LA GRAN FIESTA DE LA EPIFANÍA

 

Hasta la edad de 30 años nuestro Señor Jesucristo vivió con Su Madre en la pequeña ciudad de Nazaret. Ayudando al anciano José en sus trabajos de carpintería, no se daba a conocer por nada especial, y la gente Lo consideraba como a uno de los hijos de José. Pero he aquí, se acercó la hora de comenzar Su servicio público. Entonces Dios, en cierta visión especial, ordenó al profeta Juan el Bautista, que vivía en el desierto, comenzar la predicación del arrepentimiento ante todo el pueblo y bautizar en el Jordán a todos los arrepentidos, como señal del deseo de ellos de limpiarse de sus pecados. El lugar donde el profeta Juan comenzó su prédica se llamaba: "desierto de Judea," situado en la orilla oeste del Jordán y del mar Muerto.

El evangelista Lucas nos proporciona valiosos datos históricos acerca de este decisivo período, mas precisamente, que en ese tiempo Palestina, que entraba en el conjunto del imperio romano, era gobernada por cuatro gobernantes, tetrarcas. En aquel entonces el emperador era Tiberio, hijo y heredero de Octavio Augusto, durante cuyo reinado había nacido Jesús. Tiberio subió al trono después de la muerte de Augusto en el año 767 después de la fundación de Roma, pero ya dos años antes, desde el 765 gobernaban en conjunto, y por lo tanto, el año l5 de su gobierno comenzaba en el 779, cuando el Señor cumplió 30 años de edad, — la edad exigida para ser un maestro de la fe.

En Judea, en lugar de Arquelao gobernaba el procurador romano Poncio Pilato, en Galilea — Herodes Antipas, hijo de aquel Herodes el Grande, que mató los niños en Belén; su otro hijo, Felipe, gobernaba el país de Iturea, ubicado hacia el este del Jordán y de Trajonite, en el noreste del Jordán; en la cuarta provincia, Abilinia, que lindaba por el noroeste con Galilea, al pie de la montaña de Antilivan, gobernaba Lisanias. En aquél entonces los sumo sacerdotes eran Ana y Caifás. En realidad el sumo pontífice era Caifás, y Ana o Anan era su suegro, quien había sido apartado de sus deberes por las autoridades gubernamentales romanas, pero gozaba de autoridad y respeto sobre el pueblo y dividía el poder con su yerno.

Los evangelistas llaman a Juan el Bautista "voz clamante en el desierto," porque él exhortaba enérgicamente a la gente: "Preparad el camino del Señor, haced que sea recto Su camino." Estas palabras son tomadas de las palabras del profeta Isaías, donde él consuela a Jerusalén, diciendo, que ya había terminado el tiempo de su humillación y pronto vendría la gloria del Señor, y "se manifestará la gloria de Dios, y toda carne juntamente la verá" (Isaías 40:5). Juan el Bautista explica esta profecía (Juan l:23) en forma de prototipo: debajo de la figura del Señor que marcha a la cabeza de Su pueblo que regresa de Su cautiverio, se entiende al Mesías, y como el mensajero — Su Antecesor, Juan. Por desierto, en sentido espiritual, se figura al mismo pueblo de Israel, y las irregularidades que debieran ser quitadas, como los obstáculos para la venida del Mesías — son los pecados y las pasiones de los hombres; he aquí porque la esencia de toda la predicación del Bautista se reducía propiamente en un solo llamado: ¡Arrepentíos! Esto era la proto-imagen de la profecía de Isaías. El último de los profetas antiguos, Malaquias, declara directamente, llamando al Bautista "Ángel de Dios," preparador del camino para el Mesías.

Juan el Bautista, relacionaba su prédica acerca del arrepentimiento, a la aproximación del Reino Celestial, es decir el Reino del Mesías (Mateo 3:2). La Palabra de Dios, entiende bajo este Reino, a la liberación del hombre del poder del pecado y la instauración del imperio de la justicia en su corazón (Lucas l7:21; Romanos l4:17). Es natural y evidente, que la gracia Divina, instalándose en los corazones humanos, los congrega en una sociedad, o Reino, denominado también Iglesia (Mateo l3:24-43, 47-49).

Preparando a los hombres para el ingreso en este Reino, que se desplegará pronto con la venida del Mesías, Juan convoca a todos al arrepentimiento, y a los que respondieron a este llamado, los bautizaba "con el bautismo del arrepentimiento para el perdón de los pecados" (Lucas 3:3). Esto no era todavía el bienaventurado bautismo cristiano, sino solo la inmersión en el agua como símbolo, de que el arrepentido deseaba la purificación de los pecados, en forma semejante, a como el agua limpia su cuerpo de la suciedad.

Juan el Bautista era un austero asceta, usaba ropas toscas de pelo de camello y se alimentaba con ácaros (género de langosta) y miel salvaje. Él representaba en sí mismo lo radicalmente opuesto a sus contemporáneos, los preceptores del pueblo hebreo, y su predicación acerca de la proximidad del Mesías, Cuya venida muchos esperaban tan ansiosamente, no podía no llamar la atención general. Hasta el historiador de los judíos José Flavio testimonia que el "pueblo, extasiado por las enseñanzas de Juan se congregaba hacia él en grandes multitudes" y que el poder de este hombre sobre los judíos era tan grande, que estaban dispuestos a hacer todo lo que él aconsejare, y hasta el mismo rey Herodes (Antipas) temía el poder de este gran maestro. Ni siquiera los fariseos ni los saduceos podían mirar con indiferencia, como el pueblo en masa iba hacia Juan, y ellos mismos tuvieron que ir al desierto hacia él, aunque es dudoso que todos ellos fueran con sentimientos sinceros. Por ello no es extraño que Juan los reciba con palabras severas y acusadoras: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? (Mateo 3:7). Los fariseos ocultaban hábilmente sus vicios con el estricto cumplimiento de las prescripciones puramente exteriores de las leyes de Moisés, y los saduceos, entregándose a sus satisfacciones físicas, negaban aquello, que contradecía su modo de vida epicúreo: la paz espiritual y la retribución de ultratumba.

Juan les reprocha su soberbia, les reconviene de la certeza en su propia justicia, y les sugiere que la esperanza de ser los descendientes de Abraham no les traerá ningún beneficio si no realizan frutos, dignos de arrepentimiento, pues "todo árbol, que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego" (Mat. 3:l0; Luc. 3:9), como algo que no sirve para nada. Los verdaderos hijos de Abraham no son aquellos que descienden de él por la carne, sino los que habrán de vivir en el espíritu de su fe y fidelidad a Dios. Si no os arrepentís, Dios os rechazará y llamará a vuestro lugar a nuevos hijos de Abraham en el espíritu (Mateos 3:9; Lucas 2:8).

Turbados por la severidad de sus palabras la gente preguntaba: ¿Qué haremos? (Lucas 3:11) Juan contesta, que es indispensable hacer obras de misericordia y amor, y abstenerse de todo mal. Y estos son precisamente aquellos: "frutos dignos de penitencia," — es decir actos buenos, contrarios a aquellos pecados que ellos realizaban.

Eran aquellos los tiempos cuando todo el mundo esperaba al Mesías, y entretanto, además los hebreos también creían, que el Mesías, cuando viniera, iba a bautizar (Juan l:25). No es de extrañar entonces, que muchos se hicieran la pregunta: ¿no será el Cristo, el mismo Juan? Juan respondía a esto, que él bautiza en agua para el arrepentimiento (Mateo 3:l0), es decir como señal para el arrepentimiento, pero que tras de él viene Uno más Poderoso que él, a Quien él, Juan, no es digno de desatar los cordones de Su calzado, como lo hacen los siervos a su señor. "Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mateo 3:11; Lucas 3:16; Marcos l:8) — y en su bautismo actuará la gracia del Espíritu Santo, como fuego, quemando toda inmundicia pecaminosa. "Su aventador está en Su mano, y limpiará Su era; y recogerá Su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará" (Mateo 3:12; Lucas 2:17) es decir Cristo limpiará a Su pueblo, como el dueño limpia su era, de la cizaña y la basura, y Su trigo, es decir a los que creyeron en Él, los reunirá en Su Iglesia, como en un granero, y a los que Lo aborrecieron, los arrojará a eternos tormentos.

 

Entonces, de entre toda la otra gente, también vino a Juan, Jesucristo de Nazareth de Galilea, para ser bautizado por él. Juan nunca antes había visto a Jesús y por eso no sabía Quien era Él. Pero cuando Jesús se acercó para ser bautizado, Juan, como profeta, percibió Su Santidad, pureza e infinita superioridad sobre sí mismo, y por ello dijo asombrado: "¡Yo necesito ser bautiz

ado por Ti! ¿Y Tú vienes a mí?""Así conviene que cumplamos toda justicia" — contestó con mansedumbre el Salvador. (Mateo 3:14-l5). Con estas palabras el Señor Jesucristo quiso decir, que Él, como engendrador del nuevo regenerado género humano, debía mostrar con Su Propio ejemplo la necesidad de cumplir todo lo que está establecido por Dios, entre lo que también estaba el bautismo.

No obstante, "bautizado, Jesús luego subió del agua" (Mateo 3:l6) porque Él no tenía necesidad de confesarse en pecados como toda la otra gente, que permanecía en el agua mientras se confesaba de sus pecados. Habiéndose bautizado, Jesús, según las palabras del Evangelista, oraba, evidentemente, acerca de que el Padre Celestial bendijera el comienzo de Su servicio.

"Y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio Juan al Espíritu de Dios Quien descendía como paloma y venía sobre Él." Evidentemente, no sólo Juan vio el Espíritu de Dios sino que también lo vio el pueblo que estaba allí reunido, por cuanto el propósito de este milagro era presentar al pueblo a Jesús como Hijo de Dios, Quien hasta entonces había permanecido en el anonimato. Es por eso que en el día del bautismo del Señor, llamado también Aparición del Señor, en el oficio de la iglesia se canta: "Te presentaste hoy al universo…" Según el Evangelista Juan, el Espíritu de Dios no sólo descendió sobre Jesús, sino que permaneció en Él (Juan l:32).

El Espíritu Santo se presentó en figura de paloma porque esa era la forma más explícita de presentar Sus cualidades. En las enseñanzas de San Juan Crisóstomo, se dice: "la paloma es un ser extremadamente manso y limpio. Y como el Espíritu Santo es un Espíritu de mansedumbre, en tal manera se presentó". San Cirilo de Jerusalén explica que "en la época de Noé una paloma anunció la finalización del diluvio universal, trayendo una ramita de olivo, así también ahora el Espíritu Santo anuncia la remisión de los pecados en forma de paloma. Otrora una ramita de olivo, ahora la misericordia de nuestro Dios."

La voz del Dios Padre: "Este es Mi Hijo amado, en quien tengo complacencia," indicó a Juan el Bautista y al pueblo presente la dignidad Divina del Bautizado, como Hijo de Dios, en Su propio sentido, Hijo Único, en El que permanece eternamente la benevolencia del Dios Padre; y al mismo tiempo estas palabras del Padre Celestial contestaban las plegarias de Su Divino Hijo acerca de la bendición para el comienzo de la gran hazaña de la salvación humana.

 

Nuestra Iglesia festeja el bautismo del Señor el 6 de enero, llamándolo — Aparición del Señor, por cuanto en este acontecimiento se presentó ante la gente toda la Santísima Trinidad — Dios Padre — con la voz desde los cielos, Dios Hijo — con el bautismo por Juan en el Jordán, Dios Espíritu Santo — descendiendo en forma de paloma sobre Jesucristo. La festividad del Bautismo, al igual que la festividad de la Pascua, son los festejos cristianos más antiguos. Siempre es recibido por los cristianos con gran expectativa e importancia, porque les recuerda su propio bautismo, lo que los induce a comprender aún más profundamente la fuerza y el significado de este sacramento.

Para el cristiano, dice el padre de la Iglesia de los primeros siglos, san Cirilo de Jerusalén, las aguas bautismales son "tanto el ataúd como la madre." El ataúd para su anterior vida pecaminosa en ausencia de Jesús, y madre de su nueva vida en Cristo y en el Reino de Su inconmensurable verdad. El bautismo — es la puerta por la que se sale del reinado de las tinieblas y se entra al Reinado de la luz: "Los bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido ataviados" — El que es bautizado en Cristo está envuelto en la túnica de la rectitud y la justicia de Cristo, se asemeja a Él, comienza a participar en Su santidad. La fuerza del bautizo consiste, en que el bautizado recibe la capacidad y la fuerza para amar a Dios y a sus semejantes. Este amor cristiano lo induce hacia una vida justa y recta y le ayuda a vencer su adicción al mundo y a sus placeres pecaminosos.

 

Tropario, Tono 1:

Al bautizarte en el Jordán, oh Señor, se manifestó la adoración a la Trinidad: porque la voz del Padre dio testimonio de Ti, llamándote su Hijo muy amado, y el Espíritu, en forma de paloma, confirmó la veracidad de estas palabras. Oh Cristo Dios que Te manifestaste e iluminaste al mundo, gloria a Ti.

Kontaquio Tono 4:

Hoy Te has aparecido al mundo y Tu luz, oh Señor, se ha grabado sobre nosotros que, conociéndote, Te cantamos: has venido y Te has manifestado, oh Luz inaccesible.

Santificación de las aguas en la festividad del Bautismo.

El ceremonial de la gran santificación de las aguas surgió de la costumbre de bautizar a los catecúmenos en vísperas de la Aparición del Señor. La misma oración de la santificación de las aguas en la fiesta de la Aparición del Señor, es tomada de la ceremonia del bautismo, y no es otra cosa, que una posterior reelaboración de ella. Es por eso que las mas antiguas crónicas hacen referencia a que esta ceremonia se realizaba en la tarde y la noche, en la víspera de esta festividad y no el mismo día de la Aparición del Señor. Esta costumbre de santificar las aguas por única vez en las vísperas de la Aparición del Señor se mantuvo hasta los siglos 11-12. En nuestros tiempos, por influencia del reglamento de Jerusalén, se afirmó la costumbre de santificar dos veces las aguas: en vísperas y durante el día de la Aparición del Señor.

En cuanto a lo que se refiere a la práctica existente en la iglesia, entre nosotros en todos lados en las catedrales de todos las ciudades, el 6 de enero, después de la liturgia, con la participación de todo el clero parroquial, se dirigen en solemne procesión, portando la Cruz, al así llamado "Jordán," que se organiza generalmente en el río, para realizar allí la gran santificación de las aguas. En las aldeas también se realiza, en el momento señalado, la procesión hacia el río o alguna otra gran fuente de agua para la gran santificación. En caso de que el río esté demasiado alejado del templo, se preparan grandes cubas, tinajas o toneles para la Gran santificación.

 

 

 

Explicación de la Epifanía

 

Por el Protopresbítero Thomas Hopko

El día 6 de enero se celebra la fiesta de la Epifanía o la Teofanía. Originalmente era la fiesta cristiana única,  de la manifestación de Dios al mundo en la persona de Jesús de Nazaret. Incluía la celebración del nacimiento de Cristo, la adoración de los Reyes Magos, y todos los acontecimientos de la niñez de Jesucristo como su circuncisión y presentación en el templo, así como su bautismo por San Juan en el Río Jordán. Es casi una certeza que esta fiesta, al igual que la Pascua de Resurrección y Pentecostés, se entendía como el cumplimiento de una fiesta judía previa, en este caso, la Fiesta de las Luces.

La palabra Epifanía significa manifestación. Frecuentemente se refiere a esta fiesta como la Teofanía, tal como se dice en los libros litúrgicos de la Iglesia Ortodoxa, palabra que significa Manifestación de Dios. El énfasis que se da a esta fiesta hoy en día está en la venida de Jesús como el Mesías de Israel y el Hijo de Dios, Uno de la Santa Trinidad, junto al Padre y el Espíritu Santo.

Así, en Su bautismo por Juan en el Jordán, Jesús se identifica ante los pecadores como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29), el “Amado” del Padre cuya tarea mesiánica es la de redimir a los seres humanos de sus pecados. (Lucas 3,21; Marcos 1,35) Es revelado como uno de la Santísima Trinidad, de quien  da testimonio  la voz del Padre, y el Espíritu en forma de paloma. Los himnos de la fiesta glorifican esta Epifanía trascendental, es decir, manifestación.

Cuando fuiste bautizado Señor, en el Río Jordán,

fue revelada la adoración de la Santísima Trinidad.

Porque la voz del Padre dio testimonio de Ti,

llamándote Hijo muy Amado.

Y el Espíritu en forma de paloma confirmó la inmutabilidad de esas palabras.

Oh Cristo Dios, que apareciste al mundo, gloria a Ti.

(Tropario de la Fiesta)

 

Hoy te manifestaste al universo,

y Tu Luz, oh Señor, ha brillado sobre nosotros,

quienes con entendimiento clamamos a Ti:

Tú has venido y Te has revelado,

 oh  Luz  Inaccesible.

(Kontakion)

 Los oficios litúrgicos de la Teofanía reproducen a los de la Navidad, aunque lo más probable es que haya sido la Epifanía la que sirvió de modelo para la Navidad, ya que la Navidad fue establecida como fiesta más tarde. En la mañana de la víspera de la fiesta, se celebran las Horas Reales junto a Vísperas y la Divina Liturgia de San Basilio el Magno. La vigilia de la fiesta consiste en Completas Mayores y Matutinos.

Las profecías que se leen en la Teofanía repiten las palabras de Isaías “Dios está con nosotros” y enfatizan la predicha venida del Salvador así como la venida de su precursor, San Juan Bautista:

 Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájase todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane; y toda carne verá la salvación de Dios.  (Isaías 40,3-5; Lucas 3,4-6)

El versículo bautismal de Gálatas 3,37 reemplaza otra vez al Trisagion. Las lecturas del Evangelio seleccionadas para leer en todos los oficios de la Teofanía hablan del bautismo de Jesús por Juan en el Río Jordán. La lectura de la Epístola en la Divina Liturgia habla de las consecuencias de la manifestación del Señor:

 Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. (Tito 2,11-14)

La característica principal de la fiesta de la Epifanía es la Bendición Mayor de las Aguas. De acuerdo con las indicaciones de la Iglesia, se debe celebrar esta bendición después de la Divina Liturgia tanto en la víspera de la fiesta como en la fiesta misma. En la mayoría de las parroquias, sin embargo, generalmente se hace una sola vez, y en una oportunidad en que el mayor número de fieles posible pueda participar. Comienza con la entonación de los himnos especiales de la Fiesta, y luego el celebrante inciensa el agua, que ha sido puesto en un recipiente en medio del templo. Rodeado por velas y, en algunos casos, también flores, esta agua representa el bello mundo de la creación original de Dios y el mundo glorificado por Cristo en el Reino de Dios. A veces se celebra esta bendición de las aguas afuera, cuando la Iglesia esta situada en la proximidad de un río.

La voz del Señor clama diciendo, tomad todos, el espíritu de sabiduría, espíritu de entendimiento, por la manifestación de Cristo.

 Hoy la naturaleza de las aguas se santifica, el Jordán se divide y sus aguas dejan de correr; porque en él se ve al Señor lavado.

Oh Cristo Rey, como hombre viniste al río para lavarte. Tomaste la iniciativa para recibir el bautismo como esclavo de la mano del Precursor por nuestros pecados, oh Amante de la Humanidad.

(Himnos de la Bendición Mayor de las Aguas)

Luego se leen tres lecturas de la Profecía de Isaías acerca de la era mesiánica:

Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo…. (Isaías 35,1-10)

A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche… (Isaías 55,1-13)

 

Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación. Y diréis en aquel día: Cantad al Señor, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras … su Nombre es engrandecido … Regocíjate y canta … (Isaías 12,3-6)

Después de la Epístola (I Corintios 10,1-4) y la lectura del Evangelio (Marcos 1,9-11), se entona una especial letanía mayor que invoca la gracia del Espíritu Santo sobre el agua y sobre todos aquellos que participarán de ella. Se finaliza con la gran oración de la glorificación cósmica de Dios en la cual se invoca a Cristo a santificar el agua, y a todos los seres humanos y la creación entera, por la manifestación de Su Presencia Divina, Salvífica y Santificadora, mediante la venida del Santo, Bueno y Vivificador Espíritu.

Mientras se canta el tropario de la fiesta, el celebrante sumerge  la cruz tres veces  en el agua, y luego procede a rociar con agua hacia los cuatro puntos cardinales. Acto seguido, bendice a todos los presentes con esta agua. Durante los días siguientes, bendice los hogares de los fieles con el agua bendita, que representa la salvación de toda la humanidad y de la creación entera, que Cristo ha llevado a cabo mediante Su Epifanía en la carne, por la vida del mundo.

Algunas veces, se piensa que la bendición del agua, y la práctica de tomarla y rociarla sobre todas las personas y cosas, es un paganismo que erróneamente ha entrado a la Iglesia Cristiana. Sabemos, sin embargo, que este ritual fue practicado por el Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, y que en la Iglesia Cristiana tomó un significado nuevo y especial.

Pues en  nuestra fe cristiana, por la inmersión de Cristo en las aguas del Jordán, toda materia ha sido santificada y purificada en Él, limpiada de sus gérmenes mortíferos heredados del demonio y de la corrupción de los seres humanos. En la Epifanía del Señor, toda la creación se vuelve buena de nuevo, por cierto “muy buena”, tal como Dios mismo la hizo y proclamó que era en el principio cuando “el espíritu de Dios se movía sobre las aguas” (Génesis 1,2) y cuando el “Espíritu de Vida” estaba en el ser humano y en todo ser hecho por Dios. (Génesis 1,30; 2,7)

 El mundo y todo cuanto hay en él ciertamente es “muy bueno” (Génesis 1,31) y cuando se vuelve contaminado, corrupto y muerto,  Dios lo salva nuevamente mediante la “nueva creación” en Cristo, Su Hijo Divino y Nuestro Señor, por la gracia del Espíritu Santo. (Gálatas 6,15) Esto es lo que se celebra en la Epifanía, y de modo especial en la Bendición Mayor de las Aguas. La consagración de las aguas en esta fiesta coloca el mundo entero, a través de su materia elemental, el agua, en la perspectiva de la recreación, santificación, y glorificación cósmicas del Reino de Dios en Cristo y en el Espíritu. Nos dice que el fin último del ser humano y el mundo es ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3,19), “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. (Efesios 1,23) Nos dice que Cristo, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad,” es y verdaderamente será “el todo, y en todos”. (Colosenses 2,9; 3,11) Nos dice, además, que “el nuevo cielo y la nueva tierra” que Dios nos  ha prometido mediante sus profetas y apóstoles (Isaías 66,22; II Pedro 3,13; Apocalipsis 21,1) en verdad ya están “con nosotros” en el misterio de Cristo y Su Iglesia.

 Así la santificación y el rocío del agua de la Epifanía  no es ningún ritual pagano. Es  expresión de la auténtica visión cristiana del ser humano, de su vida y de su mundo. Es el testimonio litúrgico  de que la vocación y el destino de la creación es de ser llena “de toda la plenitud de Dios”. (Efesios 3,19).