Ad Orientem: un debate que nunca ha terminado

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Ofrecemos nuestra traducción de un artículo que el Padre Uwe Michael Lang publicó hace dos años en una revista italiana (y que recientemente fue recogido por el blog Fides et Forma) acerca de un tema de gran actualidad: la orientación de la plegaria litúrgica. El autor, que es un experto en el tema, realiza un profundo análisis de la cuestión rechazando las teorías de quienes presentan la orientación versus populum como una "opción conciliar".

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Recibo con placer la invitación de Rinaldo Falsini a reabrir un debate sobre la posición del altar y la orientación en la plegaria litúrgica (Vita Pastorale 10/2006, pp. 54-55). Éste es un debate que, a pesar de las apariencias contrarias, nunca se ha terminado. Ya en los años `60 teólogos de fama internacional criticaron la rápida acogida de la celebración versus populum: entre ellos, Josef Andreas Jungmann, uno de los artífices de la constitución del concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia, el oratoriano Louis Bouyer, uno de los grandes teólogos del Concilio, y Joseph Ratzinger, entonces profesor de teología en Tubinga y perito del Concilio. Las observaciones del joven Ratzinger no han perdido nada de su importancia: “No podemos negar por más tiempo que sobre este tema se han insinuado muchas exageraciones e incluso aberraciones, hasta el punto de resultar enojosas e indecorosas. Por ejemplo, ¿deberán celebrarse todas la Misas cara al pueblo? ¿Es tan absolutamente importante poder mirar a la cara al sacerdote que celebra la Eucaristía? O, ¿no será muchas veces extremadamente saludable pensar que también él es un cristiano y tiene todos los motivos para dirigirse a Dios en compañía de sus hermanos congregados en asamblea y recitar con ellos el Padrenuestro?” (traducción de J. Ratzinger, “Der Katholizismus nach dem Konzil” in Auf dein Wort hin. 81. Deutscher Katholikentag vom 13. Juli’ bis 17. Juli 1966 in Bamberg, Paderborn 1966, p. 253).

Estos teólogos, “a pesar de su gran reputación, en un principio no lograron que se oyeran sus voces, tan fuerte era la tendencia a subrayar el aspecto comunitario de celebración litúrgica y, por tanto, a considerar como absolutamente necesaria la posición cara a cara de sacerdote y pueblo”: son palabras del cardenal Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, en su prefacio a mi libro “Volverse hacia el Señor. La orientación en la plegaria litúrgica”. Actualmente el clima intelectual y espiritual está menos polarizado y ha sido posible retomar la discusión sobre la posición del altar y la orientación de la plegaria; lo demuestran las recientes obras sobre el tema que han sido acogidas con notable atención entre los estudiosos de liturgia. Como dice Ratzinger, “la investigación histórica ha suavizado la controversia haciéndola menos partidista mientras que, por otro lado, los fieles han ido tomando conciencia de los problemas que plantea una sistematización que difícilmente podrá demostrar que la liturgia está abierta a realidades superiores y a la perspectiva del mundo futuro” (ibíd.).

Lamentablemente no puedo estar de acuerdo con la tesis del padre Falsini de que “el altar hacia el pueblo es una opción conciliar”. Es bien conocido que los decretos del concilio no mencionan nada de todo esto. La Sacrosanctum Concilium no habla de celebración versus populum. El padre Falsini se refiere al artículo 128 del cap. VII de la constitución: “Revísense (…) los cánones y prescripciones eclesiásticas que se refieren a la disposición de las cosas externas del culto sagrado, sobre todo en lo referente a la apta y digna edificación de los tiempos, a la forma y construcción de los altares”. Pero su interpretación de este artículo me parece forzada.

La instrucción Inter Oecumenici, preparada por el Concilium para la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y publicada el 26 de septiembre de 1964, contiene un capítulo sobre la proyección de nuevas iglesias y altares que comprende el parágrafo que sigue: “Praestat ut altare maius extruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit” [Es recomendable que el altar esté exento del muro frontal, de modo que se pueda rodear fácilmente y así llevar a cabo la celebración cara al pueblo]” (Inter oecumenici, n. 91: AAS 56, 1964, p. 898).

Se afirma que sería deseable erigir el altar separado del muro frontal de modo que el sacerdote pueda rodearlo fácilmente y sea posible celebrar de cara al pueblo. Jungmann nos invita a considerar lo siguiente: “Es subrayada solamente la posibilidad. Y ésta [separación del altar de la pared] no es ni siquiera impuesta sino sólo aconsejada, como se puede notar observando el texto latino de la directiva […] En la nueva Instrucción, la premisa general de una disposición similar del altar es subrayada sólo en función de posibles obstáculos o restricciones de espacio” (J. A. Jungmann, “Der neue Altar” ii Der Seelsorger, 37, 1967, p. 375).

En una carta dirigida a los presidentes de las Conferencias episcopales, con fecha de 25 de enero de 1966, el cardenal Giacomo Lercaro, presidente del Concilium, declara que, respecto a la renovación de los altares, “la prudencia debe ser nuestra guía”. Y prosigue explicando: “Sobre todo porque, para una liturgia viva y participada, no es indispensable que el altar esté versus populum: en la Misa, toda la Liturgia de la Palabra se desarrolla desde la sede, el ambón o el atril y, por tanto, de cara a la asamblea; y en cuanto a la Liturgia Eucarística, los sistemas de altavoces hacen la participación bastante posible. En segundo lugar, se debería pensar seriamente en los problemas artísticos y arquitectónicos siendo que estos elementos están protegidos, en muchos países, por rigurosas leyes civiles” (traducción de G. Lercaro, “L’heureux développement” en Notitiae 2, 1966, p 160).

Se debe recordar también, en ese contexto, una proposición fundamental de las normas generales sobre la reforma de la sagrada Liturgia de la Sacrosanctum Concilium: “Por último, no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes” (cap. III, art. 23). En todo caso, no se puede apelar al concilio Vaticano II para justificar las alteraciones radicales a las que han sido sometidas las iglesias históricas en los últimos tiempos.

Respecto a la exhortación a la prudencia del cardenal Lercaro, Jungmann advierte que no deberíamos convertir la opción en “un requisito absoluto y, eventualmente, una moda a la que sucumbamos sin pensar” (Der neue Alltar, p. 380). La Inter Oecumenici permite, por lo tanto, celebrar la Misa de cara al pueblo pero no la impone. Aquel documento, de hecho, no sugiere que la Misa celebrada de cara a los fieles sea siempre la forma preferible de celebración eucarística. Las rúbricas del Missale Romanum renovado del Papa Pablo VI presuponen una orientación común del sacerdote y del pueblo para el momento culminante de la liturgia eucarística.

La Instrucción indica que, en el momento del Orate fratres, de la Pax Domini, del Ecce Agnus Dei y del Ritus conclusionis, el sacerdote debe dirigirse hacia los fieles: esto parece dar a entender que, en precedencia, sacerdote y pueblo están mirando en la misma dirección, es decía, hacia el altar. En la comunión del celebrante, la rúbrica dice ad altare versus, instrucción que sería redundante si el celebrante ya estuviera detrás del altar y de frente al pueblo. Esta lectura es confirmada por las directivas de la Institutio generalis, aunque de tanto en tanto éstas son diversas de las del Ordo Missae. La tercera Editio typica del Missale Romanum renovado, aprobada por el papa Juan Pablo II el 10 de abril de 2000 y publicada en la primavera del 2002, mantiene estas rúbricas.

Esta interpretación de los documentos oficiales ha sido confirmada por la Congregación para el Culto Divino. En una editorial de Notitiae, el boletín oficial de la Congregación, se aclara que la disposición de un altar que permita la celebración de cara al pueblo no es una cuestión que haga que la liturgia se mantenga firme o sufra detrimento. El artículo sugiere, además, que en este problema, como en muchos otros, la invitación a la prudencia del cardenal Lercaro casi ha caído en el vacío en el clima de euforia postconciliar. La editorial observa que el cambio de orientación del altar y el uso de la lengua son cosas mucho más fáciles que el entrar en la dimensión teológica y espiritual de la liturgia, estudiar su historia y tener en cuenta las consecuencias pastorales de la reforma (“Editorial: Pregare ad orientem versus” en Notitiae 29, 1993, p.247).

En la edición revisada de la Ordenación general del Misal Romano, publicada con fines de estudio en la primavera del 2000, se encuentra un parágrafo sobre la cuestión del altar: “Altare exstruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit, quod expedit ubicumque possibile sit [Constrúyase el altar separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda realizar de cara al pueblo, lo cual conviene que sea posible en todas partes]” (n. 299). La sutil formulación de este parágrafo (posit- posible) indica con claridad que la posición del sacerdote celebrante de cara al pueblo no es obligatoria: la instrucción simplemente permite ambas formas de celebración.

De cualquier modo, la frase añadida “lo cual conviene que sea posible en todas partes (quod expedit ubicumque possibile sit)”, se refiere a la previsión de un altar exento y no al hecho de que sea deseable una celebración versus populum. No obstante, diversos comentarios a la Ordenación general revisada parecían sugerir que la posición del celebrante versus orientem o versus absidem había sido declarada indeseable o incluso prohibida. Esta interpretación, sin embargo, ha sido rechazada por la Congregación para el Culto Divino respondiendo a una pregunta del cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena (sorprende que no haya sido publicada en Notitiae sino en la publicación oficial del Pontificio Consejo para los textos legislativos: Communicationes 32, 2000, pag. 171-172). Naturalmente, el parágrafo en cuestión de la Ordenación general debe ser leído a la luz de esta aclaración.

Una breve digresión histórica sobre las reflexiones del padre Pierre Jounel: el concilio Vaticano I se realizó en el brazo derecho de la Basílica de San Pedro y por eso se celebraba la Misa en el altar del ábside del mismo brazo dirigiendo “la espalda a los padres” (expresión inadecuada). En cambio, las sesiones del concilio Vaticano II fueron realizadas en la nave central. La Misa se celebraba “hacia el aula conciliar” porque San Pedro es una basílica con el ingreso orientado al este, hacia el cual el celebrante que estaba detrás del altar se dirigía durante la liturgia eucarística (ver el cap. II de mi libro “Volverse hacia el Señor”).

En realidad, la cuestión subyacente al debate litúrgico es la recepción del Concilio. Como Benedicto XVI ha dicho en su fundamental discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, hay dos hermenéuticas opuestas: la hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura y la hermenéutica de la reforma: “La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar”. Por el contrario, la hermenéutica de la reforma, “de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia que el Señor nos ha dado”, nos lleva a una relectura de los textos conciliares en el contexto de la tradición eclesial. Por eso, no podemos dejar a un lado la reflexión sobre la historia y sobre la teología de la orientación litúrgica, ni tampoco interpretando el Concilio, como propone Falsini en su artículo. Como he intentado demostrar en “Volverse hacia el Señor”, la dirección común del sacerdote y de los fieles en la plegaria litúrgica pertenece a toda la tradición cristiana, de Oriente y de Occidente, y tiene un significado aún más actual para la vida de la Iglesia de hoy.

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Fuente:
Fides et Forma

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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