El Vocabulario de Teología Bíblica de Xavier Leon-Dufour[16], entre otras muchas consideraciones, hace el siguiente comentario, bajo el término “mediador”:

El que Cristo sea el único mediador no significa que haya terminado el papel de los hombres en la historia de la salvación. La mediación de Jesús reviste acá abajo signos sensibles: son los hombres, a los que Jesús confía una función para con su Iglesia; incluso en la vida eterna asocia Jesucristo, en cierta manera, a su mediación los miembros de su cuerpo que han entrado en la gloria. (…) Los que desempeñan (las funciones de los apóstoles durante la historia de la Iglesia, n.d.r.) no son, propiamente hablando, intermediarios humanos con una misión idéntica a la que tuvieron los mediadores del AT; no añaden una nueva mediación a la del único mediador: no son sino los medios concretos utilizados por éste para llegar a los hombres. (…) Evidentemente, esta función cesa una vez que los miembros del Cuerpo de Cristo se han reunido con su cabeza en su gloria. Pero entonces, respecto a los miembros de la Iglesia que luchan todavía en la tierra, los cristianos vencedores ejercen todavía una función de otra índole. Asociados a la realeza de Cristo (Rev 2,26s; 3,21; cf. 12,5; 19,15), que es un aspecto de su función mediadora, presentan a Dios las oraciones de los santos de acá abajo (5,8; 11,18), que son uno de los factores del fin de la historia.

Comentando el rol de los “sacerdotes” en el libro del Apocalipsis, los comentadores tampoco dudan de llamar a los cristianos “mediadores”, ya que el oficio sacerdotal, explícitamente atribuido a los creyentes en Jesús (ver Apocalipsis 1:6, 5:10 y 20:6), no es otra cosa que un oficio de mediación entre Dios y los hombres. Citamos alguno ejemplos (resaltado siempre mío):

Los cristianos comparten la autoridad del rey de reyes, constituyéndose en mediadores sacerdotales en el mundo de la humanidad.[17]

El griego “hieréis” –sacerdotes- aparece en oposición a “basiléian” –reino- y subraya el rol mediador de los creyentes en su consagración al servicio de Dios.[18]

… los miembros del nuevo Israel, en virtud de su incorporación por el bautismo a Cristo, Sacerdote y Rey (cf. Ex 19,6; Is 61,6; 1 Pe 2,9) se convierten también ellos en mediadores de la Nueva Alianza.[19]

Como se ve, no es que estamos inventando una interpretación para justificar tradiciones humanas: mucha gente, conocedora del texto bíblico y de vida cristiana, afirma que las Escrituras enseñan que los cristianos son mediadores, por participar del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo.

El oficio propio del mediador

Si podemos atribuir a un mediador un oficio que le sea propio, que lo defina como mediador, pienso todos estarán de acuerdo en que éste sea la intercesión a favor de alguien. Recordemos que el diccionario nos daba, para el verbo “mediar”, la definición “interceder o rogar por uno”.

En las Escrituras, Cristo aparece como nuestro gran intercesor (griego para “interceder”: entunjano), como así también el Espíritu Santo. Con respecto a Jesús, Rom 8:34 es un texto particularmente fuerte:

¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede (entunjanei) por nosotros.

No menos fuerte y hermoso Heb 7:25:

Por lo cual Él (Jesús) también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder (entunjanein) por ellos.

De modo que es claro que Jesús “intercede” por nosotros, oficio que es propio del mediador, y lo hace en este mismo momento, mientras escribo estas palabras o mientras el amable lector las lee. Ahora bien, según las Escrituras ¿es sólo Jesús que intercede por nosotros?

Dejando de lado el oficio del Espíritu Santo, presentado, como vimos, como intercesor, encontramos en la Palabra de Dios que también los hombres son intercesores ante Dios a favor de sus hermanos[20]. Veamos algunos pasajes, sabiendo que hay muchos otros con un contenido similar.

Pablo no duda en expresar su oración por sus hermanos hebreos, y por los creyentes:

Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos (los hebreos) es para su salvación (Rom 10:1)

…mientras que también ellos (los demás creyentes), mediante la oración a vuestro favor, demuestran su anhelo por vosotros debido a la sobreabundante gracia de Dios en vosotros (2 Cor 9:14)

…con toda oración y súplica orad en todo tiempo en el Espíritu, y así, velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos (Ef 6:18)

Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho (St 5:16)

Ahora bien, ¿qué es orar a favor de alguien, si no interceder por él?

Pablo manda a orar unos por otros:

Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que os esforcéis juntamente conmigo en vuestras oraciones a Dios por mí (Rom 15:30)

Y en el contexto de nuestro versículo (1 Tim 2:5) encontramos este mandamiento de Pablo:

Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, intercesiones (gr. enteuxeis, de entjuno, interceder) y acciones de gracias por todos los hombres (1 Tim 2,1)

Notemos en este pasaje que Pablo usa la misma palabra (sustantivada: “enteuxeis”, “intercesiones”) que se usa en Hebreos para decir que Jesús está siempre vivo para “interceder” (“entunjanein”) por nosotros. Pensemos un momento: si Jesús está intercediendo por mi en estos momentos ¿para qué entonces las “intercesiones” que pide Pablo? No son detalles accidentales y de poca importancia, como se puede ver.

Podríamos pensar también en el concepto paulino de “embajadores de Cristo” de 2 Cor 5:20? ¿Qué es un embajador, si no un mediador entre el “rey” y los demás? ¿Tiene necesidad Jesús de embajadores-mediadores entre él y nosotros? Muchos cristianos no católico martillean sobre este punto, a saber, que ellos van directamente a Cristo, en cambio nosotros lo haríamos “por mediación de” otros (María, los Santos). Pero entonces ¿para qué “embajadores de Cristo”? ¿No podría Jesús comunicarse directamente a nosotros, o bien usar de sus ángeles? Más allá de cómo lo explique cada uno, hay una verdad profunda, y es la que estamos tratando de dejar en claro: la única mediación de Jesús no debe entenderse en el sentido que lo hacen muchos cristianos no-católicos, a saber, negando la posibilidad e incluso la necesidad de que todos intercedan y medien unos por otros ante nuestro Padre celestial.

Dejando a Pablo, tenemos un texto muy hermoso de la Iglesia que intercede por Pedro en prisión, como lo leemos en el capítulo 12 de los Hechos de los Apóstoles:

Pedro era custodiado en la cárcel, pero la iglesia hacía oración ferviente a Dios por él (Hechos 12:5)

¿No era suficiente la intercesión de Jesús por Pedro? ¿Porqué oraban por él también los cristianos? Sabemos la respuesta: la intercesión de Jesús no excluye otras intercesiones, sino que, al contrario, las supone, pues El ha querido hacernos partícipes de su obra salvadora, es decir, de su oficio de mediador.

En el libro del Apocalipsis notamos la presencia de oraciones de los santos, presentadas a Dios por otros intermediarios, los ángeles:

Otro ángel vino y se paró ante el altar con un incensario de oro, y se le dio mucho incienso para que lo añadiera a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió ante Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos (Rev 8:3-4)

¿Cuál es el papel de las oraciones de los santos? ¿Se trata de una superficialidad, o son necesarias?

Habría tantos pasajes para comentar, pero nos detenemos aquí. Llegado a este punto, el creyente no-católico debe hacer la reflexión: ¿cómo puede ser que Jesús, siempre vivo para interceder por nosotros, acepte otros intercesores, sean ellos hombres o ángeles? ¿Acaso no es suficiente la intercesión de Jesús? ¿A qué sirven las oraciones de Pablo o de los santos o de cualquier creyente a favor de su hermanos? ¿Qué agrega la oración del justo a la oración de Jesús a favor nuestro? ¿Acaso no es totalmente inútil, e incluso blasfemo, interceder por un hermano ante Dios, siendo que Jesús está siempre vivo para interceder por nosotros? (Heb 7:25).

Pero entonces… ¿qué significa en realidad la unicidad de Cristo como mediador?

A esta altura más de uno se puede preguntar: pero entonces, ¿en qué consiste la sentencia paulina que declara a Cristo UNICO mediador entre Dios y los hombres? ¿Acaso este discurso “católico” no hace sino anular la Palabra de Dios? Porque si la Palabra dice que Jesús es el único mediador ¿porqué no aceptarlo como está escrito claramente y basta?

La respuesta a la segunda parte de la pregunta está en todo lo que dijimos hasta ahora: la unicidad de Cristo, como vimos, no excluye nuestra participación en su obra salvadora. Y esto lo hemos visto en la misma Palabra de Dios.

Para que nadie tenga la menor duda, quede muy claro al lector que en efecto Jesús ES EL ÚNICO MEDIADOR, y no hay ningún otro nombre bajo el cielo por el cual los hombres puedan ser salvos (Hechos 4:12).

¿A qué se refiere pues 1 Tim 2,5? ¿Qué cosa quería dejar bien clara Pablo?

El contexto explica el significado verdadero de la expresión: excluye otros caminos, otros sacrificios salvíficos, otros sistemas de salvación que no sean Él.

Cito aquí unos párrafo del documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus, ¡que habla todo él precisamente de este tema! Le ruego al lector que lea estas líneas con atención: me dirá luego si no afirma la Iglesia Católica la exclusividad de la mediación de Cristo, y en qué sentido lo afirma (lo que va en negrita es siempre resaltado mío):

Es también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento bíblico. En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.

Los testimonios neotestamentarios lo certifican con claridad: « El Padre envió a su Hijo, como salvador del mundo » (1 Jn 4,14); « He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo » (Jn 1,29). En su discurso ante el sanedrín, Pedro, para justificar la curación del tullido de nacimiento realizada en el nombre de Jesús (cf. Hechos 3,1-8), proclama: « Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos » (Hechos 4,12). El mismo apóstol añade además que « Jesucristo es el Señor de todos »; « está constituido por Dios juez de vivos y muertos »; por lo cual « todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados » (Hechos 10,36.42.43).

Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, escribe: « Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros » (1 Cor 8,5-6). También el apóstol Juan afirma: « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él » (Jn 3,16-17). En el Nuevo Testamento, la voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente conectada con la única mediación de Cristo: « [Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos » (1 Tm 2,4-6).

Basados en esta conciencia del don de la salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3-14), los primeros cristianos se dirigieron a Israel mostrando que el cumplimiento de la salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al mundo pagano de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una vez más por el Magisterio de la Iglesia: « Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos (cf. 2 Cor 5,15), da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hechos 4,12). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro ».

Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios. [21]

Esta es doctrina de la Iglesia Católica. Es claro que aquí se afirma, sin sombra de duda, que Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres, y que no hay ningún otro. Y quién no crea esto simplemente no es católico. Ese es el sentido, según la Iglesia, de las palabras de Pablo. O para hacerlo más claro aún: lo que Pablo está diciendo es que ni el Gnosticismo, ni Confucio, ni Buda, ni Mahoma, ni la New Age, ni el Dr. Moon, ni la meditación trascendental, ni el nirvana, ni la gimnasia Yoga, ni el espiritismo, ni la ideología comunista, ni la nazista, ni el liberalismo, ni ninguna otra criatura del pasado, del presente o del futuro, jamás puede tenerse como mediador entre Dios y los hombres, sino sólo Jesucristo, y EN EL toda la Iglesia, que es inseparablemente su cuerpo, y que es de Cristo “su plenitud” (Ef 1:23). Lo repetimos una vez más, las mediaciones de los cristianos unos por otros son hechas en Cristo, y por tanto no es esto lo que Pablo quiere excluir; al contrario, él mismo las pide (como vimos más arriba).