Category: FAMILIA DOMINICA


 

 

  

 

Con lazos de amor
Del diálogo de Santa Catalina de Siena, virgen, sobre la divina providencia
Cap 4, 13

Dulce Señor mío, vuelve generosamente tus ojos misericordiosos hacia este tu pueblo, al mismo tiempo que hacia el cuerpo místico de tu Iglesia; porque será mucho mayor tu gloria si te apiadas de la inmensa multitud de tus criaturas, que si sólo te compadeces de mí, miserable, que tanto ofendí a tu Majestad. Y ¿cómo iba yo a poder consolarme, viéndome disfrutar de la vida al mismo tiempo que tu pueblo se hallaba sumido en la muerte, y contemplando en tu amable Esposa las tinieblas de los pecados, provocadas precisamente por mis defectos y los de tus restantes criaturas?

Quiero, por tanto, y te pido como gracia singular, que la inestimable caridad que te impulsó a crear al hombre a tu imagen y semejanza no se vuelva atrás ante esto. ¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Pero reconozco abiertamente que a causa de la culpa del pecado perdió con toda justicia la dignidad en que la habías puesto.

A pesar de lo cual, impulsado por este mismo amor, y con el deseo de reconciliarte de nuevo por gracia al género humano, nos entregaste la palabra de tu Hijo unigénito. Él fue efectivamente el mediador y reconciliador entre nosotros y tú, y nuestra justificación, al castigar y cargar sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades. El lo hizo en virtud de la obediencia que tú, Padre eterno, le impusiste, al decretar que asumiese nuestra humanidad. ¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?

Nosotros somos tu imagen, y tú eres la nuestra, gracias a la unión que realizaste en el hombre, al ocultar tu eterna deidad bajo la miserable nube e infecta masa de la carne de Adán. Y esto, ¿por qué? No por otra causa que por tu inefable amor. Por este inmenso amor es por el que suplico humildemente a tu Majestad, con todas las fuerzas de mi alma, que te apiades con toda tu generosidad de tus miserables criaturas.

 

 

 

Gusté y vi
Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, sobre la divina Providencia
(Cap. 167, Acción de gracias a la Santísima Trinidad)

¡Oh Deidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión de la naturaleza divina diste tanto valor a la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.

Con la luz de la inteligencia gusté y vi en tu luz tu abismo, eterna Trinidad, y la hermosura de tu criatura, pues, revistiéndome yo misma de ti, vi que sería imagen tuya, ya que tú, Padre eterno, me haces partícipe de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es propia de tu Hijo unigénito. Y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, me ha dado la voluntad que me hace capaz para el amor.

Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor y yo la hechura, por lo que, iluminada por ti, conocí, en la recreación que de mí hiciste por medio de la sangre de tu Hijo unigénito, que estás amoroso de la belleza de tu hechura.

¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Deidad, oh mar profundo!: ¿podías darme algo más preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde sin consumir; tú eres el que consumes con tu calor los amores egoístas del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad; tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer tu verdad.

En el espejo de esta luz te conozco a ti, bien sumo, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría; pues tú mismo eres la sabiduría, tú, el pan de los ángeles, que por ardiente amor te has entregado a los hombres.

Tú, el vestido que cubre mi desnudez; tú nos alimentas a nosotros, que estábamos hambrientos, con tu dulzura, tú que eres la dulzura sin amargor, ¡oh Trinidad eterna!

Oración

Señor Dios, que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría con la manifestación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

EL ROSARIO EN LA ORDEN DE SANTO DOMINGO   

    Según una venerable tradición, Santo Domingo de Guzmán habría recibido de manos de la Virgen María, el rosario, del que sus frailes serán celosos propagandistas. Prueba de ello son las innumerables iglesias en todo el orbe cristiano donde podemos encontrarnos con una escultura, un cuadro, altar o capilla ilustrando este episodio. Desde el siglo XX, la imagen de la Virgen del Rosario de Pompeya, con Santo Domingo acompañado de Santa Catalina de Siena, ha dado la vuelta al mundo. 

    El rosario es uno de los últimos atributos iconográficos del Santo Patriarca. De manera sublime podemos contemplarlo en este cuadro. Todo arranca de una leyenda medieval, posiblemente de la época en que Santo Domingo predicaba en los alrededores de la aldea de Prulla, hace ahora aproximadamente 800 años. El nacimiento de la devoción del rezo del Rosario, depende de la tradición del pueblo, transmitida de generación en generación, prolongada por los frailes dominicos, y enraizada en las Cofradías o fraternidades del Rosario.

    En la presente pintura se nos presenta a la Madre del Señor sentada sobre un trono de gloria con su Hijo sobre las rodillas, haciéndole entrega a Santo Domingo -acompañado de Santa Catalina- de un gran rosario. El artista cristiano ha asumido de la tradición popular el atributo iconográfico propagando la idea de que la Virgen María se le apareció al Fundador de los Predicadores con un rosario a fin de encomendarle su rezo y difusión.

    La contemplación de esta obra de arte invita a entrever cómo entre María y Domingo hay un intercambio de miradas que expresa entrega, súplica y alabanza por parte de Domingo, y de parte de María, un profundo amor por éste. Pues sin duda, Domingo y sus primeros frailes, amaron y veneraron a la Bienaventurada Virgen María. Sabemos que se dirigieron a Ella como a Madre de Misericordia; y cantando sus alabanzas y loores, le confiaron su ministerio y las almas de cuántos acudían a ellos. La confianza de la Orden en la Madre de Jesús se apoyó desde el principio en la firme creencia de su eficaz intercesión dando por seguro que la plegaria de los hermanos y hermanas era escuchada con solicitud maternal.

    Otra figura de capital importancia con la que nos obsequia esta bella pintura es la de Santa Catalina de Siena. La encontramos en una actitud contemplativa; ella no mira a Jesús, no mira a María, está en oración profunda. Jesús Niño la contempla como hija muy amada, haciéndole entrega del Rosario. Esto significa la predilección de Jesús por Catalina, al mismo tiempo que se vislumbra un sentimiento de complacencia por la labor que ella va a llevar a cabo en la Iglesia, en la sociedad y en el hogar familiar. Pensemos que Catalina será uno de los miembros más destacados de la Orden Tercera de Santo Domingo. Aquí la contemplamos como verdadera buscadora de la Verdad, que es Cristo y su mensaje; por ello va a ser para nosotros foco de luz que ilumine la devoción rosariana mediante la contemplación de los misterios de la vida de Jesús. En definitiva, el Rosario es para la Orden de Santo Domingo, una plegaria que late al ritmo de nuestro carisma, definido en cierta manera como “contemplar y dar a los demás el fruto de nuestra contemplación”.

    La Orden de Predicadores ha querido propagar –y quiere hacerlo también en la actualidad- el Rosario de la Bienaventurada Virgen María. La piedad popular, en efecto, reconoce en Santo Domingo el “fundador” del Rosario, el arte cristiano así lo ha representado desde hace siglos y el Magisterio de la Iglesia lo ha ratificado: “La historia del Rosario muestra como ésta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido?” (Juan Pablo II. Rosarium Virginis Mariae, 17)

Sor Margarita del Espíritu Santo, OP
Monasterio de Santa Ana. Murcia.

 
 

 

 
El apostolado del Rosario
Carta del 31 de mayo de 1976, sobre el Apostolado del Rosario

F. Vincent de Couesnongle, O.P.


Sabemos el puesto importante que el Rosario tiene en el apostolado y en la vida de oración de la Orden. El Congreso Internacional de los hermanos consagrados a este ministerio, celebrado en Roma, en mayo de 1976, me ofrece la oportunidad de examinar con nuevos ojos esta realidad evangélica y mariana de nuestra tradición. Sin embargo, es un deber para mí el subrayar el éxito de este encuentro de casi 90 religiosos (además de algunas religiosas), venidos de todos los rincones del mundo: Europa, ciertamente, mas también del Ecuador, de Filipinas, del Zaire… He quedado impresionado por la calidad de este encuentro, por la alegría que reinaba entre los congresistas y por su fervor en la celebración de la liturgia y en el rezo del Rosario.

Partiendo de situaciones reales, los congresistas han informado sobre el estado actual del apostolado del Rosario en su región, con una objetividad en la que no faltó ni el coraje ni el humor. Así se ha podido apreciar la diversidad de ambientes culturales, de situaciones pastorales, y la diversa sensibilidad de los religiosos mismos: unos más preocupados por la fidelidad a la tradición, otros más inclinados a buscar nuevas formas. Una tal diversidad es normal; una tal confrontación es sana y útil, cuando se hace – y tal ha sido el caso presente – dentro de una mutua confianza.

1. Fundamento doctrinal

Algunas veces se reprocha a la devoción mariana el ser más fervorosa que lúcida. Por lo cual, conscientes de predicar el Evangelio cuando predican el Rosario, los hermanos han querido confrontar su manera de actuar con la fe de la Iglesia, especialmente en lo que se refiere a la Madre de Jesús: «La verdadera devoción procede de la verdadera fe».

Los congresistas han dedicado pues, toda una jornada a estudiar la exhortación «Marialis Cultus» (marzo 1974) que sitúa el Rosario en el contexto de una piedad mariana renovada a la luz del Vaticano II. En él María es contemplada en el misterio de Cristo y de la Iglesia (LG, c. VIII).

Se ha subrayado, no sin razón, que en pocos años, hemos pasado de un Rosario esencialmente mariano a un Rosario más netamente cristológico, centrado en la Encarnación y en el misterio pascual, en el que María tiene su puesto como esclava del Señor, modelo para los creyentes y Madre espiritual de los discípulos.

No dejamos de subrayar esta orientación que pone de relieve toda la riqueza doctrinal del Rosario. Esta debe ser, en forma simple pero auténtica, una presentación orgánica del contenido del misterio de la salvación. ¿No es el esquema de la predicación primitiva? ¿No descubrimos en él, la senda de una predicación realmente popular? El Rosario puede servir de marco a una verdadera catequesis y aún, en ciertos casos, a una primera evangeli zacién, carpo lo atestiguan ciertas experiencias. Por otra parte, no se puede por menos de advertir la insis tencia que hace la «Marialis Cultus» sobre «la misteriosa relación entre el Espíritu Santo y la Virgen de Nazaret y su acción en la Iglesia». Los congresistas del Rosario tuvieron muy en cuenta este aspecto del misterio cristiano y las resonancias muy actuales de una renovación en el Espíritu. Lejos de aparecer desfasado o caducado, el Rosario se encuentra, por el contrario, muy en su puesto dentro de este contexto. Los religiosos que asiduamente lo predican están más y más convencidos de ello. Los que no lo hacen ¿no será por prejuicios infundados sobre el mismo?

2. Base bíblica

La renovación de la piedad mariana y del apostodado del Rosario va estrechamente unida a la renovación bíblica. Se ha intentado incluso oponerlas… ¿Pero hará falta recordar, por ejemplo, la piedad mariana de un P. Lagrange? Después del Vaticano II, comprendemos mejor la profunda teología de Lucas y de Juan referente a María, Madre de Jesús, Hija de Sión, Esclava del Señor, Morada de la Gloria de Dios, la Mujer «Madre de todos los vivientes».

Me es grato constatar que, en todas las partes del mundo, el Rosario es presentado cada vez más como una oración auténticamente evangélica, e incluso como una iniciación de los fieles hacia una meditación de la Escritura que sea oración y fe en ella. ¿No es acaso ésta su naturaleza? Es evidente que ello exige de los predicadores del Rosario no sólo una humilde y ferviente piedad mariana, sino también una seria cultura bíblica constantemente renovada.

3. En el mundo actual

Como toda predicación evangélica, el apostolado del Rosario debe dirigirse al mundo de hoy…, un mundo que ha cambiado mucho en su forma de vivir y de pensar. Una de las Comisiones del Congreso ha reflexionado sobre «el Rosario y la vida cristiana en el mundo de hoy», y otra sobre «el Rosario y las perspectivas pastorales».

Nos debemos preguntar sinceramente: El Rosario, tal como nosotros lo predicamos, ¿no corre a veces el riesgo de convertirse en una huída, en un refugio, en una «fosilización»? ¿No corre el riesgo de entrenarnos en una espiritualidad desencarnada, lejos de lo que constituye la vida real, las esperanzas, los gritos, las luchas de los hombres de hoy? ¿Estamos atentos a las aspiraciones de los hombres hacia una mayor responsabilidad de participación fraternal, de libertad espiritual? ¿Sabemos animar suficientemente a los cristianos a trabajar por una plena liberación de sus hermanos? Todos estos problemas y otros de este género fueron abordados. La lectura del dossier y de las conclusiones del Congreso demuestran con cuanta lucidez fueron tratados.

4. Una escuela de vida cristiana

Por último, el Rosario es apto para constituir una pedagogía de la vida de fe, una escuela de vida cristiana y de oración.

En una época en la que poco a poco se redescubren los méritos de la piedad y de la religión populares, el Rosario aparece como un precioso instrumento. De una parte, a través de la meditación de los «misterios» de la vida de Jesús y de María, él mete sus raíces en el corazón mismo del misterio de Dios. Por otra parte, gracias a la sencillez de su método, el Rosario habla directamente al corazón de las personas sencillas y sin complicaciones. El constituye también, en verdad, un motivo de fe y una adhesión a la fuente.

Esto explica el por qué, según lo han demostrado conmovedoras experiencias, los pueblos cristianos, privados de los ordinarios sacramentos, aislados en sus contornos, sin obispos y sin sacerdotes, se han mantenido firmes en la fe gracias al Roario.

El carácter sencillo y directo del Rosario hace que pueda servir de marco para una catequesis de la fe para muchos bautizados que no la han recibido, y para muchos bautizados no practicantes. El notable desarrollo de los Equipos del Rosario y de las otras modernas agrupaciones pone bien de relieve su valor catequético.

Como escuela de vida abierta a las almas más simples, el Rosario, lejos de detenerlas en los rudimentos, las introduce progresivamente por los caminos de la meditación, de la oración y de la intimidad con el Señor. Las enseña a orar más allá de las palabras. Es una escuela de vida contemplativa.

Además, si el Papa Pablo VI, recuerda en la «Marialis Cultus» los elementos del Rosario tal como fueron definidos por San Pío V -cita que permanece indispensable-, exhorta también a una «celebración del Rosario» inspirada en el esquema de las celebraciones de la Palabra de Dios. Los esfuerzos de búsqueda y de creatividad en este campo han de alentarse. Durante estos días y en el Congreso se han hecho experiencias a este propósito.

5. Conclusión

Una tradición firmemente establecida, no solamente en la Orden sino también en toda la Iglesia, nos considera los herederos de la misión confiada por María a nuestro P. Domingo: «Ve y predica mi Rosario».

Es una herencia de la que podemos estar orgullosos y de la que debemos ser los primeros beneficiarios en nuestra vida, en nuestra oración. ¿Cuántos dominicos podrían atestiguar que el rezo y la contemplación del Rosario han sido para ellos una verdadera «escuela de oración» en los primeros años de su vida religiosa; la única tal vez? ¿Sucede hoy así en la Orden? ¿No haría falta que nuestros jóvenes, y aquellos que están encargados de su formación, «osasen» de nuevo reemprender este camino?

El Rosario es también una herencia de la que tenemos que mostrarnos dignos. Nuestra misión de predicadores la ejercemos según muy diversas formas. Desde la enseñanza en las más brillantes cátedras universitarias, la investigación exegética, teológica y filosófica más sabia, hasta las misiones populares y las catequesis más elementales -pasando por el servicio cotidiano del pan de la Palabra y la meditación constante de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos-: es la misma Palabra de Dios que nosotros proclamamos, es la misma misión profética la que nosotros ejercemos.

Nuestro P. Domingo no podía ver tres personas juntas sin que enseguida pensase que era un auditorio suficiente para su palabra apostólica. Predicar el Rosario, explicar el Rosario, hacer rezar el Rosario, ¿no es un poco la misma cosa?

La expresión, por trasnochada y romántica que parezca, no es mia. Aunque sí digo que me ha encantado encontrarla. Es el título que encabeza el texto "sobre la vida de los frailes" del Capítulo General de Bogotá de este pasado verano. Y digo la verdad: me ha impactado, porque lo sentía, pero quizás no me hubiera atrevido a escribirlo, a hacerlo público: hay que amar apasionadamente la vida dominicana. El Capítulo General ha sido más valiente. Ha escrito: "Passion for the dominican life. Life of the brethren" (todavía no tengo las Actas traducidas).

Por eso habría que dar un paso adelante. Comenzando -así lo hace el texto capitular- por dar gracias a Dios por los hermanos que persisten, con fe y fidelidad, en las alegrías y en las penas de nuestra vida de predicadores. Es una gracia de Dios tener hermanos/hermanas así.

Hermanos porque nos sentimos nacidos del espíritu de Domingo de Guzmán, queremos acompañarnos hasta el final en nuestro caminar, en las penas y en las alegrías, en los años jóvenes, pero también envejeciendo en comunidad.

Hermanos porque tenemos un modo peculiar de rezar, de expresar nuestras relaciones más profundas con Dios. Debemos amar nuestra oración dominicana, nuestro coro, nuestra recitación solemne del oficio divino, recordando expresiones clásicas de nuestras Constituciones.

Hermanos, porque hemos soñado y seguimos soñando juntos sobre cuál tiene que ser y queremos que sea nuestra Predicación, nuestra presencia en el mundo con la Palabra que hemos recibido y Domingo de Guzmán transformado en antorcha.

"Pasión por la colaboración", "Pasión por la comunidad", "Pasión por el discipulado", "Pasión por la vida contemplativa". Son todas expresiones del Capítulo y encabezan cada uno de los aparatados del texto capitular. Frente a la frialdad, al distanciamiento, a la desconfianza, al escepticismo sobre el valor de nuestra vida dominicana, los capitulares nos hablan de pasión por la vida dominicana. Y tienen razón. Sin vida dominicana no habrá tampoco Misión dominicana. No nos quepa la menor duda.

Todo un reto el del último Capítulo General.

Esteban Pérez Delgado, op

 

Las "veinticuatro tesis" fueron aprobadas como principios y enunciados mayores de Santo Tomás en 27 de junio de 1914, y como "conteniendo todas ellas doctrina auténtica de Santo Tomás, que habían de ser propuestas como normas directivas seguras" en 7 de marzo de 1916. Los responsables de su redacción fueron los que elevaron a las competentes Congregaciones de la Santa Sede la consulta. Por la naturaleza de las respuestas, en las que consta no haber intervenido la entonces Congregación del Santo Oficio, es obvio que su aprobación no las imponía a un asentimiento especulativo. Reiteradamente se declaró por la Santa Sede que seguía vigente la libertad en las escuelas católicas entre diversos autores y sistemas.

Pío XII, en un discurso a la Universidad Gregoriana del día 17 de julio de 1953, precisaba:

"No se confunda la doctrina católica y las verdades naturales coherentes con ella y reconocidas por todos los católicos con los propios elementos y los conceptos peculiares por los que se diferencian etre sí los varios sistemas filosóficos y teológicos que se encuentran en la Iglesia."
"Los varios sistemas de doctrina a que la Iglesia permite adherirse han de convenir absolutamente en todo aquello que había sido conocido con certeza por la filosofía antigua y por la filosofía cristiana desde los primeros tiempos de la Iglesia".
"Pero este conjunto de conocimientos no ha sido expuesto por ningún otro autor tan lúcidamente, de modo tan claro y perfecto, ya se atienda a la recíproca concordancia de cada una de las partes, ya a su acuerdo con las verdades de la fe y a la espléndida coherencia que éstas presentan, ni ninguno ha edificado de todos ellos una síntesis tan proporcionada y sólida, como Santo Tomás de Aquino, según dijo León XIII."

Estas palabras de Pío XII ayudan a comprender cuál es el contenido y el sentido de las veinticuatro tesis en orden a una caracterización de la síntesis filosófica tomista.Había afirmado el Papa Pío X :

"Al proponer a Santo Tomás como principal guía de la filosofía escolástica, queríamos entender esto, sobre todo, de los principios del Santo sobre los que descansa, como en sus fundamentos, su filosofía."
"En estos principios de Santo Tomás, considerados en su conjunto y universalmente, no se contiene otra cosa sino lo que los más excelentes filósofos y los principales doctores de la Iglesia hallaron sobre el adecuado concepto del conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de los entes creados, sobre el orden moral y la consecución del último fin."
"Lo que en la filosofía de Santo Tomás es capital no debe ser tenido en el género de las opiniones sobre las que es lícito disputar en sentidos opuestos, sino que debe ser considerado como los fundamentos en que se apoya toda la ciencia de las cosas naturales y divinas." (Motu proprio Doctoris Angelici, 29 de junio de 1914).

La comparación de las palabras de San Pío X con las de Pío XII muestra la coincidencia: "Lo que en la filosofía de Santo Tomás es capital, no debe ser tenido en el género de las opiniones sobre las que es lícito disputar" ;" es absolutamente necesario que estén de acuerdo los varios sistemas de doctrina a que permite adherirse la Iglesia (…) con todo aquello que había sido conocido con certeza por la filosofía antigua y por la filosofía cristiana."

Por otra parte, las palabras de Pío XII que sostienen que ningún otro Doctor ha construido en forma tan coherente un edificio doctrinal racionalmente sólido y proporcionado y acorde con la fe hacen comprensible que San Pío X declarase con energía que se apartan lejos de Santo Tomás "los que interpretan perversamente o absolutamente desprecian los puntos que en su filosofía son principios y enunciados mayores" (Ibid.).

Si por el reiterado reconocimiento de la libertad de las escuelas consta que las veinticuatro tesis no dejaron de ser, por virtud de las respuestas de 1914 y 1916, doctrinas opinables, también parece que debe admitirse que aquellas aprobaciones trataban de delimitar algunas líneas fundamentales de aquel edificio doctrinal elogiado por Pío XII como el construído sobre aquellas verdades obligatorias en la forma más coherente y sólida, es decir, de la síntesis filosófica de Santo Tomás de Aquino.

Las veinticuatro tesis fueron redactadas por tomistas de la Compañía de Jesús con el intento de que la respuesta de la Santa Sede fuese garantía de la legitimidad de su enseñanza. San Ignacio, en las constituciones de la Compañía, había puesto a Santo Tomás de Aquino y a Aristóteles como normativos para la enseñanza de la teología y de la filosofía.

Estas mismas circunstancias explican que las veinticuatro tesis sean doctrinas que delimitan la síntesis tomista preferentemente frente al suarismo. Contienen una elaboración de la doctrina del acto y la potencia, ciertamente muy acertada y útil para una comprensión auténtica de la síntesis tomista, pero claramente insuficiente para una reelaboración actual de una filosofía cristiana, es decir, distinguida pero unida y no separada respecto de la Sacra Doctrina, que ponga de manifiesto la aptitud, que alababa León XIII en la doctrina de Santo Tomás, para corregir los errores contemporáneos y recoger los frutos de un progreso sano y verdadero.

Esta tarea exigirá ante todo advertir la coherencia armónica del aristotelismo tomista con aquellos principios capitales heredados de San Agustín y de los Padres latinos y griegos, que precisamente por estar más cercanos a la herencia común del pensamiento cristiano tienen un carácter nuclear y capital en la síntesis del Doctor Angélico."Aquel gran discípulo de San Agustín" -así hablaba de Santo Tomás el agustiniano Cardenal Enrique Noris- asumió la doctrina aristotélica del acto y la potencia desde la intención central de su tarea teológica: la armonía entre la gracia y la naturaleza, que la gracia presupone y perfecciona.

Entre los aristotélicos tiene un lugar preeminente, como reconoció nada menos que Brentano, y la autenticidad de su comprensión de la potencia pura, la materia prima como "el término medio entre el ente en acto y la nada" hizo posible también la luminosa comprensión de la unidad hylemórfica del compuesto humano y el estudio de las potencias del alma, la naturaleza del acto intelectual y la infinitación intencional del cognoscente en acto de conocer. Temas centrales en la consideración de la referencia del hombre a la verdad del ente que en Santo Tomás constituye la fundamentación metafísica del "realismo pensante", y deja sin sentido el camino perdido de una "teoría del conocimiento".

Santo Tomásllevó a la línea del ente transcendental la correlación potencia-acto, no porque entendiese la esencia y la forma en cuanto tal, que afirma ser acto, en univocidad con la materia o con la nada, sino porque alcanzó a afirmar el ser (esse) como "el acto del ente": "el ser mismo es lo perfectísimo puesto que se compara a todo a modo de acto (…) y el ser mismo es la actualidad de todas las cosas y aun de las mismas formas, por lo que no se compara a lo otro como lo recipiente a lo recibido, sino como lo recibido al que recibe" (S. Th. Iª Qu. IV artº 1º).

La distinción entre la esencia y el ser como constitutiva del ente finito y creado, se integra en la perspectiva, desde la que se entiende metafísicamente a Dios como "el Ser mismo subsistente", en la que no alcanzamos a situarnos en la verdadera atmósfera de Santo Tomás si descuidamos la simplicísima advertencia de Cayetano: "El ente se convierte con el bien". La creatureidad no se define formalmente por la dependencia o por la finitud, sino por la participación en la perfección , que Dios comunica libremente y liberalmente en el acto creador. Dios no crea para adquirir ni aumentar su propia infinita perfección, sino para comunicarla por los bienes que reparte a las criaturas. "Nosotros somos porque Dios es bueno": es esta una afirmación de San Agustín que pertenece también a aquello que en Santo Tomás es capital.

"El bien difusivo de sí mismo" del neoplatonismo cristiano no es antitético sino fundante respecto del bien como "aquello a que todas las cosas tienden". Porque las cosas tienden a su perfección y lo bueno es el ente "perfectivo de lo otro a modo de fin". La comprensión agustiniana de las dimensiones del bien creado: modo, especie y orden, como vestigio de la divina Trinidad, que en el ser personal son memoria, inteligencia y voluntad como su imagen son, con el ejemplarismo agustiniano, capitales en la síntesis del Doctor Angélico.

Por esto Santo Tomás puede pensar los grados de perfección del ser como niveles de emanación, que constituyen la vida, y el supremo grado de vida que es según la inteligencia, cuya operación vital natural es el lenguaje. Por eso Santo Tomás puede caracterizar el individuo viviente según el entendimiento, en el que se funda la inclinación personal del amor, como lo dignísimo en toda la naturaleza, y afirmar que la persona es lo único que es por sí mismo querido en el universo de los entes, mientras que todas las demás cosas lo son por causa de la persona. "La gloria de Dios es que el hombre viva", decía San Ireneo de Lyon.

La finitud no es algo negativo ni privativo. Al ente finito le ha comunicado Dios, que crea por pura liberalidad, y cuyo amor infunde y crea la bondad en las cosas, las potencias receptivas de perfección que son como el modo de la perfección participada. Así, no somos corpóreos porque se nos haya privado de la espiritualidad pura de un ángel, sino porque Dios ha querido que participen del carácter de imágenes de su vida, también seres corpóreos; ni somos finitos sino porque Dios se ha dignado comunicar la semejanza participada de su bien infinito a una multitud de entes diversos en su naturaleza y en su grado de perfección.

La ontología agustiniana del bien finito, especie, modo y orden, capital en la obra de Santo Tomás, permite también superar la antítesis entre intelectualismo y voluntarismo en la naturaleza de la felicidad. Podría decirse que en la bienaventuranza eterna su esencia o especie es el bien divino, objeto óptimo de la contemplación intelectual; su modo, la inmediatez intuitiva, cara a cara, de la contemplación beatificante; su orden, el amor teologal que permanece plenamente en la vida eterna y que poseemos los hombres viadores como lo más excelente ya desde ahora.

 

EL CARISMA DOMINICANO

 

 

todas las características del carisma de la Orden Dominicana, especialmente su concepción y su práctica del estudio, derivan de su razón de ser esencial: surgió en la Iglesia para predicar la Palabra de Dios, en un momento de maduración de la inteligencia y cambios profundos en la sociedad medieval y en la Iglesia. La orientación posterior de los estudios en la Familia Dominicana, sus posiciones doctrinales, sus momentos de grandeza y el tributo que pagó a los errores provenientes de ciertas mentalidades y contextos sociológicos; en una palabra, toda su vida de estudio está marcada por esta inspiración original: La fidelidad a la Iglesia, el empeño por comprender aquello que creemos y la aceptación de los desafíos y problemas provenientes del desarrollo de la cultura.

1. EN EL PRINCIPIO. . .

La necesidad del estudio como una exigencia vital está afirmada desde la primera hora por el fundador de la Orden Dominicana y será constantemente recordada por todos los textos constitucionales y por las autoridades de la Orden a través de los siglos.

Santo Domingo perteneció a una época (finales del siglo XII y primer cuarto del siglo XIII) en la que se va configurando un nuevo modelo sociocultural debido, en gran parte, a la misma evolución que llevaría a la Europa medieval del feudalismo a las comunas y que implicará, como es lógico, un cambio de mentalidad. Las cruzadas, con los nuevos horizontes culturales y comerciales que ellas abrieron; la derrota y disgregación del Sacro Imperio romano-germánico, que hizo que Europa dejara de ser una teocracia; la formación de los nuevos estados modernos, de los cuales el más representativo fue la nueva Francia de Luis IX; las influencias del Islam con sus triunfos militares y sus grandes centros de cultura, la aparición de la nueva sociedad comunal con sus corporaciones de artesanos y comerciantes, que reemplazan a los siervos de la sociedad feudal; todo esto no pudo sino determinar una nueva mentalidad.

Una de las corporaciones más importantes y quizá la principal, era la asociación de maestros y estudiantes, con su reglamento interno, su autonomía, su derecho a intervenir en la vida pública. La Universidad se presentará, al comienzo, como una de tantas corporaciones pero, dado su carácter especial y colocada en el centro mismo de la ciudad, se convertirá en el eje de la misma y de toda la vida pública, con un alcance que irá más allá de los límites de una ciudad o incluso de las incipientes naciones.

Cuando Santo Domingo comenzó su experiencia de predicación en el sur de Francia (1206), la Iglesia afrontaba una grave crisis escolar y el nuevo mundo comunal se estaba organizando al margen y, con frecuencia, en una actitud de hostilidad y enemistad cada vez más exacerbada hacia la misma Iglesia. Ésta no contaba con mucha gente preparada para comprender y encauzar debidamente el nuevo tipo de ser humano y de sociedad que se estaba configurando, así como para afrontar los graves problemas que ésta planteaba a la fe cristiana y a su anuncio evangelizador.

En ese contexto, Santo Domingo dispone que las primeras fundaciones de su Orden sean en ciudades universitarias. Cinco frailes son enviados a París para fundar el famoso convento de Saint Jacques, en 1217, apenas un año después de la aprobación de la Orden por Honorio III. La finalidad de esta fundación es explicada de este modo por uno de los integrantes del grupo, Fray Juan de España, cuando más tarde declara en el proceso de canonización de Santo Domingo: “[Envió a sus frailes a París] para que estudiaran, predicaran y fundaran un convento.” Donado por el maestro Juan de Barastre, profesor de la Universidad, recibieron del mismo maestro los cursos de Teología. Será habitual que los primeros dominicos ingresen a la escuela de un Maestro en Sagrada Teología con el fin de capacitarse para la predicación del Evangelio.

En 1220 y en 1221 el Papa Honorio III describe a los dominicos de París como religiosos aplicados al estudio de la “Sacra Página”, que era el modo como se llamaba a la Teología. Igualmente en Bolonia vemos a los primeros dominicos entregados al estudio, pues fueron enviados a dicha ciudad universitaria con ese objetivo. Estos frailes enviados a las universidades no son simples estudiantes sino predicadores activos. El hecho es verdaderamente manifestativo de una concepción del estudio en relación con la institución universitaria. No se trataba sólo de hacer una lectura edificante de la Biblia, ni siquiera de la meditación al estilo monástico para alimento de la piedad personal o comunitaria. La propuesta era la búsqueda y la reflexión allí donde los problemas doctrinales de la época se presentaban con toda su agudeza; se estudiaba en el ambiente en que se daba el encuentro de las disciplinas religiosas y profanas. Los hermanos no se aíslan tras las paredes del claustro; se preparan para vivir en el propio medio, abierto y agitado, donde confluían las diferentes tendencias y corrientes culturales.

Formados en las universidades y teniendo allí, desde el principio, a sus profesores, los primeros dominicos harán de sus mismos conventos, otras tantas escuelas en que se consagrarán al estudio de manera constante y metódica. Y así, la orientación inicial del estudio dominicano aparecerá con estas características: es organizado, metódico, institucional, en contacto con el medio universitario y abierto a la problemática de la actualidad.

En definitiva, el problema de la fe, según creía Santo Domingo, tenía que abordarse con los mismos instrumentos y métodos de la cultura que estaba naciendo. Domingo quiso comprometer a sus hermanos dentro del despertar intelectual de su época y procuró situar a su Orden en relación con las nuevas condiciones sociológicas del pensamiento y los cambios culturales que ocurrían entonces.

2. ALGUNOS RASGOS DEL ESTUDIO SEGÚN EL CARISMA DOMINICANO.

a) Apostólico.

El estudio dominicano tiene una finalidad esencialmente apostólica. Está en función de la predicación. No pretende formar simples maestros, sino predicadoras y predicadores. Un estudio sin finalidad apostólica perdería su carácter dominicano. El verdadero estudio dominicano arranca de los interrogantes suscitados por la misión y desemboca de nuevo en ella. El carisma de Santo Domingo no fue suscitado en la Iglesia para estudiar, sino para llevar a cabo el anuncio del Evangelio; en función de ello se descubre la imperiosa necesidad del estudio. Domingo percibió con agudeza que una predicación que no esté sustentada por el estudio, difícilmente podrá responder adecuadamente a las exigencias de la misión. Y esto, en todo tiempo.

b) Comunitario.

El estudio dominicano es comunitario. Naturalmente, esto no quiere decir que las personas estén dispensadas de esa responsabilidad. Significa que no es un asunto meramente individual, ni es un privilegio o monopolio de aquellos que específicamente están dedicados a la investigación y a la enseñanza. Afirmar que el estudio dominicano es comunitario significa que el primer sujeto responsable del estudio es la propia comunidad o grupo, al igual que ésta es también la primera responsable de la predicación. Éste es el verdadero sentido de los “Estudios Generales” que tanta importancia han tenido en la historia de la Orden. Las collationes monásticas han evolucionado en la comunidad dominicana hacia un estudio y una reflexión teológica, que implica lectio, quaestio, disputatio.

El convento de Saint Jacques de París fue fiel reflejo de este espíritu que anima el estudio en la comunidad dominicana primitiva. Es el primer “Estudio General” de la Orden. Dicho convento vivió y trabajó en estrecha colaboración con la Universidad de París, convirtiéndose en un colegio universitario de Teología.

La comunidad, cualquiera sea su forma de realización, es el ámbito donde nos animamos unos a otros en el empeño por estudiar. Por eso, la humillación o el desprecio no puede tener cabida si existe esta disposición a la ayuda mutua.

c) Interdisciplinar.

Habitualmente se señala que el estudio dominicano debe ser preferentemente teológico, pero esto no significa que deba desentenderse de otras áreas del conocimiento. Quiere decir, más bien, que las otras áreas del conocimiento han de ser estudiadas en relación con la reflexión teológica.

En la primera cuestión de la Suma de Teología, Santo Tomás de Aquino clarifica suficientemente el carácter interdisciplinar de la Teología, si bien es verdad que éste término es ajeno al lenguaje medieval: “Lo que constituye la diversidad de las ciencias es el distinto punto de vista bajo el que se mira lo cognoscible (…) Por eso no se ve inconveniente en que las mismas cosas que estudian las disciplinas filosóficas, en cuanto asequibles a la luz de la razón natural, sean objeto también de otra ciencia [la Teología] en cuanto son conocidas con la luz de la revelación divina.”

Uno de los méritos del saber medieval es precisamente su carácter complexivo o interdisciplinar. El término universitas alude precisamente a ese carácter totalizante e interdisciplinar. No ha llegado todavía el tiempo de la moderna especialización. Estas circunstancias marcan el carácter del estudio dominicano: centrado en el estudio teológico, incursiona en todas las áreas del saber desde esa perspectiva. La quaestio y la disputatio son los dos ejercicios escolásticos más representativos del estudio interdisciplinar en aquella época.

Una de las lecciones positivas de los orígenes dominicanos y de la historia de la Orden ha sido la capacidad de ésta para entrar en diálogo con diversas culturas, clásicas o nuevas, con apertura y libertad de espíritu. Más aún, la historia de la Familia Dominicana es testigo de que la reflexión sobre la fe ha sido fecunda y creativa cuando ha entrado en este diálogo o debate interdisciplinar.

Todas las disciplinas -literatura, poesía, filosofía, psicología, sociología, física, etc.- que intentan dar un sentido a nuestro mundo son nuestras aliadas en la búsqueda de Dios. “Tiene que ser posible encontrar a Dios en la complejidad de la experiencia humana” , porque nuestro mundo, con todas sus penas y sufrimientos, es fruto en último término de ese amor divino que creo primero todas las cosas hermosas.

d) Dialogal.

Es una característica derivada de la anterior. El estudio dominicano exige el diálogo con la mujer y el hombre de hoy, reconociendo solidariamente sus aspiraciones y sus luchas. Es necesario mantener un contacto permanente y un diálogo abierto y leal con el pensamiento contemporáneo y con sus nuevas formas de elaborar el saber y de aplicarlo a la vida, y una adecuada sintonía con las más legítimas aspiraciones de nuestros pueblos.

Este diálogo va enfocado hacia el conocimiento y promoción de los principales valores sociales, culturales, políticos, religiosos y éticos que caracterizan la situación actual del ser humano y de la sociedad, y que son especialmente estimados. Estamos invitados a reconocer los tesoros escondidos en las distintas formas de cultura a través de los cuales se manifiesta la misma grandeza del ser humano y se abren caminos nuevos en la búsqueda de la verdad, de la que hablaremos más tarde. Este reconocimiento alcanza, inclusive, a las llamadas “contraculturas”, que manifiestan los límites e insatisfacciones de diferentes grupos humanos o expresan una creatividad particular.

De esta característica dialogal del estudio se desprende también la consideración del lenguaje del ser humano contemporáneo, que a veces nos pareciera difícil de comprender en sus imágenes, paradigmas, símbolos y demás formas de expresión y comunicación. Si el diálogo es indispensable, el lenguaje –que es su instrumento- necesita ser tenido muy en cuenta.

e) Compasivo.

“El estudio en sí mismo es un acto de esperanza, puesto que expresa nuestra confianza de que nuestra vida y los sufrimientos de la gente tienen un significado. Y este significado es como un don, como una palabra de esperanza que promete vida (…) La esperanza que nos hace predicadores de la Buena Nueva no es un vago optimismo, una alegría sincera que silba en la oscuridad. Es la fe en que al final podemos descubrir un cierto significado para nuestra vida, significado no impuesto sino que está ahí, esperando que lo descubramos.” De esto se sigue que el estudio debería ser, ante todo, un placentero descubrimiento de que las cosas tienen sentido para nosotros y para los demás, a pesar de todas las evidencias en contra, tanto en nuestra vida como en la historia humana.

Vale la pena recordar aquí que el estudio dominicano ha sido desde el principio una reflexión sobre la fe en la ciudad y las plazas de mercado. Santo Domingo envió a sus hermanos a las ciudades, a los lugares de ideas nuevas, donde se experimentaban nuevas organizaciones económicas y políticas, pero también a lugares donde se reunían los nuevos pobres. Es bueno que nos preguntemos: “¿Nos atreveremos a dejarnos inquietar por las cuestiones de la ciudad moderna? ¿Qué palabra de esperanza puede ser compartida con los jóvenes que se enfrentan con el desempleo por el resto de sus vidas? ¿Cómo puede descubrirse a Dios en el sufrimiento de una madre soltera o de un emigrante atemorizado? (…) ¿Qué tenemos que decir a un mundo que se vuelve estéril por la contaminación ambiental? ¿Nos dejaremos interrogar por las cuestiones de los jóvenes y entraremos en los campos minados de problemas morales como los de la ética sexual, o preferimos estar a salvo de todo ello?”

Ahora bien, no basta con indignarse ante las injusticias de este mundo. Nuestras palabras sólo tendrían autoridad si están enraizadas en análisis económicos y políticos serios sobre las causas de la injusticia. Dos hermanos, en dos épocas distintas, afrontaron este desafío. San Antonino (siglo XVI) se esforzó por resolver los problemas de un nuevo orden económico en la Florencia del Renacimiento; en este siglo, L.-J. Lebret analizó los problemas de la nueva economía. Si queremos resistir a la tentación de los clichés fáciles, la Familia de Domingo necesita hermanas y hermanos formados en análisis científicos, sociales, políticos y económicos. Esto también forma parte de la dimensión compasiva del estudio.

f) En la búsqueda de la verdad.

El estudio es un acto, en el sentido de una acción que significa, esfuerzo y aplicación asidua a una realidad, para discernir su sentido, es decir, su verdad. El estudio tiene a la verdad como su objetivo; y la búsqueda de la verdad como su trayectoria.

Pero conviene interrogarse ¿De qué verdad estamos hablando? Ciertamente, no se trata de esas verdades abstractas de las esencias, ni tampoco de aquellas ideas de las que, a veces, nos agarramos para llenar el vacío de convicciones o para eludir la propia e intransferible respuesta.

La verdad a la cual nos adherimos no es plural, ella es única; es la verdad primera, Dios como principio y fin de todas las cosas, que se nos da a conocer en Jesús, nuestro Salvador. En Él “se nos ha mostrado el camino de la verdad, por el cual nos es posible acceder a la resurrección y a la bienaventuranza de la vida inmortal”, dice Tomás de Aquino en el Prólogo a la Suma de Teolgía. Pero esta verdad única no es un sistema de doctrinas sino una Persona, que se muestra como camino hacia el Padre. Esta verdad es la que hace posible la vida, ayuda a soportar los sufrimientos y promete la liberación. Siguiendo precisamente este camino nos hacemos testigos, predicadoras y predicadores de la verdad.

Sin embargo, conocer esta verdad no es poseerla como una moneda en el bolsillo; ante todo, es ser atraído e identificarse con la forma de vivir de una Persona. Esta verdad única y personal se conoce si se la “frecuenta” siguiendo sus huellas en la historia humana, que es donde quiso “poner su tienda” (cf. Jn. 1,14). Por eso, “la búsqueda de esta verdad implica aquello que Lacordaire llamaba ‘la gracia de escuchar al presente’; el diálogo crítico con el contexto dado, con las cuestiones sociales, los desafíos de la justicia y la paz; la búsqueda de esta verdad nos lleva a la solidaridad con los marginados y los olvidados. El fruto de esta búsqueda no es ante todo la especulación de la alta ciencia sino la compassio. En este sentido, el estudio es para nosotros más que la adquisición de un saber; él forma parte de la conversión permanente a la cual estamos llamados por nuestro compromiso.”

Domingo tuvo la intuición fundamental de convocar a un grupo de personas que, en el seguimiento de la vida de los primeros cristianos, recogieran amorosamente esta verdad que “yace en las calles”, esta verdad que no se descubre sino cuando uno se pone en camino, en una existencia de peregrino y mendicante, lejos de la estabilidad económica de las formas tradicionales de vida conventual monástica, en medio de la confusión de los nuevos movimientos religiosos y de una sociedad que buscaba estructuras democráticas de coexistencia. En definitiva, es “yendo a pie” como se encuentra esta verdad; en la vulnerabilidad del peregrino; no con la autosuficiencia del poderoso.

Cuando en la Orden Dominicana hablamos de la verdad, estamos refiriéndonos, en último término, a la verdad de nuestra vida: a la verdad definitiva y definitoria de nuestra existencia. Se trata de buscar la respuesta a la gran pregunta: ¿Cuál es el sentido y la orientación de nuestra existencia personal y social?

Ahora bien, la búsqueda de la verdad necesita ser acompañada e impulsada por una actitud: la estudiosidad. Ella es un estado de ánimo, una disposición permanente de la persona que, incluso cuando no estás estudiando, la mantiene en vilo, vigilante y atenta, siempre despierta ante cualquier signo de interrogación, para ponerse en camino y emprender la búsqueda de la verdad. Su estructura básica es la capacidad de asombro que lleva a preguntas y respuestas, así sean provisionales. La estudiosidad, como disposición permanente de la persona, mantiene nuestro estudio en actitud siempre despierta y siempre renovada.

f) Con un “itinerario” particular.

El estudio como acto, y la estudiosidad como actitud, cuentan en la tradición dominicana con un “itinerario” particular que puede sernos útil conocerlo.

En primer lugar, la toma de conciencia de aquello que hemos presentido o precibido de la realidad: su variedad desconcertante por lo múltiple y compleja y, a veces, contradictoria; y el análisis de sus diversos elementos y fenómenos, sus contrariedades y coherencias, no aisladamente sino en su relación con otras realidades; no captados como datos fijos y disecados sino sorprendidos en su dinámica y devenir. Es la mirada analítica, que valora la singularidad de las cosas y considera las semejanzas y coincidencias.

Luego, la búsqueda de una unidad más o menos englobante y comprensiva que, por lo menos a modo de hipótesis, vaya dando sentido a la realidad. No será, seguramente, la clave perfecta de inteligibilidad pero sí la apertura de un resquicio de luz para romper nuevas brechas y abrir nuevos caminos hacia un horizonte de comprensión más luminoso y satisfactorio. Es ésta la elaboración sintética de un “logos” que ensaya explicar la realidad y que vale en la medida en que sea fiel a ella.

Al final, la verificación sobre el paso mismo de nuestra búsqueda: porque puede suceder que la propia explicación conceptual no corresponda a la realidad, porque falló el anterior trabajo o porque la misma realidad, cambiante y fluyente como es, invalidó la explicación. Por eso, es preciso criticar tanto los primeros análisis como las anteriores síntesis, con un retorno a la realidad para constatar o verificar nuestros datos en los diversos cambios y progresos.

3. PARA FINALIZAR.

En una ocasión, fray Felicísimo Martínez describió la espiritualidad dominicana como una espiritualidad de “ojos abiertos”. El estudio no va en contra de la espiritualidad y de la fe; en la tradición dominicana, el estudio colabora para que ellas incorporen también la percepción que nuestra inteligencia va teniendo acerca del proyecto de Dios para la humanidad, dentro de su propia historia.

Además, siendo el estudio dominicano netamente apostólico, como servidoras y servidores de la Palabra de Dios, deberíamos ser conscientes de la fuerza de nuestras palabras, fuerza que puede curar o herir, construir o destruir. Dios pronuncio una palabra y el mundo comenzó a existir; y Dios pronuncia la Palabra que es su Hijo, y somos redimidos. Nuestras palabras participan de esa fuerza. En toda nuestra labor educativa y práctica de estudio debería ocupar un lugar central la profunda reverencia por el lenguaje, una sensibilidad sobre lo que decimos a nuestras hermanas y hermanos. Con las palabras podemos ocasionar resurrección o crucifixión. Nuestro estudio debería educarnos en la responsabilidad con respecto a las palabras que usamos. Responsabilidad en el sentido de que lo que decimos responda a la verdad, corresponda a la realidad. Pero tenemos también la responsabilidad de decir palabras constructoras de comunidad, que eduquen a los demás, que curen las heridas y den vida.

Gabriel M. Nápole, op
Convento San José, Esposo de la Virgen
Buenos Aires – Argentina

 
 

 
 
Domingo de Guzmán, el gran santo dominicano, nació en Caleruega (Burgos) a finales de 1171. Su padre, Félix de Guzmán, era noble acompañante del Rey.

Su madre era la Beata Juana de Aza de quien Domingo recibió su educación primera.

Cuando tenía seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. A los catorces años fue enviado al Estudio General de Palencia, el primero y más famoso de toda esa parte de España, y en el que estudiaban artes liberales, es decir, todas las ciencias humanas y sagrada teología. El joven Domingo se entregó de lleno al estudio de la teología.

Una gran hambre sobrevino a toda aquella región de Palencia. El corazón de Domingo no comprendía como a él no le faltaba nada y estuviese rodeado de valiosos códices y libros, mientras otros carecían de lo indispensable para vivir. Pronto fue entregando todo su ajuar a los pobres.

En los oídos de Domingo martilleaban las palabras del maestro: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado". Un día llegó a su presencia una mujer llorando amargamente y diciendo: «Mi hermano ha caído prisionero de los moros». A Domingo no le queda ya nada que dar sino a sí mismo, decide venderse como esclavo para rescatar al desgraciado por el cual se le rogaba. Este acto de Domingo conmovió a Palencia; el Obispo de Osma, don Martín Bazán, que andaba buscando hombres notables para el Cabildo, rogó a Domingo aceptara en su catedral una canonjía. Tenía Domingo 24 años cuando aceptó la canonjía. Poco después, al cumplir la edad canónica de veinticinco años, fue ordenado sacerdote.

El Rey Alfonso VIII había encargado al Obispo de Osma, en 1203, la misión de dirigirse a Dinamarca a pedir la mano de una dama de la nobleza para su hijo Fernando.

El Obispo acepta y como compañero de viaje lleva a Domingo. Al pasar por Francia, Flandes, Renania e Inglaterra, Domingo quedo profundamente dolorido al ver que había grandes herejías. Los cátaros, los valdenses o pobres de Lyon, y otras herejías, procedentes del maniqueísmo oriental, lo llenaban todo e incluso tenían Obispos propios. Negaban todos los dogmas católicos, la unicidad de Dios, la Redención por la Cruz de Cristo, los Sacramentos, etc.

DOMINGO DE GUZMAN Y TOMAS DE AQUINO

En respuesta a todo esto, en 1207, empieza una nueva etapa de la vida de Domingo, con algunos compañeros, entre ellos su propio Obispo de Osma, se entrega de lleno a la vida apostólica, viviendo de limosnas, que diariamente mendigaba, renunciando a toda comodidad, caminando a pie y descalzo, sin casa ni habitación propia en la que retirarse a descansar, sin más ropa que la puesta, comprendiendo la necesidad de instruir a aquellas gentes incultas que arrastraban las herejías, determinó que su Orden fuera una Orden de predicadores, dispuestos a recorrer pueblos y ciudades para llevar a todas partes la luz del Evangelio. Funda diversos centros de apostolado en todo el sur de Francia. Pero reconociendo que para combatir las herejías era necesaria una buena formación teológica, busca un buen Doctor en teología que diera clase todos los días, pues consideraba que, para ser buenos predicadores, primero debían ser buenos maestros. Más tarde, uno de sus discípulos en la orden sería la lumbrera más grande que haya tenido la iglesia universal: Santo Tomás de Aquino.

GRAN AMIGO DE FRANCISCO DE ASIS
Santo Domingo fue un gran amigo de San Francisco de Asís, a quien visito y abrazó efusivamente.

Santo Domingo poco después dio vida a la rama femenina conocida como la Orden Dominicana.

La misión de los Dominicos es predicar para llevar almas a Cristo. Es el mandato misionero del maestro antes de subir a los cielos. El nos encargó a todos los bautizados la obligación de predicar. Domingo fue el hombre elegido para predicar la verdad contra el error.

SANTO DOMINGO RECIBE EL ROSARIO DE LA VIRGEN

La misión encontró grandes dificultades pero la Virgen vino a su auxilio.

Estando en Fangeaux una noche, en oración, tiene una revelación donde, según la tradición, la Virgen le revela el Rosario como arma poderosa para ganar almas. Esta tradición está respaldada por numerosos documentos pontificios.

El 21 de enero de 1217, el Papa Honorio 111 aprobó definitivamente la obra de Domingo, la Orden de los predicadores o Dominicos.

En 1220 la herejía de los cataros y albigenses se había extendido por Italia. El Papa Honorio 111 determina una gran misión, pero en vez de poner al frente de ella algún Cardenal, encomendó la dirección a Domingo, que se entregó a la Misión.
Murió el 6 de agosto de 1221 y fue canonizado por Gregorio IX en 1234.

EL LAICO DOMINICO

 
 

 
Los laicos y la misión de la Orden
Santa Sabina, noviembre 1987

F. Damian Byrne, O.P.


El Capítulo General de Ávila instituyó una comisión especial para el estudio del papel de los laicos en nuestro apostolado. Así el Capítulo se hacía eco de la creciente importancia que el laicado ha ido adquiriendo en la Iglesia, particularmente a partir del Concilio Vaticano II. Dicha comisión capitular encomendó al Maestro General de la Orden “escribir a los frailes y a toda la Familia Dominicana sobre los laicos en nuestro apostolado y sobre los laicos dominicos en el mundo de hoy” (n. 95).

1. El despertar de los laicos, un nuevo signo eclesial

El Concilio Vaticano II se hizo eco de un nuevo signo eclesial: el despertar de los laicos a una nueva etapa eclesial de corresponsabilidad y sentido de comunión. Las palabras del Concilio fueron un reconocimiento y acogida favorable de esta nueva etapa y, a la vez, una invitación a toda la Iglesia para seguir por este camino. El reciente Sínodo extraordinario de los Obispos ha recogido la voz autorizada del Concilio y ha señalado nuevas directrices y metas como complemento de la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia.

El despertar de los laicos a la ministerialidad y corresponsabilidad eclesial es un signo de los tiempos con profundo significado teológico. Las declaraciones conciliares o sinodales son sólo el reflejo de un hecho histórico que se está produciendo a lo largo y ancho de todas las iglesias locales y, por tanto, de la Iglesia universal.

Os invito a repasar conmigo algunos hechos presentes en la actual coyuntura de la Iglesia.

a) Las iglesias locales, muchas de ella s iglesias jóvenes, están cobrando especial vitalidad gracias en buena parte a la activa corresponsabilidad de los laicos, hombres y mujeres, conscientes de su vocación cristiana y de su misión y responsabilidad apostólicas. Los esfuerzos de revitalización, reorganización, inculturación… renovación misionera… son con frecuencia urgidos y llevados a cabo por los laicos en diálogo y colaboración con sus párrocos.

b) Singular importancia ha adquirido el hecho de una progresiva diversificación de los ministerios asumidos por los laicos en el interior de la comunidad. Cada día es mayor el número de los laicos que descubren y realizan ministerios específicos en la Iglesia. En la mayoría de los casos, estos ministerios reconocidos y aprobados por sus respectivos pastores. Crece el número de los laicos dedicados a la catequesis y evangelización, a la reflexión y la enseñanza teológica, a la presidencia y animación de la comunidad, a la administración y servicios sociales, la lucha por la causa de la justicia y la paz en el mundo… Estos ministerios no son ejercidos sin más preparación que la buena voluntad, quienes los ejercen se sienten obligados a una formación, preparación y entrenamiento adecuados.

c) C) Desde el punto de visa teológico, eclesial y pastoral, es altamente significativo el hecho de un creciente liderazgo asumido por los laicos. No es un simple liderazgo que supla la escasez de sacerdotes o que los desplace Es el liderazgo de muchos laicos que por vocación o especial carisma se sienten llamados a convertirse en animadores de la comunidad cristiana en la oración, en el compartir la Palabra, en los compromisos sociales y políticos, en las obras de caridad y justicia. Estos líderes laicos auguran una nueva etapa no sólo para la concepción sino también para el funcionamiento de la autoridad en la comunidad cristiana.

d) En el despertar del laicado adquiere singular importancia y significación la presencia de la mujer, tras siglos de silencio y marginación. Los dones naturales y los carismas especiales de la mujer inyectan una nueva vitalidad en la comunidad cristiana y revela un nuevo rostro de la experiencia cristiana. Su sentido de lo práctico, la especial sensibilidad femenina, su maternidad, la constancia en las pruebas… revelan aspectos ocultos de la Palabra de Dios, de la comunión cristiana, de la experiencia del Reino.

e) Estos fenómenos presentes en la Iglesia actual han provocado una creciente colaboración de laicos, religiosos, sacerdotes en las distintas esferas de la vida eclesial. Cada vez más los dominicos y dominicas compartimos nuestra vida y proyectos apostólicos con otros religiosos y laicos, hombres y mujeres, casados o solteros. Los laicos no son ya simples destinatarios de nuestra misión, ellos comparten con nosotros –y nosotros con ellos- una misma responsabilidad en la comunidad cristiana.

f) Frente a este hecho eclesial es preciso que los dominicos nos hagamos algunos interrogantes: ¿Cómo no sentimos y cómo reaccionamos ante el despertar de los laicos en la Iglesia? ¿Asumimos de buen grado este hecho? ¿Lo ignoramos con autosuficiencia? ¿Lo rechazamos por falsos miedos? ¿Cuáles son nuestras actitudes y nuestras prácticas en relación con los laicos? ¿Qué puesto tienen los laicos en nuestro ministerio, en la elaboración y realización de nuestros proyectos apostólicos? Sentir con la Iglesia hoy significa, entre otras cosas, asumir estos interrogantes y responderlos con sinceridad.

2. Claves Teológicas para una reflexión cristiana

La reflexión teológica ha vuelto hoy su mirada hacia los signos de los tiempos para leer, interpretar y discernir las exigencias de la Palabra de Dios y de la experiencia cristiana. Hacer teología o predicar es poner en contacto la Palabra de Dios con las situaciones históricas de los hombres. La fidelidad a nuestra rica tradición teológica exige de nosotros una escucha atenta y un discernimiento teológico de este nuevo signo eclesial de los tiempos. No podemos olvidar que fueron precisamente nuestros hermanos teólogos del Vaticano II quienes desarrollaron la nueva teología del laicado y de la ministerialidad de la comunidad cristiana.

a) La primera clave para reflexionar sobre el laicado y su misión en la Iglesia nos la proporciona la eclesiología del Concilio Vaticano II. Éste desplazó la definición jurídico-institucional de la Iglesia hacia una concepción o definición específicamente teológica. El criterio clave de esta nueva definición específicamente teológica. El criterio clave de esta nueva definición es “El Pueblo de Dios”: la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, convocado por la fe en el Resucitado, y sellado por el bautismo en Cristo Jesús. Hoy existe una cierta tendencia a afirmar que la “comunión” expresa la naturaleza de la Iglesia mejor que “el Pueblo de Dios”. Sin embargo , tanto el Vaticano II como una tradición gaética mucho más antigua están en favor de la definición “Pueblo de Dios”. Todos los bautizados participan en pleno derecho en esta vocación y en esta misión. Todos son Pueblo de Dios, miembros activos y responsables de la Iglesia en su misión.

b) Esta concepción eclesiológica del Concilio nos conduce a una nueva concepción de la ministerialidad y de los ministerios en la Iglesia. Todos los ministerios y carismas son dones de Dios a través de la comunidad. He aquí la segunda clave importante para nuestra reflexión teológica. El sujeto de la ministerialidad es la comunidad cristiana. Todo bautizado comparte radicalmente esta dimensión de la ministerialidad. La diversificación de los ministerios es la expresión de la dimensión ministerial en la comunidad.

c) Una tercera clave de la reflexión teológica nos obliga a revisar nuestra tradicional teología del ministerios. Me refiero a los criterios de valoración y jerarquización de los mismos. El carácter sacro de las acciones litúrgicas y el nexo estrecho entre ministerio sacerdotal y autoridad en la Iglesia nos han acostumbrado a un punto de vista sagrado y litúrgico, concediendo preferencia a este ministerio. De esta forma, las funciones y ministerios asociados con el culto ocupan el primer puesto en nuestra escala de valores, mientras que el ministerio más “secular” queda relegado al segundo puesto. Esto debe cambiar. Recordando el consejo de S. Pablo a los Corintios, es necesario recobrar los criterios comunitarios para valorar y dar preferencia al carisma y al ministerio. El carisma y el ministerio cobran mayor importancia para el cristiano en la medida en que sirven para construir la comunidad cristiana.

Esta tercera clave teológica ayuda a superar el tradicional dualismo y en muchos casos falsa oposición entre el sacerdocio y el laicado. Vale la pena recordar las palabras del Padre Congar a este propósito:

“No se construye la Iglesia solamente con los actos de los ministros oficiales del sacerdocio, sino también con muchos otros servicios, más o menos fijos u ocasionales, más o menos espontáneos o reconocidos, algunos consagrados por la ordenación sacramental. Tales servicios existen; existen aunque no se les llame por su proprio nombre: ministerio y aunque no tengan su verdadero puesto y status en la eclesiología… A la larga uno ve que el doble elemento decisivo no es “sacerdocio-laicado”. Sino “ministerio (o servicio) y comunidad” (Ministères et communion ecclèsiale. París, 1971, pp. 9, 17, 19).

Ayuda también a comprender la diversificación y reparto de los carismas y ministerios entre todos los miembros de la comunidad, ordenados o laicos, hombres o mujeres. Finalmente lo que es más importante, ayuda a reconocer el profundo significado cristiano que tienen los ministerios ejercidos por los bautizados en la búsqueda de una sociedad más humana, más fraterna, más justa: promoción, asistencia, defensa de los derechos humanos, etc.

Estas claves teológicas deben estimular nuestra reflexión y discernimiento desde la práctica de nuestra actividad pastoral y eclesial. La teología nos ofrece hoy puntos seguros y puntos disputados en torno a los ministerios. Sigue siendo misión de los dominicos ofrecer a la comunidad cristiana el ministerio y el carisma del discernimiento teológico, si queremos seguir siendo fieles a nuestra tradición. Pero nuestra reflexión teológica no será fecunda si se distancia de nuestra acción cristiana, eclesial y apostólica.

3. Retos y compromisos para la Familia Dominicana

El centro del carisma dominicano ha de buscarse en la predicación, en el anuncio kerigmático de la Palabra de Dios. Ser dominico es ser predicador. Esto es lo más importante del proyecto dominicano. Sin embargo, este anuncio es más que un mero discurso verbal que pasa a través de la catequesis, la homilía o la enseñanza religiosa. Se manifiesta en cualquier palabra o cualquier práctica histórica que proclama el acontecimiento salvífico en medio de la historia humana.

El lugar específico de encuentro entre los dominicos y los laicos es exactamente el carisma y el ministerio de la predicación. La Familia dominicana está llamada a ser una comunidad de predicación en la que son miembros activos y corresponsables frailes, religiosas, laicos con carismas y ministerios diferenciados.

La Orden nació en un momento histórico de crisis eclesial pero también de extraordinaria vitalidad. Fue un momento del despertar de los movimientos laicales, lo que influyó grandemente en el nacimiento y en el proyecto funcional de las Ordenes Mendicantes y creó una nueva concepción de Iglesia por encima de los límites parroquiales o diocesanos. A lo largo de su historia, la Orden tiene experiencias significativas que nos pueden ayudar a comprender y a asumir los nuevos tiempos del laicado: la evolución de las funciones y ministerios de los hermanos cooperadores, la incorporación de numerosas congregaciones femeninas a la misión de la Orden. El recuerdo de estos hechos es un reto para los nuevos tiempos.

Hoy, pienso que nuestras comunidades están llamadas a inaugurar y pontenciar nuevas prácticas eclesiales que canalicen al laicado hacia la colaboración en el ministerio de la Iglesia.

La práctica de la oración compartida con los laicos ofrece a éstos la riqueza de una oración refrendada por siglos, a la vez que recibe de ellos la novedad y la frescura de nuevas experiencias cristianas. Algunas de nuestras comunidades dominicanas se verían revitalizadas en su oración si la compartieran con los laicos. No faltan ejemplos de ello.

Es preciso asimismo inaugurar y potenciar nuevos modelos de formación compartidos con los laicos. Esta no puede orientarse en una sola dirección, como si nosotros fuéramos los maestros y ellos los discípulos. Ha de ser una formación compartida y mutua. La Palabra de Dios no está encadenada: está abierta a la inteligencia de todo creyente que esté a la escucha. Nosotros podemos aportar las riquezas de nuestra formación teológica de aprender a escuchar a fin de enriquecernos en el diálogo con los demás creyentes.

Nuestro trabajo apostólico debe ser revisado y reorientado desde la perspectiva de los nuevos ministerios laicales, para responder adecuadamente a la nueva relación eclesial con los laicos. Estos trabajos están llamados a potenciar una nueva forma más colegial. Debemos encontrar nuevas formas de compartir los proyectos apostólicos, nuevas maneras de llevarlos a cabo en corresponsabilidad, de diversificar las funciones y ministerios en nuestra actividad apostólica. La causa del Evangelio debe anteponerse a nuestras rutinas, comodidades y temores. Una comunidad dominicana en estado de misión y de itinerancia es una comunidad abierta al presente y al futuro de la Iglesia y de la sociedad.

El Capítulo de Ávila (N. 85 A) se hizo eco del malestar que existe entre el laicado dominicano. Hoy se encuentran frente a un problema particular: la ausencia casi total de jóvenes, con la consiguiente pérdida de vitalidad. ¿No será, al menos en parte, consecuencia del desconocimiento de las enseñanzas de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II? El mismo problema fue tomado en consideración por el Congreso del laicado dominicano celebrado en Montreal –1985- Ante esta situación es preciso repensar y reorientar los grupos del laicado dominicano en consonancia con las nuevas prácticas eclesiales y las nuevas claves teológicas concernientes al puesto y a la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo.

4. Mirando al futuro

Nuestros hermanos y hermanas se incorporan progresivamente a este nuevo estilo de vida y misión dominicanas para una Iglesia nueva que está naciendo. Muchos han comenzado ya y son un estímulo para toda la Familia dominicana. Su nuevo estilo hace más creíble nuestra vocación. Es una oportunidad de renovar la Orden. Este despertar del laicado nos ofrece una nueva frontera. Para cruzarla se necesita coraje.

El futuro de la Iglesia y de la Familia dominicana pide mucho de nosotros. Las razones para no actuar en algún momento nos brindan una falsa seguridad, pero como nos recuerda San Juan Bautista, el primer predicador de Jesucristo, “es necesario que yo mengüe para que Él crezca” (Io. 3, 30). Como Jesús, la gracia divina que vive en cada uno de los fieles, crece cuando éstos la proclaman hasta los últimos confines de la tierra.

Que el recuerdo de santo Domingo nos dé el coraje para comprometernos en este nuevo signo eclesial.  

 

 
 
Catalina de Siena, patrona de Europa

Homilía en la celebración eucarística con la que Juan Pablo II anunció la proclamación de Edith Stein, Catalina de Siena y Brígida de Suecia «copatronas» de Europa.

Fr. Timothy Radcliffe, O.P.


1. "El mismo Jesús se acercó y siguió con ellos" (Lc 24, 15). El relato evangélico de los discípulos de Emaús, que hemos escuchado hace un momento, constituye la imagen bíblica que sirve de marco a esta segunda Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos, que iniciamos con esta solemne concelebración eucarística cuyo tema es: "Jesucristo, Viviente en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa", confiando al Señor las expectativas y esperanzas que guardamos en nuestros corazones. Nos hallamos en torno al altar en representación de las Naciones del Continente, unidos por el deseo de que el anuncio y el testimonio de Cristo vivo ayer, hoy y siempre sean cada vez más incisivos y concretos en todos los rincones de Europa.

Con gran alegría y cariño ofrezco a cada uno de vosotros mi fraternal abrazo de paz. El Espíritu nos ha convocado para este importante evento eclesial que, enlazándose a la primera Asamblea para Europa de 1991, concluye la serie de Sínodos continentales preparatorios del Gran Jubileo del 2000. En vuestras personas dirijo a las Iglesias locales de las que procedéis mi más cordial saludo.

2. "Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre" (Hb 13, 8). Como ya es sabido, es ésta la llamada constante que resuena en la Iglesia encaminada hacia el gran Jubileo del año 2000. Jesucristo está vivo en su Iglesia y, generación tras generación, sigue "acercándose" al hombre y "caminando" con él. Especialmente en los momentos de prueba, cuando las desilusiones amenazan con hacer vacilar la confianza y la esperanza, el Resucitado cruza los senderos del extravío humano y, aunque no Lo reconozcamos, se convierte en nuestro compañero de camino.

De este modo, en Cristo y en su Iglesia, Dios no deja de escuchar las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de la humanidad (cfr. Const. past. Gaudium et spes, 1), a la cual quiere hacer llegar el anuncio de su amoroso cuidado. Esto es lo que ha sucedido en el Concilio Vaticano II y éste es también el sentido de las diversas Asambleas continentales del Sínodo de los Obispos: Cristo resucitado, vivo en su Iglesia, camina con el hombre que vive en Africa, en América, en Asia, en Oceanía, en Europa para suscitar o despertar en su ánimo la fe, la esperanza y la caridad.

3. Con la Asamblea Sinodal que comienza hoy, el Señor quiere dirigir al pueblo cristiano, peregrino en las tierras comprendidas entre el Atlántico y los Urales, una invitación a la esperanza. Invitación que hoy ha encontrado una particular expresión en las palabras del Profeta: "Lanza gritos de gozo … alégrate y exulta" (So 3, 14). El Dios de la Alianza conoce el corazón de sus hijos y las muchas pruebas dolorosas que las naciones europeas han tenido que sufrir a lo largo de este duro y difícil siglo que ya se acerca a su fin.

Él, el Emanuel, el Dios-con-nosotros, ha sido crucificado en los campos de concentración y en los gulags, ha conocido el sufrimiento en los bombardeos, en las trincheras, ha padecido allí donde el hombre, cada ser humano, ha sido humillado, oprimido y violado en su irrenunciable dignidad. Cristo ha sufrido la pasión en las innumerables víctimas inocentes de las guerras y de los conflictos que han ensangrentado las regiones de Europa. Conoce las graves tentaciones de las generaciones que se preparan a cruzar el umbral del tercer milenio: desgraciadamente, los entusiasmos suscitados por la caída de las barreras ideológicas y por las pacíficas revoluciones de 1989 parecen haberse extinguido de forma rápida en el impacto con los egoísmos políticos y económicos, y en los labios de tantas personas en Europa afloran las palabras desconsoladas de los dos discípulos del camino de Emaús: "Nosotros esperábamos…" (Lc 24, 21).

En este particular contexto social y cultural, la Iglesia siente el deber de renovar con vigor el mensaje de esperanza que Dios le ha confiado. Con esta Asamblea repite a Europa: "Yahveh tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador!" (So 3, 17). Su invitación a la esperanza no se basa en una ideología utópica como las que en los últimos dos siglos han aplastado los derechos del hombre y, especialmente, los de los más débiles. Es, por el contrario, el imperecedero mensaje de salvación proclamado por Cristo: ¡El Reino de Dios está en medio de vosotros, convertíos y creed en el Evangelio! (cf. Mc 1, 15). Con la autoridad que le viene de su Señor, la Iglesia repite a la Europa de hoy: Europa del tercer milenio, "¡…no desmayes tus manos!" (So 3, 16), non cedas al desaliento, no te resignes a modos de pensar y vivir que no tienen futuro, porque no se basan en la sólida certeza de la Palabra de Dios!

Europa del tercer milenio, la Iglesia a ti y a todos tus hijos vuelve a proponer a Cristo, único mediador de la salvación ayer, hoy y siempre (cfr. Hb 13,8). Te propone a Cristo, verdadera esperanza del hombre y de la historia. Te lo propone no sólo con las palabras, sino especialmente con el testimonio elocuente de la santidad. Los Santos y las Santas, de hecho, con su existencia marcada por las Bienaventuranzas evangélicas, constituyen la vanguardia más eficaz y creíble de la misión de la Iglesia.

4. Por esto, queridísimos Hermanos y Hermanas, en el umbral del Año 2000, mientras la Iglesia entera que está en Europa se encuentra aquí representada del modo más digno, tengo hoy la alegría de proclamar tres nuevas Co-patronas del Continente europeo. Ellas son: santa Edith Stein, santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena. Europa ya está bajo la protección celestial de tres grandes santos: Benito de Nursia, padre de la vida monástica occidental y de los dos hermanos Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos. He querido colocar al lado de estos insignes testigos de Cristo otras tantas figuras femeninas para subrayar además el gran papel que las mujeres han tenido y tienen en la historia eclesial y civil del Continente hasta nuestros días.

Desde sus albores la Iglesia, aún estando condicionada por las culturas en las cuales se hallaba integrada, ha reconocido siempre la plena dignidad espiritual de la mujer a partir de la singular vocación y misión de María, Madre del Redentor. A mujeres como Felicita, Perpetua, Ágata, Lucía, Inés, Cecilia, Anastasia -como testifica el Canon romano- ya desde los comienzos los cristianos se dirigieron con fervor no inferior a aquél reservado a los santos varones.

5. Las tres santas, escogidas como Co-patronas de Europa, están ligadas de modo especial a la historia del Continente. Edith Stein que, proviniendo de una familia judía, dejó la brillante carrera de estudiosa para hacerse monja carmelita con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y murió en el campo de exterminio de Auschwitz, es un símbolo de los dramas de la Europa de este siglo. Brígida de Suecia y Catalina de Siena, que vivieron en el siglo XIV, trabajaron incansablemente por la Iglesia, preocupándose por su suerte a escala europea. Así, santa Brígida, consagrada a Dios después de haber vivido plenamente la vocación de esposa y madre, recorre Europa de norte a sur trabajando sin descanso por la unidad de los cristianos y murió en Roma. Catalina, humilde e intrépida terciaria dominica, llevó la paz a su Siena, a Italia y a la Europa del ‘300; se dedicó completamente a la Iglesia, logrando obtener el retorno del Papa desde Aviñón a Roma.

Las tres expresaron admirablemente la síntesis entre contemplación y acción. Su vida y sus obras testimonian con gran elocuencia la fuerza de Cristo resucitado, que vive en su Iglesia: fuerza del amor generoso por Dios y por el hombre, fuerza de auténtica renovación moral y civil. En estas Patronas, tan ricas de dones desde el punto de vista tanto sobrenatural como humano, pueden hallar inspiración los cristianos y las comunidades eclesiales de cada confesión, como también los ciudadanos y los estados europeos, sinceramente comprometidos en la búsqueda de la verdad y del bien común.

6. "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros … y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,32). Deseo de corazón que los trabajos sinodales nos hagan revivir la experiencia de los discípulos de Emaús los cuales, llenos de esperanza y alegría por haber reconocido al Señor "en la fracción del pan", retornaron sin dudar a Jerusalén para contar a los hermanos lo que había ocurrido a lo largo del camino (cfr. Lc 24,33-35). Que Jesucristo nos conceda también a nosotros el encontrarlo y reconocerlo junto a la Mesa eucarística, en la comunión de los corazones y de la fe. Que nos done el vivir estas semanas de reflexión en la escucha profunda del Espíritu Santo que habla a las Iglesias en Europa. Que nos haga humildes y ardientes apóstoles de su Cruz como lo fueron los santos Benito, Cirilo, Metodio y las santas Edith, Brígida y Catalina.

Imploramos su ayuda junto a la celestial intercesión de María, Reina de todos los Santos y Madre de Europa. Que de esta segunda Asamblea Especial para Europa puedan surgir las líneas de acción evangelizadora atenta a los desafíos y a las expectativas de las jóvenes generaciones.

¡Y que Cristo pueda ser la renovada fuente de esperanza para los habitantes del "viejo" continente, en el cual el Evangelio ha suscitado en los siglos una incomparable cosecha de fe, de amor laborioso y de civilización! ¡Amén! .