EL MUNDO

La palabra que define es propia de los hombres definidos. La claridad en la expresión, la claridad lograda y el correcto uso de los vocablos y los términos –evitando en lo posible la equivocidad– son signos que hablan de una voluntad fuerte, honesta, leal. De ahí que se haya dicho que la lógica es la ética de la inteligencia. Por eso es que, salvando la ignorancia, un razonamiento equivocado es un razonamiento inmoral. El logos y la ética van muy unidas en el hombre. La palabra que define es propia del hombre definido, con convicciones, que ama, pelea y combate.

La palabra que no define y el discurso que deliberadamente elige los vocablos más elásticos y polisémicos, son, por el contrario, la palabra propia de los hombres sin definiciones. Incapaces del sí, incapaces del no. Paradójicamente, no hay nadie como ellos que conozca lo que valen las palabras; no hay nadie como ellos que perciba el compromiso que conlleva el pronunciarlas, el costo que implica el decirlas.

Pero como su voluntad está en el mal, precisamente porque no quieren definir, porque quieren eludir el sacrificio y el esfuerzo que toda postura definida conlleva, estos hombres omiten culposamente el uso de la palabra concisa, clara y precisa, sustituyéndola por otra que sea lo suficientemente elástica para admitir diferentes interpretaciones. Así, el auditorio en un primer momento queda desconcertado; pero luego se inclina a interpretar el discurso en el sentido que le parezca verdadero.

Pero el problema está en que ese sentido no es necesariamente el sentido en que el hombre ha querido decir las cosas. No obstante, al “definir” equívocamente –lo cual equivale a no definir–, este hombre ha cometido una injusticia: se ha refugiado en la equivocidad para dejar contentos a la mayor parte de la gente. Si es un profesor, un maestro, una autoridad o un sacerdote, su culpabilidad aumenta pues –teniendo el deber de enseñar, de juzgar la verdad y el error en las cosas, condenado el segundo y ensalzando el primero– ante la presencia de la falsedad, omite definir. Elude definir. Peca por omisión a su deber de ser LUZ.

El hombre definido, por el contrario, dirá la verdad, oportuna e inoportunamente, sin menguarla ni hacerle descuentos, y sin pretender cuidar su propia fama de las opiniones del mundo. He ahí uno de los signos del testimonio verdadero. Por eso, citamos estas excelentes líneas de Ernest Hello. Ante tanto discurso alogal, ante tantas verdades a medias, tantas verdades dichas con timidez y mezquindad, teniendo que padecer numerosas claudicaciones y omisiones, el verbo ardiente y definido de Hello es una enorme bocanada de aire fresco. Brillante.

EL MUNDO

Por Ernest Hello

I

¿Qué es el mundo? Esta palabra odiosa, parece no significar nada absolutamente, y, sin embargo, es odiosa.

En apariencia, de poco nos servirá la etimología. Mundus, en latín, significa puro; el mundo es la impureza misma, su equivalente en griego, significa a la vez orden y mundo.

El sentido actual de la frase “hombre de mundo”, no tiene conexión, al menos en apariencia, con mundus ni con Kosmos.

Si volvemos a la etimología, será por un rodeo.

El mundo, ¿es el pecado? Evidentemente, no. Hay entre ambos una diferencia enorme. El mundo está en pecado, sin duda, pero éste siempre está situado en una región especial; tiene sus dominios propios en el mal, y esos dominios son los que hubieran de determinarse, o cuando menos, indicarse.

Un asesino es un pecador; un salteador de caminos es un pecador. Santa María Egipciaca, antes de su conversión, era una pecadora.

Estos son pecadores; no son gente de mundo.

II

Hay muchas frases terribles en el Evangelio, y entre ellas, he ahí una de las más terribles: Nom pro mundo rogo.

No ruego por el mundo [1]. Quien así habla conoce el fondo de las cosas y va a morir por los pecadores. No ruega por el mundo, San Juan nos lo cuenta; en aquella misma cena durante la cual durmió sobre el pecho de Jesucristo, en aquel momento solemne en el cual los brazos de Dios iban a abrirse sobre la cruz, en aquella cena, en aquel momento fue cuando San Juan oyó decir a la Verdad: “No ruego por el mundo”. Ya sabéis lo que está escrito en otra parte a propósito de los tibios. Sin entrar en las profundidades de estas palabras, mirando el mundo tal como se le ve, quisiera saber aproximadamente de qué se habla cuando de él se habla.

El pecado es el desorden, el desorden evidente, confesado, violento, desastroso. Las pasiones hacen ruinas, y no las ocultan. Algunas veces hasta se glorían de ello. Pero, una vez más, digo: ¿qué es el mundo?

¿Sería el mundo el dominio del pecado entibiado por la prudencia?

¿Sería el mundo el dominio del pecado, circunscrito por la tibieza de la temperatura?

El mundo se extiende tan lejos como la tibieza del aire. De allí donde el aire es caliente o frío, el mundo se va escandalizado.

Y así como se hace a sí mismo, en el fondo del desorden, un orden aparente que está unido con su tibieza –y en el fondo de su impureza, una pureza aparente que está unida asimismo con su tibieza– quizás encuentre, a sus propios ojos, la significación etimológica del mundus y del Kosmos, que han menester de la ironía para que en ellos se reconozca al mundo, el infame por excelencia, aquél que se llama mundo.

III

Las barreras de la tibieza separan el mundo de los pecados que no son suyos.

En la categoría de las temperaturas, la tibieza corresponde a la medianía. Ahora bien, la medianía es el espacio del mundo. El pecador tiene malas pasiones, pero el mundo tiene la afición del mal, la afición, no el entusiasmo.

El mundo tiene gustos y opiniones; no tiene amor ni odio.

Sus gustos están en las cosas intermedias. Hay en sus opiniones el temor de ser absolutas, y por ahí el de que parezcan convicciones. Tienen de particular la circunstancia de que no excluyen las opiniones contrarias; digo las opiniones, no las convicciones. Las opiniones de mundo pactan de buena gana con las demás opiniones de su especie. Contradíganse o no entre sí dichas opiniones, no deja de hallarse bien juntas; pues salgo las une: un odio tibio y profundo contra el común enemigo, esto es, contra la Verdad.

Las opiniones del mundo, aún cuando luchan entre sí dos de ellas, están coaligadas contra la verdad. Esta coalición es la parodia de la unión.

En el Panteón romano, recibíase a todos los dioses, excepto a Jesucristo. En el Panteón del mundo recíbense todas las opiniones; tan sólo la Verdad es despedida.

IV

El mundo se aparece a una hostería donde encuentran sitio los viandantes. Si un error pasa por fuera y quiere entrar, todos los comensales se estrechan y le hacen sitio en el banquete. Pero si la Verdad llama a la puerta, todos los puestos están ocupados y a ciertos viajeros, cuidadosamente escogidos, se les expulsa: Quia non erat eis locus in diversorio.

El mundo, tan limitado y tan ciego, tiene, sin embargo, un instinto maravilloso cuando se trata de reconocer y de expulsar. No se engaña, tiene certera puntería; se hace justicia, destiérrase. Se destierra queriendo desterrarse: pues el extraño que se va se lleva consigo la ciudad habitable.

El mundo se destierra al desierto. ¿Qué importa que ese destierro se llame acá la muchedumbre? No por ello deja de ser el desierto, es decir, el vacío, esto es, la muerte.

El desierto, el vacío y la muerte, tal era Roma cuando Juan se hallaba en Pathmos. Pathmos era la vida. Pathmos era la ciudad. He ahí por qué San Dionisio admiraba la justicia del mundo que huía –dijo– del rostro de San Juan.

El mundo es un desierto por el cual va y viene la muchedumbre muy apresurada: diríase que es un ejército en derrota. ¿Qué hace ese ejército? Todavía viene de Pathmos prosigue jadeante en su fuga, huye del rostro de San Juan. Huye en confuso desorden; los fugitivos vuélvense unos contra otros, y, en su extravío, degüéllanse mutuamente, pues combaten en la noche. Pero su terror les ciega: huyen del rostro de San Juan.

Aquél ejército en derrota yerra el camino; se extravía en el desierto, anda engañado por sueños y engañado por espejismos. Corre impelido en todas las direcciones, va a merced de los vientos que le arrojan la arena a los ojos, y sin embargo, le impulsa una idea fija; huye del rostro de San Juan. Disfraza su tumulto con una apariencia de actividad; pero huir del rostro de San Juan es su principal tarea. Todo el resto es tan sólo un detalle.

Ved esas gentes: van, vienen, venden, compran, hablan, se agitan discuten, se saludan, pues son finos, son corteses; mienten, charlan, adulan, denigran, separan, degüellan, destruyen, emponzoñan. Pero huir del rostro de San Juan es su principal tarea. Huir del rostro de San Juan, tal es su trabajo íntimo, su vida interior, la médula de sus huesos, la esencia que produce todos sus perfumes, el resto es un detalle, un adorno, una vestimenta que varía siguiendo la moda del día o el capricho del personaje.

V

El pecado anda menos disfrazado que el mundo. Muestra mejor lo que es y lo que hace. El mundo miente de continuo. Nunca hace lo que aparenta.

El mundo es aficionado a remedar. Es el simio de la sabiduría; ha fabricado una sabiduría para su uso propio; dicha sabiduría se parece a la sabiduría como el orangután se parece al hombre.

La verdadera sabiduría encuentra la paz en la altura, porque domina las contradicciones. La sabiduría del mundo encuentra una paz que, en el hoyo en que ha caído, se parece al mundo, porque desde ese hoyo ya no percibe las diferencias entre lo blanco y lo negro.

La verdadera sabiduría tiende a unir. La sabiduría del mundo tiende a amalgamar elementos que no pueden unirse, y, cuando ve que los tiene yuxtapuestos, cree que los ha fundido. Desde el punto en que dos elementos coexisten, el mundo imagina que están unidos.

El hombre de mundo no teme hacer daño. Pero teme chocar. No conoce las armonías, pero sí las conveniencias.

La conveniencia es lo que en el mundo substituye la armonía.

El mundo apetece el odio; pero es menester que ese odio, entibiado por la temperatura de los salones, evite ciertos estallidos. Es menester que llame en su auxilio ciertos engaños. Cuando dichos engaños llegan en su auxilio, puede presentarse en el mundo con el aplomo de una persona ataviada.

Cuando el odio se ha puesto su atavío, se halla en el orden del mundo, está en regla, puede entrar.

La ley del mundo tal vez sea la insignificancia. Si un hombre vivo se encuentra por accidente en el mundo, es menester que se haga insignificante, aún más insignificante que los demás, para no resultar sospechoso. Con tal de que borre toda verdad y toda luz, puede ser soportado un momento. Pero, como nunca se hace traición durante mucho tiempo a la esencia de las cosas, llegará un instante en que el mundo, en su perspicacia, se desvíe, y en su justicia, se separe.

La insignificancia es tan cara al mundo y tan necesaria a las vías de éste, que aún el mismo mal, con serle naturalmente simpático, llega a hacérsele antipático, si, mezclado con un principio de bien, si, en virtud de esa mezcla, hace brillar el círculo que la muerte traza alrededor del mundo. Si el mal, alterado por un movimiento generoso, se deja llevar y hace explosión, todavía permanece alguna vez en el dominio del pecado; más no se queda ya en el dominio del mundo.

El mundo apetece el mal, pero le gusta almibarado, con afeites, peinado, vestido con arreglo a las costumbres; gústale el pecado, pero le gusta elegante, galano, con perifollos.

En los dominios del pecado, se miente por interés, por pasión, por vergüenza, por miedo. En los dominios del mundo, se miente sin interés, sin pasión, sin vergüenza y sin miedo. Se miente porque se es del mundo, se miente por amor propio, se miente como se respira, porque la mentira en ese país es idéntica a la palabra.

¿Qué se diría en el mundo, si no se mintiese?

Puede el pecador decir la verdad después de haber mentido.

Pero el mundo, cuando ha mentido, continúa mintiendo; y, si dice la verdad, miente todavía. La verdad llega a ser mentira saliendo de sus labios. Cuando el mundo dice la verdad, cree expresar una opinión como cualquier otra; quiere que esa verdad esté rodeada de mentiras y viva en buena inteligencia con ellas. Quiere que vecindades infames la deshonren; y cuando la ha manchado de tal modo que ya ni él mismo la reconoce, entonces la tolera, porque ha llegado a ser mentira; y aquella mentira es preciosa, pues cubre las restantes, las autoriza, las toma bajo su salvaguardia, les quita lo que tendrían de demasiado violento, de demasiado crudo, de demasiado limpio. Esa verdad convertida en mentira por el tono, por el acento, por lo que la rodea, por el contexto, acaba de confundir el bien y el mal, y las gentes del mundo están contentas.

En los momentos en que el hombre de mundo dice la verdad, toma un tono protector para con ella. Diríase que consiente en no mentir de continuo, y que consiente por imparcialidad; diríase que, por compasión, quiere permitir a la verdad que se encuentre un instante en sus labios. Le concede este honor, y se lo hace pagar desde luego volviéndola igual a la mentira que se apresura a recobrar sus derechos, y que vuelve a entrar en posesión de lo suyo.

La apariencia de imparcialidad es uno de los lazos más horrorosos que la tibieza tiende a los que hace juguetes de su engaño, y al mundo le gusta mucho tender ese lazo. Toma aires de justicia ¡el miserable! Nada engaña con una fuerza y una autoridad tan temibles como la verdad mal dicha. Esta da a los errores que la rodean un peso que dichos errores no tendrían por sí mismos. La mezcla de la verdad y el error produce, en boca del mundo, efectos desastrosos. Da a la verdad apariencia de error y al error apariencia de verdad. Hace participar a aquél del respeto que a aquélla se debe.

Cuando la verdad aparece en labios del hombre de mundo, hállase entrelazada con el error, y ambos andan también entrelazados que ya él mismo no los distingue. Abrázanse, y aquéllos que tienen baja la mirada los toman por dos hermanos.

VI

El mundo es la vejez; difícil es imaginar cuán viejas son las gentes del mundo. Los jóvenes sobre todo son notables por su decrepitud, porque es en ellos más monstruosa, y por ahí más ostensible. Todos aquellos viejos de veinte años sin entusiasmo ni deseo alguno, que huyen del rostro de San Juan, húyele torpe, lenta, triste y deplorablemente. Se arrastran, por huirle, en un camino donde no se respira, sin vista, sin montañas, sin aire y sin horizonte. Se condena, no a la dulzura, sino a la desesperación. Por huir del rostro de San Juan, vuelven a Dios la espalda, hacen sus tareas sin adorar, y se hastían para siempre.

Hay, sin duda, un secreto para rejuvenecerse, y ese secreto pertenece a Dios que regocija a la juventud. Dios es el dueño del tiempo, y el tiempo párase cuando Él habla, como se quedan petrificados los bueyes cuando ruge el trueno. Dios, que tiene poder sobre el fuego, es el guardián de la juventud. La Santa Virgen, la muy amada de Dios, no conoció que su juventud se menguase. Salió de la infancia, pero no de la juventud. La juventud semeja un depósito que a Dios tan sólo pudiera confiarse, por no haber mano alguna con fuerza bastante para sostenerlo. Así, los enemigos de Dios detestan la juventud, como si en ella viesen un reflejo de Aquél a quien odian. Detestan la juventud, y en vez de retenerla, por virtud del Eterno, en la hora en que el tiempo se la lleve, suplican al tiempo que acelera el paso y se la lleve prematuramente. El mundo detesta la juventud, la verdadera juventud. Gústale parecer viejo y serlo. El mundo envejece a los niños.

VII

No creáis que el espíritu del mundo se limite a los salones y a los lugares donde se le cree generalmente aceptado e incluido. Los salones, si son vivos, pueden estar vacíos del mundo y llenos de la verdad, mientras que el mundo puede llenar y llenar frecuentemente de su infamia superabundante las casas aisladas, desiertas, inhospitalarias, los hogares sin calor donde no se ama al extranjero, las terribles moradas que niegan a la humanidad la comunión y el amor.

En una playa bretona donde se reúnen algunos bañistas en verano, y no hay nadie en invierno (algunas raras familias de pescadores habitan aquel desierto, donde hasta el alimento es asimismo raro y difícil); en aquella playa, hablaba yo cierto día con una campesina, y revelóme ésta sus deseos de abandonar el mundo. Admiré la profanidad de aquella frase y el conocimiento que dicha mujer tenía del mundo, en el verdadero sentido de esta palabra. Quizás podía ser el mundo, en su cabaña, tanto más horrible en cuanto estaba más próximo del mar inmenso. Tal vez el murmullo de los hombres se le había hecho más insípido todavía contrastado con el ruido solemne de las olas.

VIII

La ley del mundo es borrar. Este, que no tiene amor a nada, ama el nivel. Quiere hacer pasar todas las cabezas bajo su yugo, y logra sus simpatías aquello que es naturalmente bajo. Su odio es la grandeza, cualesquiera que sean el género y el sitio en que ésta se manifieste. La mediocridad es su atractivo. El mundo le abre espontáneamente las puertas cuyas llaves posee y ella entra con el aplomo que da el sentimiento del derecho. En el mundo, está en su casa, y frente a freten de los demás; obra con la insolencia propia de ella y con la ceguera en aquél característica. La mediocridad es insolente de un modo tan natural como es ciego el mundo. Si algo ocurre junto a ellos, la mediocridad insulta, y el mundo no mira.

La afición del mundo a borrar es tan pronunciada, que para agradarle, no es necesario ir muy lejos, ni aún en su dirección misma. No hay que hacer en demasía lo que él hace. No hay que aventajarle demasiado, no hay que exceder sus hábitos, ni aún en beneficio suyo. La tibieza es su elemento, y quienquiera que salga de esa región incurrirá en su desgracia. No hay que tener por sus intereses más celo que él mismo. Ello tomaría aspecto de algo, y es menester que no se tome aspecto de nada. Quien tal hiciera, distinguiríase de su vecino, y hay que parecérsele.

Siendo el carácter de los hombres de mundo no tener carácter, la multiplicidad es el dominio de ellos. Hacen mil cosas: venden, compran, platican, leen, escriben, etc., etc. ¿Cuál es el vínculo que une entre sí las acciones de un hombre de mundo? Diríase que no le hay; sus actos se suceden y nunca se encadenan. ¿Cuál es el lazo que une a los hombres de mundo? Dijerase que tampoco existe. Se aproximan y jamás se tocan. En realidad, no obstante hay un punto de contacto, hay una contraseña. La unidad, decimos, tiene una parodia, que es la coalición. Los hombres de mundo no son amigos; pero están coaligados. La unidad vive de amor. La coalición vive de odio. Los coaligado son enemigos privados que se unen contra el enemigo público. Los hombres de mundo tienen un odio común que les da una común ocupación, que determina el punto central de su actividad.

El mundo tenía mil quehaceres cuando el águila escribía en Pathmos su Apocalipsis. Sin embargo, a pesar de sus mil quehaceres, una sola era la tarea del mudo, la de evitar y echar a Pathmos en olvido. Los hombres de mundo tienen mil quehaceres; pero no tienen más que una tarea, pues sólo un odio y un terror abrigan: huyen del rostro de San Juan.

Ernest Hello, “El hombre. La vida – La ciencia – El arte”.

Libro Pimero: La Vida. El mundo. Págs. 106-114

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