Category: ESPIRITUALIDAD


el mundo

EL MUNDO

La palabra que define es propia de los hombres definidos. La claridad en la expresión, la claridad lograda y el correcto uso de los vocablos y los términos –evitando en lo posible la equivocidad– son signos que hablan de una voluntad fuerte, honesta, leal. De ahí que se haya dicho que la lógica es la ética de la inteligencia. Por eso es que, salvando la ignorancia, un razonamiento equivocado es un razonamiento inmoral. El logos y la ética van muy unidas en el hombre. La palabra que define es propia del hombre definido, con convicciones, que ama, pelea y combate.

La palabra que no define y el discurso que deliberadamente elige los vocablos más elásticos y polisémicos, son, por el contrario, la palabra propia de los hombres sin definiciones. Incapaces del sí, incapaces del no. Paradójicamente, no hay nadie como ellos que conozca lo que valen las palabras; no hay nadie como ellos que perciba el compromiso que conlleva el pronunciarlas, el costo que implica el decirlas.

Pero como su voluntad está en el mal, precisamente porque no quieren definir, porque quieren eludir el sacrificio y el esfuerzo que toda postura definida conlleva, estos hombres omiten culposamente el uso de la palabra concisa, clara y precisa, sustituyéndola por otra que sea lo suficientemente elástica para admitir diferentes interpretaciones. Así, el auditorio en un primer momento queda desconcertado; pero luego se inclina a interpretar el discurso en el sentido que le parezca verdadero.

Pero el problema está en que ese sentido no es necesariamente el sentido en que el hombre ha querido decir las cosas. No obstante, al “definir” equívocamente –lo cual equivale a no definir–, este hombre ha cometido una injusticia: se ha refugiado en la equivocidad para dejar contentos a la mayor parte de la gente. Si es un profesor, un maestro, una autoridad o un sacerdote, su culpabilidad aumenta pues –teniendo el deber de enseñar, de juzgar la verdad y el error en las cosas, condenado el segundo y ensalzando el primero– ante la presencia de la falsedad, omite definir. Elude definir. Peca por omisión a su deber de ser LUZ.

El hombre definido, por el contrario, dirá la verdad, oportuna e inoportunamente, sin menguarla ni hacerle descuentos, y sin pretender cuidar su propia fama de las opiniones del mundo. He ahí uno de los signos del testimonio verdadero. Por eso, citamos estas excelentes líneas de Ernest Hello. Ante tanto discurso alogal, ante tantas verdades a medias, tantas verdades dichas con timidez y mezquindad, teniendo que padecer numerosas claudicaciones y omisiones, el verbo ardiente y definido de Hello es una enorme bocanada de aire fresco. Brillante.

EL MUNDO

Por Ernest Hello

I

¿Qué es el mundo? Esta palabra odiosa, parece no significar nada absolutamente, y, sin embargo, es odiosa.

En apariencia, de poco nos servirá la etimología. Mundus, en latín, significa puro; el mundo es la impureza misma, su equivalente en griego, significa a la vez orden y mundo.

El sentido actual de la frase “hombre de mundo”, no tiene conexión, al menos en apariencia, con mundus ni con Kosmos.

Si volvemos a la etimología, será por un rodeo.

El mundo, ¿es el pecado? Evidentemente, no. Hay entre ambos una diferencia enorme. El mundo está en pecado, sin duda, pero éste siempre está situado en una región especial; tiene sus dominios propios en el mal, y esos dominios son los que hubieran de determinarse, o cuando menos, indicarse.

Un asesino es un pecador; un salteador de caminos es un pecador. Santa María Egipciaca, antes de su conversión, era una pecadora.

Estos son pecadores; no son gente de mundo.

II

Hay muchas frases terribles en el Evangelio, y entre ellas, he ahí una de las más terribles: Nom pro mundo rogo.

No ruego por el mundo [1]. Quien así habla conoce el fondo de las cosas y va a morir por los pecadores. No ruega por el mundo, San Juan nos lo cuenta; en aquella misma cena durante la cual durmió sobre el pecho de Jesucristo, en aquel momento solemne en el cual los brazos de Dios iban a abrirse sobre la cruz, en aquella cena, en aquel momento fue cuando San Juan oyó decir a la Verdad: “No ruego por el mundo”. Ya sabéis lo que está escrito en otra parte a propósito de los tibios. Sin entrar en las profundidades de estas palabras, mirando el mundo tal como se le ve, quisiera saber aproximadamente de qué se habla cuando de él se habla.

El pecado es el desorden, el desorden evidente, confesado, violento, desastroso. Las pasiones hacen ruinas, y no las ocultan. Algunas veces hasta se glorían de ello. Pero, una vez más, digo: ¿qué es el mundo?

¿Sería el mundo el dominio del pecado entibiado por la prudencia?

¿Sería el mundo el dominio del pecado, circunscrito por la tibieza de la temperatura?

El mundo se extiende tan lejos como la tibieza del aire. De allí donde el aire es caliente o frío, el mundo se va escandalizado.

Y así como se hace a sí mismo, en el fondo del desorden, un orden aparente que está unido con su tibieza –y en el fondo de su impureza, una pureza aparente que está unida asimismo con su tibieza– quizás encuentre, a sus propios ojos, la significación etimológica del mundus y del Kosmos, que han menester de la ironía para que en ellos se reconozca al mundo, el infame por excelencia, aquél que se llama mundo.

III

Las barreras de la tibieza separan el mundo de los pecados que no son suyos.

En la categoría de las temperaturas, la tibieza corresponde a la medianía. Ahora bien, la medianía es el espacio del mundo. El pecador tiene malas pasiones, pero el mundo tiene la afición del mal, la afición, no el entusiasmo.

El mundo tiene gustos y opiniones; no tiene amor ni odio.

Sus gustos están en las cosas intermedias. Hay en sus opiniones el temor de ser absolutas, y por ahí el de que parezcan convicciones. Tienen de particular la circunstancia de que no excluyen las opiniones contrarias; digo las opiniones, no las convicciones. Las opiniones de mundo pactan de buena gana con las demás opiniones de su especie. Contradíganse o no entre sí dichas opiniones, no deja de hallarse bien juntas; pues salgo las une: un odio tibio y profundo contra el común enemigo, esto es, contra la Verdad.

Las opiniones del mundo, aún cuando luchan entre sí dos de ellas, están coaligadas contra la verdad. Esta coalición es la parodia de la unión.

En el Panteón romano, recibíase a todos los dioses, excepto a Jesucristo. En el Panteón del mundo recíbense todas las opiniones; tan sólo la Verdad es despedida.

IV

El mundo se aparece a una hostería donde encuentran sitio los viandantes. Si un error pasa por fuera y quiere entrar, todos los comensales se estrechan y le hacen sitio en el banquete. Pero si la Verdad llama a la puerta, todos los puestos están ocupados y a ciertos viajeros, cuidadosamente escogidos, se les expulsa: Quia non erat eis locus in diversorio.

El mundo, tan limitado y tan ciego, tiene, sin embargo, un instinto maravilloso cuando se trata de reconocer y de expulsar. No se engaña, tiene certera puntería; se hace justicia, destiérrase. Se destierra queriendo desterrarse: pues el extraño que se va se lleva consigo la ciudad habitable.

El mundo se destierra al desierto. ¿Qué importa que ese destierro se llame acá la muchedumbre? No por ello deja de ser el desierto, es decir, el vacío, esto es, la muerte.

El desierto, el vacío y la muerte, tal era Roma cuando Juan se hallaba en Pathmos. Pathmos era la vida. Pathmos era la ciudad. He ahí por qué San Dionisio admiraba la justicia del mundo que huía –dijo– del rostro de San Juan.

El mundo es un desierto por el cual va y viene la muchedumbre muy apresurada: diríase que es un ejército en derrota. ¿Qué hace ese ejército? Todavía viene de Pathmos prosigue jadeante en su fuga, huye del rostro de San Juan. Huye en confuso desorden; los fugitivos vuélvense unos contra otros, y, en su extravío, degüéllanse mutuamente, pues combaten en la noche. Pero su terror les ciega: huyen del rostro de San Juan.

Aquél ejército en derrota yerra el camino; se extravía en el desierto, anda engañado por sueños y engañado por espejismos. Corre impelido en todas las direcciones, va a merced de los vientos que le arrojan la arena a los ojos, y sin embargo, le impulsa una idea fija; huye del rostro de San Juan. Disfraza su tumulto con una apariencia de actividad; pero huir del rostro de San Juan es su principal tarea. Todo el resto es tan sólo un detalle.

Ved esas gentes: van, vienen, venden, compran, hablan, se agitan discuten, se saludan, pues son finos, son corteses; mienten, charlan, adulan, denigran, separan, degüellan, destruyen, emponzoñan. Pero huir del rostro de San Juan es su principal tarea. Huir del rostro de San Juan, tal es su trabajo íntimo, su vida interior, la médula de sus huesos, la esencia que produce todos sus perfumes, el resto es un detalle, un adorno, una vestimenta que varía siguiendo la moda del día o el capricho del personaje.

V

El pecado anda menos disfrazado que el mundo. Muestra mejor lo que es y lo que hace. El mundo miente de continuo. Nunca hace lo que aparenta.

El mundo es aficionado a remedar. Es el simio de la sabiduría; ha fabricado una sabiduría para su uso propio; dicha sabiduría se parece a la sabiduría como el orangután se parece al hombre.

La verdadera sabiduría encuentra la paz en la altura, porque domina las contradicciones. La sabiduría del mundo encuentra una paz que, en el hoyo en que ha caído, se parece al mundo, porque desde ese hoyo ya no percibe las diferencias entre lo blanco y lo negro.

La verdadera sabiduría tiende a unir. La sabiduría del mundo tiende a amalgamar elementos que no pueden unirse, y, cuando ve que los tiene yuxtapuestos, cree que los ha fundido. Desde el punto en que dos elementos coexisten, el mundo imagina que están unidos.

El hombre de mundo no teme hacer daño. Pero teme chocar. No conoce las armonías, pero sí las conveniencias.

La conveniencia es lo que en el mundo substituye la armonía.

El mundo apetece el odio; pero es menester que ese odio, entibiado por la temperatura de los salones, evite ciertos estallidos. Es menester que llame en su auxilio ciertos engaños. Cuando dichos engaños llegan en su auxilio, puede presentarse en el mundo con el aplomo de una persona ataviada.

Cuando el odio se ha puesto su atavío, se halla en el orden del mundo, está en regla, puede entrar.

La ley del mundo tal vez sea la insignificancia. Si un hombre vivo se encuentra por accidente en el mundo, es menester que se haga insignificante, aún más insignificante que los demás, para no resultar sospechoso. Con tal de que borre toda verdad y toda luz, puede ser soportado un momento. Pero, como nunca se hace traición durante mucho tiempo a la esencia de las cosas, llegará un instante en que el mundo, en su perspicacia, se desvíe, y en su justicia, se separe.

La insignificancia es tan cara al mundo y tan necesaria a las vías de éste, que aún el mismo mal, con serle naturalmente simpático, llega a hacérsele antipático, si, mezclado con un principio de bien, si, en virtud de esa mezcla, hace brillar el círculo que la muerte traza alrededor del mundo. Si el mal, alterado por un movimiento generoso, se deja llevar y hace explosión, todavía permanece alguna vez en el dominio del pecado; más no se queda ya en el dominio del mundo.

El mundo apetece el mal, pero le gusta almibarado, con afeites, peinado, vestido con arreglo a las costumbres; gústale el pecado, pero le gusta elegante, galano, con perifollos.

En los dominios del pecado, se miente por interés, por pasión, por vergüenza, por miedo. En los dominios del mundo, se miente sin interés, sin pasión, sin vergüenza y sin miedo. Se miente porque se es del mundo, se miente por amor propio, se miente como se respira, porque la mentira en ese país es idéntica a la palabra.

¿Qué se diría en el mundo, si no se mintiese?

Puede el pecador decir la verdad después de haber mentido.

Pero el mundo, cuando ha mentido, continúa mintiendo; y, si dice la verdad, miente todavía. La verdad llega a ser mentira saliendo de sus labios. Cuando el mundo dice la verdad, cree expresar una opinión como cualquier otra; quiere que esa verdad esté rodeada de mentiras y viva en buena inteligencia con ellas. Quiere que vecindades infames la deshonren; y cuando la ha manchado de tal modo que ya ni él mismo la reconoce, entonces la tolera, porque ha llegado a ser mentira; y aquella mentira es preciosa, pues cubre las restantes, las autoriza, las toma bajo su salvaguardia, les quita lo que tendrían de demasiado violento, de demasiado crudo, de demasiado limpio. Esa verdad convertida en mentira por el tono, por el acento, por lo que la rodea, por el contexto, acaba de confundir el bien y el mal, y las gentes del mundo están contentas.

En los momentos en que el hombre de mundo dice la verdad, toma un tono protector para con ella. Diríase que consiente en no mentir de continuo, y que consiente por imparcialidad; diríase que, por compasión, quiere permitir a la verdad que se encuentre un instante en sus labios. Le concede este honor, y se lo hace pagar desde luego volviéndola igual a la mentira que se apresura a recobrar sus derechos, y que vuelve a entrar en posesión de lo suyo.

La apariencia de imparcialidad es uno de los lazos más horrorosos que la tibieza tiende a los que hace juguetes de su engaño, y al mundo le gusta mucho tender ese lazo. Toma aires de justicia ¡el miserable! Nada engaña con una fuerza y una autoridad tan temibles como la verdad mal dicha. Esta da a los errores que la rodean un peso que dichos errores no tendrían por sí mismos. La mezcla de la verdad y el error produce, en boca del mundo, efectos desastrosos. Da a la verdad apariencia de error y al error apariencia de verdad. Hace participar a aquél del respeto que a aquélla se debe.

Cuando la verdad aparece en labios del hombre de mundo, hállase entrelazada con el error, y ambos andan también entrelazados que ya él mismo no los distingue. Abrázanse, y aquéllos que tienen baja la mirada los toman por dos hermanos.

VI

El mundo es la vejez; difícil es imaginar cuán viejas son las gentes del mundo. Los jóvenes sobre todo son notables por su decrepitud, porque es en ellos más monstruosa, y por ahí más ostensible. Todos aquellos viejos de veinte años sin entusiasmo ni deseo alguno, que huyen del rostro de San Juan, húyele torpe, lenta, triste y deplorablemente. Se arrastran, por huirle, en un camino donde no se respira, sin vista, sin montañas, sin aire y sin horizonte. Se condena, no a la dulzura, sino a la desesperación. Por huir del rostro de San Juan, vuelven a Dios la espalda, hacen sus tareas sin adorar, y se hastían para siempre.

Hay, sin duda, un secreto para rejuvenecerse, y ese secreto pertenece a Dios que regocija a la juventud. Dios es el dueño del tiempo, y el tiempo párase cuando Él habla, como se quedan petrificados los bueyes cuando ruge el trueno. Dios, que tiene poder sobre el fuego, es el guardián de la juventud. La Santa Virgen, la muy amada de Dios, no conoció que su juventud se menguase. Salió de la infancia, pero no de la juventud. La juventud semeja un depósito que a Dios tan sólo pudiera confiarse, por no haber mano alguna con fuerza bastante para sostenerlo. Así, los enemigos de Dios detestan la juventud, como si en ella viesen un reflejo de Aquél a quien odian. Detestan la juventud, y en vez de retenerla, por virtud del Eterno, en la hora en que el tiempo se la lleve, suplican al tiempo que acelera el paso y se la lleve prematuramente. El mundo detesta la juventud, la verdadera juventud. Gústale parecer viejo y serlo. El mundo envejece a los niños.

VII

No creáis que el espíritu del mundo se limite a los salones y a los lugares donde se le cree generalmente aceptado e incluido. Los salones, si son vivos, pueden estar vacíos del mundo y llenos de la verdad, mientras que el mundo puede llenar y llenar frecuentemente de su infamia superabundante las casas aisladas, desiertas, inhospitalarias, los hogares sin calor donde no se ama al extranjero, las terribles moradas que niegan a la humanidad la comunión y el amor.

En una playa bretona donde se reúnen algunos bañistas en verano, y no hay nadie en invierno (algunas raras familias de pescadores habitan aquel desierto, donde hasta el alimento es asimismo raro y difícil); en aquella playa, hablaba yo cierto día con una campesina, y revelóme ésta sus deseos de abandonar el mundo. Admiré la profanidad de aquella frase y el conocimiento que dicha mujer tenía del mundo, en el verdadero sentido de esta palabra. Quizás podía ser el mundo, en su cabaña, tanto más horrible en cuanto estaba más próximo del mar inmenso. Tal vez el murmullo de los hombres se le había hecho más insípido todavía contrastado con el ruido solemne de las olas.

VIII

La ley del mundo es borrar. Este, que no tiene amor a nada, ama el nivel. Quiere hacer pasar todas las cabezas bajo su yugo, y logra sus simpatías aquello que es naturalmente bajo. Su odio es la grandeza, cualesquiera que sean el género y el sitio en que ésta se manifieste. La mediocridad es su atractivo. El mundo le abre espontáneamente las puertas cuyas llaves posee y ella entra con el aplomo que da el sentimiento del derecho. En el mundo, está en su casa, y frente a freten de los demás; obra con la insolencia propia de ella y con la ceguera en aquél característica. La mediocridad es insolente de un modo tan natural como es ciego el mundo. Si algo ocurre junto a ellos, la mediocridad insulta, y el mundo no mira.

La afición del mundo a borrar es tan pronunciada, que para agradarle, no es necesario ir muy lejos, ni aún en su dirección misma. No hay que hacer en demasía lo que él hace. No hay que aventajarle demasiado, no hay que exceder sus hábitos, ni aún en beneficio suyo. La tibieza es su elemento, y quienquiera que salga de esa región incurrirá en su desgracia. No hay que tener por sus intereses más celo que él mismo. Ello tomaría aspecto de algo, y es menester que no se tome aspecto de nada. Quien tal hiciera, distinguiríase de su vecino, y hay que parecérsele.

Siendo el carácter de los hombres de mundo no tener carácter, la multiplicidad es el dominio de ellos. Hacen mil cosas: venden, compran, platican, leen, escriben, etc., etc. ¿Cuál es el vínculo que une entre sí las acciones de un hombre de mundo? Diríase que no le hay; sus actos se suceden y nunca se encadenan. ¿Cuál es el lazo que une a los hombres de mundo? Dijerase que tampoco existe. Se aproximan y jamás se tocan. En realidad, no obstante hay un punto de contacto, hay una contraseña. La unidad, decimos, tiene una parodia, que es la coalición. Los hombres de mundo no son amigos; pero están coaligados. La unidad vive de amor. La coalición vive de odio. Los coaligado son enemigos privados que se unen contra el enemigo público. Los hombres de mundo tienen un odio común que les da una común ocupación, que determina el punto central de su actividad.

El mundo tenía mil quehaceres cuando el águila escribía en Pathmos su Apocalipsis. Sin embargo, a pesar de sus mil quehaceres, una sola era la tarea del mudo, la de evitar y echar a Pathmos en olvido. Los hombres de mundo tienen mil quehaceres; pero no tienen más que una tarea, pues sólo un odio y un terror abrigan: huyen del rostro de San Juan.

Ernest Hello, “El hombre. La vida – La ciencia – El arte”.

Libro Pimero: La Vida. El mundo. Págs. 106-114

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PENTECOSTES

EL DESEO DEL ESPIRITU SANTO

Desde la Buhardilla de Jeronimo

 

Hoy empieza la novena en preparación para la Solemnidad de Pentecostés. Aprovechamos la ocasión para ofrecer este breve y bello extracto de un sermón de San Juan de Ávila.

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No vendrá el Espíritu Santo a ti si no tienes hambre de Él, si no tienes deseo de Él. Y los deseos que tienes de Dios, aposentadores son de Dios, y señal es que si tienes deseos de Dios, que presto vendrá a ti. No te canses de desearlo, que, aunque te parezca que lo esperas y no viene y aunque te parezca que lo llamas y no te responde, persevera siempre en el deseo y no te faltará.

Hermano, ten confianza en Él. Porque debes, hermano mío, asentar en tu corazón que, si estás desconsolado y llamas al Espíritu Santo y no viene, es porque aún no tienes el deseo que conviene para recibir tal Huésped. Y si no viene, no es porque no quiere venir, no es porque lo tiene olvidado, sino para que perseveres en el deseo, y perseverando hacerte capaz de Él, ensancharte ese corazón, hacer que crezca la confianza, que de Su parte te certifico que nadie lo llama que se salga vacío de Su consolación.

¡Y cómo dice esto el real profeta David! El deseo de los pobres no lo menospreció Dios, oyólo el Señor (Sal 21,25) ¿Quién es pobre? Pobre es aquél que desconfía de sí mismo y confía sólo en Dios; pobre es aquel que desconfía de su parecer propio y fuerzas, de su hacienda, de su saber, de su poder; aquel es pobre que conoce su bajeza, su gran poquedad; que conoce ser un gusano, una podredumbre, y pone juntamente con esto su arrimo en sólo Dios y confía que es tanta Su Misericordia, que no le dejará vacío de Su consolación. Los deseos de estos tales oye Dios.

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San Juan de Ávila, “Sermones del Espíritu Santo” (Primer sermón, Domingo infraoctava de la Ascensión).

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Un misterio de Misericordia

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Ofrecemos el testimonio de un seminarista norteamericano que ha participado, por primera vez, en la celebración de la Santa Misa según la forma extraordinaria del Rito romano. Se trata del Hermano Thaddeus Lancton MIC, un seminarista residente en Steubenville, Ohio.

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Recuerdo la voz de mi padre cuando conversando, varios años atrás, me dijo: “Et cum spiritu tuo le decíamos a los sacerdotes en latín”. Es decir: “Y con tu espíritu”.

Él usaría estas palabras en su rol de acólito. Hoy soy, como él, un acólito. Pero a diferencia de mi padre, nunca había acolitado en una Misa Tridentina, la Misa que fue codificada en el Concilio de Trento y que tuvo muy pocos cambios en la forma en que fue celebrada hasta el Vaticano II, cuando fue introducida una nueva forma del Rito Latino.

Gracias al Papa Benedicto XVI, sin embargo, la forma extraordinaria del Rito Latino está ahora al alcance de todos.

Mientras me preparaba con mis hermanos Marianos para la celebración de la forma extraordinaria el día de los Fieles Difuntos en nuestra capilla de Steubenville, Ohio, recuerdo que presté atención a las muchas pinturas en las paredes de la capilla. Estaban el Beato Estanislao Papczynski (1631-1701), fundador de la Congregación de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. El Beato Jorge Matulaitis-Matulewicz (1871-1927), renovador Mariano. Y los mártires marianos de Rosica, Bielorrusia, el Beato Jorge Kaszyra (1904-1943) y el Beato Antonio Leszczewicz (1890-1943).

“Ésta es la forma de la Misa que todos ellos celebraron”, destacó el Padre John Larson, MIC.

En nuestra casa en Steubenville he tenido el privilegio de acolitar en algunas misas “no solemnes”. Pero el 1º de febrero, tuve el don de ser el acólito “del lado de la epístola” para una Misa solemne. La Universidad Franciscana de Steubenville pide a un sacerdote que celebre la forma extraordinaria una vez al mes en la Misa de las 4:00 de la tarde de domingo.

Mientras acolitaba, me sentí paralizado ante la Cruz de San Damián y la imagen de María, nuestra Madre. Me di cuenta de la dignidad del sacerdote: el mismo Padre John, con quien como, rezo, y juego al Uno y al Scrabble. Allí estaba, ofreciendo el Sagrado Cuerpo y la Preciosa Sangre de Jesús. Me sentí tocado por la reverencia, la atención y la devoción de aquellos que participaban. Todos tuvieron paciencia para aguardar al Padre John que distribuía la Santa Comunión a alrededor de 200 estudiantes.

Durante la Misa, hay oportunidad para el silencio. Aunque amo el Novus Ordo – la Misa regular –, este silencio me ha enseñado cómo rezar verdaderamente en la Misa. Me ha enseñado cómo experimentó la Misa Santa Faustina, y cómo comenzó originalmente [el mensaje de] la Divina Misericordia. He buscado la palabra Misa en el glosario del Diario de Santa Faustina, y me he dado cuenta que muchas de sus visiones de Jesús ocurrieron durante la Sagrada Liturgia:

4 de junio de 1937: Hoy es la Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús. Durante la Santa Misa, me fue dado el conocimiento del Corazón de Jesús y de la naturaleza del fuego de amor en el que Él arde por nosotros, y cómo Él es un océano de Misericordia.

22 de marzo de 1937: Durante la Santa Misa, vi al Señor Jesús clavado en la Cruz, en medio de grandes tormentos. Un suave gemido brotaba de Su Corazón. Después de un tiempo, Él dijo: “Tengo sed. Tengo sed de la salvación de las almas. Ayúdame, hija Mía, a salvar almas. Une tus sufrimientos a Mi Pasión, y ofrécelos al Padre Celestial por los pecadores”.

El lenguaje de esta forma extraordinaria habla de un misterio, de un misterio de misericordia. Mientras hay menos “participación” de los laicos, hay mucho más silencio. En Is 30, 15, leemos: “Porque así habla el Señor, el Santo de Israel: en la conversión y en la calma está la salvación de ustedes, en la serenidad y la confianza está su fuerza”.

Estoy aprendiendo que durante esos momentos de calma, debo rezar con el Espíritu Santo, uniendo mi oración a la oración del sacerdote. Rom 8, 26: “Igualmente el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables…”.

De esta forma he aprendido a suplicar verdaderamente al amoroso Salvador por la salvación del mundo. Cuando veo al Jesús escondido, elevado por el P. John, contemplo lo que está sucediendo realmente: el Calvario se está haciendo presente. El amor de Cristo, Su Sagrado Corazón, está siendo ofrecido por el P. John a Dios Padre por mi propia salvación, y por la salvación del mundo entero.

El cambio del Novus Ordo a la forma extraordinaria es bastante difícil, pero estoy aprendiendo a combinar esta calma con los gemidos del Espíritu Santo, para experimentar verdaderamente la salvación ganada para mí en el Calvario. Estoy agradecido de que el P. John esté tan interesado en aprender esta forma de la Misa, porque estoy aprendiendo a apreciar la Misa en una forma nueva – como un Sacrificio. Ciertamente es un Sacrificio por parte de Cristo, pero es también un sacrificio por mi parte. Cuando asisto a la forma extraordinaria, aprendo a dejar de lado mi propio tiempo y mis propias preocupaciones. Verdaderamente aprendo a hacer una pausa mientras el sacerdote reza sus oraciones en silencio, y soy capaz de contemplar a Jesús en la Cruz. No es un tiempo para la prisa sino un tiempo para rezar, para suplicar a Dios que tenga Misericordia de nosotros, pecadores.

¿Por qué?, me pregunto a mí mismo durante la Misa. El cambio es enorme a nivel exterior, pero en un nivel interior, Cristo es el Mismo “ayer, hoy y siempre”. Al experimentar la forma extraordinaria, aprendo acerca de la forma ordinaria, y el cambio de una a otra me ayuda a nunca dar por sentado el maravilloso don de cada Misa: la Misericordia Divina misma, para nosotros pecadores.

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Fuente: The Divine Mercy

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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¿Por qué soy católico?

En qué creemos los católicos

Una de las cosas más lamentables dentro de nuestra Iglesia es el desconocimiento que muchos fieles tienen acerca de los FUNDAMENTOS DE SU FE CATOLICA. Esto es notorio no sólo en el ámbito de la gente sencilla, sino tambiénentre profesionales que ostentan títulos universitarios.

Un cristiano que desconoce los fundamentos de su fe es fácil presa de "cualquier viento que sople". Bien decía San Pedro que todos "debemos estar prestos a dar razón de nuestra esperanza" (1Pe.3,15).

En la antigüedad, cuando alguien era enviado como emisario a algún general, se le entregaba un "símbolo" para que fuera la "contraseña" de su identidad. Al Credo se le ha llamado SIMBOLO DE LOS APOSTOLES, es la "contraseña" de los que nos llamamos cristianos, pertenecientes a la Iglesia Católica, que viene directamente de los Apóstoles. Cuando rezamos el Credo estamos presentando nuestro "símbolo", la "contraseña" de una Iglesia netamente apostólica.

Creemos en un solo Dios Padre Todopoderoso

Alguien escribió que Dios nos creó a "su imagen y semejanza", Pero que los hombres hemos creado a Dios a "nuestra imagen y semejanza". Y este es el gran peligro de una mala educación religiosa. Nos podemos encontrar con el Dios de Aristóteles y el de Confucio y no con el Dios de Jesucristo.

Sin lugar a dudas, los hombres, según nuestra educacióny circunstancias, hemos ido fabricando "nuestro propio dios" a nuestra imagen. Por eso, muchas veces nos ha salido un dios tan egoísta, como nosotros mismos.

Dios se nos "revela" desde el principio como Alguien "celoso" que no admite la coexistencia de otros dioses. No por egoísmo, sino por la sencilla razón de que es un DIOS UNICO.

Este mismo Dios se muestra cercano al hombre. No lo ha creado para "divertirse" con él, o para que le sirva como "esclavo" como los dioses paganos. Dios es un padre que tiene un plan de amor para cada uno de sus hijos los hombres.

Creemos en un Dios Creador del cielo y de la Tierra

Ante todo, hay algo muy importante: creemos que Dios es un Padre que ha querido comunicarse con sus hijos por medio de hombres a quienes El ha ido "inspirando" mensajes a través de la Historia. Estas "revelaciones" se encuentran en la Biblia. Allí se nos habla acerca del principio del mundo y del hombre. "En el principio creó Dios el cielo y la Tierra". La Biblia no es un libro científico sino los habla de un Dios que no ha tenido principio, que es eterno, y que un díafue el "principio" de todo cuanto existe.

Creemos en Jesucristo

Para nosotros los cristianos es fundamental profundizar en la personalidad de Jesús, pues toda nuestra religión está centrada en la persona de Jesús. Si Jesúsde veras es Dios, pues Jesús mismo lo afirmó.

Si Jesús es Dios, entonces nos aferramos totalmente a su mensaje con respecto a la Vida Eterna y a los principios morales que El enseñó de parte de Dios Padre.

A todo cristiano el Señor le pide que se defina con respecto a El. Si toda nuestra creencia se basa en el mensaje de Jesús, debemos estar plenamente convencidos acerca de la personalidad de Nuestro Señor Jesucristo. Todos los hechos y dichos de Jesús confirman que es el HIJO DE DIOS. Su personalidad, la santidad de su vida, sus milagros no dejan la mayor duda acerca de que de veras Jesúses el Mesías anunciado por las Escrituras.

Creemos que nació de María, la Virgen y se hizo hombre

En toda Iglesia Católica del mundo, lo primero que llama la atención, al entrar, es el sagrario: nuestra fe nos habla de la presencia real de Jesús sacramentado. Inmediatamente nuestra vista se fija en alguna imagen de la Virgen María, que siempre se encuentra en algún lugar destacado. Estas son dos devociones esenciales de la Iglesia Católica. Todos los privilegios que adornan a la Virgen Maríatienen su origen en que Ella fue elegida por Dios para ser madre virginalmente de Jesús, el Mesías prometido.

Creemos que Jesús murió y resucitó

Bien decía San Pablo, en su primera carta a los Corintios, que "si Jesúsno hubiera resucitado, nuestra fe sería vana".

Desde el momento que Jesús cumplió la promesa de resucitar, no nos queda otro camino que admitir que Jesús es Dios, y si es Dios, todo lo que nos dijo acerca de la vida y de la muerte, para nosotros es una "revelación" de Dios; lo creemos sin dudar. Nuestra fe no es vana porque Jesús resucitó,y por eso para nosotros Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6).

Durante su vida Jesús no ocultó el fin trágico que le esperaba; pero tampoco silenció su "resurrección", concepto que los apóstoles nunca llegaron a entender mientras Jesús convivía con ellos. Muerte y resurrección son palabras claves en el Evangelio.

En el Nuevo Testamento siempre se describe la "muerte" de Jesús como una muerte "redentora". La palabra "redención", en la actualidad, no es de uso corriente. En la antigüedad cuando alguien iba al mercado de esclavos y pagaba un rescate por un esclavo, estaba efectuando una "redención". Jesús con su muerte pagó nuestra redención.

Creemos en el Espíritu Santo

Para muchos cristianos el Espíritu Santo no pasa de ser una paloma en lo alto del altar. El Espíritu Santo no debe ser una creencia, sino una vivencia. Decir "Creo en el Espíritu Santo", más que el enunciado de un credo, debe ser el testimonio fehaciente del que ha experimentado en su vida la acción del Espíritu Santo. En la última Cena, Jesús, antes de partir de este mundo, les hizo a sus apóstoles una promesa grandiosa. Les dijo que no los iba a dejar "huérfanos", sino que les enviaría el Espíritu Santo que sería su "Consolador", que estaría siempre " en ellos", que les "recordaría" todo lo que El les había enseñado, y que "los llevaría a toda la verdad".

Cada uno de nosotros, el día de nuestro Bautismo, fuimos ungidos con santo Crisma, aceite consagrado, como templos vivos del Espíritu Santo. Jesúsle enseñó a Nicodemo en que consistía ser bautizado en el Espíritu Santo. Le dijo que era "un nuevo nacimiento"; también le afirmó que ese nuevo nacimiento "venía de lo alto", es decir, era un don de Dios para la persona que estuviera dispuesta a abrir su corazón al mensaje de su Palabra. Con la llegada del Espíritu Santa a una persona, vienen los "dones" o regalos del Espíritu Santo a esa persona. La santificación consiste en dejarse guiar por el Espíritu Santo y permitirle que obre en nosotros.

Creo en la Iglesia Católica

Para muchos es muy fácil decir: "Yo acepto a Jesús, pero no quiero nada con la Iglesia". No es raro también encontrarse con grupos de personas que, un día cualquiera de la semana, se reúnen en alguna casa particular o en algún local público para orar y meditar en la Biblia, pero que el día domingo no asisten a ninguna iglesia y no se consideran feligreses de ninguna Iglesia. Hay mucha desorientaciónal respecto. Esos grupos leen muy "superficialmente" la Biblia, si meditaran en profundidad en ella verían que la Biblia lleva al individuo a reunirse en "Iglesia", pero no en una iglesia fabricada a "nuestra manera", sino en la Iglesia que fundó Cristo.

A la Iglesia hay que conocerla para poderla amar y para serle fiel, porque ella es el "Sacramento", algo sagrado que Jesús fundó para que dentro de ella obtuviéramos la salvación.

EPIFANIA

PARA LAS IGLESIAS CATOLICAS DE RITO ORIENTAL Y PARA LAS IGLESIAS ORTODOXAS ESTE CICLO DE EPIFANIA ES EL PUNTO PRINCIPAL DE LA REVELACION DE LA TRINIDAD DIVINA. HOY SEGUN EL CALENDARIO JULIANO QUE LAS COMUNIDADES DE ORIENTE SIGUEN UTILIZANDO EN LAS IGLESIAS ORTODOXAS SE CELEBRA LA NAVIDAD.
 

 
PARA LA IGLESIA LATINA ESTE ES EL DIA EN EL QUE EL SEÑOR SE REVELA A LAS NACIONES.
 
PERO DEJEMOS QUE SAN LEON MAGNO NOS EXPLIQUE:

 
 

Habiendo nacido el Rey del cielo, se turbó el rey de la tierra porque la grandeza de este mundo se anonada en el momento que aparece la majestad del cielo. Mas sé nos ocurre preguntar: ¿qué razones hubo para que inmediatamente que nació en este mundo nuestro Redentor fuera anunciado por los ángeles a los pastores de la Judea, y a los magos del Oriente no fuera anunciado por los ángeles sino por una estrella, para que viniesen a adorarlo?
Porque a los judíos, como criaturas que usaban de su razón, debía anunciarles esta nueva un ser racional, esto es, un ángel; y los gentiles, que no sabían hacer uso de su razón, debían ser guiados al conocimiento de Dios, no por medio de palabras, sino por medio de señales. De aquí que dijera San Pablo: "Las profecías fueron dadas a los fieles, no a los infieles; las señales a los in fieles, no a los fieles", porque a aquéllos se les han dado las profecías como fieles, no a los infieles, y a éstos se les han dado señales como infieles, no a los fieles.
Es de advertir también que los Apóstoles predicaron a los gentiles a nuestro Redentor cuando era ya de edad perfecta; y que mientras fue niño, que no podía hablar naturalmente, es una estrella la que lo anuncia; la razón es porque el orden racional exigía que los predicadores nos dieran a conocer con su palabra al Señor que ya hablaba, y cuando todavía no hablaba lo predicasen muchos elementos.
Debemos considerar en todas estas señales que fueron dadas tanto al nacer como al morir el Señor, cuánta debió ser la dureza de corazón de algunos judíos, que no llegaron a conocerlo ni por el don de profecía, ni por los milagros.
Todos los elementos han dado testimonio de que ha venido su Autor. Porque, en cierto modo, los cielos lo reconocieron como Dios, pues inmediatamente que nació lo manifestaron por medio de una estrella. El mar lo reconoció sosteniéndolo en sus olas; la tierra lo conoció porque se estremeció al ocurrir su muerte; el sol lo conoció ocultando a la hora de su muerte el resplandor de sus rayos; los peñascos y los muros lo conocieron porque al tiempo de su muerte se rompieron; el infierno lo reconoció restituyendo los muertos que conservaba en su poder. Y al que habían reconocido como Dios todos los elementos insensibles, no lo quisieron reconocer los corazones de los judíos infieles y más duros que los mismos peñascos, los cuales aún hoy no quieren romperse para penitencia y rehúsan confesar al que los elementos, con sus señales, declaraban como Dios.
Y aun ellos, para colmo de su condenación, sabían mucho antes que había de nacer el que despreciaron cuando nació; y no sólo sabían que había de nacer, sino también el lugar de su nacimiento. Porque preguntados por Herodes, manifestaron este lugar que habían aprendido por la autoridad de las Escrituras. Refirieron el testimonio en que se manifiesta que Belén sería honrada con el nacimiento de este nuevo caudillo, para que su misma ciencia les sirviera a ellos de condenación y a nosotros de auxilio para que creyéramos.
Perfectamente los designó Isaac cuando bendijo a su hijo Jacob, pues estando ciego y profetizando, no vio en aquel momento a su hijo, a quien tantas cosas predijo para lo sucesivo; esto es, porque el pueblo judío, lleno del espíritu de profecía y ciego de corazón, no quiso reconocer presente a aquel de quien tanto se había predicho.
Inmediatamente que supo Herodes el nacimiento de nuestro Rey, recurre a la astucia con el fin de no ser privado de su reino terreno. Suplica a los magos que le anunciasen a su vuelta el lugar en donde estaba el Niño; simula que quiere ir también a adorarlo, para sí pudiera tenerlo entre manos, quitarle la vida. Mas ¿de qué vale la malicia de los hombres contra los designios de Dios? Escrito está: "No hay sabiduría, ni prudencia, ni consejo contra el Señor". Así la estrella que apareciera guió a los Magos, que hallan al Rey recién nacido, le ofrecen sus dones y son avisados en sueños para que no volviesen a ver a Herodes, y de esta manera sucedió que Herodes no pudiera encontrar a Jesús, a quien buscaba.
¿Quiénes están representados en la persona de Herodes sino los hipócritas, los cuales, pareciendo que sus obras buscan al Señor, nunca merecen hallarlo?
Los Magos ofrecen oro, incienso y mirra; el oro conviene al rey, el incienso se ponía en los sacrificios ofrecidos a Dios; con la mirra eran embalsamados los cuerpos de los difuntos. Por consiguiente, con sus ofrendas místicas predican los Magos al que adoran: con el oro, como rey; con el incienso, como Dios, y con la mirra, como hombre mortal.
Hay algunos herejes que creen en Jesús como Dios, pero niegan su reino universal; éstos le ofrecen incienso, pero no quieren ofrecerle también el oro. Hay otros que le consideran como rey, pero no lo reconocen como Dios: éstos le ofrecen el oro y rehúsan ofrecerle el incienso. Y hay algunos que lo confiesan como Dios y como rey, pero niegan que tomase carne mortal: éstos le ofrecen incienso y oro, y rehúsan ofrecerle la mirra de la mortalidad.
Ofrezcamos nosotros al Señor recién nacido oro, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, creyendo que Aquel que se dignó aparecer en el templo era Dios antes de todos los siglos; ofrezcámosle mirra, confesando que Aquel de quien creemos que fue impasible en su divinidad, fue mortal por haber tomado nuestra carne.
En el oro, incienso y mirra puede darse otro sentido. Con el oro se designa la sabiduría, según Salomón, el cual dice: "Un tesoro codiciable descansa en boca del sabio". Con el incienso que se quema en honor de Dios se expresa la virtud de la oración, según el Salmista, el cual dice: "Diríjase mi oración a tu presencia a la manera del incienso". Por la mirra se representa la mortificación de nuestra carne; de aquí que la Santa Iglesia diga de los operarios que trabajan hasta la muerte por Dios: "Mis manos destilaron mirra".
Por consiguiente, ofrecemos oro a nuestro rey recién nacido si resplandecemos en su presencia con la claridad de la sabiduría celestial. Le ofrecernos incienso, si consumimos los pensamientos carnales, por medio de la oración, en el ara de nuestro corazón, para que podamos ofrecer al Señor un aroma suave por medio de deseos celestiales. Le ofrecemos mirra, si mortificamos los vicios de la carne por medio de la abstinencia. La mirra, como hemos dicho, es un preservativo contra la putrefacción de la carne muerta. La putrefacción de la carne muerta significa la sumisión de este nuestro cuerpo mortal al ardor de la impureza, como dice el profeta de algunos: "Se pudrieron dos jumentos en su estiércol" (Joel, 1, 17). El entrar en putrefacción los jumentos en su estiércol significa terminar los hombres su vida en el hedor de la lujuria. Por con siguiente, ofrecernos la mirra a Dios cuando preservamos a este nuestro cuerpo mortal de la podredumbre de la impureza por medio de la continencia.
Al volver los Magos a su país por otro camino distinto del que trajeron nos manifiestan una cosa que es de suma importancia. Poniendo por obra la advertencia que recibieron en sueñas, nos indican qué es lo que nosotros debemos hacer.
Nuestra patria es el paraíso, al que no podemos llegar, conocido Jesús, por el camino por donde vinimos. Nos hemos separado de nuestra patria por la soberbia, por la desobediencia, siguiendo el señuelo de las cosas terrenas y gustando el manjar prohibido; es necesario que volvamos a ella, llorando, obedeciendo, despreciando las cosas terrenas y refrenando los apetitos de nuestra carne. Por consiguiente, volvemos a nuestra patria por un camino muy distinto, porque los que nos hemos separado de los goces del paraíso con los deleites de la carne, volvemos a ellos por medio de nuestros lamentos.
De aquí que sea necesario, hermanos carísimos, que con mucho temor y temblor pongamos siempre ante nuestra vista, por una parte las culpas de nuestras obras, y por otra el estrecho juicio a que se nos ha de someter. Pensemos en la severidad con que ha de venir el justo juez, que nos amenaza con un estrechísimo juicio y ahora está oculto a nuestra vista; que amenaza con severos castigos a los pecadores, y, no obstante, todavía las espera: que está dilatando su segunda venida para encontrar menos a quiénes condenar. Castiguemos con el llanto nuestras culpas, y prevengamos su presencia por medio de la confesión.
No nos dejemos engañar por fugaces placeres, ni tampoco nos dejemos seducir por vanas alegrías. No tardaremos en ver al juez que dijo: "¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis". Por eso dijo Salomón: "La risa será mezclada con el dolor, y el fin de los goces será ocupado por el llanto". Y en otro lugar dice: "He considerado la risa como un error, y he dicho al gozo: ¿por qué engañas en vano?"
Temamos mucho los preceptos de Dios, si con sinceridad celebramos las fiestas de Dios; porque es un sacrificio muy grato a Dios la aflicción de los pecados, como dice el Salmista: "El espíritu atribulado es un sacrificio para Dios". Nuestros pecados antiguos quedaron borrados al recibir el bautismo; mas después de recibido hemos cometido muchísimos, pero no nos podemos volver a lavar con su agua.
Puesto que hemos manchado nuestra vida después de recibido el bautismo, bauticemos con lágrimas nuestra conciencia, para que, volviendo a nuestra patria por distinto camino del que llevamos, los que nos hemos separado de él atraídos por los bienes terrenales volvamos a él llenos de amargura por los males que hemos obrado, con el auxilio de Nuestro Señor Jesucristo.

San Gregorio Magno (Homilía X in Evangelia)

 

 

LA GRAN FIESTA DE LA EPIFANÍA

 

Hasta la edad de 30 años nuestro Señor Jesucristo vivió con Su Madre en la pequeña ciudad de Nazaret. Ayudando al anciano José en sus trabajos de carpintería, no se daba a conocer por nada especial, y la gente Lo consideraba como a uno de los hijos de José. Pero he aquí, se acercó la hora de comenzar Su servicio público. Entonces Dios, en cierta visión especial, ordenó al profeta Juan el Bautista, que vivía en el desierto, comenzar la predicación del arrepentimiento ante todo el pueblo y bautizar en el Jordán a todos los arrepentidos, como señal del deseo de ellos de limpiarse de sus pecados. El lugar donde el profeta Juan comenzó su prédica se llamaba: "desierto de Judea," situado en la orilla oeste del Jordán y del mar Muerto.

El evangelista Lucas nos proporciona valiosos datos históricos acerca de este decisivo período, mas precisamente, que en ese tiempo Palestina, que entraba en el conjunto del imperio romano, era gobernada por cuatro gobernantes, tetrarcas. En aquel entonces el emperador era Tiberio, hijo y heredero de Octavio Augusto, durante cuyo reinado había nacido Jesús. Tiberio subió al trono después de la muerte de Augusto en el año 767 después de la fundación de Roma, pero ya dos años antes, desde el 765 gobernaban en conjunto, y por lo tanto, el año l5 de su gobierno comenzaba en el 779, cuando el Señor cumplió 30 años de edad, — la edad exigida para ser un maestro de la fe.

En Judea, en lugar de Arquelao gobernaba el procurador romano Poncio Pilato, en Galilea — Herodes Antipas, hijo de aquel Herodes el Grande, que mató los niños en Belén; su otro hijo, Felipe, gobernaba el país de Iturea, ubicado hacia el este del Jordán y de Trajonite, en el noreste del Jordán; en la cuarta provincia, Abilinia, que lindaba por el noroeste con Galilea, al pie de la montaña de Antilivan, gobernaba Lisanias. En aquél entonces los sumo sacerdotes eran Ana y Caifás. En realidad el sumo pontífice era Caifás, y Ana o Anan era su suegro, quien había sido apartado de sus deberes por las autoridades gubernamentales romanas, pero gozaba de autoridad y respeto sobre el pueblo y dividía el poder con su yerno.

Los evangelistas llaman a Juan el Bautista "voz clamante en el desierto," porque él exhortaba enérgicamente a la gente: "Preparad el camino del Señor, haced que sea recto Su camino." Estas palabras son tomadas de las palabras del profeta Isaías, donde él consuela a Jerusalén, diciendo, que ya había terminado el tiempo de su humillación y pronto vendría la gloria del Señor, y "se manifestará la gloria de Dios, y toda carne juntamente la verá" (Isaías 40:5). Juan el Bautista explica esta profecía (Juan l:23) en forma de prototipo: debajo de la figura del Señor que marcha a la cabeza de Su pueblo que regresa de Su cautiverio, se entiende al Mesías, y como el mensajero — Su Antecesor, Juan. Por desierto, en sentido espiritual, se figura al mismo pueblo de Israel, y las irregularidades que debieran ser quitadas, como los obstáculos para la venida del Mesías — son los pecados y las pasiones de los hombres; he aquí porque la esencia de toda la predicación del Bautista se reducía propiamente en un solo llamado: ¡Arrepentíos! Esto era la proto-imagen de la profecía de Isaías. El último de los profetas antiguos, Malaquias, declara directamente, llamando al Bautista "Ángel de Dios," preparador del camino para el Mesías.

Juan el Bautista, relacionaba su prédica acerca del arrepentimiento, a la aproximación del Reino Celestial, es decir el Reino del Mesías (Mateo 3:2). La Palabra de Dios, entiende bajo este Reino, a la liberación del hombre del poder del pecado y la instauración del imperio de la justicia en su corazón (Lucas l7:21; Romanos l4:17). Es natural y evidente, que la gracia Divina, instalándose en los corazones humanos, los congrega en una sociedad, o Reino, denominado también Iglesia (Mateo l3:24-43, 47-49).

Preparando a los hombres para el ingreso en este Reino, que se desplegará pronto con la venida del Mesías, Juan convoca a todos al arrepentimiento, y a los que respondieron a este llamado, los bautizaba "con el bautismo del arrepentimiento para el perdón de los pecados" (Lucas 3:3). Esto no era todavía el bienaventurado bautismo cristiano, sino solo la inmersión en el agua como símbolo, de que el arrepentido deseaba la purificación de los pecados, en forma semejante, a como el agua limpia su cuerpo de la suciedad.

Juan el Bautista era un austero asceta, usaba ropas toscas de pelo de camello y se alimentaba con ácaros (género de langosta) y miel salvaje. Él representaba en sí mismo lo radicalmente opuesto a sus contemporáneos, los preceptores del pueblo hebreo, y su predicación acerca de la proximidad del Mesías, Cuya venida muchos esperaban tan ansiosamente, no podía no llamar la atención general. Hasta el historiador de los judíos José Flavio testimonia que el "pueblo, extasiado por las enseñanzas de Juan se congregaba hacia él en grandes multitudes" y que el poder de este hombre sobre los judíos era tan grande, que estaban dispuestos a hacer todo lo que él aconsejare, y hasta el mismo rey Herodes (Antipas) temía el poder de este gran maestro. Ni siquiera los fariseos ni los saduceos podían mirar con indiferencia, como el pueblo en masa iba hacia Juan, y ellos mismos tuvieron que ir al desierto hacia él, aunque es dudoso que todos ellos fueran con sentimientos sinceros. Por ello no es extraño que Juan los reciba con palabras severas y acusadoras: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? (Mateo 3:7). Los fariseos ocultaban hábilmente sus vicios con el estricto cumplimiento de las prescripciones puramente exteriores de las leyes de Moisés, y los saduceos, entregándose a sus satisfacciones físicas, negaban aquello, que contradecía su modo de vida epicúreo: la paz espiritual y la retribución de ultratumba.

Juan les reprocha su soberbia, les reconviene de la certeza en su propia justicia, y les sugiere que la esperanza de ser los descendientes de Abraham no les traerá ningún beneficio si no realizan frutos, dignos de arrepentimiento, pues "todo árbol, que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego" (Mat. 3:l0; Luc. 3:9), como algo que no sirve para nada. Los verdaderos hijos de Abraham no son aquellos que descienden de él por la carne, sino los que habrán de vivir en el espíritu de su fe y fidelidad a Dios. Si no os arrepentís, Dios os rechazará y llamará a vuestro lugar a nuevos hijos de Abraham en el espíritu (Mateos 3:9; Lucas 2:8).

Turbados por la severidad de sus palabras la gente preguntaba: ¿Qué haremos? (Lucas 3:11) Juan contesta, que es indispensable hacer obras de misericordia y amor, y abstenerse de todo mal. Y estos son precisamente aquellos: "frutos dignos de penitencia," — es decir actos buenos, contrarios a aquellos pecados que ellos realizaban.

Eran aquellos los tiempos cuando todo el mundo esperaba al Mesías, y entretanto, además los hebreos también creían, que el Mesías, cuando viniera, iba a bautizar (Juan l:25). No es de extrañar entonces, que muchos se hicieran la pregunta: ¿no será el Cristo, el mismo Juan? Juan respondía a esto, que él bautiza en agua para el arrepentimiento (Mateo 3:l0), es decir como señal para el arrepentimiento, pero que tras de él viene Uno más Poderoso que él, a Quien él, Juan, no es digno de desatar los cordones de Su calzado, como lo hacen los siervos a su señor. "Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mateo 3:11; Lucas 3:16; Marcos l:8) — y en su bautismo actuará la gracia del Espíritu Santo, como fuego, quemando toda inmundicia pecaminosa. "Su aventador está en Su mano, y limpiará Su era; y recogerá Su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará" (Mateo 3:12; Lucas 2:17) es decir Cristo limpiará a Su pueblo, como el dueño limpia su era, de la cizaña y la basura, y Su trigo, es decir a los que creyeron en Él, los reunirá en Su Iglesia, como en un granero, y a los que Lo aborrecieron, los arrojará a eternos tormentos.

 

Entonces, de entre toda la otra gente, también vino a Juan, Jesucristo de Nazareth de Galilea, para ser bautizado por él. Juan nunca antes había visto a Jesús y por eso no sabía Quien era Él. Pero cuando Jesús se acercó para ser bautizado, Juan, como profeta, percibió Su Santidad, pureza e infinita superioridad sobre sí mismo, y por ello dijo asombrado: "¡Yo necesito ser bautiz

ado por Ti! ¿Y Tú vienes a mí?""Así conviene que cumplamos toda justicia" — contestó con mansedumbre el Salvador. (Mateo 3:14-l5). Con estas palabras el Señor Jesucristo quiso decir, que Él, como engendrador del nuevo regenerado género humano, debía mostrar con Su Propio ejemplo la necesidad de cumplir todo lo que está establecido por Dios, entre lo que también estaba el bautismo.

No obstante, "bautizado, Jesús luego subió del agua" (Mateo 3:l6) porque Él no tenía necesidad de confesarse en pecados como toda la otra gente, que permanecía en el agua mientras se confesaba de sus pecados. Habiéndose bautizado, Jesús, según las palabras del Evangelista, oraba, evidentemente, acerca de que el Padre Celestial bendijera el comienzo de Su servicio.

"Y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio Juan al Espíritu de Dios Quien descendía como paloma y venía sobre Él." Evidentemente, no sólo Juan vio el Espíritu de Dios sino que también lo vio el pueblo que estaba allí reunido, por cuanto el propósito de este milagro era presentar al pueblo a Jesús como Hijo de Dios, Quien hasta entonces había permanecido en el anonimato. Es por eso que en el día del bautismo del Señor, llamado también Aparición del Señor, en el oficio de la iglesia se canta: "Te presentaste hoy al universo…" Según el Evangelista Juan, el Espíritu de Dios no sólo descendió sobre Jesús, sino que permaneció en Él (Juan l:32).

El Espíritu Santo se presentó en figura de paloma porque esa era la forma más explícita de presentar Sus cualidades. En las enseñanzas de San Juan Crisóstomo, se dice: "la paloma es un ser extremadamente manso y limpio. Y como el Espíritu Santo es un Espíritu de mansedumbre, en tal manera se presentó". San Cirilo de Jerusalén explica que "en la época de Noé una paloma anunció la finalización del diluvio universal, trayendo una ramita de olivo, así también ahora el Espíritu Santo anuncia la remisión de los pecados en forma de paloma. Otrora una ramita de olivo, ahora la misericordia de nuestro Dios."

La voz del Dios Padre: "Este es Mi Hijo amado, en quien tengo complacencia," indicó a Juan el Bautista y al pueblo presente la dignidad Divina del Bautizado, como Hijo de Dios, en Su propio sentido, Hijo Único, en El que permanece eternamente la benevolencia del Dios Padre; y al mismo tiempo estas palabras del Padre Celestial contestaban las plegarias de Su Divino Hijo acerca de la bendición para el comienzo de la gran hazaña de la salvación humana.

 

Nuestra Iglesia festeja el bautismo del Señor el 6 de enero, llamándolo — Aparición del Señor, por cuanto en este acontecimiento se presentó ante la gente toda la Santísima Trinidad — Dios Padre — con la voz desde los cielos, Dios Hijo — con el bautismo por Juan en el Jordán, Dios Espíritu Santo — descendiendo en forma de paloma sobre Jesucristo. La festividad del Bautismo, al igual que la festividad de la Pascua, son los festejos cristianos más antiguos. Siempre es recibido por los cristianos con gran expectativa e importancia, porque les recuerda su propio bautismo, lo que los induce a comprender aún más profundamente la fuerza y el significado de este sacramento.

Para el cristiano, dice el padre de la Iglesia de los primeros siglos, san Cirilo de Jerusalén, las aguas bautismales son "tanto el ataúd como la madre." El ataúd para su anterior vida pecaminosa en ausencia de Jesús, y madre de su nueva vida en Cristo y en el Reino de Su inconmensurable verdad. El bautismo — es la puerta por la que se sale del reinado de las tinieblas y se entra al Reinado de la luz: "Los bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido ataviados" — El que es bautizado en Cristo está envuelto en la túnica de la rectitud y la justicia de Cristo, se asemeja a Él, comienza a participar en Su santidad. La fuerza del bautizo consiste, en que el bautizado recibe la capacidad y la fuerza para amar a Dios y a sus semejantes. Este amor cristiano lo induce hacia una vida justa y recta y le ayuda a vencer su adicción al mundo y a sus placeres pecaminosos.

 

Tropario, Tono 1:

Al bautizarte en el Jordán, oh Señor, se manifestó la adoración a la Trinidad: porque la voz del Padre dio testimonio de Ti, llamándote su Hijo muy amado, y el Espíritu, en forma de paloma, confirmó la veracidad de estas palabras. Oh Cristo Dios que Te manifestaste e iluminaste al mundo, gloria a Ti.

Kontaquio Tono 4:

Hoy Te has aparecido al mundo y Tu luz, oh Señor, se ha grabado sobre nosotros que, conociéndote, Te cantamos: has venido y Te has manifestado, oh Luz inaccesible.

Santificación de las aguas en la festividad del Bautismo.

El ceremonial de la gran santificación de las aguas surgió de la costumbre de bautizar a los catecúmenos en vísperas de la Aparición del Señor. La misma oración de la santificación de las aguas en la fiesta de la Aparición del Señor, es tomada de la ceremonia del bautismo, y no es otra cosa, que una posterior reelaboración de ella. Es por eso que las mas antiguas crónicas hacen referencia a que esta ceremonia se realizaba en la tarde y la noche, en la víspera de esta festividad y no el mismo día de la Aparición del Señor. Esta costumbre de santificar las aguas por única vez en las vísperas de la Aparición del Señor se mantuvo hasta los siglos 11-12. En nuestros tiempos, por influencia del reglamento de Jerusalén, se afirmó la costumbre de santificar dos veces las aguas: en vísperas y durante el día de la Aparición del Señor.

En cuanto a lo que se refiere a la práctica existente en la iglesia, entre nosotros en todos lados en las catedrales de todos las ciudades, el 6 de enero, después de la liturgia, con la participación de todo el clero parroquial, se dirigen en solemne procesión, portando la Cruz, al así llamado "Jordán," que se organiza generalmente en el río, para realizar allí la gran santificación de las aguas. En las aldeas también se realiza, en el momento señalado, la procesión hacia el río o alguna otra gran fuente de agua para la gran santificación. En caso de que el río esté demasiado alejado del templo, se preparan grandes cubas, tinajas o toneles para la Gran santificación.

 

 

 

Explicación de la Epifanía

 

Por el Protopresbítero Thomas Hopko

El día 6 de enero se celebra la fiesta de la Epifanía o la Teofanía. Originalmente era la fiesta cristiana única,  de la manifestación de Dios al mundo en la persona de Jesús de Nazaret. Incluía la celebración del nacimiento de Cristo, la adoración de los Reyes Magos, y todos los acontecimientos de la niñez de Jesucristo como su circuncisión y presentación en el templo, así como su bautismo por San Juan en el Río Jordán. Es casi una certeza que esta fiesta, al igual que la Pascua de Resurrección y Pentecostés, se entendía como el cumplimiento de una fiesta judía previa, en este caso, la Fiesta de las Luces.

La palabra Epifanía significa manifestación. Frecuentemente se refiere a esta fiesta como la Teofanía, tal como se dice en los libros litúrgicos de la Iglesia Ortodoxa, palabra que significa Manifestación de Dios. El énfasis que se da a esta fiesta hoy en día está en la venida de Jesús como el Mesías de Israel y el Hijo de Dios, Uno de la Santa Trinidad, junto al Padre y el Espíritu Santo.

Así, en Su bautismo por Juan en el Jordán, Jesús se identifica ante los pecadores como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29), el “Amado” del Padre cuya tarea mesiánica es la de redimir a los seres humanos de sus pecados. (Lucas 3,21; Marcos 1,35) Es revelado como uno de la Santísima Trinidad, de quien  da testimonio  la voz del Padre, y el Espíritu en forma de paloma. Los himnos de la fiesta glorifican esta Epifanía trascendental, es decir, manifestación.

Cuando fuiste bautizado Señor, en el Río Jordán,

fue revelada la adoración de la Santísima Trinidad.

Porque la voz del Padre dio testimonio de Ti,

llamándote Hijo muy Amado.

Y el Espíritu en forma de paloma confirmó la inmutabilidad de esas palabras.

Oh Cristo Dios, que apareciste al mundo, gloria a Ti.

(Tropario de la Fiesta)

 

Hoy te manifestaste al universo,

y Tu Luz, oh Señor, ha brillado sobre nosotros,

quienes con entendimiento clamamos a Ti:

Tú has venido y Te has revelado,

 oh  Luz  Inaccesible.

(Kontakion)

 Los oficios litúrgicos de la Teofanía reproducen a los de la Navidad, aunque lo más probable es que haya sido la Epifanía la que sirvió de modelo para la Navidad, ya que la Navidad fue establecida como fiesta más tarde. En la mañana de la víspera de la fiesta, se celebran las Horas Reales junto a Vísperas y la Divina Liturgia de San Basilio el Magno. La vigilia de la fiesta consiste en Completas Mayores y Matutinos.

Las profecías que se leen en la Teofanía repiten las palabras de Isaías “Dios está con nosotros” y enfatizan la predicha venida del Salvador así como la venida de su precursor, San Juan Bautista:

 Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájase todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane; y toda carne verá la salvación de Dios.  (Isaías 40,3-5; Lucas 3,4-6)

El versículo bautismal de Gálatas 3,37 reemplaza otra vez al Trisagion. Las lecturas del Evangelio seleccionadas para leer en todos los oficios de la Teofanía hablan del bautismo de Jesús por Juan en el Río Jordán. La lectura de la Epístola en la Divina Liturgia habla de las consecuencias de la manifestación del Señor:

 Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. (Tito 2,11-14)

La característica principal de la fiesta de la Epifanía es la Bendición Mayor de las Aguas. De acuerdo con las indicaciones de la Iglesia, se debe celebrar esta bendición después de la Divina Liturgia tanto en la víspera de la fiesta como en la fiesta misma. En la mayoría de las parroquias, sin embargo, generalmente se hace una sola vez, y en una oportunidad en que el mayor número de fieles posible pueda participar. Comienza con la entonación de los himnos especiales de la Fiesta, y luego el celebrante inciensa el agua, que ha sido puesto en un recipiente en medio del templo. Rodeado por velas y, en algunos casos, también flores, esta agua representa el bello mundo de la creación original de Dios y el mundo glorificado por Cristo en el Reino de Dios. A veces se celebra esta bendición de las aguas afuera, cuando la Iglesia esta situada en la proximidad de un río.

La voz del Señor clama diciendo, tomad todos, el espíritu de sabiduría, espíritu de entendimiento, por la manifestación de Cristo.

 Hoy la naturaleza de las aguas se santifica, el Jordán se divide y sus aguas dejan de correr; porque en él se ve al Señor lavado.

Oh Cristo Rey, como hombre viniste al río para lavarte. Tomaste la iniciativa para recibir el bautismo como esclavo de la mano del Precursor por nuestros pecados, oh Amante de la Humanidad.

(Himnos de la Bendición Mayor de las Aguas)

Luego se leen tres lecturas de la Profecía de Isaías acerca de la era mesiánica:

Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo…. (Isaías 35,1-10)

A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche… (Isaías 55,1-13)

 

Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación. Y diréis en aquel día: Cantad al Señor, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras … su Nombre es engrandecido … Regocíjate y canta … (Isaías 12,3-6)

Después de la Epístola (I Corintios 10,1-4) y la lectura del Evangelio (Marcos 1,9-11), se entona una especial letanía mayor que invoca la gracia del Espíritu Santo sobre el agua y sobre todos aquellos que participarán de ella. Se finaliza con la gran oración de la glorificación cósmica de Dios en la cual se invoca a Cristo a santificar el agua, y a todos los seres humanos y la creación entera, por la manifestación de Su Presencia Divina, Salvífica y Santificadora, mediante la venida del Santo, Bueno y Vivificador Espíritu.

Mientras se canta el tropario de la fiesta, el celebrante sumerge  la cruz tres veces  en el agua, y luego procede a rociar con agua hacia los cuatro puntos cardinales. Acto seguido, bendice a todos los presentes con esta agua. Durante los días siguientes, bendice los hogares de los fieles con el agua bendita, que representa la salvación de toda la humanidad y de la creación entera, que Cristo ha llevado a cabo mediante Su Epifanía en la carne, por la vida del mundo.

Algunas veces, se piensa que la bendición del agua, y la práctica de tomarla y rociarla sobre todas las personas y cosas, es un paganismo que erróneamente ha entrado a la Iglesia Cristiana. Sabemos, sin embargo, que este ritual fue practicado por el Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, y que en la Iglesia Cristiana tomó un significado nuevo y especial.

Pues en  nuestra fe cristiana, por la inmersión de Cristo en las aguas del Jordán, toda materia ha sido santificada y purificada en Él, limpiada de sus gérmenes mortíferos heredados del demonio y de la corrupción de los seres humanos. En la Epifanía del Señor, toda la creación se vuelve buena de nuevo, por cierto “muy buena”, tal como Dios mismo la hizo y proclamó que era en el principio cuando “el espíritu de Dios se movía sobre las aguas” (Génesis 1,2) y cuando el “Espíritu de Vida” estaba en el ser humano y en todo ser hecho por Dios. (Génesis 1,30; 2,7)

 El mundo y todo cuanto hay en él ciertamente es “muy bueno” (Génesis 1,31) y cuando se vuelve contaminado, corrupto y muerto,  Dios lo salva nuevamente mediante la “nueva creación” en Cristo, Su Hijo Divino y Nuestro Señor, por la gracia del Espíritu Santo. (Gálatas 6,15) Esto es lo que se celebra en la Epifanía, y de modo especial en la Bendición Mayor de las Aguas. La consagración de las aguas en esta fiesta coloca el mundo entero, a través de su materia elemental, el agua, en la perspectiva de la recreación, santificación, y glorificación cósmicas del Reino de Dios en Cristo y en el Espíritu. Nos dice que el fin último del ser humano y el mundo es ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3,19), “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. (Efesios 1,23) Nos dice que Cristo, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad,” es y verdaderamente será “el todo, y en todos”. (Colosenses 2,9; 3,11) Nos dice, además, que “el nuevo cielo y la nueva tierra” que Dios nos  ha prometido mediante sus profetas y apóstoles (Isaías 66,22; II Pedro 3,13; Apocalipsis 21,1) en verdad ya están “con nosotros” en el misterio de Cristo y Su Iglesia.

 Así la santificación y el rocío del agua de la Epifanía  no es ningún ritual pagano. Es  expresión de la auténtica visión cristiana del ser humano, de su vida y de su mundo. Es el testimonio litúrgico  de que la vocación y el destino de la creación es de ser llena “de toda la plenitud de Dios”. (Efesios 3,19).

FELIZ AÑO 2009

 

 

Cada año, en estas fechas, nos encontramos para felicitarnos unos a otros diciendo: “próspero año nuevo”, y muchas veces pasa el año sin sentir que era nuevo, pues se parece a los anteriores: tuvimos momentos tanto de alegría como de tristeza;  de hambre,  y comimos; había algunos ricos y otros pobres; unos murieron y otros nacieron. Y concluimos que “nada nuevo hay bajo el sol.” (Eclesiastés1:9).

Entre tanto leemos que San Pablo nos dice: “todas las cosas son hechas nuevas” (2Cor.5:17). El Señor mismo nos dice en el Libro del Apocalipsis: “he aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Apo.21:5) ¿en que consistirá la novedad descrita?

Un día preguntaron a un monje que cómo se protegía a si mismo del fracaso. Contestó él que cada día al levantarse, se decía a si mismo: “este es mi primer día de monje.”

Pues, la novedad no viene de afuera, ya que “nada nuevo hay bajo el sol” sino de como miramos a las cosas. En Cristo “todo es nuevo” porque los sentidos y las preguntas cambian:

sobre la felicidad: ¿cómo descanso? Se cambia por ¿para quien me canso?

sobre el dinero: ¿cómo lo aumento en la bolsa? a ¿en qué lo estoy gastando?

Frente a la muerte: ¿cómo alejo a este desconocido? a ¿qué he preparado frente a este vencido?

Preguntarse de tal manera no es sino el arrepentimiento, “el bautizo de las lágrimas” que me devuelve, como lo hacía con el mencionado monje, a mi primer día de ser cristiano, a mi bautizo donde, revestido de Cristo, me volví “la nueva criatura.”

Feliz año nuevo.

(FUENTE IGLESIA ANTIOQUENA EN MEXICO)

La SANTA MISA.

 

VISIONES SOBRE LA SANTA MISA DE ANA CATALINA EMMERICH
 

1. El valor de la santa Misa

"En la festividad de San Isidro Labrador me fueron enseñadas muchas cosas acerca del valor de la Misa que se dice y que se oye. Supe que es una gran dicha que se digan tantas misas, aunque las digan sacerdotes ignorantes o indignos, pues mediante ellas se libran los hombres de peligros, castigos y azotes de todo género. Conviene que muchos sacerdotes no sepan lo que hacen; que si lo supieran, no celebrarían por temor, ni ofrecerían el santo Sacrificio.
 
 
* * *
 
Vi cuan admirables bendiciones nos vienen de oír la santa Misa y que con ellas son impulsadas todas las buenas obras y promovidos todos los bienes y que muchas veces el oírla una sola persona de una casa basta para que las bendiciones del cielo desciendan aquel día sobre toda la familia. Vi que son mucho mayores las bendiciones que se obtienen oyéndola, que encargando que se diga y se oiga por otros. Vi que las faltas que se cometen en la Misa son compensadas con auxilios sobrenaturales.
 
 
2. Imagen de las distracciones de un sacerdote en la santa Misa.
 
Tuve también una visión acerca de las faltas cometidas en el servicio divino celebrado en la tierra y vi como estas faltas son suplidas y remediadas de modo sobrenatural. Pero me es difícil y aún imposible decir cómo he visto todo esto; cómo se comprenden y se armonizan entre sí todos estos cuadros y cómo cada uno de ellos se explica y aclara en otro.
 
* * *
Es muy de notar que las faltas y negligencias cometidas en la celebración del culto aquí en la tierra sólo hace culpable al que incurre en ellas, porque el culto divino debido al Señor se compensa y se suple de un modo más elevado. Así se me representan principalmente, entre otras faltas, las distracciones de los sacerdotes mientras ejercen el ministerio, por ejemplo, mientras celebran la Misa; veo al sacerdote allí donde están sus pensamientos y entre tanto veo en el altar, en lugar de él, a un santo que hace sus veces.
 
* * *
Estos cuadros muestran de un modo espantoso la gravedad de la culpa del que celebra los sagrados ministerios sin devoción ni atención. Así, por ejemplo, veo salir de la sacristía a un sacerdote revestido para decir misa; pero en vez de acercarse al altar, sale de la iglesia y se dirige a una fonda, o a un huerto, o va a cazar a casa de alguna persona, o a leer, o a alguna reunión; lo veo aquí o allá, adonde van sus pensamientos, precisamente como si él fuese en persona a esos lugares, lo cual causa compasión y vergüenza. Pero es conmovedor ver que, entretanto, un sacerdote santo celebra los divinos oficios en lugar de aquel otro que divaga. Con frecuencia veo al tal sacerdote alguna vez en el altar, pero muy pronto se vuelve a otro lugar poco conveniente. A veces veo que estas distracciones duran largo rato. La enmienda se me representa en estos casos en forma de constancia y recogimiento en el culto.
 
* * *
 
En varios lugares veo quitar mucho polvo y basura de los vasos sagrados, los cuales se vuelven resplandecientes y como nuevos.
 
3. Ve la excelencia y la significación de la santa Misa.
 
Veo en todas partes sacerdotes rodeados de las gracias de la Iglesia y de los tesoros de los méritos de Jesús y de los santos, enseñando, predicando y ofreciendo el santo Sacrificio, pero muertos y tibios espiritualmente. Me fue mostrado un pagano que en lo alto de una columna hablaba de un nuevo Dios, con tal elocuencia que todo el pueblo se conmovió y participó de sus sentimientos y deseos.
 
 
 
* * *
Estas visiones me han turbado de día y de noche, tanto que no sé qué partido tomar. El estado actual de miseria y corrupción se me muestra en relación con un estado anterior mejor que el actual, y así tengo que orar sin intermisión.
 
* * *
¡Cosa monstruosa es celebrar indignamente la Misa! ¡Oh! ¡no es indiferente el celebrarla bien o mal! Supe por un cuadro inmenso de los misterios de la santa Misa, que todo lo que hay de santo desde el principio del mundo se refería a ella. He visto el Alfa y el Omega. He visto la significación del círculo, de la forma redonda de la tierra y de los cuerpos celestes, de los contornos redondos de las apariciones y de la hostia. He visto la correlación de los misterios de la Encarnación, de la Redención y del santo sacrificio de la Misa y cómo María comprende lo que ni el mismo cielo puede comprender. Estas visiones se extendían a todo el Antiguo Testamento. Vi los sacrificios desde la primera oblación y entendí la admirable significación de los santos huesos. Vi la significación de las reliquias de los altares donde se dice la Misa.
 
* * *
 
Vi los huesos de Adán descansar en el monte Calvario y por cierto algo sobre el nivel del mar, exactamente bajo el lugar en que Cristo fue crucificado. Miré dentro de una cueva y vi el esqueleto de Adán. Vi que las aguas del diluvio habían dejado intacto este sepulcro; que Noé tenía en el arca parte de esos huesos; que los puso en el altar cuando ofreció el primer sacrificio, como después hizo Abrahán, y que los huesos que éste colocaba en el altar eran los mismos de Adán, que había recibido de Sem. Así la muerte de Jesucristo en el Calvario, sobre los huesos de Adán, es una significación de la santa Misa, que se celebra sobre las reliquias que están en el ara del altar. Los sacrificios de los patriarcas eran una preparación a este sacrificio de la Misa. Así, mediante los huesos que los patriarcas ponían sobre el altar, recordaban a Dios sus promesas.
 
4. Ve a Noé y a Moisés ofrecer sacrificios.
 
Vi a Noé ofrecer en el arca sacrificios de incienso; el altar estaba cubierto de blanco y rojo. Siempre que sacrificaba u oraba ponía en él los huesos de Adán. Estos huesos los poseyó luego Abrahán, a quien los vi poner en el altar de Melquisedec. La parte posterior del altar miraba al norte. Los patriarcas edificaban siempre el altar en esta posición, porque el mal venía del Norte.
 
* * *
También vi a Moisés orando ante un altar donde estaban los huesos de Jacob. Cuando derramaba sobre el altar alguna cosa, levantábase una llama y en ella echaba el incienso y los perfumes. En la oración conjuró a Dios por la promesa que el mismo Dios había hecho a aquellos huesos. Oró muy largo tiempo hasta que le rindió el cansancio; pero a la mañana siguiente se levantó para orar de nuevo. Moisés oró con los brazos en cruz. Dios no puede resistir a esta oración, pues su propio Hijo ha perseverado orando así en la cruz hasta la muerte. Como había visto orar a Moisés, así vi también orando a Josué cuando el sol se detuvo por su mandato.
 
5. Ve a la Virgen y a San Juan en la representación de la santa Misa.
 
He invocado a Dios Padre pidiéndole que se digne mirar a su divino Hijo, que a cada instante satisface por los pecadores, que ahora mismo se ofrece y se ofrece incesantemente de nuevo. Entonces he visto la representación del Viernes Santo y que el Señor se ofrece en el altar del sacerdote celebrante como se ofreció en la cruz y he visto de un modo vivo, al pie de la cruz a María y al discípulo Juan. Esto lo veo a cada momento, de día y de noche, y veo la comunidad de los fieles, si oran bien o mal, y cómo desempeñan los sacerdotes su ministerio. Veo primeramente a la iglesia de aquí y después las iglesias y comunidades próximas, como se ve a un cercano árbol cargado de frutas y alumbrado por el sol, y a lo lejos, otros, agrupados o formando bosques.
 
* * *
Veo a todas horas, de día y de noche, las misas que se dicen en todo el mundo y en comunidades muy remotas! donde todavía se celebra como en tiempos de los apóstoles. Sobre el altar veo en visión una asistencia especial con que los ángeles suplen las negligencias de los sacerdotes. Por las faltas de devoción de los fieles ofrezco yo también mi corazón y pido a Dios misericordia. Veo a muchos sacerdotes que desempeñan su ministerio de un modo deplorable. Guardan las formas, pero muchas veces no se cuidan del espíritu. Siempre tienen presente que los está viendo el pueblo, y con esto no piensan que los ve Dios. Los escrupulosos quieren convencerse de su propia devoción. 
 
* * *
 
Muchas veces, durante el día, estoy viendo de esta manera la celebración de la Misa por todo el mundo; y cuando me dirigen alguna pregunta, me parece como si tuviera que interrumpir una ocupación para hablar con un niño curioso. Es tanto lo que Jesús nos ama, que perpetúa en la Misa la obra de la Redención; la Misa es la redención oculta que se realiza constantemente en el Sacramento. Todo esto lo vi desde mis primeros años y creía que todos los hombres lo veían como yo.
 
 
6. Ve una representación de la misa sacrílega.
 
Cuando vi a mi derecha la espantosa imagen del niño crucificado, me volví a la izquierda; pero seguía viéndolo. Entonces pedí a Dios que se dignara librarme de aquella escena y mi Esposo celestial me dijo: "Mira otra cosa peor aún; mira cómo me tratan diariamente en todo el mundo". Vi entonces a los sacerdotes que celebran la Misa en pecado mortal. Vi la Hostia sobre el altar, como un niño vivo, y vi que era despedazado en la patena y ofendido de un modo horrible: sacrificarlo así es asesinarlo.
 
* * *
 
Vi además un número indecible de infelices que son hoy en día oprimidos, atormentados y perseguidos en muchas partes y vi que todo esto sucedía como en la persona del mismo Jesús. Son malos estos tiempos y no hay recurso alguno. Sobre el mundo se extiende una niebla espesa de pecados y todas las cosas se hacen con tibieza e indiferencia.
 
* * *
 
También en Roma vi a malos sacerdotes atormentar de esta manera al Niño Jesús en la Misa. Ellos querían ver al Papa y exigirle una cosa muy peligrosa. Pero el Papa veía lo mismo que yo: que un ángel los rechazaba con una espada desnuda siempre que pretendían acercarse a él."
 
* * *
 
ANA CATALINA EMMERICK: Visiones y Revelaciones completas, Según anotaciones de C. Brentano, B. Overberg y G. Wesener. Tomo !, pp. 299-303, Ed. Guadalupe, 2ª edición, Bs. Aires, 1953. Visto en "Misa Tridentina". Fotos: "N.L.M."
 
"OH CRISTO, NUESTRO DIOS, HAZNOS DIGNOS, EN LA FESTIVIDAD DE TU GLORIOSO NACIMIENTO, DE DARTE GRACIAS CON JUBILO, DE HONRARTE, ADORARTE Y ENSALZARTE, JUNTO CON TU MADRE, Y JOSE, Y JOSE TU ESCOGIDO"
 
Oracion inicial de la Divina Litugia de Navidad Maronita (Siglo IV)
 
 
 

 
 
“Tu nacimiento, Cristo nuestro Dios,
ha mostrado al mundo la luz de la sabiduría.
Porque los que adoraban las estrellas
fueron enseñados por una estrella
a adorarte en tu nacimiento
¡Oh Sol de Justicia!
y a saber que tu viniste de las alturas del Oriente
¡Oh Señor, gloria a Ti!”

La contemplación apostólica dominicana

Fr. Antolín Fuente, O.P.

 


La vida dominicana se definió ya como la síntesis viva de la evangelización con la contemplación, en la que la contemplación sobreabunda en la evangelización. Por tanto los elementos esenciales de la vida dominicana crean la contemplación en cuanto tal, si bien tienden siempre al fin contemplativo y apostólico de la Orden.

Los textos de la legislación primitiva eran comentados. desde el siglo XVI hasta la edición de las constituciones de la Orden el año 1872, por las glosas a las mismas constituciones. Desde entonces ya se hizo una redacción que incluía su sentido dentro de los mismos textos legislativos.

Las constituciones del año 1505, comentando el prólogo de las constituciones primitivas, afirman: «Nuestra Orden desde su origen se ordenó principal, esencial, específica y nominalmente a enseñar y predicar y a comunicar lo contemplado» (CF, 1505, Pról. decl. «i»). Las constituciones del año 1932 explican que para conseguir el fin de la predicación de la verdad: «es necesario que nuestra predicación y nuestra enseñanza broten de la abundancia y plenitud de la contemplación, a ejemplo de nuestro Padre santo Domingo, el cual no hablaba sino con Dios o de Dios para la salvación de las almas» (CF, 1932, n. 3, § II). En las constituciones actuales en su constitución fundamental y en otros lugares se afirma que la predicación y la enseñanza deben manar de la abundancia de la contemplación (LCO, C.f., § IV; nn. 3, § 1. 41. 57. 66, § 1. 67, § II. 83. 129).

El papa Pablo VI, dirigiéndose al capítulo general celebrado el año 1977 en Madonna dell’Arco, ha propuesto muy claramente este carisma de la Orden de Predicadores: «Vuestra misión es seguramente la que os asignaba nuestro predecesor Honorio III con estas palabras: "Evangelizar por el mundo entero el nombre de nuestro Señor Jesucristo" (LCO, 1, § I). Pero para poder realizar perfectamente este mandato es necesario, sobre todo, que vosotros, en coherencia plena con vuestra vocación, sigáis a Cristo contemplando la Verdad primera. Y su motivación es lo que ha enunciado santo Tomás en la "Suma contra los gentiles": "meditar la Verdad divina y después de haberla meditado, manifestarla"» (Sto. Tomás, Summa contra gentiles, 1, 1, c. 1). «Del mismo modo que toda la vida de la Iglesia se apoya sobre el pacto que Dios estrechó con los hombres desde los orígenes del género humano, así vosotros habéis sido llamados en la Iglesia para respetar una forma de pacto especial, que Dios en su misericordia ha estipulado con vuestro Fundador y su descendencia, que es éste: si vosotros, ayudados por la gracia del Espíritu Santo, contempláis con amor la Verdad divina, Dios hará fecundísimas vuestras palabras» (ACG, Madonna dell’Arco, 1977, 3-4).
Esta síntesis de la vida dominicana se hallaba en germen en la mente y en la práctica de santo Domingo, precisamente por la importancia que él y los primeros legisladores dieron al estudio científico de la Verdad primera, junto con la oración tradicional, ya dosificada con gran novedad de forma muy explícita.

En «Vidas de los frailes» se cuenta que el beato Jordán de Sajonia habría afirmado que, el superior al enviar a sus frailes a la predicación, debe actuar como el cantero que intenta enderezar una pared torcida; para ello extrae las piedras escondidas y esconde las que sobresalen. Del mismo modo el superior enviará a la actividad apostólica a los frailes que prefieren quedarse escondidos en la serenidad del claustro, mientras que deberá mantener dentro del convento a los que quieren dedicarse demasiado a la predicación (VF, pr. 3a, c. 42, n. 19).

Diversos maestros de la Orden en sus cartas encíclicas a los frailes han descrito con diversas alegorías esta simbiosis de la contemplación y de la acción, ya antes que tan magistralmente lo hiciera santo Tomás de Aquino (t 1274) en la «Suma Teológica».

El MO fray Juan de Wildeshausen escribe el año 1246: «Esforzaos en llenar para poder derramar» (MOPH, V, 9). El MO beato Juan de Vercelli, el año 1266, exhortaba a los frailes: «al celo de las almas y al vuelo de la contemplación». «El predicador para ser fecundo debe velar de día y de noche en la meditación de la ley del Señor… y beber copiosamente de las aguas fecundas de las sagradas Escrituras… para que tomando las aguas fecundas de las fuentes del Salvador, podamos luego verterlas eficazmente para regar los corazones de los hombres» (MOPH, V, 88, n. 22; 12, n. 33; 124, n. 34). El MO fray Munio de Zamora, el año 1285, repetía: «para poder derramar, rellenad; para poder esparcir, recoged; llenad de agudas flechas vuestras aliabas para poder herir saludablemente los corazones de los oyentes. Manifiéstese a todos vuestros oyentes vuestra ciencia de las cosas celestes adquiridas por vosotros en el estudio e infundidas en vosotros por la gracia» (MOPH, V, n. 40. 146).

El MO fray Humberto de Romans (t 1277) si bien parece que disocia el estudio de la contemplación, que él entiende como adquirida solamente en la oración, en cambio afirma con claridad la importancia real de la contemplación y del tiempo más amplio que se debe dedicar a la contemplación en orden a la acción apostólica. En el comentario a la Regla de san Agustín afirma: «Las cosas que se predican, se recogen sobre todo en la contemplación, conforme a la afirmación de san Gregorio: "efunden en la contemplación"». «Por tanto la predicación es probablemente una obligación más propia del estado religioso que no del clero secular, en cuanto aquél está más dado a la contemplación y por lo tanto le compete mayormente la predicación, dado que, para predicar, él puede acudir abundantemente no sólo al estudio sino también a la contemplación». Más adelante afirma: «Es propio del predicador alternar la contemplación de las cosas de Dios con la acción hacia el prójimo; él debe ocuparse sea de la contemplación, sea de la acción… Pero dado que cada cual debe cuidar de sí mismo más que de los otros, por ello debe ser más el tiempo que él dedica a la serenidad de la contemplación, que el que dedica a la fatiga de la acción» (OVR, 1, 48. 50. 59-60). Sin duda que fray Humberto de Romans ha exagerado hablando de las excelencias de la vida de predicación también en su obra «De eruditione praedicatorum» (OVR, 1, 60; II, 385. 426; VLOP, 345).

Tales afirmaciones aumentan en las cartas encíclicas de los maestros de la Orden después de la muerte de santo Tomás de Aquino, como se puede ver en los textos de esa época (MOPH, V, 131. 146. 196. 210. 225. 244, etc.) Como demostración de estas afirmaciones se transcribe un texto del MO fray Serafín Cavalli, quien el año 1571, glosando la frase: «sic nos tu vísitas sicut te cólimus» del himno del Oficio de lectura de la solemnidad del «Corpus Christi», escribe: «Os pido a vosotros, que estáis al frente de las provincias, que en el desempeño de vuestro oficio… cuidéis del culto de Dios, el cual nos acompaña en la medida en que le rendimos culto. Perseverad día y noche en la oración y en las Horas canónicas y esforzaos para que se mantengan con fuerza y se observen estrictamente las sanciones determinadas por los padres» (MOPH, X, 120-121).

 

La expresión «contemplación», en griego «theoria», casi no aparece en la sagrada Escritura, si bien se da su contenido, como cuando se dice que algunos habían venido «a ver el espectáculo» de la muerte de Jesús (Lc 23, 48). También se usa en el sentido de «estar atentos» o «concentrar la atención» (Hb 12, 15; 2 Co 4, 18).

En el ámbito cultural de la «retórica» o cultura greco-romana, se entendía por vida contemplativa la que llevan los filósofos y sabios, que dedican su vida a la contemplación de la verdad, o la investigación de la presencia del Ser supremo o «logos» en la naturaleza, para alcanzar su conocimiento o «gnosis». Por vida activa se entendía, la de aquellos que se dedican a las ocupaciones de la vida práctica. La vida activa debe unirse también con el ejercicio de las virtudes morales y por lo mismo también la vida activa es un ejercicio ascético que tiende a la creación de estas virtudes morales.

En consecuencia, los Padres de la Iglesia tales como Clemente de Alejandría y Orígenes, no verán oposición entre la vida contemplativa y la activa. La vida contemplativa consiste sobre todo en la oración y en el estudio de la sagrada Escritura, pero de hecho la vida activa será el modo práctico también para llegar a la contemplación. Por tanto ambas situaciones son como dos momentos de la vida cristiana. Así, para los Padres más próximos a la cultura clásica neoplatónica y, tomada de ellos se concentrará en toda la teología de Juan Casiano (t c. 435), la contemplación es un conocimiento espiritual para descubrir la presencia de la divinidad en primer lugar en las cosas, después en nosotros mismos. Esta es la verdadera «gnosis» espiritual. San Máximo el Confesor, a mediados del siglo VI, define la contemplación como: «cualquier conocimiento religioso de la realidad divina o en sí misma o en las cosas en las que esta realidad está de algún modo presente» (Ad Thalass, 31, MG, 90, 372 A). Este conocimiento se profundiza de verdad por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto menos alguien se fíe de su propia ciencia, cuando más sencillo, o simple («idiota») se es, como lo eran los Apóstoles (Hch. 4, 13), tanto más fácilmente se llegará a tener este conocimiento espiritual. Para llegar a esta contemplación («theoria») se necesita de la fe, fortificada por la práctica («praxis») de la virtud para conseguir la pureza del corazón, es decir, la perfección espiritual. Por tanto la praxis y la teoría deben ir juntas, ayudándose mutuamente. La praxis de las virtudes consigue la «apatía», la serenidad o tranquilidad controlada de los sentidos y pasiones, para poder llegar a la contemplación de Dios (A. ESZER, «La spiritualitá dei Padri oriental¡», en: Compendio di teologia spirituale, PUST, Roma 1992, 17-30.).

En el pensamiento oriental cristiano, la «divina teología» o teología «primera» es la alabanza de Dios y el conocimiento de Dios, que él mismo nos infunde especialmente por la experiencia de la oración litúrgica; la teología «segunda» es la explicación racional de las verdades de fe.

Santo Tomás, recoge de los Padres, sobre todo de J. Casiano, la síntesis del pensamiento de los filósofos griegos con el mensaje cristiano, precisando el sentido exacto de la contemplación y de la acción (LSD, 160-165). Para él, la vida contemplativa es la de quienes tienden principalmente a la contemplación de la verdad, es decir, la de quienes han elegido como fin principal e inmediato de su vida el conocimiento y el amor de Dios y, todo el resto, como origen y efecto de este fin. En cambio, la vida activa será la de quienes, por amor de Dios, se consagran a actividades externas, especialmente en obras caridad o misericordia a los demás (ST, II-II, q. 179, a. 2 ad 2; q. 180, a. 1). Aplicando esta orientación a la vida religiosa, se puede deducir que, siendo absoluta esta división bipartita de contemplación o de acción, no se da ya la posibilidad de una tercera forma de vida religiosa que se pueda llamar «mixta», es decir, compuesta de estos dos modos de vida contemplativa y activa, excepto cuando no estuvieran siempre presentes en síntesis y diversa proporción.

Así sucede en la vida dominicana, en la cual, siendo su fin externo la evangelización multiforme, se puede pensar que tiende ante todo a ser una vida religiosa activa. En efecto, la predicación y la enseñanza son actividades externas en cuanto que el mensaje sale hacia los demás. Sin embargo por parte del sujeto que anuncia el mensaje y por parte del mismo mensaje que se proclama, la evangelización es absolutamente el fruto interno de la contemplación que se manifiesta al exterior. Es decir, se trata, en primer lugar, de contemplar y luego de dar a los demás lo contemplado. Por lo tanto se trata realmente de exteriorizar la vida contemplativa (ST, II-II, q. 181, a. 3).

 

La contemplación es en la vida dominicana el componente esencial o formal de la predicación. La contemplación es en la vida dominicana, hablando metafóricamente, el corazón de toda su actividad, como exactamente se afirmó en el capítulo general celebrado el año 1967 en Santafé de Bogotá. Así pues en la legislación dominicana actual se usa dos veces de la metáfora del «corazón» en la vida dominicana, que se aplican a la contemplación y la liturgia, si bien ambas se incluyen mutuamente (LCO, n. 57; ACG, Bogotá, 1965, 124, n. 276).

Es bien claro que, dentro de la vida religiosa, se pueden hacer otras muchas actividades externas que no sean precisamente la predicación y la enseñanza teológica. Estas actividades, si bien se hacen por el amor a Dios, en cambio, no provienen necesariamente de la abundancia de la contemplación, fruto de la oración y el estudio de la verdad sagrada. En la vida dominicana, que es una vida apostólica, se debe afirmar que su actividad es una contemplación que fructifica no sólo hacia el interior de la persona (contemplativos), sino también hacia afuera (apóstoles).

La Orden dominicana se llama a sí misma precisamente «apostólica» y, ya desde su fundación, se la conecta en relación directa con los Apóstoles, como una reencarnación de su mismo estilo de vida. Efectivamente, los Apóstoles, obispos, delegaron a los diáconos el ejercicio de las obras de misericordia en la comunidad, reservando para sí mismos, obispos y presbíteros, el dedicarse a la oración, al anuncio de la Palabra (Hch 6, 4) y, como añade el concilio Vaticano II, a la celebración sacramental de la Palabra anunciada (SC 6. 10; LG 19; LCO, C.f., § IV).

Se puede decir que la Orden dominicana es no sólo formalmente contemplativa, sino que lo es eminentemente, es decir, algo más que puramente contemplativa, ya que su contemplación redunda o sale hacia afuera. Así se entiende la afirmación de santo Tomás a este propósito: «es mejor iluminar, que solamente lucir» (ST., II-II. q. 188, a. 6). Aquí la contemplación no es una candela colocada bajo el celemín o bajo la cama, sino sobre el candelero (cf. Mc 4, 21). Además, el hablar de Dios con los hombres no se interrumpe en el seguir luego hablando con Dios. Por lo mismo la evangelización es un actuar o actualizar la misma contemplación.

Como se ha afirmado desde el principio de este estudio, para poner en práctica estos principios sobre la esencia de la vida dominicana se debe conseguir el equilibrio y síntesis vital de la contemplación con la evangelización. Así pues, al hablar de fin próximo o interno de la vida dominicana se debe describir como la íntima unión de la evangelización con la contemplación de modo que la evangelización mane o brote de la contemplación. Fray P. Lippini ha escrito que la evangelización es la contemplación «en voz alta» en la predicación y la enseñanza. La contemplación es el manantial de la predicación (LSD, 163).

Santo Tomás ha afirmado sobre la contemplación, que es la operación de la parte más noble del ser humano, de su inteligencia; que puede ser incesante; que es más agradable; que tiene en sí misma más razón de fin; que da más serenidad; que es más semejante a la vida divina; que es más autosuficiente; que es un acto de la facultad que especifica al ser humano (ST, II- II. q. 182, a. 1).

En esta línea, la contemplación y la evangelización no son ya dos fines igualmente importantes, ya que siempre toda acción debe tener inmediatamente un único fin, sino que se conjuntan o completan. En la comprensión ideal del carisma de la vida dominicana se abarcan ambas realidades, que en su síntesis crean el fin interno o próximo de la vida dominicana. Se puede afirmar que, incluso la misma evangelización, se somete, como el efecto a su causa, a la contemplación.

Cabe afirmar que en la vida dominicana la relación de la evangelización a la contemplación es semejante a la relación que se da en la virtud de la caridad entre el amor a Dios y el amor a los demás. En la virtud de la caridad se ama al prójimo en relación a Dios. La caridad tiene un único objeto formal o absoluto que es la bondad absoluta, es decir, el mismo Dios, y diversos objetos secundarios, nosotros mismos y el prójimo y, no obstante, el amor a Dios incluye los demás y amándonos a nosotros mismos y al prójimo por amor a Dios se está siempre dentro del amor a Dios (ST, II-II, q. 4, a. 3 c; q. 25, a. 1; q. 32, a. 3 ad 3; q. 44, a. 2, etc.). Así, en el carisma dominicano la contemplación es su objeto formal o principal y la evangelización es su objeto secundario o expresión externa. En la vida dominicana la evangelización es una expresión o actuación de la contemplación, la cual es el verdadero objeto formal o cualificante de la misma evangelización.

La contemplación es común a todo cristiano y, concretamente, a tantas fundaciones religiosas. Santo Tomás ha afirmado: «Cada cristiano, una vez que se halla en estado de salvación, debe participar en cierta medida de la contemplación, ya que es un precepto para todos» (III Sent. d. 36, q. 1, a. 3 ad 5; ST, II-II, q. 45, a. 5). De hecho, todos los cristianos están llamados a esta contemplación. Además todo contemplativo debe ser un apóstol y todo apóstol debe ser un contemplativo (Sto. Tomás, IV Sent. d. 15, q. 4, a. 1, qc. 2, ad 2; ST, II-II, q. 180, aa. 3. 4. 6; q. 8.; q. 45). Siempre se debe afirmar que en la vida dominicana el fin de evangelizar debe brotar de una plenitud de contemplación y esto es lo que de hecho la especifica y distingue.

Cuando se habla de contemplación se trata siempre, como se ha afirmado desde el principio, de una contemplación como realidad sobrenatural.

A nivel natural y en su mismo sentido etimológico, la «contemplación» es la aplicación atenta de la inteligencia a un objeto para tener un conocimiento profundo del mismo. Para la etimología científica, la expresión «contemplar» deriva del lenguaje religioso, para el cual el templo («templum») es un espacio sagrado en el que un augur recogía e interpretaba los presagios. Así también «considerar» se deriva de la observación atenta de las estrellas («sídera»).

A nivel natural se puede dar una contemplación sobre cosas sensibles o sobre cosas imaginadas o elaboradas intelectualmente. En cambio, la contemplación sobrenatural es la que se centra sobre cosas o verdades que transcienden la naturaleza. Esta contemplación puede ser fruto de la actividad humana, ayudada por la gracia divina, como lo es el estudio asiduo de la verdad sagrada. Puede ser también, y sobre todo, fruto de la acción gratuita de Dios, como acaece especialmente en la oración litúrgica y personal.

La contemplación a la que se refiere la tradición dominicana es una contemplación infusa y permanente de la fe revelada que, movida por el amor a Dios y a su gloria, con la fuerza o presencia del Espíritu Santo, como aconteció en la vida de los Apóstoles, llevará a expandirla a los demás en la evangelización. Esta contemplación es como un mirada sencilla de la verdad, con raíz en la caridad, que se puede iniciar mediante actos naturales, como el estudio y la meditación de la verdad revelada, pero que, en sus grados más elevados, procederá ya de una fe viva, fortalecida por los dones del Espíritu Santo, especialmente por el don de sabiduría («sapientia»).

La tradición y legislación dominicanas hablan de ambos modos de contemplación. Cuando santo Domingo pide en las constituciones primitivas que, el maestro de novicios debe enseñarlos y prepararlos sobre qué cosa orar y cómo orar, a continuación añade que también los novicios debían ser formados para: «dedicarse al estudio, de modo tal que de día y de noche, en casa y de camino, siempre lean o mediten algo y procuren aprenderlo de memoria, y cómo, cuando les llegue su tiempo, deberán ser fervientes en la predicación» (CP, I, c. 13, 324).

También la legislación actual se mueve en estos mismos conceptos cuando afirman que se debe buscar el llevar progresivamente a los formandos a la plenitud de la vida y del apostolado que son propios de la Orden. Que para la vida de contemplación y de apostolado se necesita la salud física y la madurez psicológica proporcionada a la edad. Para la actividad apostólica se exige una idoneidad o tendencia a la vida social y comunitaria, además de la recta intención de servir a Dios dentro de la Orden (LCO, nn. 154. 155). La vida del convento de formación debe ser una encarnación real de la vida en la que los frailes vivirán en el futuro. Por ello se deberá vivir en la comunidad de formación una vida común auténtica y fraterna (LCO, nn 160. 161).

Actualmente se afirma que, en orden a preparar esta vida de contemplación apostólica, tanto los novicios a clérigos, como a cooperadores, deben recibir una formación teológica suficiente. Además, deben conocer bien la realidad de la vida religiosa, la historia, el carisma y las leyes de la Orden. Deben iniciarse en la observancia de la vida dominicana en orden al apostolado y también en la formación de las virtudes y en la vida sacramental. Se les deben proponer la situación y las necesidades del mundo actual y de la sociedad. También deberán prepararse para ser fervientes en la predicación cuando les llegue el tiempo de ejercerla. De hecho de berán participar ya durante la formación en algunas actividades apostólicas de la Orden. También los presbíteros o clérigos que entran en la Orden deberán formarse durante algunos años en este espíritu dominicano (LCO nn. 187. 188. 220. 222. 223).

Esta misma formación se deberá continuar y acentuarse después de la profesión buscando especialmente la práctica y solidez en la vida dominicana integral (LCO, n. 213).

La contemplación a la que se aspira en la vida dominicana, no se debe entender como fin de sí misma sino como fuente de la evangelización y la evangelización como única realidad junto con la contemplación.

Se pueden dar dos perspectivas o modos de vivir la misma vida de contemplación. Una, la de quienes pueden saborear la contemplación en medio a las actividades externas; otra, en cambio, la de quienes reposan en la contemplación sin la necesidad de continuarla mientras transmiten a los demás lo que han contemplado en ella.

 

En el primer modo se comportaba santo Domingo, el cual según el MO beato Jordán de Sajonia: «acostumbraba hacer a Dios una plegaria especial: que se dignase darle una verdadera y eficaz caridad para buscar y anhelar la salvación de los hombres, ya que estaba convencido que habría sido un verdadero miembro de Cristo solamente cuando se hubiera dedicado con todas sus fuerzas a la salvación de las almas» (OFP, n. 13). Por ello, de hecho: «mientras estaba de viaje quería siempre discutir en torno a Dios o enseñar, o leer o rezar». En sus viajes decía a sus acompañantes: «Caminemos y pensemos en nuestro Salvador» (ACB, tg. 1, n. 2; tg. VIII, n. 1). Esta última frase es una magnífica síntesis de la vida dominicana: caminar, moverse en la predicación, pero llenos de la contemplación del misterio de nuestro Salvador. Baste, además, recordar los numerosos testimonios de su modo de vida, descrito como el hablar siempre con Dios o de Dios. También cabe destacar que en la vida da santo Domingo se dio la experiencia evidente y externa de su contemplación en la oración litúrgica, como se demostró de las abundantes lágrimas que derramaba en la celebración eucarística y en la salmodia (ACB, tg. I, n. 3; tg. IV, n. 1; tg. VII, nn. 3. 4; tg. IX, nn. 2. 3).

(Fuente : Fuente, Antolín González. El Carisma de la Vida Dominicana. Editorial de San Esteban. 1994.)