Hay un vacio de pensamiento sobre la lengua latina y su uso en la liturgia (Fray Nelson.com)

7 Mayo, 2009

Si hay algo que brilla por su ausencia en las discusiones sobre el lugar del latín en la liturgia es la falta de argumentos, casi digo yo de parte y parte. La nostalgia de unos se enfrenta con el temor al anacronismo de parte de los otros y al final las cosas quedan en pánico paralizante o cerrazón a todo discurso racional.

Me atrevo a decir que he conocido varias dimensiones de este asunto. Conozco, leo y amo el latín; lo he enseñado en nuestra casa de formación en Bogotá por varios años, y también a nuestros novicios dominicos. He celebrado y rezado en latín en varias partes, incluyendo nuestro Angelicum en Roma. Por otro lado, mi experiencia de fe resulta imposible de comprender sin el entusiasmo (y la percusión y el ritmo) de las celebraciones carismáticas. Y de ahí sobre todo lo que echo de menos cuando se afirma que “sólo” el órgano es “digno” de la liturgia: mi sensación es que canonizar solo la música tubular equivale a dejar de lado la palabra “ritmo,” y en esto se cumple lo que en otras pareas de la vida de fe: lo que la Iglesia menosprecia, alguien lo aprecia, lo hace suyo y lo usa contra la Iglesia. Buena parte, quizás la mayor parte del rock nació y se crió al margen de la fe, y bueno, ahí lo tienes. Ya decían los antiguos: “lo que no es asumido no es redimido” (Quod non assumptus, non redemptus).

Y sin embargo, perder el latín es perder demasiado.

1. Cada lenguaje es la expresión del alma de un pueblo. Durante unos mil años largos la Iglesia, y la civilización occidental misma, pensó en latín, oró en latín, rió en latín. Olvidarse del latín es perder mil años de vida, de búsquedas, de hallazgos, de esperanzas, de poesía.

2. Una proporción solo modesta de textos están traducidos a lenguas modernas, y ninguna traducción reemplaza al original. Cuando hoy oímos “perfidi Iudaei” espontáneamente pensamos en una especie de insulto. Sucede así porque creemos que se puede reemplazar “perfidus” con “pérfido,” pero resulta que este último termino hace tiempo tiene vida propia, y sus sentido no puede asumirse como paralelo del antiguo.

3. Las lenguas llamadas “muertas” tienen por ello mismo una mayor capacidad de estabilidad semántica, y esto es muy necesario en la teología y en la liturgia. Sin al estabilidad en los vocablos terminamos por no saber a qué aluden. Ya es esto difícil cuando se trata de términos como “hypostasis” y “prosopon,” pero es mucho más complejo cuando términos nuevos aspiran a reemplazar a los antiguos, como cuando se propusieron “trans-significación” y “trans-finalización” en vez de “trans-substanciación.” Juzgar de estos asuntos de teología sin una sólida base en latín es temerario, por decir lo menos.

4. El latín tiene su genio propio para expresar una de las dimensiones menos apreciadas hoy, perp más necesarias: la objetividad del culto. ¿Qué se entiende por objetividad aquí? El hecho de que la fuente de la adoración no es el sujeto, en cuanto sujeto de emociones, recuerdos, sentimientos o anhelos, sino lo realmente actuado en, por y a través de Cristo.

5. La Iglesia ha tenido y tendrá que afrontar el embate de los nacionalismos, en tales circunstancias la neutralidad y universalidad del latín cumple un servicio enorme que a la vez previene del afán de protagonismo de cualquier nación o lengua ya todos educa en la pertenencia a una realidad que va más allá de sus propias fronteras.

De lo dicho en el punto cuarto quiero citar un par de ejemplos tomados del Misal Romano. Primero, una oración colecta de una misa para el tiempo pascual:

Deus, qui et libertatis nostrae auctor es et salutis, exaudi supplicantium voces, et, quos sanguinis Filii tui effusione redemisti, fac ut per te vivere et perpetua in te valeant incolumitate gaudere.

Así suele leerse en los misales en lengua castellana:

Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos; y ya que nos has salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre en ti y en ti encontremos la felicidad eterna.

La versión común en inglés va así:

Lord God, source of our freedom and salvation, listen to our humble prayer. You redeemed us by the shedding of your Son’s blood: enable us to live by your grace, and grant us at all times the joy of your safe keeping.

Las traducciones vernáculas, ambas muy correctas desde el punto de vista lingüístico, creo yo, presentan un movimiento que parte de Dios, llega a nosotros y allí atesorado pide ser preservado; es decir, el sujeto de interés es el hombre redimido. E el tetxo latino el fruto de la acción es pedido en la forma típica de esa lengua, o sea, en tercera persona: “quos… redimisti, fac ut… vivant.” El recurso a la tercera persona hace que el narrador-orante se sitúe como contemplativo y narrador de una acción divina, que da una vida firme, feliz y perdurable a los mismos que rescató. El énfasis está en el Dios redentor.

Un ejemplo diferente lo tomo de la fiesta de San Gregorio Magno. Dice el texto latino:

Deus, qui populis tuis indulgentia consulis et amore dominaris, da spiritum sapientiae, intercedente beato Gregorio papa, quibus dedisti regimen disciplinae, ut de profectu sanctarum ovium fiant gaudia aeterna pastorum.

Lo cual en castellano sale así en algún misal:

Dios todopoderoso y eterno, que pusiste al papa san Gregorio al frente de tu pueblo para que con su ejemplo y su palabra lo ayudara a crecer en santidad; protege, por su intercesión, a los pastores de la Iglesia y al rebaño que les has confiado, para que siempre caminen por las sendas de la salvación.

Esta vez, el traductor español ha tomado la otra opción: traducir literalmente la figura latina de la tercera persona, ya mencionada. El latín va: “da spiritum sapientiae… quibus dedisti regimen disciplinae.” Es una expresión bellísima, de clásica espiritualidad “objetiva,” en la que, de nuevo, Dios aparece como el iniciador y consumador de la gesta salvífica. La traducción arruina ese propósito y ni siquiera menciona el espíritu de sabiduría; mucho menos sabe qué decir del “regimen disciplinae;” quizás no le parece popular. El inglés traduce así:

God our Father, your rule is a rule of love, your providence is full of mercy for your people. Through the intercession of Saint Gregory grant the spirit of wisdom to those you have placed in authority, so that the spiritual grouwth of the people may bring eternal joy to the pastors.

Mejor que la versión castellana pero se pierden varias cosas. Resulta que en latín se habla del señorío de Dios (”dominaris”), y eso desaparece en inglés. En latín Dios es señor de los pueblos, y por eso se mencionan “populis tuis;” ello también falta en inglés. La sutileza y belleza de “indulgentia consulis” no existe más. Y la “disciplina” tampoco gustó a irlandeses, ingleses, australianos o estadounidenses.

Ahora pregunto yo: ¿cómo sabrán quienes solo conocen sus respectivas lenguas de cuánto se están perdiendo?

No pido yo simplemente que se diga todo en latín. Una respuesta integral a esta situación pide sacerdotes que amen el ser y la vida de la Iglesia, y que sean verdaderos liturgos, capaces de tomar de los tesoros de la Iglesia lo antiguo y lo nuevo.