Fr. Guy Bedouelle, O.P.


 Jules Michelet pintó en su Historia de Francia, tan característica del siglo XIX, un fresco en el que muestra cómo la Iglesia en el Languedoc, durante el siglo XIII, interrumpió «el impulso de libertad de pensamiento» que representaba la herejía. Las frases van fluyendo nerviosas, jadeantes, románticas… e inexactas. «Aquel Domingo», escribe, «el terrible fundador de la Inquisición, era un noble castellano. Nadie le sobrepasó en el don de lágrimas, que con tanta frecuencia va unido al fanatismo» (1). Y continúa en el capítulo siguiente: «El papa sólo logró vencer al misticismo independiente abriendo a su vez grandes escuelas de misticismo, me refiero a las Ordenes mendicantes. Esto equivale a combatir el mal con el mal; es acometer la empresa más difícil y contradictoria de todas: regular la inspiración, delimitar la iluminación, estructurar el delirio».

También conocemos el cuadro de Pedro Berruguete (t 1504), El Auto de fe, que se encuentra en el museo del Prado de Madrid. Santo Domingo -al que se reconoce por su manto estrellado- aparece sentado en una cátedra elevada, presidiendo un tribunal y rodeado de seis asesores, casi todos laicos. Debajo, a la derecha, unos herejes medio desnudos van a ser quemados en la hoguera que ya se está preparando. El contraste es impresionante y la composición admirable. El cuadro fue pintado sin duda para gloria de santo Domingo; ¿no había realizado el pintor diversos retablos para el convento dominicano de Avila, por encargo de Tomás de Torquemada (t 1493), Inquisidor general de España en 1483?

Si nos remontamos más atrás en el tiempo, encontraremos testimonios dominicanos en apoyo de la participación de Domingo antes que nadie en la Inquisición contra cátaros y valdenses en el Languedoc. Bernardo Gui (1261-1331) no vacila en reivindicar para su fundador el título de primer inquisidor, en una referencia que hace en su Vida de santo Domingo, recogiendo además textos «legendarios» del siglo XIII ? (2). El autor del célebre «Manual de inquisidores» no dudó tampoco en hacer por propia autoridad una interpolación en la Historia albigense de Pedro de Vaux de Cernai, para mencionar la presencia de Domingo en la batalla de Muret, el 12 de septiembre de 1213, en el transcurso de la sangrienta cruzada albigense; el santo tenía en sus manos un crucifijo acribillado á flechazos, que todavía se puede ver en San Saturnino de Toulouse… (3).

En sentido inverso Lacordaire afirma muy alto, cuando defiende ante su «País» el restablecimiento en Francia de la Orden de Predicadores, en 1838 (es decir, algunos años después de las inflamadas frases de Michelet sobre la fundación de las Ordenes mendicantes), que «santo Domingo no fue en absoluto el inventor de la Inquisición y nunca hizo acto alguno de inquisidor. Los dominicos no fueron en modo alguno promotores ni principales instrumentos de la Inquisición» (c. 6). Desgraciadamente, la demostración histórica que sigue a estos teoremas es bastante sospechosa. Por eso se la echaron en cara con vehemencia -y no sólo por razones de exactitud histórica-, especialmente su amigo Dom Próspero Guéranger, restaurador de los benedictinos en Solesmes, que le acusaba de no atreverse a «asumir su herencia».
¿A quién hay que creer entonces? ¿Fue Domingo el primer inquisidor? La respuesta es categórica: de ninguna manera. Basta la simple cronología para dirimir la cuestión:


Domingo murió en 1221 y el oficio de inquisidor no se instituyó hasta 1231 en Lombardía y hasta 1234 en el Languedoc.
¿Fueron los Frailes Predicadores los principales instrumentos de la Inquisición? ¿o sólo tomaron parte en ella «como todo el mundo», conforme a lo que dice Lacordaire? La respuesta tendrá que ser más matizada.

En todo caso, será conveniente saber de qué hablamos cuando pronunciamos la palabra Inquisición – juzgada unánimemente como algo funesto-, antes de intentar comprender el significado de la misma.
Hay que decir, en primer lugar, que existen dos Inquisiciones, o, mejor, dos oleadas de la Inquisición, bastante diferentes por su origen y por su destino. La primera, del siglo XIII, es el resultado de un largo proceso iniciado por los papas; se la suele llamar «Inquisición pontificia». La segunda responde a una iniciativa de los Reyes Católicos de España, que piden al papa en 1478 que reorganice la antigua institución. Este instrumento del absolutismo real, dirigido contra las minorías religiosas judía y musulmana, mal asimiladas, y contra las corrientes de pensamiento que parecían amenazar el orden social, no sería suprimido hasta el siglo XIX. Es ésta la que fue objeto de una «leyenda negra» lo bastante tenaz como para que todavía hoy el término «Inquisición» evoque inmediatamente en la mentalidad general, de manera un tanto visceral, las ideas de fanatismo y de intolerancia. Los reyes de España recurrieron con frecuencia a dominicos como Tomás de Torquemada, pero con mayor frecuencia aún, desde el siglo XVI, llamaron a jesuitas (4).

Por otra parte, cuando se habla de «Inquisición» hoy se confunden a menudo dos realidades que sería muy conveniente distinguir: un procedimiento y un tribunal. La inquisitio es, en primer lugar, un procedimiento jurídico. Se trata de una investigación que la autoridad pública abre de oficio, en las naciones modernas, al tener conocimiento de un crimen, mientras en las causas civiles esa misma autoridad espera a que se haya interpuesto una denuncia o acusación para perseguir el delito. La introducción de este procedimiento tan objetivo y minucioso, que constituye una garantía para el acusado, supuso un gran progreso con relación al antiguo procedimiento acusatorio, que era en otro tiempo el más generalizado. Así ocurría con los herejes a comienzos del siglo XIII: sólo se les perseguía si alguien los acusaba. Hacia 1230 termina de implantarse en Europa este procedimiento de investigación aplicado a los asuntos de fe. El problema que se plantea no es el de la implantación del procedemiento como tal, sino más bien el hecho de que las autoridades reales y eclesiásticas consideren la manifestación del disentimiento en materia de fe como un crimen que se ha de perseguir de oficio.

La Inquisición es también un tribunal, un tribunal extraordinario destinado a conocer en el crimen de herejía, aplicando, entre otros, el procedimiento de investigación. Tal es el origen del oficio de la Inquisición encomendado a diversos personajes. Sin hacer desaparecer al tribunal del obispo, que era el que se ocupaba hasta entonces de las causas de fe, este nuevo tribunal lo sustituye ampliamente.

Hasta esa época la herejía dependía, en lo espiritual, del tribunal del obispo, encargado de juzgar las creencias de los bautizados de su diócesis. El príncipe, que usaba de la coacción secular para obligar a comparecer al sospechoso acusado y para castigar en función de su propia ley penal al hereje condenado, reservaba al obispo el juicio sobre la acusación de herejía.

A principios del siglo XIII las múltiples acciones del papa Inocencio III contra los herejes, con el envío de legados a diversos sectores de la cristiandad, sólo miran a estimular o a reforzar la acción de los obispos. Van acompañadas de vastas campañas de predicación, destinadas a afianzar las creencias de los católicos y a atraer a los herejes a la fe. Domingo se incorporó a una de estas campañas de la palabra, la del mediodía francés (1206-1209).

La frecuente ineficacia del tribunal de los obispos llevó al emperador de Alemania Federico II y al papa Gregorio IX a decidirse por la creación de un tribunal extraordinario. El juez sería un clérigo, pero el príncipe garantizaría la base y la eficacia temporales: locales, mantenimiento, responsabilidad de los arrestos y comparecencias, aplicación de las penas en que se incurre según su propio derecho penal. En 1231 se crea el oficio de la Inquisición por una decisión común del papa y del emperador, para aplicarlo desde entonces en Alemania y en Italia. Este tribunal se introdujo en el norte de Francia en 1233, y en el mediodía a principios de 1234. Por consiguiente, no se puede suponer -como a veces se ha hecho – que fuera pensado especialmente para esta región. No tuvo nada que ver con santo Domingo.

Se le puede definir como un tribunal extraordinario, permanente, que interviene en todos los asuntos que interesan a la defensa de la fe y que utiliza el procedimiento inquisitorial, mucho más flexible y eficaz (5). No es una «policía de la fe». Se trata de convencer al hereje de la contradicción en la que se encuentra respecto a la fe cristiana y convertirlo; el inquisidor deberá, pues, ser un buen predicador. Para las faltas menos graves el tribunal. asigna penas de orden religioso: llevar una cruz, visitar iglesias, hacer peregrinaciones, o penas más importantes. Si el hereje es pertinaz, la Iglesia lo entrega al brazo secular, que a partir del siglo XIII podrá aplicarle la pena de muerte (prohibida, sin embargo, en el concilio III de Letrán). A partir de 1252 la Inquisición dispone del derecho a someter a tortura a los presuntos herejes, como era corriente en el derecho común de la época 27. Se comprende así la gravedad de la función inquisitorial.

La elección de la persona que habrá de ser juez de la fe es muy importante a los ojos de Gregorio IX, pues teme el peligro de un juez demasiado dependiente del príncipe, al servicio del cual podría poner su oficio. Ese es frecuentemente el caso de los obispos, especialmente en Alemania. El papa se inclina, pues, hacia los religiosos y a veces hacia los sacerdotes seculares. El primer inquisidor conocido fue Conrado de Marburgo, un secular. Sin embargo, el papa se vuelve pronto a los dominicos, especialmente por lo que respecta a Francia (1233) y al Languedoc (1234). Dos años más tarde, empero, les añade un franciscano. En adelante, los inquisidores del Languedoc serán ordinariamente dominicos, y los de Provenza franciscanos. Estos religiosos podían consagrarse a instruir causas de fe de manera continua, más justa y más concienzuda, a diferencia de los monjes y los clérigos seculares, que se ven solicitados por otras tareas. Pero la Inquisición nunca fue un oficio de la Orden de Predicadores como tal.

No es a los inquisidores a quienes hay que hacer responsables de la creación de la Inquisición. Si a algunos les faltó equilibrio, por el poder temible que se les había otorgado -como el tristemente célebre Roberto el Bougre, nombrado en 1235, que se desprestigió por sus excesos en el norte de Francia-, la mayor parte desempeñó con competencia, independencia de espíritu y preocupación principal por la salvación de las almas la tarea de juez que se les había encomendado y en cuya necesidad saludable creían, como la gran mayoría de los cristianos de occidente.
El problema de la Inquisición se inscribe en el marco de dos problemas mucho más antiguos: el de la persecución de la herejía dentro de la sociedad cristiana y, más en general, el de la sensibilidad de esta sociedad ante el disentimiento en la fe.

Este último dato se remonta a los orígenes de la Iglesia, cuando los cristianos se adhieren fuertemente al «sentimiento de unanimidad» (Fil 2, 2): «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre», como dice san Pablo (Ef 4, 5). Es verdad que la fe es un don total de la persona a Dios, pero implica, para ser auténtica, unas creencias, un contenido objetivo común.

La responsabilidad de la creación y perfeccionamiento de la Inquisición corresponde a la sociedad occidental, eclesiástica y política, a través de una larga serie de decisiones de todas clases. En definitiva, fue el sistema mismo de la cristiandad de occidente el que, vinculando entre sí estrechamente la Iglesia y la sociedad temporal, creyó justo y santo hacer de la fe y la moral cristianas la base de la legislación y el orden civil, y puso a su servicio como contrapartida las fuerzas coercitivas temporales, uno de cuyos instrumentos fue la Inquisición.

Este sentido de responsabilidad de los príncipes en Europa en relación con la norma de fe, para la salvación de sus súbditos, y esta voluntad de intervenir en su defensa con ayuda de los obispos, siguen estando muy vivos en occidente hasta el siglo XVI e incluso el XVII. Rebelarse contra la fe equivale a rebelarse contra el príncipe.

Dentro de la inquietud por la salvación que reinaba en la época, la gente corriente era a menudo la primera en exigir la persecución de aquellos propagandistas de doctrinas o remedios de salvación que, a juicio de la Iglesia, suponían para algunos cristianos un riesgo de perdición eterna. El hombre de la Edad Media podía comprender que se tuviera tolerancia con los paganos, que no dispusieron de medios para conocer la revelación; a lo sumo, que se tuviera con los judíos (tal será la actitud de los papas). Pero le resulta imposible considerar la desviación de la fe católica o la negación del bautismo como si no fueran pecados graves (7).

El disentir en la fe aparece así como la falta más grave, la más perniciosa de todas; por eso, el procedimiento inquisitorial lo que pretende, en primer lugar, es curar, como lo haría un médico. ¿Acaso no hay que salvar a la misma persona hereje, y no solamente la sociedad a la que amenaza? Se trata, en realidad, del famoso dilema que plantea el impresionante cuadro del Gran Inquisidor, ideado por Dostoievsky para expresar la rebelión de Iván Karamazov.

Durante toda la Edad Media esta connivencia entre lo temporal y lo espiritual que culmina en la Inquisición se considera normal. A pesar de las querellas que enfrentaron sucesivamente con el papa a reyes, emperadores, clérigos rebeldes o teólogos como Marsilio de Padua, por ejemplo, en ninguna de ellas se encuentra reproche alguno relativo a la Inquisición, que parece aceptada e incluso deseada por la opinión general.

Habrá que esperar a que despierte la idea de «tolerancia» para que se llegue a rechazar, si no el hecho de la institución, sí al menos sus métodos. Erasmo parece haber sido un precursor en este terreno, como lo fue también en otros (8).

La Edad Media es mucho más sensible a los valores y a las verdades objetivas y sociales que a la sinceridad de las convicciones personales. La profundización en el sentido de la persona y de la libertad, tan subrayado sin embargo por san Pablo cuando considera la vida del cristiano bajo la gracia (Gal 5, 13), es, en el fondo, una conquista reciente. Lo cual no nos permite ser jueces de los siglos que pensaban de otra manera, máxime si tenemos en cuenta que, a pesar de tantas declaraciones de principios, nuestra conducta no es mucho más respetuosa de los derechos del hombre.

(Fuente: Bedouelle, Guy. La fuerza de la pala bra. Domingo de guzman. Editorial San Esteban. 1987).



1. Tomo II, lib. IV, c. 7, en: Oeuvres complétes, IV, ed. crítica de P. VIALLANEIX (París 1974). En la primera edición había escrito Michelet: «Era un noble castellano, singularmente caritativo y puro. Nadie tuvo en mayor abundancia el don de lágrimas y la elocuencia que las hace brotar». Estas últimas palabras fueron suprimidas en 1852 y sustituidas por la frase vengativa en 1861, Ibid., p. 657.

2. Sobre el estado de la cuestión, cfr. M. H. VICAIRE, Dominique…, 3657; 143-149.

3. Cfr. «Cahiers de Fanjeaux» 16 (1981) 243-250.

4. Cfr. G. y J. TESTAS, L’Inquisition (París 1974).

5. Cfr. Le Credo, la morale et l’Inquisition. «Cahiers de Fanjeaux» 6 (1971). Cfr. Y. DOSSAT, Les crises de l’Inquisition toulousaine (1233-1273) (Burdeos 1959); H. MAISGNNEUVE, Etudes sur les origines de l’Inquisition (París 21960) 248-249.

6. Cfr. F. COMPAGNONI, Pena de muerte y tortura en la tradición católica. «Concilium» n. 140 (1978) 689-706.

7. Exponente de la actitud medieval en esta cuestión es SANTO TOMAS DE AQUINO, Summa theologiae, II-II, 10, 8, ad 3, donde se encuentra la famosa expresión: «es voluntario abrazar la fe, pero el mantener la fe recibida es de necesidad».

8. Cfr. J. LECLER, Histoire de la tolérance au siécle de la Réforme, 1 (París 1955) 140.