Los laicos y la misión de la Orden
Santa Sabina, noviembre 1987

F. Damian Byrne, O.P.


El Capítulo General de Ávila instituyó una comisión especial para el estudio del papel de los laicos en nuestro apostolado. Así el Capítulo se hacía eco de la creciente importancia que el laicado ha ido adquiriendo en la Iglesia, particularmente a partir del Concilio Vaticano II. Dicha comisión capitular encomendó al Maestro General de la Orden “escribir a los frailes y a toda la Familia Dominicana sobre los laicos en nuestro apostolado y sobre los laicos dominicos en el mundo de hoy” (n. 95).

1. El despertar de los laicos, un nuevo signo eclesial

El Concilio Vaticano II se hizo eco de un nuevo signo eclesial: el despertar de los laicos a una nueva etapa eclesial de corresponsabilidad y sentido de comunión. Las palabras del Concilio fueron un reconocimiento y acogida favorable de esta nueva etapa y, a la vez, una invitación a toda la Iglesia para seguir por este camino. El reciente Sínodo extraordinario de los Obispos ha recogido la voz autorizada del Concilio y ha señalado nuevas directrices y metas como complemento de la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia.

El despertar de los laicos a la ministerialidad y corresponsabilidad eclesial es un signo de los tiempos con profundo significado teológico. Las declaraciones conciliares o sinodales son sólo el reflejo de un hecho histórico que se está produciendo a lo largo y ancho de todas las iglesias locales y, por tanto, de la Iglesia universal.

Os invito a repasar conmigo algunos hechos presentes en la actual coyuntura de la Iglesia.

a) Las iglesias locales, muchas de ella s iglesias jóvenes, están cobrando especial vitalidad gracias en buena parte a la activa corresponsabilidad de los laicos, hombres y mujeres, conscientes de su vocación cristiana y de su misión y responsabilidad apostólicas. Los esfuerzos de revitalización, reorganización, inculturación… renovación misionera… son con frecuencia urgidos y llevados a cabo por los laicos en diálogo y colaboración con sus párrocos.

b) Singular importancia ha adquirido el hecho de una progresiva diversificación de los ministerios asumidos por los laicos en el interior de la comunidad. Cada día es mayor el número de los laicos que descubren y realizan ministerios específicos en la Iglesia. En la mayoría de los casos, estos ministerios reconocidos y aprobados por sus respectivos pastores. Crece el número de los laicos dedicados a la catequesis y evangelización, a la reflexión y la enseñanza teológica, a la presidencia y animación de la comunidad, a la administración y servicios sociales, la lucha por la causa de la justicia y la paz en el mundo… Estos ministerios no son ejercidos sin más preparación que la buena voluntad, quienes los ejercen se sienten obligados a una formación, preparación y entrenamiento adecuados.

c) C) Desde el punto de visa teológico, eclesial y pastoral, es altamente significativo el hecho de un creciente liderazgo asumido por los laicos. No es un simple liderazgo que supla la escasez de sacerdotes o que los desplace Es el liderazgo de muchos laicos que por vocación o especial carisma se sienten llamados a convertirse en animadores de la comunidad cristiana en la oración, en el compartir la Palabra, en los compromisos sociales y políticos, en las obras de caridad y justicia. Estos líderes laicos auguran una nueva etapa no sólo para la concepción sino también para el funcionamiento de la autoridad en la comunidad cristiana.

d) En el despertar del laicado adquiere singular importancia y significación la presencia de la mujer, tras siglos de silencio y marginación. Los dones naturales y los carismas especiales de la mujer inyectan una nueva vitalidad en la comunidad cristiana y revela un nuevo rostro de la experiencia cristiana. Su sentido de lo práctico, la especial sensibilidad femenina, su maternidad, la constancia en las pruebas… revelan aspectos ocultos de la Palabra de Dios, de la comunión cristiana, de la experiencia del Reino.

e) Estos fenómenos presentes en la Iglesia actual han provocado una creciente colaboración de laicos, religiosos, sacerdotes en las distintas esferas de la vida eclesial. Cada vez más los dominicos y dominicas compartimos nuestra vida y proyectos apostólicos con otros religiosos y laicos, hombres y mujeres, casados o solteros. Los laicos no son ya simples destinatarios de nuestra misión, ellos comparten con nosotros –y nosotros con ellos- una misma responsabilidad en la comunidad cristiana.

f) Frente a este hecho eclesial es preciso que los dominicos nos hagamos algunos interrogantes: ¿Cómo no sentimos y cómo reaccionamos ante el despertar de los laicos en la Iglesia? ¿Asumimos de buen grado este hecho? ¿Lo ignoramos con autosuficiencia? ¿Lo rechazamos por falsos miedos? ¿Cuáles son nuestras actitudes y nuestras prácticas en relación con los laicos? ¿Qué puesto tienen los laicos en nuestro ministerio, en la elaboración y realización de nuestros proyectos apostólicos? Sentir con la Iglesia hoy significa, entre otras cosas, asumir estos interrogantes y responderlos con sinceridad.

2. Claves Teológicas para una reflexión cristiana

La reflexión teológica ha vuelto hoy su mirada hacia los signos de los tiempos para leer, interpretar y discernir las exigencias de la Palabra de Dios y de la experiencia cristiana. Hacer teología o predicar es poner en contacto la Palabra de Dios con las situaciones históricas de los hombres. La fidelidad a nuestra rica tradición teológica exige de nosotros una escucha atenta y un discernimiento teológico de este nuevo signo eclesial de los tiempos. No podemos olvidar que fueron precisamente nuestros hermanos teólogos del Vaticano II quienes desarrollaron la nueva teología del laicado y de la ministerialidad de la comunidad cristiana.

a) La primera clave para reflexionar sobre el laicado y su misión en la Iglesia nos la proporciona la eclesiología del Concilio Vaticano II. Éste desplazó la definición jurídico-institucional de la Iglesia hacia una concepción o definición específicamente teológica. El criterio clave de esta nueva definición específicamente teológica. El criterio clave de esta nueva definición es “El Pueblo de Dios”: la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, convocado por la fe en el Resucitado, y sellado por el bautismo en Cristo Jesús. Hoy existe una cierta tendencia a afirmar que la “comunión” expresa la naturaleza de la Iglesia mejor que “el Pueblo de Dios”. Sin embargo , tanto el Vaticano II como una tradición gaética mucho más antigua están en favor de la definición “Pueblo de Dios”. Todos los bautizados participan en pleno derecho en esta vocación y en esta misión. Todos son Pueblo de Dios, miembros activos y responsables de la Iglesia en su misión.

b) Esta concepción eclesiológica del Concilio nos conduce a una nueva concepción de la ministerialidad y de los ministerios en la Iglesia. Todos los ministerios y carismas son dones de Dios a través de la comunidad. He aquí la segunda clave importante para nuestra reflexión teológica. El sujeto de la ministerialidad es la comunidad cristiana. Todo bautizado comparte radicalmente esta dimensión de la ministerialidad. La diversificación de los ministerios es la expresión de la dimensión ministerial en la comunidad.

c) Una tercera clave de la reflexión teológica nos obliga a revisar nuestra tradicional teología del ministerios. Me refiero a los criterios de valoración y jerarquización de los mismos. El carácter sacro de las acciones litúrgicas y el nexo estrecho entre ministerio sacerdotal y autoridad en la Iglesia nos han acostumbrado a un punto de vista sagrado y litúrgico, concediendo preferencia a este ministerio. De esta forma, las funciones y ministerios asociados con el culto ocupan el primer puesto en nuestra escala de valores, mientras que el ministerio más “secular” queda relegado al segundo puesto. Esto debe cambiar. Recordando el consejo de S. Pablo a los Corintios, es necesario recobrar los criterios comunitarios para valorar y dar preferencia al carisma y al ministerio. El carisma y el ministerio cobran mayor importancia para el cristiano en la medida en que sirven para construir la comunidad cristiana.

Esta tercera clave teológica ayuda a superar el tradicional dualismo y en muchos casos falsa oposición entre el sacerdocio y el laicado. Vale la pena recordar las palabras del Padre Congar a este propósito:

“No se construye la Iglesia solamente con los actos de los ministros oficiales del sacerdocio, sino también con muchos otros servicios, más o menos fijos u ocasionales, más o menos espontáneos o reconocidos, algunos consagrados por la ordenación sacramental. Tales servicios existen; existen aunque no se les llame por su proprio nombre: ministerio y aunque no tengan su verdadero puesto y status en la eclesiología… A la larga uno ve que el doble elemento decisivo no es “sacerdocio-laicado”. Sino “ministerio (o servicio) y comunidad” (Ministères et communion ecclèsiale. París, 1971, pp. 9, 17, 19).

Ayuda también a comprender la diversificación y reparto de los carismas y ministerios entre todos los miembros de la comunidad, ordenados o laicos, hombres o mujeres. Finalmente lo que es más importante, ayuda a reconocer el profundo significado cristiano que tienen los ministerios ejercidos por los bautizados en la búsqueda de una sociedad más humana, más fraterna, más justa: promoción, asistencia, defensa de los derechos humanos, etc.

Estas claves teológicas deben estimular nuestra reflexión y discernimiento desde la práctica de nuestra actividad pastoral y eclesial. La teología nos ofrece hoy puntos seguros y puntos disputados en torno a los ministerios. Sigue siendo misión de los dominicos ofrecer a la comunidad cristiana el ministerio y el carisma del discernimiento teológico, si queremos seguir siendo fieles a nuestra tradición. Pero nuestra reflexión teológica no será fecunda si se distancia de nuestra acción cristiana, eclesial y apostólica.

3. Retos y compromisos para la Familia Dominicana

El centro del carisma dominicano ha de buscarse en la predicación, en el anuncio kerigmático de la Palabra de Dios. Ser dominico es ser predicador. Esto es lo más importante del proyecto dominicano. Sin embargo, este anuncio es más que un mero discurso verbal que pasa a través de la catequesis, la homilía o la enseñanza religiosa. Se manifiesta en cualquier palabra o cualquier práctica histórica que proclama el acontecimiento salvífico en medio de la historia humana.

El lugar específico de encuentro entre los dominicos y los laicos es exactamente el carisma y el ministerio de la predicación. La Familia dominicana está llamada a ser una comunidad de predicación en la que son miembros activos y corresponsables frailes, religiosas, laicos con carismas y ministerios diferenciados.

La Orden nació en un momento histórico de crisis eclesial pero también de extraordinaria vitalidad. Fue un momento del despertar de los movimientos laicales, lo que influyó grandemente en el nacimiento y en el proyecto funcional de las Ordenes Mendicantes y creó una nueva concepción de Iglesia por encima de los límites parroquiales o diocesanos. A lo largo de su historia, la Orden tiene experiencias significativas que nos pueden ayudar a comprender y a asumir los nuevos tiempos del laicado: la evolución de las funciones y ministerios de los hermanos cooperadores, la incorporación de numerosas congregaciones femeninas a la misión de la Orden. El recuerdo de estos hechos es un reto para los nuevos tiempos.

Hoy, pienso que nuestras comunidades están llamadas a inaugurar y pontenciar nuevas prácticas eclesiales que canalicen al laicado hacia la colaboración en el ministerio de la Iglesia.

La práctica de la oración compartida con los laicos ofrece a éstos la riqueza de una oración refrendada por siglos, a la vez que recibe de ellos la novedad y la frescura de nuevas experiencias cristianas. Algunas de nuestras comunidades dominicanas se verían revitalizadas en su oración si la compartieran con los laicos. No faltan ejemplos de ello.

Es preciso asimismo inaugurar y potenciar nuevos modelos de formación compartidos con los laicos. Esta no puede orientarse en una sola dirección, como si nosotros fuéramos los maestros y ellos los discípulos. Ha de ser una formación compartida y mutua. La Palabra de Dios no está encadenada: está abierta a la inteligencia de todo creyente que esté a la escucha. Nosotros podemos aportar las riquezas de nuestra formación teológica de aprender a escuchar a fin de enriquecernos en el diálogo con los demás creyentes.

Nuestro trabajo apostólico debe ser revisado y reorientado desde la perspectiva de los nuevos ministerios laicales, para responder adecuadamente a la nueva relación eclesial con los laicos. Estos trabajos están llamados a potenciar una nueva forma más colegial. Debemos encontrar nuevas formas de compartir los proyectos apostólicos, nuevas maneras de llevarlos a cabo en corresponsabilidad, de diversificar las funciones y ministerios en nuestra actividad apostólica. La causa del Evangelio debe anteponerse a nuestras rutinas, comodidades y temores. Una comunidad dominicana en estado de misión y de itinerancia es una comunidad abierta al presente y al futuro de la Iglesia y de la sociedad.

El Capítulo de Ávila (N. 85 A) se hizo eco del malestar que existe entre el laicado dominicano. Hoy se encuentran frente a un problema particular: la ausencia casi total de jóvenes, con la consiguiente pérdida de vitalidad. ¿No será, al menos en parte, consecuencia del desconocimiento de las enseñanzas de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II? El mismo problema fue tomado en consideración por el Congreso del laicado dominicano celebrado en Montreal –1985- Ante esta situación es preciso repensar y reorientar los grupos del laicado dominicano en consonancia con las nuevas prácticas eclesiales y las nuevas claves teológicas concernientes al puesto y a la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo.

4. Mirando al futuro

Nuestros hermanos y hermanas se incorporan progresivamente a este nuevo estilo de vida y misión dominicanas para una Iglesia nueva que está naciendo. Muchos han comenzado ya y son un estímulo para toda la Familia dominicana. Su nuevo estilo hace más creíble nuestra vocación. Es una oportunidad de renovar la Orden. Este despertar del laicado nos ofrece una nueva frontera. Para cruzarla se necesita coraje.

El futuro de la Iglesia y de la Familia dominicana pide mucho de nosotros. Las razones para no actuar en algún momento nos brindan una falsa seguridad, pero como nos recuerda San Juan Bautista, el primer predicador de Jesucristo, “es necesario que yo mengüe para que Él crezca” (Io. 3, 30). Como Jesús, la gracia divina que vive en cada uno de los fieles, crece cuando éstos la proclaman hasta los últimos confines de la tierra.

Que el recuerdo de santo Domingo nos dé el coraje para comprometernos en este nuevo signo eclesial.  

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