La doctrina de la Iglesia con respecto al Diablo

por el Obispo de Fanari, Aganthángelos

Según la tradición bíblico-patrística, el diablo no
es personificación de las pasiones, sino persona creada por Dios como
ángel y que, al perder su comunión con él, se convirtió en un espírtitu
oscuro, diablo. El diablo, como persona, tiene libre albedrío, es
decir, libertad, que Dios no fuerza ni suprime.

El misterio de la iniquidad se activa en la
Historia, el diablo sigue engendrando el mal y llevando a cabo su labor
destructiva desde el momento en que apareció la Iglesia. La tradición
bíblica y patrística, aparte de toda visión teórica y moral del bien y
el mal, habla del taimado rival de Dios y enemigo del hombre. Es el
diablo, en quien sólo hay negación y que destruye y paraliza todo,
porque es espíritu de mortandad por rechazo a la vida esencial.

Por consiguiente, el diablo es una entidad concreta,
una existencia determinada. Se introduce en la historia mediante la
soberbia, la arrogancia y el engaño, como deicida y homicida, como el
fraude y la mentira de la nada, como el parásito que parodia y
escarnece la creación y al hombre. El pecado, las pasiones, la muerte,
es el mal que aquél engendra con su perversión y su odio, y sobre el
cual ejerce su poder y autoridad. El mal no es suma de acciones
humanas, sino una tentación activa que tiene su raíz en el principio
demoníaco, en un principio, pues, ajeno al hombre y su naturaleza, y
que la libertad humana puede aceptar o rechazar.

El diablo sobrevino por voluntad y acto de Dios. Los
demonios no fueron creados demonios por Dios desde el principio, porque
Dios no creó el mal, ya que todo lo hizo bueno. Fueron creados libres
de mal en su esencia y naturaleza, libres, independientes y autónomos
en cuanto a su voluntad y deseo, tal y como ocurrió con los ángeles.
Pero a partir de su caída voluntaria debida a su soberbia, sus cuerpos
delicados, etéreos e inmaculados se volvieron tenebrosos y oscuros,
materiales y pasionales.

En vista de que en su creación los demonios
constituyeron un orden entero, se considera que son muy numerosos y se
dividen en grupos y órdenes. La multitud de demonios y su división en
grupos y escalas se basa en su polinomia y su obra. Siendo, pues,
numerosos y polinómicos los demonios, luchan incesantemente por
invalidar la obra redentora de Cristo. No pudiendo hacer daño
directamente a Dios, se vuelven contra los hombres y los combaten con
su demónica sabiduría, enturbian nuestras voluntades, nos provocan
creando tentaciones, hacen todo lo posible por herir al hombre, operan
a través de las pasiones, nos combaten con las penas, ponen obstáculos
a la oración. Opera de tantos modos que, si Dios es el Ser, el diablo
puede caracterizarse como "el que se transforma".

La tentación y la guerra del diablo no están nunca
por encima de las fuerzas del hombre, no violentan su autonomía ni
afectan a su razón natural, que Dios ha permitido que mantenga mediante
su deseo y libertad. El poder del diablo no es vinculante, sino que
depende siempre de nuestra libertad. Sucumbir a las tentaciones es
cuestión nuestra. O que Satanás domine y ejerza su poder es algo
conectado con la decisión activa del hombre que, pervirtiendo su
libertad, dice no a Dios y sí al diablo. Los Padres de la Iglesia
insisten en que el hombre no se queda nunca solo. Si se aleja de la
gracia de Dios, se hace vulnerable a la influencia satánica. Si el
cuerpo del hombre no es manejado como arma por Dios, dice San Simeón el
Nuevo Teólogo, lo maneja el diablo, con el consentimiento y la
cooperación del hombre.

El creyente es llamado a ser el hombre de la
purificación y la oración, porque Satanás no dejará de hacer burla y
escarnio, de transformarse y de engañar, de corromper y desvirtuar el
Evangelio de Dios y la libertad de la Cruz de Cristo prometiendo
comodidades y felicidad. Y corremos el peligro de llegar a la plena
humillación entregándonos a las tentaciones demoníacas, tal y como hoy
las encontramos en las "Iglesias" y el culto de Satanás.

Si el diablo tiene la facultad de transformarse en
ángel de luz, nos damos cuenta de hasta qué punto puede hoy tentar y
humillar al hombre con las cosas más inocentes, felices y útiles.
Consiguiendo tendernos la trampa más astuta: el aparente triunfo de la
independencia humana.

Dicen muchos: no hay ni Dios, ni diablo. Pero la
fuerza de los demonios es equivalente al rechazo de la Economía Divina
de la Santísima Trinidad. Cristo humilló y puso al descubierto los
principios demoníacos. Pero la negación de la existencia del diablo
facilita más que ninguna otra cosa su labor. Debemos estar listos para
convertirnos en espectadores de los más sorprendentes prodigios del
diablo, con los cuales intenta alimentar al hombre moderno; haciendo
pan de las piedras. Debemos estar listos para afrontar una época de
engaños secretos y homicidas, que señalarán la nueva oscuridad de la
tierra desde la sexta hasta la novena hora, en la cual se aniquilará al
hombre y se perderán sus obras.

La Biblia Satánica proclama: " Da golpe por golpe, desprecio por desprecio, ruina por ruina, con usura cuatrocientas veces mayor ". " Anula todo sentimiento, todos los tabúes y todos los escrúpulos. Da la muerte a cuantos intentan arrebatarte este derecho ".

La omnipotencia de Dios, de acuerdo con su voluntad,
no elimina la libertad de los seres racionales. De esta manera, deja al
diablo trabajar por el mal porque es persona. Pero limita su
destructiva labor mediante el amor y la caridad, cuando el hombre se
arrepiente, lo perdona, y de este modo limita el reino del mal, pero la
definitiva supresión del poder del diablo tendrá lugar durante el
Juicio Final.

La obra del diablo es destructiva. Odia inmensamente
al hombre y a toda la creación. Esta poseído por una mortal
misantropía. Inspira pensamientos contra Dios y el prójimo, influye en
la voluntad del hombre, actúa ontológicamente sobre la naturaleza. Los
Padres dicen que como los hombres no eran capaces de comprender la
existencia y el furor del diablo, que se manifiesta por medio de las
ofensas contra el alma, Dios le permitió introducirse también en el
cuerpo, de manera que todos podamos ser conscientes de su furor.

Satanás consiguió mediante el fraude y el engaño
someter al hombre a las pasiones y el pecado. La causa que lo llevó a
esta acción era la envidia. Envidiaba el diablo a Adán, pues lo veía
habitar en el lugar del deleite completo e inmutable, el Paraíso, de
donde él había sido justamente expulsado.

Esta ofensa y esfuerzos del diablo por arrastrar al
hombre a las pasiones puede a veces tener lugar gradualmente. San
Gregorio Palamás dice que Satanás no dicta directamente el pecado y la
vida lejos de la Iglesia, sino que " hurtaba maliciosamente en pequeñas cantidades "
susurrando al hombre la idea de que puede permanecer en la virtud y
conocer por sí mismo qué debe hacer, sin necesidad siquiera de asistir
a la iglesia y sin obedecer a los pastores y maestros de la Iglesia. Y
cuando consigue sustraerlo a la vida de culto de la Iglesia, lo aleja
de la Gracia de Dios, habiéndolo primeramente entregado a la esclavitud
de las pasiones.

Ahora bien, ¿por qué Dios permite al diablo combatirnos? San Máximo el Confesor refiere cinco razones:

  • La primera es para que lleguemos a distinguir la virtud de la maldad llevando a cabo esta lucha .
  • La segunda, para que con la lucha conservemos segura e inmutable la virtud .
  • La tercera, para que no nos vanagloriemos de prosperar en la virtud, sino que la consideremos un don de Dios.
  • La cuarta, para que odiemos absolutamente la maldad, y la
    quinta, para que no olvidemos nuestra propia debilidad y la fuerza de
    Dios, cuando alcancemos la ausencia de pasiones.

El mal es que hoy la educación y toda nuestra
cultura ignoran esta realidad. No sólo no se enfrentan a ella, sino que
tampoco hablan del diablo y del pecado. Por ello podemos decir con
certeza que estamos dejando al hombre irredento, débil y desprotegido.

Y nosotros, por nuestra parte, hemos olvidado que
como ortodoxos pertenecemos a la Iglesia de Cristo y accedimos a ella
no para ejercer un deber formal y justificarnos a nosotros mismos, sino
para curar. Porque la Iglesia es lugar de curación, un hospital en el
cual ingresa el hombre para curar su mundo interior y liberarse de sus
pasiones, y no para destacar su lado positivo. Por otra parte, la
pérdida de significado de los oficios eclesiásticos es el fenómeno más
descorazonador de nuestra vida eclesiástica. Porque mientras que los
sacramentos fueron otorgados a la Iglesia para salvar al hombre, para
exorcizar, combatir y vencer a Satanás, nosotros los hemos convertido
en ocasiones para la vanagloria personal y la vanidad social. Hemos
olvidado, al parecer, "que donde no está Cristo, están los demonios, y
donde están los demonios la recta razón es pervertida y corrompida".

Si vivimos esta verdad, saldremos de nuestro encierro en el engaño del diablo y del pecado, y seremos libres.

Sin embargo, no hay que tener miedo. ¡No! Hay
Cristo, Iglesia, la vida cultual, la oración, la valentía espiritual,
el arrepentimiento. Una ortodoxia que no vence, sino que es vencida por
el diablo, que no es temible, sino que teme a los demonios, no es de
Cristo y de la Iglesia.

Somos llamados a dar testimonio por medio de nuestra
consciencia dogmática de que el Señor del mundo y de la historia es
Cristo. Quien conoce la verdad, ni teme ni desespera.

Respondiendo a la pregunta " ¿eres tú el que ha de venir o aguardamos a otro? ", el Señor respondió: " Id
a anunciar lo que habéis visto y oído. Los ciegos recobran vista, los
cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, los
humildes son evangelizados. Ha llegado a nosotros el Reino de Dios
".

Ojalá vivamos esta verdad virtuosa, profunda y
sinceramente. Es lo mejor para nosotros, para nuestro mundo, para
nuestros hijos y jóvenes, para descubrir el más profundo sentido de la
vida, la verdadera naturaleza del hombre, la libertad y el conocimiento
de Dios.