En el principio fue la alegría

La fe cristiana tiene su origen en los encuentros de los discípulos con Jesús resucitado. Eso permite afirmar que en el principio fue la alegría. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor, repiten los evangelistas. Una alegría que cambió la inercia pesimista de la cruz en un testimonio valiente y esperanzado, que congregó de nuevo a los discípulos y provocó la creación de las primeras comunidades de fe. La alegría se encuentra en el punto de partida y en el origen del cristianismo.

La alegría cristiana se manifestaba, en las primeras comunidades, al celebrar las comidas pascuales. Esta alegría sólo resulta explicable por la presencia de Cristo Resucitado. Un banquete funerario puede provocar agradecimiento por la vida del difunto, pero no expresar el gozo de su presencia (cf. Hch 2,46; Lc 24,53). La rememoración de la última cena no es para los cristianos un acontecimiento nostálgico, sino festivo. Tenemos ahí un criterio para nuestras celebraciones actuales, tan serias, tan aburridas; a veces parecen más un entierro que una fiesta.

El anuncio de Jesús, en un ambiente cargado de tensiones y pesimismo, resonó como una alegre y esperanzadora noticia, que cambiaba la vida de quienes le oían. Al paso de Jesús la gente recuperaba las ganas de vivir, la ilusión y la esperanza; se levantaba de sus depresiones. Como resume muy bien una de las actuales plegarias eucarísticas, Jesús “anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo”. Esta alegría que fue fundadora de la Iglesia, creadora de vida, está llamada a seguir siendo hoy fundamento de la vida de los creyentes. Los cristianos hemos recibido el Espíritu Santo. Una de las características que define a esta persona Trinitaria es el Gozo. La tristeza denota ausencia de Espíritu, es fruto de la carne. En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, bondad, dominio de sí (Gal 5,22). Tenemos ahí un criterio para medir la calidad de nuestra vida cristiana.

Martín Gelabert, OP