(entre el 1260-1288)


CUantos doctores como Agustín, Ambrosio, Gregorio, Hilario, Isidoro, Juan Crisóstomo, Juan Damasceno, Bernardo, y otros autores muy piadosos, tanto griegos como latinos, han tratado con gran amplitud de la oración; la han recomendado y descrito; han disertado acerca de su necesidad, utilidad y modo de hacerla, así como de la preparación e impedimientos para la misma. Pero el glorioso y venerable doctor, Tomás de Aquino y Alberto [Magno], de la Orden de Predicadores, a lo largo de sus obras, del mismo modo que Guillermo en el tratado de las virtudes’, han expuesto con nobleza, santidad, devoción y elegancia la manera de orar en la que el alma se sirve de los miembros del cuerpo,. para lanzarse con mayor devoción a Dios. De este modo, el alma, a la vez que mueve al cuerpo, es movida por él, y así entra en ocasiones en éxtasis, como sucedía a San Pablo, otras veces en arrobamiento, como acontecía al profeta David. De este modo oraba con frecuencia Domingo, y algo diremos aquí sobre el particular.

Nos encontramos con que los santos del Antiguo y Nuevo Testamento oraban de esta manera algunas veces. Porque tal modo de orar excita alternativamente la devoción, del alma al cuerpo, y del cuerpo al alma. Este modo de oración hacía prorrumpir en fuerte llanto a Santo Domingo, y le encendía el fervor de su buena voluntad en tal grado, que no podía ocultarlo, sin que se trasluciera su devoción a través de una cierta expresión corporal. Su alma en oración se elevaba a veces a formular peticiones, ruegos y acciones de gracias.

Se aludirá a continuación a sus modos especiales de orar. No se hace mención detallada de aquellos otros que tenía, muy devotos y constantes, en la celebración de la misa y recitación del oficio divino, en que se advertía al momento cómo se elevaba frecuentemente en espíritu por encima de sí, y se mantenía en el trato con Dios y los ángeles durante el rezo de las horas canónicas, bien fuera en el coro o de viaje.

Primer modo de orar

El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar, como si Cristo representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes [Jdt 9,16]. Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba [Mt 15,21-28] y lo mismo el hijo pródigo [Le 15,11-321. También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa [Mt 8,8]; Señor, ante ti me he humillado siempre [Sal 146,61. Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad. Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Este modo de orar inclinando profundamente la cabeza, como se muestra en el grabado, era el punto de partida de sus devociones.

Segundo modo de orar

Oraba también con frecuencia Santo Domingo postrado completamente, rostro en tierra. Se dolía en su interior y se apostrofaba a sí mismo, y lo hacía a veces en tono tan alto, que en ocasiones le oían recitar aquel versículo del Evangelio:

¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador [Le 18,131. Con piedad y reverencia, recordaba frecuentemente aquellas palabras de David: Yo soy el que ha pecado y obrado inicuamente [Sal 50,5]. Lloraba emitiendo fuertes gemidos; después, exclamaba: No soy digno de contemplar la altura del cielo, a causa de mi iniquidad, porque he provocado tu ira y he obrado mal ante tus ojos. Del salmo que comienza, Con nuestros oídos, ¡oh Dios!, hemos oído, recitaba con vigor y devoción el versículo que dice: Porque mi alma ha sido humillada hasta el polvo, y mi cuerpo pegado a la tierra [Sal 43,261; y también: Pegada al suelo está mi alma, conserva mi vida según tu palabra [Sal 118,25].

En alguna ocasión, queriendo enseñar a los frailes con cuánta reverencia debían orar, les decía: Los piadosos Reyes Magos entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron [Mt 2,11]. Es, pues, cierto que también nosotros encontramos al Hombre Dios con María, su esclava; venid, adoremos, postrémonos por tierra, lloremos ante el Señor que nos hico [Sal 94,6]. Exhortaba también a los jóvenes diciendo: Si no podéis llorar vuestros pecados, porque no los tenéis, hay muchos pecadores necesitados de misericordia y caridad. Por ellos gimieron los profetas y los apóstoles. Contemplándolos jesús, lloró amargamente, y lo mismo hacía el santo profeta David, diciendo: Viendo a los renegados, sentía asco [Sal 118,158].

Tercer modo de orar

Motivado Santo Domingo por todo cuanto precede, se alzaba del suelo y se disciplinaba con una cadena de hierro, diciendo: Tu disciplina me adiestró para el combate [Sal 17,35]. Esta es la razón por la que la Orden entera estableció que todos los frailes, trayendo a la memoria el ejemplo de Santo Domingo, se disciplinaran con varas sobre sus espaldas desnudas, los días de feria después de completas. Venerando este ejemplo, recitan el salmo que comienza: Misericordia, Dios mío [Sal 50], o aquel otro: Desde lo hondo a ti grito, Señor [Sal 129]. La disciplina se toma para expiación de las propias culpas, o por las de aquellos de cuyas limosnas viven. En consecuencia, nadie, por inocente que sea, se debe apartar de este santo ejemplo. Tal modo de oración queda reflejado en la figura.

Cuarto modo de orar

Después de esto, Santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, le miraba con suma atención, y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones. A veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del Evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme [Mt 8,2]; o como Esteban que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado [Hch 7,60]. El Padre Santo Domingo tenía una gran confianza en la misericordia de Dios, en favor suyo, y en bien de todos los pecadores, y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. En ocasiones no podía contener su voz y los frailes le escuchaban decir: A ti, Señor, te invoco, no seas sordo a mi voz, no te calles [Sal 27,1]; así como otras palabras por el estilo de la Sagrada Escritura.

En otras ocasiones hablaba para sus adentros, sin que se oyera en absoluto lo que decía, permaneciendo de rodillas ensimismado, a veces por largo tiempo. Había momentos en los que parecía que en este modo de orar su alma penetraba en los cielos; pronto se le veía rebosante de gozo y enjugándose las lágrimas. Se levantaba en él un gran deseo, como sediento que se acercaba a la fuente, o peregrino que ya estaba cerca de la patria. Crecía y se fortalecía en su ánimo; al levantarse y arrodillarse, lo hacía con una gran compostura y agilidad. Estaba tan acostumbrado a arrodillarse que, de viaje, en las casas donde se hospedaban, después del caminar fatigoso y en los caminos, mientras dormían y descansaban los demás, él volvía a las genuflexiones como a su propio arte y peculiar ministerio. Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo, que con las palabras.

Quinto modo de orar

Algunas veces el Padre Santo Domingo, estando en el convento, permanecía en pie, erguido ante el altar; mantenía su cuerpo derecho sobre los pies, sin apoyarse ni ayudarse de cosa alguna. A veces tenía las manos extendidas ante el pecho, a modo de libro abierto; y así se mantenía con mucha reverencia y devoción, como si leyera ante el Señor. En la oración se le veía meditar la palabra de Dios, y como si la relatara dulcemente para sí mismo. Le servía de ejemplo aquel gesto del Señor, que se lee en el Evangelio según San Lucas, a saber: Que entró Jesús según su costumbre, es decir, en sábado, en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura [Le 4,16]. Y también se dice en el salmo: Finés se levantó, y oró, y la plaga cesó [Sal 105,301.

A veces juntaba las manos a la altura de los ojos, entrelazándolas fuertemente y dando una con otra, como urgiéndose a sí mismo. Elevaba también las manos hasta los hombros, tal como hace el sacerdote cuando celebra la misa, como si quisiera fijar el oído para percibir con más atención algo que se le diría desde el altar. Si hubieras visto, lector, la devoción con que oraba en pie, te hubiera parecido que contemplabas a un profeta que, con un ángel o con Dios, ora hablaba, ora escuchaba, ora meditaba en silencio sobre lo que le había sido revelado. Si cuando iba de camino hurtaba pronto a escondidas algún tiempo para orar, su mente en vela continua, tendía al momento hacia el cielo; luego le oirías pronunciar con gran dulzura y delicadeza algunas palabras consoladoras, tomadas del meollo y de lo más sustancial de la Sagrada Escritura; parecía que las había sacado de las fuentes del Salvador. Los frailes se animaban mucho con este ejemplo, contemplando a su Padre y Maestro; se disponían con mayor devoción a orar, reverente y continuamente: Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, y como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores [Sal 122,2].

Sexto modo de orar

A veces se veía también orar al Padre Santo Domingo, con las manos y brazos abiertos y muy extendidos, a semejanza de la cruz, permaneciendo derecho en la medida en que [e era posible. Oró de este modo cuando, por su oración, Dios resucitó al niño llamado Napoleón 2; oró en la sacristía de San Sixto de Roma, y en la iglesia durante la celebración de la misa, elevándose del suelo, como narró la devota y santa Sor Cecilia, que se hallaba presente y lo vio, al igual que una multitud de personas; como Elías, cuando resucitó al hijo de la viuda extendiéndose sobre el niño [ 1 R 17,17-24]. De modo semejante oró cuando, junto a Toulouse, libró a los peregrinos ingleses del peligro de ahogarse en el río 3. De este modo oró el Señor mientras pendía en la cruz, es decir, con las manos y brazos extendidos, y con gran clamor y lágrimas fue escuchado por su reverencial temor [Hb 5,7].

Pero Santo Domingo no utilizaba este modo de orar sino cuando, inspirado por Dios, sabía que se iba a obrar algo grande y maravilloso en virtud de la oración. Ni prohibía a los frailes orar así, ni se lo aconsejaba. Cuando resucitó a aquel niño orando de este modo, en pie, con los brazos y manos extendidos en forma de cruz, no sabemos qué diría. Pudiera ser que pronunciara las mismas palabras del profeta Elías: ¡Señor, Dios mío! Que vuelva, te ruego, el alma de este niño a entrar en él [1 R 17,21]. Los presentes observaban este modo de orar, pero los frailes y monjas, los señores y cardenales, y los demás que contemplaron aquella manera de orar desacos tumbrada y admirable, no recogieron las palabras que pro nunció. Después no les fue permitido interrogar acerca de todo esto al santo y admirable Domingo, quien en este punto se mostró para con todos muy digno de respeto y reverencia. Sin embargo, pronunciaba con ponderación, gravedad y oportunamente las palabras del Salterio que hacen referencia a este modo de orar; decía atentamente: Señor, Dios de mi salvación, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia; recitaba hasta aquel versículo: Todo el día te estoy invocando, Señor, tendiendo las manos hacia ti [Sal 87,2-10]. Y también: Escucha, Señor, mi oración, presta oído a mi súplica, etc., hasta el versículo que dice: Extiendo mis manos hacia ti, etc., escúchame enseguida, Señor [Sal 142,1-6]. Por todo ello podrá cualquier persona devota captar la oración de este Padre, y su enseñanza al orar de este modo, cuando quería ser transportado a Dios de modo admirable en virtud de la oración, o mejor, cuando sentía desde lo más íntimo de su ser, que Dios le movía con especial fuerza a una gracia singular; a pedirla para sí o para otro, ilustrado por la doctrina de David, por el fuego de Elías, por la caridad de Cristo y por la devoción de Dios, como aparece en la figura.

Séptimo modo de orar

Sin embargo, se le hallaba con frecuencia orando, dirigido por completo hacia el cielo, a modo de flecha apuntando hacia arriba, que se proyecta directamente a lo alto por medio de un arco en tensión. Oraba con las manos elevadas sobre su cabeza, muy levantadas y unidas entre sí, o bien un poco separadas, como para recibir algo del cielo. Se cree que entonces se aumentaba la gracia en él y era arrebatado en espíritu. Pedía a Dios para la Orden que había fundado los dones del Espíritu Santo, y agradable deleite en la práctica de las bienaventuranzas. Pedía para sí y para los frailes mantenerse devotos y alegres en la muy estricta pobreza, en el llanto amargo, en las graves persecuciones, en el hambre y sed grandes de justicia, en el ansia de misericordia, hasta ser proclamados bienaventurados; pedía, de igual modo, mantenerse devotos y alegres en la guarda de los mandamientos y en el cumplimiento de los consejos evangélicos. Parecía que entonces el Padre Santo Domingo, arrebatado en espíritu, entraba en el lugar santo entre los santos, es decir, en el tercer cielo. De ahí que, tras esta oración, tanto en las correcciones, como en las dispensas, o en la predicación, se comportaba como un verdadero profeta.

No permanecía por largo tiempo el Padre Santo Domingo en este modo de orar. Volvía en sí mismo como quien llegaba de lejos, o como quien venía peregrinando. Esto se podía observar fácilmente en su aspecto y en el modo de comportarse. Sin embargo, cuando oraba con claridad, los frailes le oían pronunciar algunas veces las palabras del profeta: Escucha mi voz suplicante cuando te pido auxilio, cuando alzo las manos hacia tu santuario [Sal 27,2]. Y enseñaba de palabra y con su ejemplo santo a los frailes a que oraran así continuamente, diciendo aquella frase del salmo: Ahora bendecid al Señor los siervos del Señor. Y también: Señor, te estoy llamando, ven de prisa, escucha mi voz cuando te llamo, etc., hasta las siguientes palabras: Durante la noche levantad vuestras manos hacia el santuario [Sal 133,1-2]. Y también: Y el alzar de mis manos [como ofrenda de la tarde] [Sal 140,1]. Pero para que se entienda mejor cuanto se ha dicho, se ilustra con la figura.

Octavo modo de orar

Nuestro Padre Santo Domingo tenía otro modo de orar, hermoso, devoto y grato para él, que practicaba tras la recitación de las horas canónicas, y después de la acción de gracias que se hace en común por los alimentos recibidos. El mesurado y piadoso Padre, impulsado por la devoción que le había transmitido la palabra de Dios cantada en el coro o en el refectorio, se iba pronto a estar solo en algún lugar, en la celda o en otra parte, para leer u orar, permaneciendo consigo y con Dios. Se sentaba tranquilamente y, hecha la señal protectora de la cruz, abría ante sí algún libro; leía y se llenaba su mente de dulzura, como si escuchara al Señor que le hablaba, en conformidad con lo que se dice en el salmo: Voy a escuchar lo que dice el Señor, etc., [Sal 84,9]. Y, como si debatiera con un acompañante, aparecía, ora impaciente, a juzgar por sus palabras y actitud, ora tranquilo a la escucha; se le veía disputar y luchar, reír y llorar, fijar la mirada y bajarla, y de nuevo hablar bajo y darse golpes de pecho.

Si algún curioso quisiera observarle a escondidas, el Padre Santo Domingo se le hubiera asemejado a Moisés, que se adentró en el desierto, llegó al monte de Dios Horeb, contempló la zarza ardiendo y oró con el Señor, y se humilló a sí mismo [Gen 3,1-6]. Este monte de Dios, ¿no es como una imagen profética de la piadosa costumbre que tenía nuestro Padre, de pasar fácilmente de la lectura a la oración, de la oración a la meditación, y de la meditación a la contemplación?

A lo largo de esta lectura hecha en soledad, veneraba el libro, se inclinaba hacia él, y también lo besaba, en especial si era un códice del Evangelio, o si leía palabras que Cristo había pronunciado con su boca. A veces ocultaba el rostro en briéndose con la capa, o escondía la cara entre sus manos, velándola un poco con la capucha; lloraba lleno de congoja y de dolor; y también, como si agradeciera a un alto personaje los beneficios recibidos, se levantaba un poco con toda reverencia e inclinaba su cabeza; plenamente rehecho y tranquilo, leía de nuevo el libro.

Noveno modo de orar

Observaba este modo de orar al trasladarse de una región a otra, especialmente cuando se encontraba en lugares solitarios; pasaba el tiempo meditando, es decir, en contemplación. Decía a veces a su compañero de camino: Está escrito en el libro de Oseas: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» [Os 2,14]. En ocasiones se apartaba de su compañero y se le adelantaba, o bien, con más frecuencia, le seguía de lejos; así caminaba solo y oraba; se encendía en la meditación, o dicho de otro modo, se abrasaba en fuego. Llegaba en este modo de oración a hacer gestos como para apartar de su cara pavesas o moscas; por esto se protegía con frecuencia con la señal de la cruz. Pensaban los frailes que en este modo de orar había alcanzado el Santo’ la plenitud de conocimiento de la Sagrada Escritura, la inteligencia de lo más sublime de la palabra de Dios, un poder audaz de predicar fervientemente, y una secreta familiaridad con el Espíritu Santo para conocer las cosas ocultas.