Archive for marzo, 2009


La Santa Misa.

Ad Orientem: un debate que nunca ha terminado

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Ofrecemos nuestra traducción de un artículo que el Padre Uwe Michael Lang publicó hace dos años en una revista italiana (y que recientemente fue recogido por el blog Fides et Forma) acerca de un tema de gran actualidad: la orientación de la plegaria litúrgica. El autor, que es un experto en el tema, realiza un profundo análisis de la cuestión rechazando las teorías de quienes presentan la orientación versus populum como una "opción conciliar".

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Recibo con placer la invitación de Rinaldo Falsini a reabrir un debate sobre la posición del altar y la orientación en la plegaria litúrgica (Vita Pastorale 10/2006, pp. 54-55). Éste es un debate que, a pesar de las apariencias contrarias, nunca se ha terminado. Ya en los años `60 teólogos de fama internacional criticaron la rápida acogida de la celebración versus populum: entre ellos, Josef Andreas Jungmann, uno de los artífices de la constitución del concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia, el oratoriano Louis Bouyer, uno de los grandes teólogos del Concilio, y Joseph Ratzinger, entonces profesor de teología en Tubinga y perito del Concilio. Las observaciones del joven Ratzinger no han perdido nada de su importancia: “No podemos negar por más tiempo que sobre este tema se han insinuado muchas exageraciones e incluso aberraciones, hasta el punto de resultar enojosas e indecorosas. Por ejemplo, ¿deberán celebrarse todas la Misas cara al pueblo? ¿Es tan absolutamente importante poder mirar a la cara al sacerdote que celebra la Eucaristía? O, ¿no será muchas veces extremadamente saludable pensar que también él es un cristiano y tiene todos los motivos para dirigirse a Dios en compañía de sus hermanos congregados en asamblea y recitar con ellos el Padrenuestro?” (traducción de J. Ratzinger, “Der Katholizismus nach dem Konzil” in Auf dein Wort hin. 81. Deutscher Katholikentag vom 13. Juli’ bis 17. Juli 1966 in Bamberg, Paderborn 1966, p. 253).

Estos teólogos, “a pesar de su gran reputación, en un principio no lograron que se oyeran sus voces, tan fuerte era la tendencia a subrayar el aspecto comunitario de celebración litúrgica y, por tanto, a considerar como absolutamente necesaria la posición cara a cara de sacerdote y pueblo”: son palabras del cardenal Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, en su prefacio a mi libro “Volverse hacia el Señor. La orientación en la plegaria litúrgica”. Actualmente el clima intelectual y espiritual está menos polarizado y ha sido posible retomar la discusión sobre la posición del altar y la orientación de la plegaria; lo demuestran las recientes obras sobre el tema que han sido acogidas con notable atención entre los estudiosos de liturgia. Como dice Ratzinger, “la investigación histórica ha suavizado la controversia haciéndola menos partidista mientras que, por otro lado, los fieles han ido tomando conciencia de los problemas que plantea una sistematización que difícilmente podrá demostrar que la liturgia está abierta a realidades superiores y a la perspectiva del mundo futuro” (ibíd.).

Lamentablemente no puedo estar de acuerdo con la tesis del padre Falsini de que “el altar hacia el pueblo es una opción conciliar”. Es bien conocido que los decretos del concilio no mencionan nada de todo esto. La Sacrosanctum Concilium no habla de celebración versus populum. El padre Falsini se refiere al artículo 128 del cap. VII de la constitución: “Revísense (…) los cánones y prescripciones eclesiásticas que se refieren a la disposición de las cosas externas del culto sagrado, sobre todo en lo referente a la apta y digna edificación de los tiempos, a la forma y construcción de los altares”. Pero su interpretación de este artículo me parece forzada.

La instrucción Inter Oecumenici, preparada por el Concilium para la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y publicada el 26 de septiembre de 1964, contiene un capítulo sobre la proyección de nuevas iglesias y altares que comprende el parágrafo que sigue: “Praestat ut altare maius extruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit” [Es recomendable que el altar esté exento del muro frontal, de modo que se pueda rodear fácilmente y así llevar a cabo la celebración cara al pueblo]” (Inter oecumenici, n. 91: AAS 56, 1964, p. 898).

Se afirma que sería deseable erigir el altar separado del muro frontal de modo que el sacerdote pueda rodearlo fácilmente y sea posible celebrar de cara al pueblo. Jungmann nos invita a considerar lo siguiente: “Es subrayada solamente la posibilidad. Y ésta [separación del altar de la pared] no es ni siquiera impuesta sino sólo aconsejada, como se puede notar observando el texto latino de la directiva […] En la nueva Instrucción, la premisa general de una disposición similar del altar es subrayada sólo en función de posibles obstáculos o restricciones de espacio” (J. A. Jungmann, “Der neue Altar” ii Der Seelsorger, 37, 1967, p. 375).

En una carta dirigida a los presidentes de las Conferencias episcopales, con fecha de 25 de enero de 1966, el cardenal Giacomo Lercaro, presidente del Concilium, declara que, respecto a la renovación de los altares, “la prudencia debe ser nuestra guía”. Y prosigue explicando: “Sobre todo porque, para una liturgia viva y participada, no es indispensable que el altar esté versus populum: en la Misa, toda la Liturgia de la Palabra se desarrolla desde la sede, el ambón o el atril y, por tanto, de cara a la asamblea; y en cuanto a la Liturgia Eucarística, los sistemas de altavoces hacen la participación bastante posible. En segundo lugar, se debería pensar seriamente en los problemas artísticos y arquitectónicos siendo que estos elementos están protegidos, en muchos países, por rigurosas leyes civiles” (traducción de G. Lercaro, “L’heureux développement” en Notitiae 2, 1966, p 160).

Se debe recordar también, en ese contexto, una proposición fundamental de las normas generales sobre la reforma de la sagrada Liturgia de la Sacrosanctum Concilium: “Por último, no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes” (cap. III, art. 23). En todo caso, no se puede apelar al concilio Vaticano II para justificar las alteraciones radicales a las que han sido sometidas las iglesias históricas en los últimos tiempos.

Respecto a la exhortación a la prudencia del cardenal Lercaro, Jungmann advierte que no deberíamos convertir la opción en “un requisito absoluto y, eventualmente, una moda a la que sucumbamos sin pensar” (Der neue Alltar, p. 380). La Inter Oecumenici permite, por lo tanto, celebrar la Misa de cara al pueblo pero no la impone. Aquel documento, de hecho, no sugiere que la Misa celebrada de cara a los fieles sea siempre la forma preferible de celebración eucarística. Las rúbricas del Missale Romanum renovado del Papa Pablo VI presuponen una orientación común del sacerdote y del pueblo para el momento culminante de la liturgia eucarística.

La Instrucción indica que, en el momento del Orate fratres, de la Pax Domini, del Ecce Agnus Dei y del Ritus conclusionis, el sacerdote debe dirigirse hacia los fieles: esto parece dar a entender que, en precedencia, sacerdote y pueblo están mirando en la misma dirección, es decía, hacia el altar. En la comunión del celebrante, la rúbrica dice ad altare versus, instrucción que sería redundante si el celebrante ya estuviera detrás del altar y de frente al pueblo. Esta lectura es confirmada por las directivas de la Institutio generalis, aunque de tanto en tanto éstas son diversas de las del Ordo Missae. La tercera Editio typica del Missale Romanum renovado, aprobada por el papa Juan Pablo II el 10 de abril de 2000 y publicada en la primavera del 2002, mantiene estas rúbricas.

Esta interpretación de los documentos oficiales ha sido confirmada por la Congregación para el Culto Divino. En una editorial de Notitiae, el boletín oficial de la Congregación, se aclara que la disposición de un altar que permita la celebración de cara al pueblo no es una cuestión que haga que la liturgia se mantenga firme o sufra detrimento. El artículo sugiere, además, que en este problema, como en muchos otros, la invitación a la prudencia del cardenal Lercaro casi ha caído en el vacío en el clima de euforia postconciliar. La editorial observa que el cambio de orientación del altar y el uso de la lengua son cosas mucho más fáciles que el entrar en la dimensión teológica y espiritual de la liturgia, estudiar su historia y tener en cuenta las consecuencias pastorales de la reforma (“Editorial: Pregare ad orientem versus” en Notitiae 29, 1993, p.247).

En la edición revisada de la Ordenación general del Misal Romano, publicada con fines de estudio en la primavera del 2000, se encuentra un parágrafo sobre la cuestión del altar: “Altare exstruatur a parete seiunctum, ut facile circumiri et in eo celebratio versus populum peragi possit, quod expedit ubicumque possibile sit [Constrúyase el altar separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda realizar de cara al pueblo, lo cual conviene que sea posible en todas partes]” (n. 299). La sutil formulación de este parágrafo (posit- posible) indica con claridad que la posición del sacerdote celebrante de cara al pueblo no es obligatoria: la instrucción simplemente permite ambas formas de celebración.

De cualquier modo, la frase añadida “lo cual conviene que sea posible en todas partes (quod expedit ubicumque possibile sit)”, se refiere a la previsión de un altar exento y no al hecho de que sea deseable una celebración versus populum. No obstante, diversos comentarios a la Ordenación general revisada parecían sugerir que la posición del celebrante versus orientem o versus absidem había sido declarada indeseable o incluso prohibida. Esta interpretación, sin embargo, ha sido rechazada por la Congregación para el Culto Divino respondiendo a una pregunta del cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena (sorprende que no haya sido publicada en Notitiae sino en la publicación oficial del Pontificio Consejo para los textos legislativos: Communicationes 32, 2000, pag. 171-172). Naturalmente, el parágrafo en cuestión de la Ordenación general debe ser leído a la luz de esta aclaración.

Una breve digresión histórica sobre las reflexiones del padre Pierre Jounel: el concilio Vaticano I se realizó en el brazo derecho de la Basílica de San Pedro y por eso se celebraba la Misa en el altar del ábside del mismo brazo dirigiendo “la espalda a los padres” (expresión inadecuada). En cambio, las sesiones del concilio Vaticano II fueron realizadas en la nave central. La Misa se celebraba “hacia el aula conciliar” porque San Pedro es una basílica con el ingreso orientado al este, hacia el cual el celebrante que estaba detrás del altar se dirigía durante la liturgia eucarística (ver el cap. II de mi libro “Volverse hacia el Señor”).

En realidad, la cuestión subyacente al debate litúrgico es la recepción del Concilio. Como Benedicto XVI ha dicho en su fundamental discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, hay dos hermenéuticas opuestas: la hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura y la hermenéutica de la reforma: “La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar”. Por el contrario, la hermenéutica de la reforma, “de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia que el Señor nos ha dado”, nos lleva a una relectura de los textos conciliares en el contexto de la tradición eclesial. Por eso, no podemos dejar a un lado la reflexión sobre la historia y sobre la teología de la orientación litúrgica, ni tampoco interpretando el Concilio, como propone Falsini en su artículo. Como he intentado demostrar en “Volverse hacia el Señor”, la dirección común del sacerdote y de los fieles en la plegaria litúrgica pertenece a toda la tradición cristiana, de Oriente y de Occidente, y tiene un significado aún más actual para la vida de la Iglesia de hoy.

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Fuente:
Fides et Forma

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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El Canto Gregoriano… ¿Por qué en latín?

A continuación, por su profundidad y gran acierto, presentamos a nuestros lectores a traducción ofrecida por La Buhardilla de Jerónimo de un artículo de Jeffrey Tucker sobre el latín y la música popular católica, publicado en The New Liturgical Movement.
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Parte de nuestra ambición como ‘schola’ es hacer regresar a la vida de los católicos los himnos populares de todas las épocas. Por eso, este año hicimos el esfuerzo de cantar la antífona mariana para la Cuaresma – Ave Regina Caelorum – cada semana, después de la Comunión. La hemos puesto en el programa cada semana y la hemos cantado sin faltar. Hoy, en la quinta semana, el pueblo se unió al canto como si le fuera propio. Ahora es parte de su experiencia de la fe.
Es probable que algunos hayan tenido en mente la canción en la comida o al hacer deportes por la tarde. Tal vez algunos la cantarán en sus mentes antes de ir a dormir a la noche y quizá la recordarán también por la mañana.
Esto no era así solo unas semanas atrás, cuando prácticamente nadie en la parroquia conocía esta canción. Ahora es una realidad viva en sus vidas y la han agregado al depósito intelectual y estético de su comprensión de lo que constituye la marca de la fe católica. Esta canción se suma a mil otros signos – desde el agua bendita hasta las cuentas del Rosario – de lo que significa ser católico.
Personalmente, esto me es muy satisfactorio. Por supuesto, es sólo un canto. El Libro de Canto parroquial incluye 70 de estos. Hay centenas más que calificarían como música popular. Ojalá todos las conociéramos de memoria.
Entonces empecé a pensar el “por qué”. Después de todo, no se trata de “música ritual”, en el sentido de ser textos de la Misa. Estos himnos no son “propios”, ni partes de los cantos ordinarios de la Misa. Son himnos, y tienen vida propia fuera de los libros litúrgicos. En la Misa, se usan en los momentos en que el ritual se detiene, y estamos experimentando un período de contemplación.
Actualmente, tendemos a considerar a estos cantos como una música de alto calibre, característico de una “celebración solemne”, pero en realidad esto no es históricamente correcto. Esta música ha de ser considerada como la verdadera música popular católica. Tiene sus orígenes en la piedad, enraizados en la expresión popular de nuestra fe, cantados por todos los católicos de todos los tiempos, y su presencia continua durante mil años y más – con algunos de estos cantos pertenecientes al período patrístico – habla de su calidad musical y de su calidad como verdadera expresión del sentido de la fe.
Estas cortas melodías tienen una capacidad especial para unir a las personas en el canto, tema que puede sonar como un cliché hasta que consideramos qué es precisamente lo que los católicos quieren decir con la palabra “unir”. No es una unidad del tipo trivial, perteneciente solamente a aquellos que están presentes en el momento. Raramente se logra ese tipo de unidad en el ambiente parroquial, dada la tendencia natural de los católicos a evitar ser encerrados en actividades grupales. Además, hay que contar con que una cuarta parte de la congregación se resistirá consistentemente a cantar, sin importar cuán convincente sea el cantor o cuán familiar sea el canto.
Por unidad, entonces, queremos significar lo que está unido más allá de las líneas geográficas y nacionales e incluso a través del tiempo, extendiéndose por generaciones y generaciones. Nuestras voces se unen con gente que no conocemos y que no podríamos conocer. Ésta es una forma mística de unidad que prescinde del espacio físico que experimentamos con nuestros sentidos. Sólo podemos imaginarnos a la gente que mil años atrás cantaba estas mismas melodías con las mismas palabras en la misma Misa durante el mismo tiempo litúrgico. No sabemos y no podemos imaginarnos cómo eran sus vidas, qué ropa usaban, qué comían, cómo pensaban y hablaban, cuáles eran sus pruebas y sus problemas, sus gozos y sus temores; pero podemos, después de todo, cantar los mismos cantos que ellos cantaron. Así, nuestra unidad en el canto es una magnífica expresión de lo que significa ser católico, de lo que es ensanchar nuestro pensamiento y nuestra vida más allá de los límites del tiempo y del espacio.
Entonces podemos comprender la importancia del latín. Las melodías están hechas de forma que se acomoden al texto y lo expresen lo más hermosamente posible. Adaptarlas a otro idioma es posible pero esto las despoja de un importante aspecto de unidad, y el canto se convierte en uno diferente, con reminiscencias del original pero no la cosa real. Además, la música es una gran camino para que los católicos post-conciliares superen sus fobias ante el latín.
Pero debemos ir más lejos y preguntar por qué debiera importar que un grupo particular de católicos llegue a conocer un grupo particular de himnos. Es posible que ellos los enseñen a sus hijos, y que el canto viva y se difunda, y entonces habremos hecho una contribución a la continuidad histórica. Pero quizá no lo enseñen a otros. Puede ser que se muden a otra ciudad, o que olviden el canto después de la Cuaresma, y eventualmente, claro está, todos moriremos y nuestra capacidad de transmitir estas canciones morirá con nosotros.
Entonces, ¿por qué hacerlo? Es una cuestión de obligación que todos tenemos de ayudar a hacer la fe tan bella como podamos, en nuestro tiempo y espacio, en la medida en que podamos. Cantamos estos cantos por la misma razón por la que plantamos flores en nuestros jardines y en las jardineras de las ventanas. Las flores, como los cantos, viven sólo por un breve tiempo. Al final se mueren, y si uno no se ocupa, la tierra vuelve a su estado natural, sin flores ni belleza.
¿Por qué plantamos, entonces? Porque la belleza provoca en nosotros un cierto idealismo que mejora el mundo en el que vivimos y nos da un vislumbre de algo glorioso y eterno. Aprendemos de las flores que podemos hacer una contribución a mejorar nuestro mundo, y las flores contribuyen a mejorarnos como personas, dándonos una perspectiva y una imagen más clara de que lo que parece imposible, de hecho es posible. Plantarlas es una forma de entrar en el esfuerzo continuado, hecho por cada generación, de traer color y luminosidad al valle de lágrimas en el que vivimos.
Me gusta pensar sobre el trabajo de un músico en la Iglesia como en la entrada en una corriente de agua que comenzó a brotar al comienzo de la Vida de Cristo. Esta corriente crece y crece con el tiempo, y en ocasiones se frena, pero continúa existiendo y moviéndose solamente hacia delante. Pasamos muy pocos años sobre esta tierra, pero tenemos la oportunidad de formar parte de esta corriente de música, y de hacer una contribución en la transmisión desde el pasado hacia el futuro.
Cuando cantamos estos cantos, nuestras voces se hacen parte de esta agua y de su continuo movimiento. Al hacer esto, los músicos le damos a nuestras vidas un significado que va más allá del tiempo. Tenemos parte en el gran esfuerzo de teñir el mundo con el arte cristiano, un arte que señala a la grandiosa verdad que buscamos y que da sentido a nuestras vidas.
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Para escucha el himno Ave Regina Caelorum, puede encontrar las siguientes versiones, para su descarga en formato Mp3, : [Versión 1]  [Versión 2]
In Christo +
MARCVM
Ave, Regina caelorum,
Ave, Domina Angelorum:
Salve, radix, salve, porta
Ex qua mundo lux est orta:

 
Gaude, Virgo gloriosa,
Super omnes speciosa,
Vale, o valde decora,
Et pro nobis Christum exora.
Salve, reina de los cielos,
Salve, señora de los ángeles,
Salve, raíz santa, 
de quien nació la luz al mundo.
 
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas la más bella.
Salve a tí, la más hermosa. 
Ruega a Cristo por nosotros.

El Misterio de la Crismación: la Pentecostés Personal,

O Sacerdocio Real de los Laicos.

 

"La imposición de las manos por los Apóstoles daba el Espíritu Santo" nos dice san Lucas (Hechos 8:18). El libro de los Hechos nos da dos ejemplos:

Hechos 8:4-25.

Luego de la lapidación de Esteban y la primera gran persecución de la Iglesia en Jerusalén alrededor del año 36, los cristianos de Jerusalén se dispersaron para huir de la persecución y el diácono Felipe fue a predicar al Cristo en Samaria. La Samaria había acogido la palabra de Dios: pero los samaritanos "habían sido solamente bautizados en el nombre del Señor Jesús" y "el Espíritu Santo todavía no había caído sobre ninguno de ellos" (8:16). Es entonces que "los Apóstoles que estaban en Jerusalén enviaron a Samaria a Pedro y Juan: estos pues descendieron en lo de los samaritanos y rezaron por ellos con el fin que el Espíritu Santo les fuese dado (versículos 14 y 15)… Entonces Pedro y Juan se pusieron a imponerles las manos y recibían el Espíritu Santo" (versículo 17).

Hechos 19:1-7.

Cuando el Apóstol Pablo llegó a Efeso (alrededor del año 56) se produjo algo similar: "Encontró algunos discípulos y les dijo: ¿Han recibido el Espíritu Santo cuando han abrasado la fe? Ellos le contestaron: pero, nosotros ni habíamos escuchado decir que hay un Espíritu Santo. Y él: ¿Qué bautismo han recibido? — El bautismo de Juan, respondieron. Entonces Pablo dijo: Juan ha bautizado con un bautismo de arrepentimiento diciendo al pueblo de creer en Aquel que vendrá luego de él, es decir Jesús. Con estas palabras se hicieron bautizar en nombre del Señor Jesús: y cuando Pablo les impuso las manos, el Espíritu Santo vino sobre ellos y se pusieron a hablar en idiomas y a profetizar" (Hechos 19:1-7).

De esta manera por la imposición de las manos de los Apóstoles, los nuevos discípulos recibían el Espíritu Santo como lo habían recibido los primeros discípulos en Jerusalén el día de la Pentecostés: el don de Pentecostés se perpetuaba y se perpetúa; es lo que denominamos el misterio de la crismación, de la palabra griega chrisma que quiere decir "unción" — puesto que se trata de la unción del Espíritu Santo por la cual nos tornamos lo que era desde la eternidad el Cristo: "ungidos" del Espíritu Santo, pequeños cristos, "cristianos."

Actualmente este misterio es habitualmente celebrado inmediatamente después del Bautismo, por una unción de óleo, como fue el caso para la crismación del rey David.

El evangelista san Juan nos dice, en efecto, en su primera Epístola: "Ustedes han recibido la unción" (1 Juan 2:20), y el Apóstol san Pablo (2 Corintios 1:21): "Es Dios quién nos dio la unción."

El Apóstol Pedro evocará de una manera particularmente impresionante el carácter santo, sagrado que esta unción confiere al pueblo de Dios: "Ustedes son, nos dice él, una raza elegida, una comunidad sacerdotal y real, una nación santa …" (Pedro 2:9).

Novicio

: "Una comunidad sacerdotal y real," ¿Qué quiere decir esto?

 

Maestro

: Hemos visto que el Cristo es nuestro Sumo Sacerdote, que es el intermediario entre Dios y los hombres, que es a su vez el portavoz de Dios cerca de los hombres y el Abogado de los hombres cerca de Dios, y que este rol maravilloso se denomina su Sacerdocio. Hemos también visto que Él asocia todo su Cuerpo, toda su Iglesia, todos sus miembros a este sacerdocio: todavía se necesita que los miembros de su Iglesia sean revestidos de Su Santidad, que les comunique Su función sacerdotal, que haga de ellos sacerdotes, y también herederos de su Reino, futuros reyes. Es porqué san Juan nos dice en el Apocalipsis: "Él ha hecho de nosotros reyes y sacerdotes" (Apocalipsis 1:6; 5:10). La Iglesia es un pueblo de sacerdotes, y es la crismación que hace de todos los cristianos sacerdotes. Es lo que comúnmente se denomina "sacerdocio real de los laicos" por la cual los cristianos constituyen "una comunidad sacerdotal y real."
 

Novicio

: Yo creía que "laico" quiere decir "extranjero en la Iglesia. En efecto, encuentro en el diccionario la siguiente definición: laico, "que no es ni eclesiástico ni religioso."
 

Maestro

: A menudo las palabras cambian de sentido en función de la evolución de las ideas y de los eventos de la historia. Laico viene de la palabra griega laos = pueblo; por lo tanto significaba en su origen — y todavía significa para los cristianos — "miembros del pueblo de Dios." Es desde el momento que los cristianos — porque se tornaron malos cristianos — olvidaron que eran un pueblo de sacerdotes y de reyes, y se han descargado sobre el único clero todas sus responsabilidades, que la palabra ha tomado el sentido que has encontrado en el diccionario. Ya es hora que los cristianos redescubran el carácter sagrado, sacerdotal de su condición de laicos: por su participación en la divina Eucaristía, por el buen entendimiento que debería reinar entre ellos, por la bondad para con sus enemigos, por su firmeza con respecto a compromisos interesados hacia donde querrían arrastrarlos los maliciosos de este mundo, por todo el testimonio de la comunidad de creyentes-comulgantes; el conjunto de cristianos a la responsabilidad permanente de ser los representantes sobre la tierra de la realeza y sacerdocio del Cristo: si, realmente constituyen una comunidad sacerdotal y real, en griego basileion hierateuma.
Por la crismación cada uno de nosotros recibe la persona del Espíritu Santo, Don fundamental, que lo hace miembro de un pueblo de sacerdotes. Este don fundamental es la raíz de todos los dones particulares del Espíritu que confiere responsabilidades particulares. Es pues por una diferenciación funcional de este don fundamental que aparecen las funciones específicas de los obispos, sacerdotes y diáconos.
 

Un misterio de Misericordia

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Ofrecemos el testimonio de un seminarista norteamericano que ha participado, por primera vez, en la celebración de la Santa Misa según la forma extraordinaria del Rito romano. Se trata del Hermano Thaddeus Lancton MIC, un seminarista residente en Steubenville, Ohio.

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Recuerdo la voz de mi padre cuando conversando, varios años atrás, me dijo: “Et cum spiritu tuo le decíamos a los sacerdotes en latín”. Es decir: “Y con tu espíritu”.

Él usaría estas palabras en su rol de acólito. Hoy soy, como él, un acólito. Pero a diferencia de mi padre, nunca había acolitado en una Misa Tridentina, la Misa que fue codificada en el Concilio de Trento y que tuvo muy pocos cambios en la forma en que fue celebrada hasta el Vaticano II, cuando fue introducida una nueva forma del Rito Latino.

Gracias al Papa Benedicto XVI, sin embargo, la forma extraordinaria del Rito Latino está ahora al alcance de todos.

Mientras me preparaba con mis hermanos Marianos para la celebración de la forma extraordinaria el día de los Fieles Difuntos en nuestra capilla de Steubenville, Ohio, recuerdo que presté atención a las muchas pinturas en las paredes de la capilla. Estaban el Beato Estanislao Papczynski (1631-1701), fundador de la Congregación de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. El Beato Jorge Matulaitis-Matulewicz (1871-1927), renovador Mariano. Y los mártires marianos de Rosica, Bielorrusia, el Beato Jorge Kaszyra (1904-1943) y el Beato Antonio Leszczewicz (1890-1943).

“Ésta es la forma de la Misa que todos ellos celebraron”, destacó el Padre John Larson, MIC.

En nuestra casa en Steubenville he tenido el privilegio de acolitar en algunas misas “no solemnes”. Pero el 1º de febrero, tuve el don de ser el acólito “del lado de la epístola” para una Misa solemne. La Universidad Franciscana de Steubenville pide a un sacerdote que celebre la forma extraordinaria una vez al mes en la Misa de las 4:00 de la tarde de domingo.

Mientras acolitaba, me sentí paralizado ante la Cruz de San Damián y la imagen de María, nuestra Madre. Me di cuenta de la dignidad del sacerdote: el mismo Padre John, con quien como, rezo, y juego al Uno y al Scrabble. Allí estaba, ofreciendo el Sagrado Cuerpo y la Preciosa Sangre de Jesús. Me sentí tocado por la reverencia, la atención y la devoción de aquellos que participaban. Todos tuvieron paciencia para aguardar al Padre John que distribuía la Santa Comunión a alrededor de 200 estudiantes.

Durante la Misa, hay oportunidad para el silencio. Aunque amo el Novus Ordo – la Misa regular –, este silencio me ha enseñado cómo rezar verdaderamente en la Misa. Me ha enseñado cómo experimentó la Misa Santa Faustina, y cómo comenzó originalmente [el mensaje de] la Divina Misericordia. He buscado la palabra Misa en el glosario del Diario de Santa Faustina, y me he dado cuenta que muchas de sus visiones de Jesús ocurrieron durante la Sagrada Liturgia:

4 de junio de 1937: Hoy es la Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús. Durante la Santa Misa, me fue dado el conocimiento del Corazón de Jesús y de la naturaleza del fuego de amor en el que Él arde por nosotros, y cómo Él es un océano de Misericordia.

22 de marzo de 1937: Durante la Santa Misa, vi al Señor Jesús clavado en la Cruz, en medio de grandes tormentos. Un suave gemido brotaba de Su Corazón. Después de un tiempo, Él dijo: “Tengo sed. Tengo sed de la salvación de las almas. Ayúdame, hija Mía, a salvar almas. Une tus sufrimientos a Mi Pasión, y ofrécelos al Padre Celestial por los pecadores”.

El lenguaje de esta forma extraordinaria habla de un misterio, de un misterio de misericordia. Mientras hay menos “participación” de los laicos, hay mucho más silencio. En Is 30, 15, leemos: “Porque así habla el Señor, el Santo de Israel: en la conversión y en la calma está la salvación de ustedes, en la serenidad y la confianza está su fuerza”.

Estoy aprendiendo que durante esos momentos de calma, debo rezar con el Espíritu Santo, uniendo mi oración a la oración del sacerdote. Rom 8, 26: “Igualmente el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables…”.

De esta forma he aprendido a suplicar verdaderamente al amoroso Salvador por la salvación del mundo. Cuando veo al Jesús escondido, elevado por el P. John, contemplo lo que está sucediendo realmente: el Calvario se está haciendo presente. El amor de Cristo, Su Sagrado Corazón, está siendo ofrecido por el P. John a Dios Padre por mi propia salvación, y por la salvación del mundo entero.

El cambio del Novus Ordo a la forma extraordinaria es bastante difícil, pero estoy aprendiendo a combinar esta calma con los gemidos del Espíritu Santo, para experimentar verdaderamente la salvación ganada para mí en el Calvario. Estoy agradecido de que el P. John esté tan interesado en aprender esta forma de la Misa, porque estoy aprendiendo a apreciar la Misa en una forma nueva – como un Sacrificio. Ciertamente es un Sacrificio por parte de Cristo, pero es también un sacrificio por mi parte. Cuando asisto a la forma extraordinaria, aprendo a dejar de lado mi propio tiempo y mis propias preocupaciones. Verdaderamente aprendo a hacer una pausa mientras el sacerdote reza sus oraciones en silencio, y soy capaz de contemplar a Jesús en la Cruz. No es un tiempo para la prisa sino un tiempo para rezar, para suplicar a Dios que tenga Misericordia de nosotros, pecadores.

¿Por qué?, me pregunto a mí mismo durante la Misa. El cambio es enorme a nivel exterior, pero en un nivel interior, Cristo es el Mismo “ayer, hoy y siempre”. Al experimentar la forma extraordinaria, aprendo acerca de la forma ordinaria, y el cambio de una a otra me ayuda a nunca dar por sentado el maravilloso don de cada Misa: la Misericordia Divina misma, para nosotros pecadores.

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Fuente: The Divine Mercy

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Mirarán a Aquel que traspasaron

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Ofrecemos nuestra traducción de un interesante artículo, publicado hoy por L’Osservatore Romano, sobre la centralidad del crucifijo en la celebración litúrgica. Su autor es el Padre Mauro Gagliardi, uno de los nuevos consultores (nombrado por el Papa en septiembre de 2008) de la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

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En este tiempo de Cuaresma, no podemos dejar de pensar en el gran misterio del Sacro Triduo que, al término de estos cuarenta días, nos hará volver a meditar y revivir, en el hoy de la Liturgia, la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Una ayuda para este proceso de conversión proviene de la meditación sobre la centralidad de la Cruz en el culto y, en consecuencia, en la vida del cristiano. Las lecturas bíblicas de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) presentan, entre otros, el tema de "mirar a". Los israelitas deben mirar a la serpiente de bronce levantada sobre un asta para ser sanados del veneno de las serpientes (cfr. Números 21, 4b-9). Jesús, en la página evangélica de esa fiesta litúrgica, dice que Él debe ser levantado en alto como la serpiente mosaica para que quien cree en Él no muera sino que tenga vida eterna (cfr. Juan 3, 13-17). Los israelitas miraban a la serpiente de bronce pero debían realizar un acto de fe en el Dios que sana; para los discípulos de Jesús, en cambio, hay una perfecta convergencia entre “mirar a” y creer: para obtener la salvación, se debe creer en Aquel al cual se mira, el Crucificado Resucitado, y vivir de un modo coherente con esta mirada fundamental.

Ésta es la intuición fundamental del uso litúrgico tradicional según el cual el ministro y los fieles dirigen juntos su mirada hacia el crucifijo. En el momento en que entró en uso la práctica de celebrar versus populum, surgió el problema de la posición del sacerdote en el altar, ya que ahora estaba de espaldas al tabernáculo y al crucifijo. Inicialmente, en diversos lugares, fue establecido el tabernáculo (a cassetta) puesto sobre el altar separado de la pared: el tabernáculo se encontraba así entre el sacerdote y los fieles de modo que, aún encontrándose uno frente a otros, tanto el ministro como los fieles podían mirar hacia el Señor durante la liturgia eucarística. Este recurso, sin embargo, fue superado pronto, sobre todo en base a la convicción de que esta ubicación del tabernáculo generaría un conflicto de presencias: no se podría reservar el Santísimo Sacramento sobre el altar de la celebración porque contrastaría con las diversas formas de presencia de Cristo en la liturgia. Finalmente se resolvió colocar el tabernáculo en una capilla lateral. Quedaba aún el crucifijo, al cual el sacerdote seguía dando la espalda, dado que por norma aún permanecía en el centro. Se resolvió aún mas fácilmente estableciendo que podía ser colocado también a un lado del altar. De este modo, ciertamente, el ministro no le daba más la espalda pero la representación del Señor crucificado perdía su centralidad y, de todos modos, no se resolvía el problema consistente en el hecho de que el sacerdote continuaba sin poder “mirar al Crucificado” durante la liturgia.

Las normas litúrgicas establecidas para la actual forma ordinaria del rito romano permiten colocar el crucifijo y el tabernáculo en posiciones alejadas; sin embargo, esto no impide que se continúe discutiendo sobre la mayor oportunidad de que sean colocados al centro, como se indica para el altar. Esto vale principalmente para la representación del Crucificado. La instrucción “Eucharisticum mysterium”, de hecho, afirma que “en razón del signo” (ratione signi, n. 55), conviene que sobre el altar en el que se celebra la Misa no sea colocado el tabernáculo porque la presencia real del Señor es el fruto de la consagración y como tal debe aparecer. Esto no excluye que el tabernáculo puede normalmente permanecer en el centro del edificio litúrgico, sobre todo donde se cuente con la presencia de un altar más antiguo que ahora se encuentra detrás del nuevo el altar (véase el n. 54, que afirma que es lícita la colocación del tabernáculo sobre el altar dirigido al pueblo). Si bien se trata de una cuestión compleja y que requeriría profundizaciones, se puede reconocer que el desplazamiento del tabernáculo fuera del altar de la celebración versus populum (o nuevo altar) tiene más argumentos a su favor ya que no se basa sólo en el argumento del conflicto de presencias sino también en el de la verdad de los signos litúrgicos. Sin embargo, no puede decirse lo mismo respecto al crucifijo. Eliminada la centralidad del crucifijo, la comprensión común del sentido de la liturgia corre el riesgo de ser trastocada.

Es evidente que el mirar no puede ser reducido a un mero gesto exterior, realizado con la simple orientación de los ojos. Se trata principalmente de una actitud del corazón que puede y debe ser mantenida, cualquiera sea la orientación asumida por el cuerpo del orante y la dirección dada a la mirada durante la oración. Sin embargo, en el Canon romano, también en el misal de Pablo VI, está la rúbrica que prescribe al sacerdote elevar los ojos al cielo poco antes de pronunciar las palabras consecratorias sobre el pan. La orientación del espíritu es más importante pero la expresión corpórea acompaña y sostiene el movimiento interior. Si es cierto, entonces, que mirar al Crucificado es un acto del espíritu, un acto de fe y adoración, sigue siendo cierto que mirar la imagen del Crucificado durante la liturgia ayuda y sostiene muchísimo el movimiento del corazón. Tenemos necesidad de signos y gestos sagrados que sostengan, sin sustituirlo, el movimiento del corazón que anhela la santificación: también esto significa obrar litúrgicamente ratione signi. Sacralidad del gesto y santificación del orante no son elementos contrarios sino dos aspectos de una única realidad.

Por lo tanto, si el uso de celebrar versus populum tiene aspectos positivos, es necesario, sin embargo, reconocer también sus límites: en particular el riesgo de que se cree un círculo cerrado entre el ministro y los fieles que ponga en segundo plano precisamente a Aquel al cual todos deben mirar con fe durante el culto litúrgico. Es posible evitar estos riesgos restituyendo a la oración litúrgica su orientación, en particular en lo referente a la liturgia eucarística. Mientras la liturgia de la Palabra tiene su desarrollo más adecuado si el sacerdote está dirigido hacia el pueblo, parece teológica y pastoralmente más oportuno aplicar la posibilidad – reconocida por el misal de Pablo VI en sus diversas ediciones – de continuar celebrando la Eucaristía hacia el crucifijo; esto puede realizarse concretamente en diversos modos, también colocando la representación del Crucificado en el centro del altar en la celebración versus populum, de modo tal que todos, sacerdotes y fieles, puedan mirar al Señor durante la celebración de su santo Sacrificio. En el prefacio al primer volumen de su Opera Omnia, Benedicto XVI se ha mostrado feliz por el hecho de que se esté siguiendo cada vez más una propuesta que él había realizado en su Introducción al espíritu de la liturgia. Ésta, como ha escrito el Papa, consistía en la sugerencia de “no proceder a nuevas transformaciones sino poner simplemente la cruz en el centro del altar, a la que miran juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse así conducir hacia el Señor, al cual todos juntos oramos”.  

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Fuente: L’Osservatore Romano

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo