La mediación de los santos 

Cuando los católicos invocan la intercesión de María o de los santos, hacen lo mismo que hace un cristiano cuando le pide a otro que ore por él. En realidad, cuando los hermanos evangélicos “oran” por alguien, están haciendo de mediadores entre Dios (a quién dirigen la oración) y la persona (a favor de la cual oran). ¿Me equivoco? ¿Si no están ejerciendo el oficio de mediación (mediar es “interceder” por alguien) qué están haciendo?

La mediación que ejerce un cristiano cuando ora por otro (sea entre los vivos, sea de parte de quienes “están con Cristo”, los santos, a favor nuestro) es una mediación EN CRISTO, no al margen de él ni paralela a la misma. Este oficio de mediadores no anula la única mediación de Jesús, pues la nuestra es una mediación participada de la ÚNICA mediación de Cristo, al modo como la luna irradia una luz que no es suya, sino del sol. Toda la primera parte de este artículo fue dedicada a demostrar precisamente cómo en las Escrituras hay muchas cualidades atribuidas exclusivamente a Dios que luego se atribuyen también a los creyentes.

Con respecto a la mediación de los santos (cristianos que ya están con Cristo), el Catecismo de la Iglesia Católica (956) enseña:

Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad… no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.

Aunque parezca mentira, tantos cristianos piensan que un creyente, mientras estaba vivo, podía orar al Padre por otro hermano, pero una vez que muere y está con el Señor (cf. Fil 1:23; 2 Cor 5:8) … ¡ya no puede orar más! Dios, que es un Dios de vivos, no de muertos, y para el cual todos viven, ¿no permitirá que el amor continúe a interceder por la persona amada? ¿Es siquiera pensable algo semejante? ¿Acaso la muerte nos puede separar de Cristo?

Una palabra en particular para la mediación de María, la Madre de Jesús, que a los pies de la cruz recibió de su Hijo el encargo de ser madre de todos los creyentes[22]. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, número 970:

La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres… brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia”. “Ninguna criatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente.

La mediación angélica

¿Y qué pensar de la acción de los ángeles? Si Jesús es el único mediador al modo como lo entienden tantos hermanos no católicos ¿qué lugar ocupan los ángeles, que “están al servicio de los que se salvarán”? (Heb 1:14) ¿No es una “mediación” la de los ángeles? En el Apocalipsis aparecen ofreciendo a Dios las oraciones de los santos… La participación de ellos en la obra de la salvación ¿le quita exclusividad a la única mediación de Cristo? ¿Debemos rechazar la ayuda de los ángeles en nombre de la única mediación de Cristo? Cristo quiere servirse de los ángeles para favorecernos en nuestra salvación, ¿vamos a decir nosotros que no necesitamos de ellos, porque vamos directamente a Dios?

Apocalipsis 8:3-4 presenta las oraciones de los santos llevadas a Dios mediante los ángeles. La pregunta que nos hacemos es: ¿tiene Cristo, el Cordero degollado, necesidad de otros mediadores entre Dios y los hombres? ¿Se molesta Jesús con los ángeles que le presentan las oraciones a Dios? Claro que no, porque si los ángeles pueden ser de algún modo mediadores, eso es posible sólo gracias a la mediación de Jesús; la mediación angélica, en efecto, sería absolutamente ineficaz sin la salvación que nos consiguió Cristo y sólo Cristo. Pero en Cristo la obra de los ángeles es eficaz para con nosotros, como es eficaz la oración del justo (carta de Santiago), y ciertamente que se está hablando de una mediación de salvación: ellos están puestos al servicio “de los que se salvan”.

Conclusión

La solución de fondo con respecto a este asunto está en la indisoluble unión entre el creyente y Cristo, que la Iglesia Católica ha comprendido, vivido y desarrollado durante su ya larga historia, y que una mentalidad fundamentalista no puede comprender. Cuando Jesús se acerca a “su hora” y habla con el corazón en la mano, se oyen palabras como estas, una y otra vez: “Yo en vosotros, vosotros en mí” (ver Juan 13-17). “Ya no soy yo, es Cristo que vive en mí”, dirá Pablo. ¿Qué Cristo vive en Pablo? El Cristo Hijo, el Cristo fundamento, el Cristo mediador, el Cristo sacerdote, el Cristo pastor, el Cristo maestro, etc. EN CRISTO y POR CRISTO Pablo y el creyente son también fundamento, hijos, mediadores, sacerdotes, pastores, maestros, padres, luz, etc.

Para Pablo esto era algo que había experimentado desde su primer contacto con el Señor, cuando en el camino a Damasco “y al caer a tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿porqué me persigues?; y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y Él respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hechos 9:4-5). ¿Pablo perseguía a Jesús? ¡Pero si Jesús estaba muerto, y Pablo no creía en la resurrección! ¿Porqué dice Jesús “ME” persigues? ¿Porqué no dice: “persigues a la Iglesia” o “persigues a mis discípulos”? ¿No será tal vez porque Cristo ya no es más separable de su Cuerpo, la Iglesia?

Como la vid y los sarmientos: “quien permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto”, “y hará obras más grandes” que las de Jesús (Juan 15:2). ¿Obras más grandes que las de Jesús?

¿Y qué decir del “quien a vosotros oye, a mí me oye, quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza”? (Lc 10:16) ¿Nos damos cuenta del peso de esta "interdependencia" entre Jesús y sus apóstoles? ¿No superficializamos su interpretación?

En mi opinión, el problema principal de una interpretación pequeña y “conflictiva” de la Escritura como sucede con el fundamentalismo cristiano no es algo de poca monta. Quién tenga esta visión del evangelio se cierra a la posibilidad de vivir en plenitud el don de Cristo. Es importante aceptar el mensaje evangélico en toda su plenitud, y no quedarse a una cierta distancia. Si Jesús quiere hacernos uno con él, no podemos contentarnos con ninguna otra cosa, sino con ser uno con él. Errando en el entender las Escrituras y el poder de Dios, erramos “gravemente” (Mc 12:27). No son minucias, discusiones sin importancia: negarse a recibir el mensaje de Cristo tal como el Padre lo ha pensado hace que el creyente se auto-excluya de la comunicación que Dios quiere hacerle de sí mismo. No basta con “no estar lejos del Reino de Dios” (Mc 12:34), sino que hay que “entrar” (Mt 23:13). Según el cuarto evangelio, el creer no es nunca una mera profesión de fe, un “aceptar” a Jesús como salvador una vez para siempre y estar así “salvado irreversiblemente”, sino que se trata de un “vivir la filiación divina” hasta las últimas consecuencias, totalmente, viviendo en comunión inseparable con Jesús, hasta dar la vida si fuese necesario. Jesús y el creyente, se podría decir, son “una sola cosa” (ver por ejemplo Juan 14:20; 15:4-9)[23]. Y no solamente con Jesús, sino que, formando con él un solo cuerpo, somos también “miembros los unos de los otros” (Rom 12:4-5).

Espero que el lector católico haya encontrado buen material para profundizar su fe. Con respecto al lector no-católico, no se si este artículo lo convencerá de lo que creemos, pero al menos le dará material para pensar. Aunque no comparta nuestra doctrina, tendrá que reconocer que los textos bíblicos que hemos citado están ahí, y hablan de que Dios ha querido hacernos partícipes de su oficio de mediador.

Queda tan solo esperar que el Espíritu Santo continúe el trabajo, pues en verdad es Él el verdadero maestro interior.

Texto de el Reverendo 

P. Juan Carlos Sack