigos de los hechos: unas páginas conmovedoras, que acostumbraban leerse en las iglesias en el día aniversario del martirio.

En el siglo II apareció un nuevo género literario, exponente de las luchas que hubieron de sostener los cristianos con enemigos de dentro y de fuera. La defensa de la fe contra la herejía dio lugar a la composición de buen número de escritos antiheréricos, entre los cuales destaca el tratado «Contra las herejías», de San Ireneo de Lyon, al que ya se hizo referencia, y que es una refutación de las doctrinas gnósticas. San Ireneo atribuye decisiva importancia a la tradición conservada por los obispos, sucesores de los Apóstoles, y en especial por la Iglesia romana, maestra de la fe, adornada por una nota de singular primacía sobre todas las demás iglesias.

La literatura apologética tenía como objetivo primordial la vindicación de la verdad cristiana y estaba dirigida a lectores ajenos a la Iglesia. Hubo obras de apologética antijudía, y en ellas la argumentación se fundaba sobre todo en el Antiguo Testamento, para demostrar, partiendo de él, que Jesús era el Mesías anunciado por los Profetas, que la Iglesia es el nuevo Israel y que el Cristianismo realiza la plenitud de la Ley. Un ejemplo notable de la apologética antijudía es el «Diálogo con Trifón», escrito por el mártir San Justino hacia el año 150. Pero los destinatarios de la literatura apologética fueron sobre todo los paganos, que constituían el entorno social hostil al Cristianismo.

La Apologética cristiana fue obra de los «Apologistas», grupo de escritores que asumieron la defensa del Cristianismo frente al mundo gentil. De acuerdo con este propósito, sus escritos se dirigían a los representantes de la autoridad pública —emperadores, magistrados— o al pueblo romano en general. El contenido de esos escritos venía determinado por la naturaleza misma de las acusaciones contra los cristianos que estaban más en boga entre sus contemporáneos.

Frente a las calumniosas especies que circulaban entre el vulgo atribuyéndoles toda suerte de crímenes, los Apologistas respondieron con el testimonio de la existencia real de los discípulos de Cristo. La «Epístola a Diogneto» —que quizá sea la apología presentada por Cuadrato al emperador Adriano— aduce aquel testimonio como la prueba más patente de la falsedad de tales calumnias. Más aún —agrega el autor—, la conducta de los cristianos era tan admirable, que sólo podía explicarse por la grandeza de sus ideales: «obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes; aman a todos, y por todos son perseguidos; se les desconoce y se les condena; se les mata, y con ello se les da vida; son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan en todo; son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados».

Se acusaba a los cristianos de enemigos de la humanidad y malos ciudadanos del Imperio. Los Apologistas reaccionaron también vivamente frente a estas insidias: Los cristianos —escribían— ejercen un influjo benéfico en la sociedad: «lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo», decía todavía la carta a Diogneto; y Orígenes, en respuesta a Celso, reafirmaba que «los hombres de Dios —los cristianos— son la sal que mantiene unidas las sociedades de la tierra». Por lo que hacía al Imperio, los Apologistas del siglo II afirmaban la plena; lealtad de los cristianos, que cumplían puntualmente sus deberes ciudadanos y ofrecían por los emperadores el mejor de sus bienes, la oración: «Oramos en todo momento por los emperadores —escribía Tertuliano en su Apologeticumpara que vivan largos años, y pedimos un gobierno pacífico, la seguridad de su casa, un ejército valeroso, un Senado fiel, un pueblo honrado, la paz del mundo y cuanto emperadores y subditos puedan desear».

Los cristianos hubieron de afrontar todavía la oposición de los círculos ilustrados, que menospreciaban el valor intelectual del Cristianismo. La réplica de los Apologistas fue que la doctrina cristiana constituía una sabiduría infinitamente superior a la Filosofía griega, porque encerraba la plenitud de la verdad. En torno al año 200, algunos escritores que habían defendido el Cristianismo en el terreno intelectual comenzaron a producir una literatura no polémica, de un nuevo género demandado ya por el grado de madurez alcanzado por la Iglesia: exposiciones de conjunto de la doctrina de la fe, que sirvieran para la formación de los numerosos conversos que llegaban ahora procedentes de las clases más cultas de la sociedad. Tal fue el comienzo de la ciencia teológica.

 

Si hubiera que asignar una patria de origen a esa ciencia, habría que decidirse sin vacilar por Alejandría. En esta ciudad cosmopolita, foco de la cultura helenística, surgió la célebre escuela teológica que, a principios del siglo III, consiguió un extraordinario auge bajo la dirección de Clemente, un converso cuya amplísima cultura le permitió dar una sólida contextura científica a la exposición de la doctrina de la fe. El ambiente intelectual de la metrópoli egipcia imprimió sus rasgos a esta escuela cristiana: preferencia por la Filosofía platónica y empleo del método alegórico en la exégesis bíblica, en busca del sentido espiritual más profundo de la Sagrada Escritura. Estas notas distinguieron en todo momento a los teólogos alejandrinos.

Orígenes, sucesor de Clemente de Alejandría en la dirección de la escuela, la elevó a un altísimo grado de esplendor. Orígenes fue una personalidad extraordinaria: confesor de la fe, escritor fecundísimo, la fama de su sabiduría se extendió por todo el Imperio, y la propia madre del emperador Alejandro Severo quiso conocerle. En Alejandría y después en Cesarea de Palestina desarrolló una actividad asombrosa y fue autor de dos mil obras. Su empresa más ambiciosa fueron las «Hexaplas», versión séxtuple de la Escritura destinada a obtener un texto crítico del Antiguo Testamento. En la ciudad de Antioquía surgió en el siglo IV otra escuela que rechazaba el método alegórico, propio de los alejandrinos, en la interpretación de la Biblia, y cultivaba la exégesis literal de la Sagrada Escritura, inspirada en la filosofía aristotélica.

 

 

 

1.“PARTE DE SU MISMO MUNDO ”

 

 

 

Los primeros cristianos se consideraban parte constituyente de su mismo mundo: “lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo” (Epístola a Diogneto) .

No se distinguían de los demás hombres de su tiempo, ni por su vestido, ni por sus insignias, ni por tener una ciudadanía diferente.

Cada uno de los primeros cristianos ocupaba un lugar en la estructura social de su tiempo, el mismo que tenía antes de convertirse. Si era esclavo no perdía su condición al hacerse cristiano aunque su vida adquiriese una dimensión sobrenatural. Esa actitud cristiana lleva a una apertura grande para asimilar los valores positivos, que existían en el paganismo. Así comentará S. Justino de los pensadores paganos: “cuanto, pues, de bueno está dicho en todos ellos, nos pertenece a nosotros los cristianos”.  (cfr. Enciclopedia GER, Cristianos, Primeros II. Espiritualidad)

 

2.“La vida que llevan no tienen nada de extraño”

“Los cristianos no se diferencian ni por el país donde habitan, ni por la lengua que hablan, ni por el modo de vestir. No se aíslan en sus ciudades, ni emplean lenguajes particulares: la misma vida que llevan no tiene nada de extraño. Su doctrina no nace de disquisiciones de intelectuales ni tampoco siguen, como hacen tantos, un sistema filosófico, fruto del pensamiento humano. Viven en ciudades griegas o extranjeras, según los casos, y se adaptan a las tradiciones locales lo mismo en el vestir que en el comer, y dan testimonio en las cosas de cada día de una forma de vivir que, según el parecer de todos, tiene algo de extraordinario”. (vid. Autor desconocido, Siglo II-III, Carta a Diogneto)

 

3. Cumplen las leyes

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo honraré al emperador, pero no lo adoraré; rezaré, sin embargo, por él. Yo adoro al Dios verdadero y único por quien sé que el soberano fue hecho. Y entonces podrías preguntarme: ¿Y por qué, pues, no adoras al emperador? El emperador, por su naturaleza, debe ser honrado con legítima deferencia, no adorado. El no es Dios, sino un hombre al quien Dios ha puesto no para que sea adorado, sino para que ejerza la justicia en la tierra. El gobierno del Estado le ha sido confiado de algún modo por Dios. Y así como el emperador no puede tolerar que su título sea llevado por cuantos le están subordinados –nadie, en efecto, puede ser llamado emperador-, de la misma manera nadie puede ser adorado excepto Dios. El soberano por lo tanto debe ser honrado con sentimientos de reverencia; hay que prestarle obediencia y rezar por él. Así se cumple la voluntad de Dios”. (SAN TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, Siglo II, Libros a Autólico)

 

4. VIVEN EN LA HONESTIDAD: Iguales que su contemporáneos

“Se nos acusa de ser improductivos en las varias formas de actividad. Pero ¿cómo se puede decir esto de hombres que viven con vosotros, que comen como vosotros, que visten los mismos trajes, que siguen el mismo género de vida y tienen las mismas necesidades de vida?

 

 

 

 

Nosotros acordamos dar gracias a Dios, Señor y creador, y no rehusamos ningún fruto de su obra. Usamos las cosas con moderación, no en forma descomedida o mala. Convivimos con vosotros y frecuentamos el foro, el mercado, los baños, las tiendas los talleres, los establos, participando en todas las actividades.

Navegamos también juntamente con vosotros, militamos en el ejército, cultivamos la tierra, ejercemos el comercio, permutamos las mercaderías y ponemos en venta, para uso vuestro, el fruto de nuestro trabajo. Yo sinceramente no entiendo cómo podemos parecer inútiles e improductivos para vuestros asuntos, cuando vivimos con vosotros y de vosotros.

Sí, hay gente que tiene motivo para quejarse de los cristianos, porque no puede comerciar con ellos: son los protectores de prostitutas, los rufianes y sus cómplices; les siguen los criminales, los envenenadores, los encantadores, los adivinos, los hechiceros, los astrólogos. ¡Es maravilloso ser improductivos para esta gente!… Y después, en las cárceles vosotros no encuentráis nunca a un cristiano, a no ser que esté ahí por motivos religiosos. Nosotros hemos aprendido de Dios a vivir en la honestidad”.  (TERTULIANO, Siglo II-III, El Apologético)

 
 
 
 
 
 
 
 
121. Pero la fe cristiana tenía que pasar por durísimas pruebas para que se viese manifiestamente que venía de Dios y que sólo Dios la sustentaba. En los tres primeros siglos de su existencia, a saber, en el transcurso de trescientos años, muchas y terribles persecuciones se levantaron contra los discípulos de Jesucristo por orden de los emperadores romanos. No era continua la guerra suscitada contra los cristianos, pero tras cortos intervalos recrudecía, y entonces los requerían para que diesen razón de su fe; constreñíanlos a ofrecer incienso a los ídolos, y si se negaban a ello, los sujetaban a todo linaje de infamias, penas y tormentos que la humana malicia podía inventar, y hasta a la misma muerte.

122. Ellos no daban motivo de enojo a sus enemigos; juntábanse para sus devociones y para asistir al divino Sacrificio comúnmente en lugares subterráneos; oscuros y solitarios que aun subsisten en Roma y en otras partes, y se llaman cementerios o catacumbas. Mas no por esto evitaban los peligros de muerte. Innumerable muchedumbre de ellos dieron testimonio, con el derramamiento de su sangre, de la fe de Jesucristo, por cuya confirmación habían muerto los Apóstoles y sus imitadores. Por esto se llaman mártires, que quiere decir testigos. La Iglesia reconocía estas preciosas víctimas de la fe, recogía sus cadáveres, dábales honrosa sepultura en los santos lugares de dormición o dormitorios, y los admitía al honor de los altares.

123. La Iglesia no gozó de sólida paz hasta el emperador Constantino, quien vencedor de sus enemigos y favorecido y alentado por una visión del cielo, publico edictos dando a todos libertad de abrazar la religión cristiana; los cristianos volvían a entrar en posesión de los bienes que les hablan confiscado; nadie podía inquietarlos por razón de su fe; no debían en adelante ser excluidos de los cargos y empleos del Estado; podían levantar iglesias; y el mismo emperador costeó a veces la fábrica de ellas. Los confesores de la fe que estaban en las cárceles salieron libres, los cristianos empezaron a celebrar sus reuniones con público esplendor y los mismos gentiles sentíanse atraídos a glorificar al verdadero Dios.

124. Constantino, vencido su postrer competidor, quedó dueño del mundo romano, y vióse la cruz de Jesucristo ondear resplandeciente en las banderas del imperio. Dividió después el imperio en oriental y occidental, haciendo de Bizancio, sobre el Bósforo, una nueva capital, que hermoseó y llamó Constantinopla (a. d. C. 330). Esta metrópoli vino a ser presto una nueva Roma, por la autoridad imperial que en ella residía. Entonces el espíritu de orgullo y novelería se apoderó de algunos eclesiásticos constituidos allí en alta dignidad, los cuales ambicionaban el primado del Papa y de toda la Iglesia de Jesucristo. De allí surgieron gravísimos conflictos durante muchos siglos, y finalmente el desastroso Cisma, con que el Oriente se separó del Occidente (siglo IX) sustrayéndose en gran parte de la divina autoridad del Pontífice Romano, que es el sucesor de San Pedro. Vicario de Jesucristo.

Las herejías y los concilios

125. Cuando salía victoriosa de la guerra exterior del paganismo y vencía la prueba de feroces persecuciones, la Iglesia de Jesucristo, salteada por enemigos interiores, entraba en la guerra intestina, mucho más terrible. Guerra prolija y dolorosa, que empeñada y atizada por malos cristianos, hijos suyos degenerados, no ha llegado aún a su termino, pero de la cual saldrá la Iglesia triunfadora, conforme a la palabra infalible de su divino Fundador a su primer Vicario en la tierra, el apóstol San Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (Mateo XVI, 18.)

126. Ya en los tiempos apostólicos había habido hombres perversos que, por interés y ambición, turbaban y corrompían en el pueblo la pureza de la fe con abominables errores. Opusiéronse a ellos los Apóstoles con la predicación, con los escritos y con las infalibles sentencias del primer Concilio que celebraron en Jerusalén.

127. Desde entonces acá, no ha cesado el espíritu de las tinieblas en sus ponzoñosos ataques contra la Iglesia y las divinas verdades de que es depositaria indefectible; y suscitando constantemente nuevas herejías, ha ido atentando uno tras otro contra todos los dogmas de la cristiana religión.

128. Entre otras, han sido tristemente famosas las herejías de Sabelio, que impugnó el dogma de la Santísima Trinidad; de Manes, que negó la Unidad de Dios y admitió en el hombre dos almas; de Arrio, que no quiso reconocer la divinidad de nuestro Señor Jesucristo; de Nestorio, que rehusó a la Santísima Virgen la excelsa dignidad de Madre de Dios y distinguió en Jesucristo dos personas; de Eutiques, que en Jesucristo no admitió más que una naturaleza; de Macedonio, que combatió la divinidad del Espíritu Santo; de Pelagio que atacó el dogma del pecado original y de la necesidad de la gracia; de los Iconoclastas, que rechazaron el culto de las Sagradas Imágenes y de las Reliquias de los Santos; de Berengario, que se opuso a la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento; de Juan Hus, que negó el primado de San Pedro y del Romano Pontífice, y finalmente la gran herejía del Protestantismo (siglo XVI), forjada y propagada principalmente por Lutero y Calvino. Estos novadores, con rechazar la Tradición divina, reduciendo toda la revelación a la Sagrada Escritura, y con sustraer la misma Sagrada Escritura al legítimo magisterio de la Iglesia para entregarla insensatamente á la libre interpretación del espíritu privado, demolieron todos los fundamentos de la fe, expusieron los Libros Santos a las profanaciones de la presunción y de la ignorancia y abrieron la puerta a todos los errores.

129. El Protestantismo o religión reformada, como orgullosamente la llaman sus fundadores, es el compendio de todas las herejías que hubo antes de él, que ha habido después y que pueden aún nacer pira ruina de las almas.

130. Con una lucha que dura sin tregua hace veinte siglos, no ha cesado la Iglesia católica de defender el depósito sagrado de la verdad que, Dios le ha encomendado y de amparar a los fieles contra la ponzoña de las heréticas doctrinas.

131. A imitación de los Apóstoles, siempre que lo ha exigido la pública necesidad, la Iglesia, congregada en Concilio ecuménico o general, ha definido con toda claridad la verdad católica, la ha propuesto como dogma de fe a sus hijos, y ha arrojado de su seno a los herejes, lanzando contra ellos la excomunión y condenando sus errores. El Concilio ecuménico o general es una augusta asamblea a la cual llama el Romano Pontífice a todos los Obispos del universo y a otros Prelados de la Iglesia, presidida por el mismo Papa en persona o por sus legados. A esta asamblea que representa a toda la Iglesia docente, le está prometida la asistencia del Espíritu Santo, y sus decisiones en materia de fe y de costumbres, después de confirmadas por el Sumo Pontífice, son seguras e infalibles como la palabra de Dios.

132. El Concilio que condenó el protestantismo fue el Sacrosanto Concilio de Trento, denominado así por la ciudad donde se celebró.

133. Herido con esta condenación, el protestantismo vio desenvolverse los gérmenes de disolución que llevaba en su viciado organismo: las discusiones lo desgarraron, multiplicáronse las sectas, que, dividiéndose y subdividiéndose, lo redujeron a menudos fragmentos. Al presente, el nombre de protestantismo no significa ya una creencia uniforme y extendida, sino que encierra un amontonamiento, el más monstruoso, de errores privados e individuales, recoge todas las herejías y representa todas las, formas de rebelión contra la santa Iglesia católica.

134. Con todo, el espíritu protestante, que es espíritu de desaforada libertad y de oposición a toda autoridad, no dejó de difundirse, y se alzaron muchos hombres que, hinchados con una ciencia vana y orgullosa o enseñoreados de la ambición y del interés, no dudaron en forjar o dar aliento a teorías trastornadoras de la fe, de la moral y de toda autoridad divina y humana.

135. El Sumo Pontífice Pío IX, después de haber condenado en el Syllabus muchas de las proposiciones más capitales de esos temerarios cristianos, para aplicar la segur a la raíz del mal, había convocado en Roma un nuevo Concilio ecuménico. Comenzó felizmente su obra ilustre y benéfica en las primeras sesiones, que se celebraron en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano (de donde le vino el nombre de Concilio Vaticano I), cuando en 1870, por las vicisitudes de los tiempos, tuvo que suspenderlas.

136. Es de esperar que, sosegada la tempestad que agita momentáneamente a la Iglesia, podrá el Romano Pontífice anudar y llevar a cabo la obra providencial del Santo Concilio, y que, deshechos los errores que ahora combaten a la Iglesia y a la sociedad civil, podremos ver pronto la verdad católica brillar con nueva luz y alumbrar el mundo con sus eternos resplandores.

Advertencias y orientaciones para el estudio de la religión en la Historia de la Iglesia

137. Aquí termina este nuestro resumen, pues no es posible seguir paso a paso los varios sucesos de la Iglesia, complicados con los acontecimientos políticos, sin decir cosas menos acomodadas a la común inteligencia, y sin desviarnos del fin y blanco de estas páginas. El cristiano de buena voluntad provéase de un buen Compendio de Historia Eclesiástica de autor católico, y para elegirlo válgase del consejo de su párroco o de un docto confesor. – Lea con espíritu de sencillez y humildad cristiana, y verá resplandecer en su madre la Iglesia los caracteres con que nuestro Señor Jesucristo ha distinguido a la única verdadera Iglesia que El fundó, que son: Una, Santa, Católica v Apostólica.

138. UNA. – Verá resplandecer la unidad de la Iglesia en el ejercicio no interrumpido de la fe, de la esperanza y de la caridad. Verá en veinte siglos de vida, siempre joven y floreciente que cuenta la Iglesia, tantas generaciones, tanta muchedumbre de hombres, diversos en índole, nacionalidad y lenguas, unidos en una sociedad gobernada siempre por una misma y perpetua jerarquía, profesar unas mismas . creencias, confortarse con unas mismas esperanzas, participar de comunes plegarias y de unos mismos sacramentos, bajo la dirección de los legítimos pastores. Verá la jerarquía eclesiástica, formada de tantos miles de obispos y sacerdotes, conservarse estrechamente unida en la comunión y obediencia del Romano Pontífice, que es la cabeza divinamente establecida, y recibir de él las divinas enseñanzas para comunicarlas al pueblo con perfecta unidad de doctrina. ¿De dónde tan maravillosa unión? De la presencia y asistencia de Jesucristo, que dijo a sus Apóstoles: He aquí que Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.

139. SANTA. – El fiel que lea con rectitud de corazón la Historia Eclesiástica, verá resplandecer la santidad de la Iglesia, no sólo en la santidad esencial de su cabeza invisible Jesucristo, en la santidad de los sacramentos, de la doctrina, de las Corporaciones religiosas, de muchísimos de sus miembros. sino también en la abundancia de los dones celestiales, de los sagrados carismas, de las profecías y milagros con que el Señor (negándolos a las demás sociedades religiosas) hace brillar a la faz del mundo la dote de la santidad, de que está exclusivamente ataviada su única Iglesia. Quien lee con ánimo desapasionado la Historia Eclesiástica, queda atónito al contemplar la acción visible de la divina Providencia, que ha comunicado a la Iglesia la santidad y la vida, y vela por su conservación. Ella fue la que, desde los primeros siglos, suscito aquellos grandes hombres, gloria inmortal del Cristianismo que, llenos de sabiduría y sobrehumana virtud, combatieron victoriosamente las herejías y errores al paso que iban apareciendo: Santos Padres y Doctores que brillarán como estrellas por perpetuas eternidades, en frase bíblica; de cuyo unánime consentimiento podemos deducir y reconocer la Tradición y el sentido de las Sagradas Escrituras. Y asombra no menos ver levantarse providencialmente, en tiempo y lugar oportuno, aquellas Ordenes regulares, aquellas religiosas familias, aprobadas y bendecidas por la Iglesia, en las cuales ya desde el siglo IV florecía la vida cristiana y se aspiraba a la perfección evangélica, practicando los divinos consejos pon los santos votos de castidad, pobreza y obediencia. Véase por la historia que estas religiosas familias, en el transcurso de los siglos, han ido constantemente y van ahora sucediéndose y renovándose con un fin siempre santo, sirviéndose de los medios acomodados a la época ; ora la oración, ora la enseñanza, ora el ejercicio del ministerio apostólico, ora el cumplimiento variado y múltiple de las obras de caridad. Como su santa madre la Iglesia, están sujetas a bravas persecuciones, que a menudo y por algún tiempo las oprimen. Pero como tales institutos pertenecen a la esencia de la Iglesia por, la actuación de los consejos evangélicos, por esto no pueden perecer del todo. Y es cosa averiguada por la experiencia, que la tribulación las purifica y rejuvenece„ y renaciendo en otra parte, se multiplican y producen más copiosos frutos, quedando siempre como una fuente inexhausta de la santidad de la Iglesia.

140. CATÓLICA. -Verá con amargura el fiel que hartas veces, en el curso de los siglos, muchedumbre inmensa de cristianos, acaso naciones enteras, se desasieron miserablemente de la unidad de la Iglesia, pero verá también que Dios enviaba sucesivamente a otras gentes y a otras naciones la luz del Evangelio por medio de hombres apostólicos, encargados por Él, como lo fueron los Apóstoles, de guiar las almas a la eterna salvación. Y se consolará al reconocer que el Señor se digna confiar en nuestro siglo este apostolado a centenares y miles de sacerdotes, de religiosos de todas las Ordenes, de vírgenes que le están consagradas, los cuales recorren las tierras y los mares del viejo y del nuevo mundo para dilatar el reino de Jesucristo. Por donde sería un error dar fe a las baladronadas de los incrédulos: que el Catolicismo va extinguiéndose en el mundo, como si ya los hombres no atendiesen a otra cosa que al progreso de las ciencias y .las artes. Por el contrario, resulta claramente de las estadísticas que el número total de los católicos en las cinco partes del mundo, no obstante las persecuciones y dificultades de todo género, crece cada año, y es de esperar que haciéndose cada día más fáciles los medios de comunicación, y con el favor divino, no habrá luego tierra accesible donde en una modesta iglesia y alrededor de un pobre misionero no haya un grupo de cristianos unidos de pensamiento y de corazón con sus hermanos de todo el mundo, y, por medio de los Obispos o Vicarios apostólicos legítimamente enviados por la Sede Romana, ligados a la misma en unidad de fe y de comunión. Y esto es lo que se llama catolicidad de la Iglesia. Ella sola puede llamarse católica o universal, esto es, de todo tiempo y de todo lugar.

141. APOSTÓLICA. – Al recorrer la historia eclesiástica, verá el fiel sucederse entre increíbles dificultades tantos Romanos Pontífices que, revestidos en la persona de Pedro de las mismas prerrogativas que a él le dio Jesucristo, van comunicando también la jurisdicción a los sucesores de los demás Apóstoles, de los cuales ninguno se separó jamás de Pedro, como ahora ninguno podrá separarse de la Sede Romana sin dejar de pertenecer a la Iglesia, que por esto se dice y es realmente apostólica. 142. En la Historia Eclesiástica aprenderá el fiel a conocer y evitar a los enemigos de la Iglesia y de su fe. En el transcurso de los siglos se hallará con asociaciones o sociedades tenebrosas y secretas, que con varios nombres se fueron organizando, no ya para glorificar a Dios eterno, omnipotente y bueno, sino para derribar su culto y sustituirlo (cosa increíble, pero verdadera) por el culto del demonio. No se maravillará de que los legítimos sucesores de San Pedro, sobre quien fundó Jesucristo su Iglesia, hayan sido y aun sean al presente, objeto de aborrecimiento, de escarnio y aversión por parte de los herejes e incrédulos, debiendo asemejarse más al divino Maestro que dijo: Si a Mí me han perseguido también a vosotros os perseguirán. Pero la verdad que verá deducirse de la historia, es ésta; que los primeros Papas por varios siglos fueron justamente ensalzados al honor de los altares, habiendo muchos entre ellos que derramaron su sangre por la fe, que casi todos los demás brillaron por sus egregias dotes de sabiduría y virtud, siempre atentos a enseñar, defender y santificar al pueblo cristiano, siempre pronto, como sus predecesores, a perder la vida por dar testimonio de la palabra de Dios. ¿Qué importa (desgraciadamente también entre los doce hubo un Apóstol malvado), qué importa que entre tantos haya habido muy pocos menos dignos de ascender a la Suprema Sede, donde toda mancilla parece gravísima? Dios lo permitió para dar a conocer su poderío en sostener a la Iglesia, conservando a un hombre infalible en la enseñanza, aunque falible en su conducta personal.

Catecismo de San Pío X
De la Doctrina Cristiana

 
 
 
 
 
INTRODUCCIÓN

NOCIONES PRELIMINARES

La Biblia

LA BIBLIA (del griego biblos, papiro para escribir; luego los escritos grabados en el papiro) significa la Sagrada Escritura o sean los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento escritos bajo la inspiración divina y reconocidos como tales por la Iglesia.

La Biblia es el libro por excelencia, el libro más venerado e importante! aunque no el más antiguo, que ocupa un lugar privilegiado entre todos los escritos del mundo entero.

La Biblia contiene los libros inspirados por Dios; pero no es el único nombre con que se los conoce. Llámanse también dichos libros Sagrada Escritura, Sagradas Letras, Santas Cartas, porque santo es su autor (Dios), sagrado el asunto de que tratan e inspirado por Dios, y siervos de Dios los varones que los escribieron movidos por el Espíritu Santo.

Además se les ha dado el nombre de Libros canónicos (del griego canon: instrumento para medir, norma o regla de conducta en el orden moral) para designar los libros que la fe y la tradición reconocieron como inspirados y santos.

Al principio la palabra canon aplicada a la Biblia tuvo el significado de catálogo o lista de los libros reconocidos por la Iglesia como inspirados; de ahí la denominación de Canon de la Sagrada Escritura.

No todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento fueron señalados desde el primer momento por la Iglesia como canónicos. Por eso se dicen protocanónicos los reconocidos primeramente y deuterocanónicos los que lo fueron más tarde.

Comúnmente se habla de los Libros Sagrados del Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, entendiendo aquí por testamento pacto o alianza. Así Antiguo Testamento señala los libros que se escribieron durante el pacto o alianza entre Dios y el pueblo de Israel hasta la venida de Jesucristo, y Nuevo Testamento los que se redactaron en la nueva alianza inaugurada por Jesucristo y sellada con su sangre en la Cruz.

Su valor histórico. Los libros históricos de la Biblia son fuentes de inapreciable valor para conocer el origen del mundo, creado por Dios, la aparición del hombre sobre la tierra, la formación de los pueblos, en especial del pueblo elegido de Israel, sus vicisitudes a través de los tiempos, esto es, el Antiguo Testamento o alianza de Dios con Israel, hasta que con la venida de Jesucristo, su vida, pasión y muerte, resurrección y ascensión a los cielos, se inicia el Nuevo Testamento o alianza de Dios con todos los hombres redimidos por el Redentor y nuevamente restituidos al orden y la comunicación sobrenatural con Dios, rota por el pecado primero de Adán.

El testimonio de los escritores de la Biblia es de primer orden, ya que, fuera de los orígenes del mundo y del hombre y de las primeras manifestaciones del pueblo de Israel en la vida de los Patriarcas, cuyas noticias recogieron de la tradición oral, en las demás fueron contemporáneos de los hechos que narran y a veces intervinieron con mayor o menor actividad personal en el escenario de los hechos que nos han transmitido.

Además de la historia de Israel, contiénense en la Biblia numerosos datos acerca de otros pueblos, muchos de los cuales se han visto confirmados por los descubrimientos modernos llevados a cabo en las regiones de los países mencionados en la Biblia.

Contenido de la Biblia. Por su contenido y en la intención de Dios que la ha inspirado y según el testimonio constante, así de la Sinagoga como de la Iglesia, la Biblia es el Libro del Mesías, de Jesucristo.

Tal es, en verdad, la idea madre y central de la Sagrada Escritura, idea hacia la cual convergen todas las demás; ésta es su razón principal de ser, fuera de la cual desaparece toda su unidad.

En relación con esto, la Biblia nos manifiesta verdades religiosas que están fuera del alcance del entendimiento humano y que Dios se dignó revelar a los hombres.

Los dos Testamentos dirigen su mirada hacia Jesucristo, Hijo de Dios; el Antiguo, como a su esperanza; el Nuevo, como a su modelo; y ambos como a su centro.

Prueba de ello es el testimonio del mismo Cristo, de sus apóstoles y de la tradición judía y cristiana. que afirman con términos precisos que toda la Biblia trata de Jesucristo.

Pero, además de estas pruebas extrínsecas o de autoridad, abundan las razones intrínsecas, sacadas de los mismos Libros Santos.

La promesa de un Redentor o Mesías hecha en el paraíso terrenal es el primer anillo de una cadena ininterrumpida de profecías, desde Adán hasta Zacarías, padre de san Juan Bautista.

La esperanza en el futuro Redentor llévenla Adán y Eva como un consuelo salvador en su desgracia, al salir del paraíso.

Esta promesa se hace más precisa en tiempo de Noé; y el círculo se estrecha más con Abrahán al anunciarle Dios que en su posteridad, esto es, en Cristo, como dice san Pablo, serán benditas todas las naciones.

Más tarde la descendencia de Jacob es separada de Esaú, siempre con vistas a esta promesa; luego Jacob elige entre sus hijos a Judá para ser el príncipe del que nacerá el Mesías.

Sucédense los siglos y nuevas profecías van revelando la dulce y gloriosa imagen del Redentor: Balaán anuncia su realeza, y Moisés su triple misión de legislador, de mediador y de profeta.

Estas luces mesiánicas se multiplican, después de un largo lapso de tiempo y adquieren un brillo incomparable desde los días del rey David. Este santo rey ha contemplado de lejos al Mesías y ha vislumbrado su divinidad como Hijo de Dios y le ha cantado en sus Salmos con magnificencia inigualable.

También los demás profetas vieron de lejos el misterio del Mesías y celebraron la grandeza y gloria de su reino.

Uno nos habla del lugar de su nacimiento, otro de la virginidad de su madre, de su entrada en el Templo de Jerusalén; otro le ve glorioso en su sepulcro y vencedor de la muerte, etcétera.

Al profetizar las glorias del Mesías, los escritores inspirados no han callado sus sufrimientos, describiendo hasta los menores detalles de su pasión y muerte; y, para que nada faltase a la profecía, contaron los años hasta su venida.

En estas profecías se va acentuando el progreso de la revelación y manifestando poco a poco la figura radiante de Jesucristo, a medida que se acerca la plenitud de los tiempos, el día en que van a cumplirse los divinos oráculos.

Cada profeta añade un rasgo nuevo, y cuando el último de todos desaparece, la imagen es perfecta y bastará encontrar la persona así representada para decir con el apóstol Felipe: Él es; "hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés en la ley y los profetas, a Jesús de Nazaret".

Si los escritos del Antiguo Testamento pueden resumirse en una serie de nombres propios que representan a los ascendientes de Jesucristo, y en las profecías referentes a Jesús; también pueden reducirse, del modo más simple y natural, a la historia de Israel. Ahora bien, esta historia está íntimamente unida a la del Mesías, pudiendo decirse que es una marcha constante hacia Él.

Mucho antes de Abrahán el escritor procede por vía de eliminación, desentendiéndose rápidamente de las ramas de la raza humana que no tienen relación con el Mesías prometido: la rama de Caín, las de Cam, Jafet y de todas las ramas semitas, a excepción de la de Abrahán, rama de Ismael, rama de Esaú. Y así en otros libros.

Todo lo que no se refiere al pueblo de Israel es tratado como algo accesorio y como de paso; en cambio se insiste en todo lo referente al pueblo del Mesías y a la Redención.

Basta comparar, por ejemplo, la historia de la caída del primer hombre, contada al detalle, con las numerosas generaciones patriarcales, de las cuales sólo se da el nombre; las biografías de Abrahán, Isaac, Jacob, escritas con todos los pormenores, con la formación de los primeros imperios, hecha a vuelo de pluma.

Además, ateniéndonos a la clasificación del Antiguo Testamento en libros históricos, libros proféticos y libros poéticos o sapienciales, vemos que los primeros exponen los diversos trances de la teocracia, es decir, del gobierno directo de Dios sobre los judíos. En ellos se encuentran la alianza del Sinaí, la legislación mosaica, las pruebas del desierto, la conquista de Palestina, el gobierno de los jueces y reyes, la ciudad de Jerusalén, las victorias y derrotas, las épocas de gloria y los períodos de humillación, el aislamiento de los demás pueblos y, finalmente, la cautividad. Todo ello tiende a formar la nación elegido y a educarla con vistas al Mesías futuro.

Por el mismo motivo, las profecías, cuando no se refieren directamente al Mesías, van destinadas a preparar su venida, manteniendo al pueblo, ya sea con amenazas, ya con promesas, en la sana doctrina y cumplimiento de la ley y en la unión con su Dios.

En cuanto a los demás libros, unos, como los Salmos, forman el conjunto oracional del pueblo mesiánico; otros, como el Cantar de los Cantares, expresan en forma alegórica la unión de Israel con su Cristo; otros, como los Sapienciales, muestran las relaciones íntimas con la Sabiduría divina.

Por lo que se refiere a los Libros del Nuevo Testamento, es a todas luces manifiesto que su tema central es Jesucristo.

Los cuatro Evangelios nos hablan del programa de Redención realizado por Jesucristo desde su encarnación, a través de su vida, su doctrina, su pasión y muerte, su resurrección y ascensión a los cielos.

En los Hechos de los Apóstoles se hace la historia de los primeros años de la Iglesia, demostrando cómo empezó a ejecutar la obra salvadora que Cristo, su fundador, le encomendó en el mundo hasta el fin de los siglos.

En las Epístolas se encuentra una explanación magnífica de la doctrina y moral del Evangelio.

Finalmente, en el Apocalipsis se da en visión profética la misión de la Iglesia en la tierra y la consumación perfecta de la Redención de Jesucristo en los cielos.

Valor religioso. De lo dicho se desprende el alto valor religioso de la Biblia. Se encuentra en ella la narración de una promesa que Dios hizo y cumplió con los hombres.

Dios creó al hombre con un fin sobrenatural, que es Dios mismo. El hombre perdió por el pecado ese fin sobrenatural; pero Dios le prometió un Redentor, y, llegada la plenitud de los tiempos, ese Redentor vino al mundo, concilió a los hombres con Dios y puso en sus manos los medios seguros para rehabilitarse y poder conseguir así su fin sobrenatural para el que fué creado.

El valor religioso de la Biblia está en que en ella se encuentra el conjunto completo de creencias, normas morales y prácticas de culto, por las cuales el hombre debe expresar sus modos de sentir y de relacionarse con respecto a Dios, pues en esto consiste la virtud de religión.

Canon de los libros religiosos. La Biblia se divide en libros del Antiguo Testamento y libros del Nuevo Testamento.

En el Antiguo Testamento hay 45 libros que fueron escritos antes de Jesucristo. Y en el Nuevo Testamento hay 27 libros, escritos después de Jesucristo.

1° LOS LIBROS DEL ANTIGUO TESTAMENTO se dividen por los católicos, desde el siglo XIII, en:

Libros históricos (son 21): 5 libros de Moisés (el Pentateuco): Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio; el libro de Josué, el de los Jueces, el de Rut, 4 libros de los Reyes, 2 de las Crónicas (Paralipómenos), el libro de Esdras, Nehemías, Tobías, Judit, Ester y 2 libros de los Macabeos.

Libros didácticos (son 7): El libro de Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, el libro de la Sabiduría y el Eclesiástico.

Libros proféticos (son 17): Isaías, Jeremías, Baruch, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.

2° Los LIBROS DEL NUEVO TESTAMENTO se dividen también en:

Libros históricos (son 5): Los cuatro Evangelios, de san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan; y los Hechos de los Apóstoles, de san Lucas.

Libros didácticos (son 21): Las 14 Epístolas de san Pablo: 1 a los Romanos, 2 a los Corintios, 1 a los Gálatas, 1 a los Efesios, 1 a los Filipenses, 1 a los Colosenses, 2 a los Tesalonicenses, 2 a Timoteo, 1 a Tito, 1 a Filemón y 1 a los Hebreos. Y las Epístolas: 1 de Santiago el Menor, 2 de san Pedro, 3 de san Juan y 1 de san Judas Tadeo.

Libros proféticos: El Apocalipsis, de san Juan.

Estos libros fueron escritos en un espacio de 1.600 años: 1.500 años antes de Jesucristo y 100 años después de Jesucristo.

Los libros del Antiguo Testamento fueron escritos en hebreo, excepto los libros de la Sabiduría y el segundo libro de los Macabeos, que fueron escritos en griego.

Los del Nuevo Testamento fueron escritos en griego, excepto el Evangelio de san Mateo, que fué escrito en hebreo o arameo.

La división de la Biblia en capítulos se debe al cardenal Esteban Langton, arzobispo de Cantorbery (+ 1228). La división en versículos se debe a Santos Pagini (1528), con algunas modificaciones introducidas más tarde. Esta división en capítulos y versículos no forma parte de la Biblia, y sólo sirve para indicar el lugar de una cita de las Sagradas Escrituras.

Inspiración. Según la enseñanza de la Iglesia, todos los libros de la Biblia o canónicos han sido escritos por inspiración divina. Ahora bien, "la inspiración —dice el Papa León XIII en su encíclica Providentissimas— es un impulso sobrenatural por el cual el Espíritu Santo ha excitado y empujado a escribir a los escritores sagrados y les ha asistido mientras escribían, de suerte que concebían con exactitud, querían escribir con fidelidad y expresaban con verdad infalible todo V sólo aquello que el Espíritu Santo les ordenaba escribir." De otro modo, añade el mismo Papa, "el Espíritu Santo no seria el autor de la Sagrada Escritura".

Con ello se indica que Dios es el autor de la Biblia toda, el autor principal, y el hombre sólo autor secundario, un instrumento de la mano de Dios.

La inspiración no anula ni menoscaba la libre actividad ni el carácter del escritor, sino que se sirve de él para más elevados fines; no cambia tampoco su disposición natural, ni sus conocimientos adquiridos, ni siquiera remedia las imperfecciones y defectos de la persona o de sus facultades.

El individuo humano, tal cual es, se torna en instrumento libre del que Dios se sirve para escribir lo que tiene por conveniente para enseñanza, corrección, consuelo y aviso del hombre.

Por eso estos amanuenses del Espíritu Santo han dejado en los Libros Santos el sello de su personalidad, de su lengua, de la época y de la nación en que escribieron.

La inspiración se extiende a toda la Biblia y a todas sus partes; por lo cual no se la puede dividir en partes inspiradas y otras que no lo son, ya que el alcance de la revelación llega hasta los asuntos de carácter profundo, y no de una manera casual sino íntima e intencionada.

De esto se sigue la absoluta infalibilidad de la Biblia, no sólo en aquellos puntos que atañen a la salvación del género humano, sino también en los profanos. No se puede sostener que en los asuntos profanos la Biblia sólo contiene una verdad relativa. Por tanto la Biblia es absolutamente verdadera en todas sus partes.

Inerrancia. La Iglesia, a quien compete establecer la lista de los libros canónicos, ha afirmado siempre la inerrancia o ausencia de todo error en la Biblia, como consecuencia de la inspiración, y ha desechado todas las tentativas de restricción de la inspiración y, por consiguiente, de la inerrancia, por la razón de que Dios, autor principal de la Biblia, es infalible, y siendo la Verdad misma, lo que Él escribe o manda escribir no puede contener ningún error.

La lectura de la Biblia. Algunos enemigos de la Iglesia, como los protestantes, han querido hacer de la Biblia la única regla de fe, dejándola a la libre interpretación de cada uno.

Los católicos tenemos, además, otros medios seguros para conocer las verdades de la fe; en rigor podemos contentarnos con la enseñanza de la Iglesia.

También los protestantes han imputado a los católicos el haber menospreciado u olvidado la lectura de los Libros Santos. Pero esta imputación es falsa.

Es cierto que la Iglesia ha tomado ciertas precauciones para la lectura de la Biblia:

1° Prohíbe a los católicos las ediciones de la misma preparadas por críticos no católicos (las permite a los versados en los estudios bíblicos, capaces de discernimiento, con ciertas garantías);

2º No autoriza las traducciones en lengua vulgar sino mediante la adición de notas explicativas, tomadas de la tradición católica;

3° Exige que las publicaciones bíblicas lleven la autorización del obispo.

Pero, guardando estas prudentes precauciones, la Iglesia recomienda la lectura de la Biblia;

Hace de ella una ley para los sacerdotes y aconseja su lectura a los fieles que quieren conocer verdaderamente su religión;

Bendice las asociaciones piadosas que tienen por fin la difusión del Evangelio;

Ampara y alienta los estudios bíblicos y exhorta a todos los católicos a leer y meditar frecuentemente el Libro que Dios ha dado a los hombres para que en él aprendan la ciencia de la salvación.

Contenido de los Libros Santos. Génesis. Como la palabra indica, trata del origen del mundo, del hombre y de los primeros seres creados; de la desobediencia de Adán y Eva, y sus derivaciones; de la promesa del Redentor, de los descendientes de Adán; del diluvio; de los patriarcas: Noé, Abrahán, Isaac, Jacob y sus doce hijos; de la elección de Israel como pueblo de Dios y de su cautividad en Egipto.

Éxodo. Describe el éxodo o salida de Israel de Egipto, dirigido por Moisés; de la alianza de Dios con Israel en el Sinaí y diversos sucesos acaecidos en la peregrinación del pueblo por el desierto en su viaje a la Tierra Prometida.

Levítico. Trata de la liturgia de Israel en el tabernáculo, liturgia confiada por Dios a la tribu sacerdotal de Leví; de ahí el nombre del libro.

Números. Empieza este libro por hacer el censo de Israel, y luego narra los episodios ocurridos a través del desierto hasta llegar a la Tierra Prometida.

Deuteronomio (segunda ley). Contiene los discursos de Moisés en los que, poco antes de morir, pasa lista de los beneficios obrados por Dios en favor de Israel desde la salida de Egipto y exhorta al pueblo a cumplir la Ley.

Josué. Narra la conquista de Canaán por Josué, y la distribución de esa tierra de Palestina a las tribus de Israel.

Jueces. Es la historia del período que sigue a Josué, en el que Dios suscita a hombres extraordinarios, llamados jueces, para libertar a Israel de los enemigos que le rodeaban.

Rut. Es la historia breve de la virtuosa Rut que, aun siendo pagana, entró a formar parte del pueblo hebreo al casarse con un israelita, llegando así a ser ascendiente de David y, por lo mismo, del Mesías.

Reyes. Estos cuatro libros (los dos primeros llámanse también Libros de Samuel) contienen la historia de los reyes de Judá y de Israel.

Paralipómenos o Crónicas. Complementan la crónica de los libros de los Reyes.

Esdras y Nehemías tratan de la restauración material, religiosa y moral del pueblo judío a la vuelta de la cautividad de Babilonia.

Tobías. Contiene la biografía de Tobías, virtuoso varón de Israel, fiel a Dios en la cautividad, misericordioso, educador admirable de su hijo, paciente en la adversidad y bendecido por Dios. Es el libro de oro para la familia cristiana.

Judit. Relación de la acción valerosa de la viuda Judit al dar muerte a Holofernes para librar a su patria del invasor asirio. Demuestra la providencia de Dios sobre su pueblo acudiendo a los que confían en Él.

Ester Manifiesta también la providencia divina al narrar la intervención de esta judía, casada con el rey persa, para salvar a una colonia israelita residente en el reino de Persia y amenazada de exterminio.

Macabeos. Estos dos libros refieren las batallas heroicas de los judíos oprimidos por los reyes de Siria que trataban de helenizar al pueblo y destruir la religión judía.

Job. Presenta, en la historia de un hombre sabio y virtuoso, rico, probado con toda clase de calamidades y al fin premiado por Dios, una imagen viva y heroica de la virtud de la paciencia y conformidad con la providencia de Oíos a los hombres de todos los tiempos.

Salmos. Colección de 160 composiciones poéticas, en su mayor parte de David, algunas de ellas mesiánicas. Los Salmos fueron en el Antiguo y continúan siendo en el Nuevo Testamento el lloro oracional por excelencia de la liturgia.

Proverbios. Colección de sentencias orientadoras para la sabiduría y prudencia de la vida y práctica de la virtud.

Eclesiastés. Atribuido a Salomón, este libro hace resaltar la vanidad de las cosas del mundo, que tan luego pasan, dejando sólo pesar y remordimiento, mientras que la verdadera felicidad la proporciona el cumplimiento de la Ley de Dios.

Cantar de los Cantares. Es el canto sublime de la unión de Dios con su pueblo, en que se prefiguran los desposorios místicos de Jesucristo con la Iglesia y con las almas buenas, pero todo ello descrito con imágenes vivas, metáforas sorprendentes y atrevidas al modo oriental y simbolismos fantásticos, tomados del ceremonial de las bodas entre los israelitas.

Sabiduría. Es una exhortación dirigida a los judíos y paganos unos doscientos años antes de Cristo, en la que se oponen a los falsos principios y mala conducta, sugeridos por la sabiduría humana, la perfección de la fe y de la vida recomendada por la verdadera sabiduría.

Eclesiástico. Comprende el tema de la sabiduría y la práctica de todas las virtudes con ejemplos de la vida de los siervos de Dios.

Libros Proféticos. Los Profetas escritores nos han dejado en sus escritos algunas noticias del pueblo de Dios, visiones y anuncios proféticos referentes a Israel, el Mesías, la Iglesia y el final de los tiempos, bajo imágenes y figuras impregnadas de misterio.

Evangelios. Narran la vida, pasión y muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo y también sus sublimes enseñanzas.

Hechos de los Apóstoles. Es la historia de los primeros años de la Iglesia, actuación de san Pedro en Palestina y principalmente las misiones de san Pablo hasta su llegada a Roma.

Epístolas. Compilación doctrinal y moral de la doctrina cristiana, destinada a mantener a los primeros cristianos y fortalecerlos en la nueva religión de Jesucristo.

Apocalipsis. Es la revelación de los juicios de Dios sobre el mundo y la Iglesia, escrita con símbolos de escondido misterio.


AVILA, BRUNO R.P.; Historia Bíblica del Antiguo y Nuevo Testamento; Buenos Aires, Editorial San Benito, 3era.Ed., 1954; págs.7-21