Archive for junio, 2009


EXAMEN CRITICO

 

Il grande carabiniere della Chiesa

Como
se sabe, el concilio ecuménico Vaticano II (1962-1965) emprendió la
reforma de la liturgia católica, cosa que ya estaba en los planes de
Pío XII, quien en 1948 (un año después de publicar su encíclica Mediator Dei,
había instituido una comisión con ese objeto. En realidad, no tenía
nada de extraordinario el que la Iglesia revisara sus ritos: lo ha
hecho siempre y, después de la gran reforma tridentina, no cesó de
ponerlos a punto cuando lo estimó necesario (el Misal Romano tuvo
varias ediciones típicas después de la de 1570; el Breviario fue
ampliamente modificado por san Pío X; el mismo Pío XII encargó una
nueva traducción de los salmos opcional para el rezo del oficio). Lo
que pasa es que siempre en el pasado se había respetado la tradición
(que no hay que confundir con conservadurismo). En las liturgias
orientales es un principio sacrosanto la intangibilidad de los ritos.
En la Iglesia latina, sin llegarse a esto, sí que existe un respeto por
lo que ha sido transmitido a través de los siglos, adaptándolo –cuando
se juzga necesario– a las legítimas exigencias de los tiempos. Pero una
justa adaptación no implica nunca una revolución. El Vaticano II así lo
comprendió y estableció la puesta al día (aggiornamento) de la liturgia en su constitución Sacrosanctum Concilium
de 1963. Si se lee atentamente este documento nada hay en él contrario
a la sana tradición de la Iglesia y la reforma en él planteada era
razonable y podría haber dado buenos frutos si no se la hubiera
adulterado a continuación.

El papa Pablo VI, con el objeto de llevar a la práctica la reforma litúrgica querida por el concilio, instituyó el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia,
independiente de la entonces Sagrada Congregación de Ritos, el
dicasterio encargado de velar por la liturgia. Durante las sesiones
conciliares el ala liberal había acusado constantemente a la Curia de
ser conservadora (lo cual era cierto de algún modo) y de obstaculizar
los trabajos conciliares (lo cual era falso e injusto, pues
precisamente fueron los llamados progresistas los que sabotearon
sistemáticamente el reglamento del Vaticano II, aprobado por el beato
Juan XXIII). A Pablo VI lo convencieron, pues, de la conveniencia de
quitar a Ritos (presidido por el cardenal cordimariano Arcadio
Larraona, considerado tradicional) la competencia en la actuación de la
reforma litúrgica y darla a un organismo que no tuviera que dar cuenta
sino al Papa directamente. El Consilium estaba presidido por
el cardenal Giacomo Lercaro, arzobispo de Bolonia y significado líder
liberal del concilio, y tenía por secretario al P. Annibale Bugnini,
vicentino, propulsor del movimiento litúrgico (aunque no el ortodoxo de
Dom Guéranger, sino el arqueologista y ecumenista de Dom Beaudoin).

El
aspecto de la reforma litúrgica que nos interesa ahora y hace a nuestro
tema es el de la misa, por lo cual dejamos aparte la reforma de los
demás libros litúrgicos. La del misal romano se llevó a cabo en dos
fases. La primera consistió en el desmantelamiento del rito clásico
codificado por san Pío V y cuya última edición típica fue la del beato
Juan XXIII de 1962, justo el año en el que comenzó el Vaticano II. En
1965 y en 1967 el Consilium publicó sucesivas instrucciones
en fuerza de las cuales se mutilaba el ordinario de la misa y se
relegaba peligrosamente el uso del latín (considerado, sin embargo, por
el propio concilio como la lengua propia de los ritos latinos). Estos
cambios ya pusieron sobre aviso a los católicos fieles a la tradición
(a los que se comenzó a llamar “tradicionalistas”). Fue en estos años
cuando comenzó a organizarse la defensa del rito antiguo,
principalmente en torno a la revista francesa Itinéraires (Louis Salleron, Jean Madiran) y a UNA VOCE (véase esta entrada anterior: http://roma-aeterna-una-voce.blogspot.com/2009/04/breve-historia-de-la-fiuv-i.html).
Hay que decir que estas iniciativas provenían de los seglares, aunque
en el ámbito del clero se seguía también con preocupación la evolución
de la reforma litúrgica. La segunda fase fue la creación de un Novus Ordo que substituyera al antiguo, para lo cual fueron admitidos a los trabajos del Consilium
observadores no católicos (un talmudista judío y algunos expertos
protestantes), que a menudo rebasaron su carácter meramente consultivo.
El caso es que en 1967, el P. Bugnini propuso al sínodo de los obispos
la llamada missa normativa, que no llegó a ser aprobada
debido a los reparos de la mayoría de los padres sinodales. Dos años
más tarde, sin embargo, ese mismo rito, con algunos retoques, era
promulgado por Pablo VI mediante la constitución apostólica Missale Romanum de 3 de abril de 1969.

Pablo VI y los observadores protestantes del Consilium: Rev. Jasper, Dr. Shepherd,
Prof. George, pastor Kenneth, Rev. Brand y el Hno. Max Thurian de Taizé

El Novus Ordo Missae
constituía el triunfo de las tesis que el movimiento litúrgico desviado
había ido introduciendo en la Iglesia, primero subrepticiamente y
después del concilio abiertamente (tesis contrarias a los principios
que había dejado bien claros Pío XII en la carta magna de la liturgia
católica que fue su encíclica Mediator Dei de 1947). Lo más
llamativo era que el resultado se hallaba en abierto contraste con lo
que había dispuesto la mismísima constitución Sacrosanctum Concilium. La misa del Consilium no era en absoluto la misa del Concilium.
Los tradicionalistas habían tenido razón de inquietarse con las
primeras modificaciones. La reforma de la misa resultaba ser, en
realidad, una revolución litúrgica. No se había tratado sólo de una
refundición o adaptación del antiguo rito según una legítima evolución
homogénea: se estaba delante de una verdadera y propia innovación. El
mismo artífice del Novus Ordo, monseñor Bugnini, admitió que
se habían dado a los ritos estructuras nuevas (la substitución del
antiguo ofertorio pre-sacrifical por una presentación de ofrendas de
origen judío da buena fe de ello).

A
la sazón convergían en Roma algunos personajes eclesiásticos que se
habían significado por su defensa de la continuidad con la tradición
durante los debates en el aula conciliar: el cardenal Alfredo
Ottaviani, prefecto emérito del ex-Santo Oficio; el cardenal Antonio
Bacci, eximio latinista; monseñor Marcel Lefebvre, antiguo delegado
apostólico en el África francófona, que acababa de renunciar como
superior general de los Padres del Espíritu Santo (por estar en
desacuerdo con la línea liberal adoptada por la congregación), y el
R.P. Michel Louis Guérard des Lauriers, dominico, profesor en la
Pontificia Universidad Lateranense y en el Angelicum. También por
aquellos días se constituía en la Ciudad Eterna la correspondiente
italiana de UNA VOCE. Dos de sus miembros, la poetisa y artista
Vittoria Guerrini (bajo el nombre artístico de Cristina Campo) y Emilia
Pediconi, lograron reunir un grupo de estudio, conformado por teólogos
romanos de confianza bajo la dirección del P. Guérard des Lauriers,
para examinar el Novus Ordo Missae. El cardenal Ottaviani
aceptó revisar los trabajos, que se desarrollaron de forma intensiva
durante los meses de abril y mayo de 1969, siendo seguidos de cerca por
monseñor Lefebvre. El resultado fue el Breve Examen Crítico,
redactado en latín probablemente en el círculo del cardenal Bacci, que
contó con la aprobación final del cardenal Ottaviani. Vittoria Guerrini
(foto) lo tradujo
inmediatamente al italiano y monseñor Lefebvre obtuvo una versión
francesa del P. Guérard de Lauriers. La versión definitiva fue datada
el día de Corpus de 1969, es decir el 5 de junio de hace cuarenta años.

¿Qué sostenía este examen del Novus Ordo? En líneas generales he aquí sus puntos principales:

1.-
La definición de la misa simplemente como asamblea y cena en desmedro
de su carácter esencial de sacrificio (como se ve en el artículo 7 de
la Institutio generalis).
2.- La supresión de todo aquello
que habla de un sacrificio propiciatorio ofrecido a Dios (que es lo que
los portestantes niegan).
3.- La disminución del sacerdote celebrante, reducido a mero « presidente de la asamblea ».
4.- El silencio sobre la Trnasubstanciación y la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.
5.- El cambio del modo activo (infra-actionem) al modo narrativo en el momento de la consagración.
6.- La multiplicación de opciones ad libitum, que atenta realmente contra la unidad dentro del mismo rito.
7.-
El empleo a lo largo de todo el texto del ordinario de la misa de un
lenguaje ambiguo y equívoco que abre la posibilidad a múltiples
interpretaciones.

De todo ello deducían los cardenales Ottaviani y Bacci que “atendidos
los elementos nuevos, susceptibles de apreciaciones muy diversas, que
aparecen subentendidos o implicados, se aleja de manera impresionante,
en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal
como fue formulada en la XXII Sesión del Concilio de Trento, el cual,
al fijar definitivamente los cánones del rito, levantó una barrera
infranqueable contra toda herejía que pudiera menoscabar la integridad
del Misterio”
. Palabras mayores, pero que reflejaban una realidad objetiva y comprobable.

De lo que se trataba ahora era de presentar lo más pronto posible el riguroso estudio redactado por el P. Guérard des Lauriers (foto)
al Santo Padre antes de que entrara en vigor la nueva liturgia de la
misa, lo cual estaba previsto para la primera domínica de adviento de
ese mismo año. El cardenal Ottaviani preparó una carta a Pablo VI
acompañando el Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae (de
la que está entresacada la cita anterior) y esperaba que la firmara un
buen número de prelados. Después de todo, durante el Vaticano II se
había logrado aglutinar a más de 500 padres conciliares en lo que se
llamó el Coetus Internationalis Patrum, que hizo una decidida
oposición –a veces eficaz– a la conocida como Alianza del Rin, que
lideraba al ala liberal de la asamblea ecuménica. Monseñor Lefebvre
pensaba que se podrían llegar a recoger más de 600 firmas. Sin embargo,
las gestiones llevadas a cabo discretamente en los círculos vaticanos y
los medios conservadores de la Iglesia no dieron un gran resultado.
Aunque doce cardenales presentes en Roma dieron su consentimiento para
subscribir el documento (entre ellos el español Larraona), al final
sólo dos estamparon su firma el 13 de septiembre de 1969: Ottaviani y
Bacci. ¿Qué había sucedido? Un sacerdote tradicionalista –sin duda con
muy buena voluntad pero con poco tino y un gran desconocimiento de cómo
marchan las cosas en Roma– cometió la imprudencia de publicar el Breve Examen Crítico
antes de ser sometido a Pablo VI, siendo así que se había acordado no
darlo a la luz hasta un mes después. Esto hizo retroceder a los
potenciales signatarios, que temieron aparecer como desafiantes a la
autoridad del Romano Pontífice.
Todo
y así, el escrito se envió al papa Montini, que lo remitió a la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, a fin de conocer si las
críticas que el Breve Examen Crítico hacía al Novus Ordo Missae
tenían fundamento teológico. El 12 de noviembre de 1969, el cardenal
Franjo Seper respondió por medio de una carta al secretario de Estado
cardenal Villot, cuyo contenido no fue dado a conocer, si bien monseñor
Bugnini, en sus memorias, afirma (sin aportar la prueba documental) que
la Institutio generalis del nuevo misal romano (en la que se expone la
doctrina que subyace al rito) fue hallada conforme a la ortodoxia,
quedando así desmentidas las acusaciones del alegato firmado por los
cardenales Ottaviani y Bacci (foto). Algunos días después, se reunió el Consilium para estudiar las objeciones hechas al Novus Ordo, llegándose a la conclusión de que, los puntos que ofrecían dificultades en la Institutio generalis
no tenían en realidad un carácter doctrinal sino pastoral y que las
explicaciones de lo que era la misa contenidas en ella no tenían por
qué ser exhaustivas. Sin embargo, esto estaba en contradicción con lo
que el propio Bugnini había sostenido en el curso de la elaboración del
rito reformado, a saber: que la Institutio generalis debía contener principios doctrinales y constituir una explicación teológica completa sobre la eucaristía.

En cuanto a los cardenales firmantes de la carta a Pablo VI que acompañaba al Novus Ordo Missae,
nunca recibieron una respuesta directa del Papa. Pero el cardenal
Ottaviani fue recibido por éste en audiencia el 7 de diciembre y,
aunque no trascendió lo que en ella se trató (oficialmente, el
pontífice quería tan sólo interesarse por la salud del purpurado
después de una hospitalización que sufrió), sí que fue significativo el
hecho de que desde entonces el aguerrido carabiniere della Chiesa no volvió a tratar públicamente del asunto del Novus Ordo.
Es significativo, no obstante, el hecho de que en su diario anote que
la audiencia papal comenzó en medio de una atmósfera tensa “a causa de la carta que le enviamos Bacci y yo”.
Parece ser, pues, que Pablo VI le obligó bajo obediencia a abstenerse
de manifestarse al respecto. Del posterior silencio del cardenal
Ottaviani han querido deducir algunos que se contentó con las
seguridades que le habría dado el Papa de su perfecta ortodoxia. Otros
han ido más lejos y aseguran que, en realidad, nada tuvo que ver con el
Breve Examen Crítico y puso su firma de mala gana,
desautorizando más tarde el escrito. Para ello sacan a relucir una
supuesta carta suya al monje francés Dom Gerard Lafond fechada el 17 de
febrero de 1970, en la cual lo felicitaba por una apología de la nueva
misa, en uno de cuyos pasajes se afirmaba que el cardenal había sido
autor de algunas de sus partes. Pero no sólo eso: también afirmaba
Ottaviani que la carta que acompañaba el Breve Examen Crítico se había enviado sin su consentimiento y que para él los discursos de Pablo VI del 19 y 26 de noviembre defendiendo el Novus Ordo zanjaban la cuestión de la misa.

El publicista católico francés Jean Madiran (foto)
no tardó en contestar la autenticidad de la carta del 17 de febrero,
que no menciona el biógrafo del cardenal Ottaviani, Emilio Cavaterra
(que, sin embargo revisó cuidadosamente su diario y sus papeles) ni
tampoco monseñor Gilberto Agustoni, secretario de aquél y ferviente
defensor del Novus Ordo, que, sin duda, habría esgrimido esa
valiosa prueba documental de haber sido auténtica. Es más: todas las
sospechas de una falsificación recaen sobre Agustoni, en quien
Ottaviani había depositado su confianza, manteniéndola hasta que le
llegaron voces de que su secretario se aprovechaba de su ceguera para
hacerle firmar documentos de los que no se enteraba bien. Uno de esos
documentos pudo perfectamente ser la famosa carta. Pero hay un hecho
clarificador: tanto antes como después del 17 de febrero de 1970, el
cardenal Ottaviani reafirmó de viva voz y ante testigos (aunque no
públicamente) su apoyo al Breve Examen Crítico. Por lo demás, el
cardenal Bacci siempre se mantuvo firme y nunca escatimó sus críticas a
la reforma litúrgica y a sus fautores (entre ellos el cardenal Lercaro).

Sea
como fuere, lo cierto es que algún resultado dio la intervención de los
dos ilustres príncipes de la Iglesia, pues la entrada en vigor del Novus Ordo Missae hubo de atrasarse medio año para poder enmendar las partes más polémicas de la Institutio generalis.
Se introdujeron las modificaciones que evitaban una interpretación
protestante de la misa (se cambió el polémico y escandaloso artículo 7
de la Institutio) y reforzaban la interpretación católica en puntos claves como la noción de sacrifico propiciatorio, la acción del sacerdote in persona Christi,
etc. Se añadió un preámbulo doctrinal de corte y estilo tridentino,
pero ello no obstante, no se tocó el rito en sí mismo. A pesar de todo,
su ortodoxia estaba salvada y ello se debe al Breve Examen Crítico.
Esta intervención fue providencial en un momento en el que la teología
católica coqueteaba con la herejía y el modernismo y en que se imponía
por la fuerza una hermenéutica de la ruptura, invocando el llamado
“espíritu del Concilio”, un concilio que, sin embargo, no había
previsto ni habría querido lo que en su nombre después se promovió. La
oportunísima requisitoria de los cardenales Ottaviani y Bacci a favor
de salvar la doctrina católica de la misa fue el primer y temprano paso
hacia la recuperación de la misa de siempre y por ello los católicos no
podemos sino estarles profundamente agradecidos y venerar su piadosa
memoria.

Nunca fue abrogado

(FUENTE: ROMAE AETERNA)



La doctrina de la Iglesia con respecto al Diablo

por el Obispo de Fanari, Aganthángelos

Según la tradición bíblico-patrística, el diablo no
es personificación de las pasiones, sino persona creada por Dios como
ángel y que, al perder su comunión con él, se convirtió en un espírtitu
oscuro, diablo. El diablo, como persona, tiene libre albedrío, es
decir, libertad, que Dios no fuerza ni suprime.

El misterio de la iniquidad se activa en la
Historia, el diablo sigue engendrando el mal y llevando a cabo su labor
destructiva desde el momento en que apareció la Iglesia. La tradición
bíblica y patrística, aparte de toda visión teórica y moral del bien y
el mal, habla del taimado rival de Dios y enemigo del hombre. Es el
diablo, en quien sólo hay negación y que destruye y paraliza todo,
porque es espíritu de mortandad por rechazo a la vida esencial.

Por consiguiente, el diablo es una entidad concreta,
una existencia determinada. Se introduce en la historia mediante la
soberbia, la arrogancia y el engaño, como deicida y homicida, como el
fraude y la mentira de la nada, como el parásito que parodia y
escarnece la creación y al hombre. El pecado, las pasiones, la muerte,
es el mal que aquél engendra con su perversión y su odio, y sobre el
cual ejerce su poder y autoridad. El mal no es suma de acciones
humanas, sino una tentación activa que tiene su raíz en el principio
demoníaco, en un principio, pues, ajeno al hombre y su naturaleza, y
que la libertad humana puede aceptar o rechazar.

El diablo sobrevino por voluntad y acto de Dios. Los
demonios no fueron creados demonios por Dios desde el principio, porque
Dios no creó el mal, ya que todo lo hizo bueno. Fueron creados libres
de mal en su esencia y naturaleza, libres, independientes y autónomos
en cuanto a su voluntad y deseo, tal y como ocurrió con los ángeles.
Pero a partir de su caída voluntaria debida a su soberbia, sus cuerpos
delicados, etéreos e inmaculados se volvieron tenebrosos y oscuros,
materiales y pasionales.

En vista de que en su creación los demonios
constituyeron un orden entero, se considera que son muy numerosos y se
dividen en grupos y órdenes. La multitud de demonios y su división en
grupos y escalas se basa en su polinomia y su obra. Siendo, pues,
numerosos y polinómicos los demonios, luchan incesantemente por
invalidar la obra redentora de Cristo. No pudiendo hacer daño
directamente a Dios, se vuelven contra los hombres y los combaten con
su demónica sabiduría, enturbian nuestras voluntades, nos provocan
creando tentaciones, hacen todo lo posible por herir al hombre, operan
a través de las pasiones, nos combaten con las penas, ponen obstáculos
a la oración. Opera de tantos modos que, si Dios es el Ser, el diablo
puede caracterizarse como "el que se transforma".

La tentación y la guerra del diablo no están nunca
por encima de las fuerzas del hombre, no violentan su autonomía ni
afectan a su razón natural, que Dios ha permitido que mantenga mediante
su deseo y libertad. El poder del diablo no es vinculante, sino que
depende siempre de nuestra libertad. Sucumbir a las tentaciones es
cuestión nuestra. O que Satanás domine y ejerza su poder es algo
conectado con la decisión activa del hombre que, pervirtiendo su
libertad, dice no a Dios y sí al diablo. Los Padres de la Iglesia
insisten en que el hombre no se queda nunca solo. Si se aleja de la
gracia de Dios, se hace vulnerable a la influencia satánica. Si el
cuerpo del hombre no es manejado como arma por Dios, dice San Simeón el
Nuevo Teólogo, lo maneja el diablo, con el consentimiento y la
cooperación del hombre.

El creyente es llamado a ser el hombre de la
purificación y la oración, porque Satanás no dejará de hacer burla y
escarnio, de transformarse y de engañar, de corromper y desvirtuar el
Evangelio de Dios y la libertad de la Cruz de Cristo prometiendo
comodidades y felicidad. Y corremos el peligro de llegar a la plena
humillación entregándonos a las tentaciones demoníacas, tal y como hoy
las encontramos en las "Iglesias" y el culto de Satanás.

Si el diablo tiene la facultad de transformarse en
ángel de luz, nos damos cuenta de hasta qué punto puede hoy tentar y
humillar al hombre con las cosas más inocentes, felices y útiles.
Consiguiendo tendernos la trampa más astuta: el aparente triunfo de la
independencia humana.

Dicen muchos: no hay ni Dios, ni diablo. Pero la
fuerza de los demonios es equivalente al rechazo de la Economía Divina
de la Santísima Trinidad. Cristo humilló y puso al descubierto los
principios demoníacos. Pero la negación de la existencia del diablo
facilita más que ninguna otra cosa su labor. Debemos estar listos para
convertirnos en espectadores de los más sorprendentes prodigios del
diablo, con los cuales intenta alimentar al hombre moderno; haciendo
pan de las piedras. Debemos estar listos para afrontar una época de
engaños secretos y homicidas, que señalarán la nueva oscuridad de la
tierra desde la sexta hasta la novena hora, en la cual se aniquilará al
hombre y se perderán sus obras.

La Biblia Satánica proclama: " Da golpe por golpe, desprecio por desprecio, ruina por ruina, con usura cuatrocientas veces mayor ". " Anula todo sentimiento, todos los tabúes y todos los escrúpulos. Da la muerte a cuantos intentan arrebatarte este derecho ".

La omnipotencia de Dios, de acuerdo con su voluntad,
no elimina la libertad de los seres racionales. De esta manera, deja al
diablo trabajar por el mal porque es persona. Pero limita su
destructiva labor mediante el amor y la caridad, cuando el hombre se
arrepiente, lo perdona, y de este modo limita el reino del mal, pero la
definitiva supresión del poder del diablo tendrá lugar durante el
Juicio Final.

La obra del diablo es destructiva. Odia inmensamente
al hombre y a toda la creación. Esta poseído por una mortal
misantropía. Inspira pensamientos contra Dios y el prójimo, influye en
la voluntad del hombre, actúa ontológicamente sobre la naturaleza. Los
Padres dicen que como los hombres no eran capaces de comprender la
existencia y el furor del diablo, que se manifiesta por medio de las
ofensas contra el alma, Dios le permitió introducirse también en el
cuerpo, de manera que todos podamos ser conscientes de su furor.

Satanás consiguió mediante el fraude y el engaño
someter al hombre a las pasiones y el pecado. La causa que lo llevó a
esta acción era la envidia. Envidiaba el diablo a Adán, pues lo veía
habitar en el lugar del deleite completo e inmutable, el Paraíso, de
donde él había sido justamente expulsado.

Esta ofensa y esfuerzos del diablo por arrastrar al
hombre a las pasiones puede a veces tener lugar gradualmente. San
Gregorio Palamás dice que Satanás no dicta directamente el pecado y la
vida lejos de la Iglesia, sino que " hurtaba maliciosamente en pequeñas cantidades "
susurrando al hombre la idea de que puede permanecer en la virtud y
conocer por sí mismo qué debe hacer, sin necesidad siquiera de asistir
a la iglesia y sin obedecer a los pastores y maestros de la Iglesia. Y
cuando consigue sustraerlo a la vida de culto de la Iglesia, lo aleja
de la Gracia de Dios, habiéndolo primeramente entregado a la esclavitud
de las pasiones.

Ahora bien, ¿por qué Dios permite al diablo combatirnos? San Máximo el Confesor refiere cinco razones:

  • La primera es para que lleguemos a distinguir la virtud de la maldad llevando a cabo esta lucha .
  • La segunda, para que con la lucha conservemos segura e inmutable la virtud .
  • La tercera, para que no nos vanagloriemos de prosperar en la virtud, sino que la consideremos un don de Dios.
  • La cuarta, para que odiemos absolutamente la maldad, y la
    quinta, para que no olvidemos nuestra propia debilidad y la fuerza de
    Dios, cuando alcancemos la ausencia de pasiones.

El mal es que hoy la educación y toda nuestra
cultura ignoran esta realidad. No sólo no se enfrentan a ella, sino que
tampoco hablan del diablo y del pecado. Por ello podemos decir con
certeza que estamos dejando al hombre irredento, débil y desprotegido.

Y nosotros, por nuestra parte, hemos olvidado que
como ortodoxos pertenecemos a la Iglesia de Cristo y accedimos a ella
no para ejercer un deber formal y justificarnos a nosotros mismos, sino
para curar. Porque la Iglesia es lugar de curación, un hospital en el
cual ingresa el hombre para curar su mundo interior y liberarse de sus
pasiones, y no para destacar su lado positivo. Por otra parte, la
pérdida de significado de los oficios eclesiásticos es el fenómeno más
descorazonador de nuestra vida eclesiástica. Porque mientras que los
sacramentos fueron otorgados a la Iglesia para salvar al hombre, para
exorcizar, combatir y vencer a Satanás, nosotros los hemos convertido
en ocasiones para la vanagloria personal y la vanidad social. Hemos
olvidado, al parecer, "que donde no está Cristo, están los demonios, y
donde están los demonios la recta razón es pervertida y corrompida".

Si vivimos esta verdad, saldremos de nuestro encierro en el engaño del diablo y del pecado, y seremos libres.

Sin embargo, no hay que tener miedo. ¡No! Hay
Cristo, Iglesia, la vida cultual, la oración, la valentía espiritual,
el arrepentimiento. Una ortodoxia que no vence, sino que es vencida por
el diablo, que no es temible, sino que teme a los demonios, no es de
Cristo y de la Iglesia.

Somos llamados a dar testimonio por medio de nuestra
consciencia dogmática de que el Señor del mundo y de la historia es
Cristo. Quien conoce la verdad, ni teme ni desespera.

Respondiendo a la pregunta " ¿eres tú el que ha de venir o aguardamos a otro? ", el Señor respondió: " Id
a anunciar lo que habéis visto y oído. Los ciegos recobran vista, los
cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, los
humildes son evangelizados. Ha llegado a nosotros el Reino de Dios
".

Ojalá vivamos esta verdad virtuosa, profunda y
sinceramente. Es lo mejor para nosotros, para nuestro mundo, para
nuestros hijos y jóvenes, para descubrir el más profundo sentido de la
vida, la verdadera naturaleza del hombre, la libertad y el conocimiento
de Dios.