Conflictos a primera vista (provocados mas que nada por la ignorancia)

Muchos de los hermanos cristianos no-católicos creen que hay serios “conflictos” entre las doctrinas bíblicas y la doctrina católica. Para una gran mayoría esto es algo evidente y que no admite ni siquiera discusión: la enseñanza católica es claramente anti-bíblica y basada en tradiciones humanas. Por eso, que un cristiano católico trate de explicar que en realidad no hay contradicción es para muchos de estos hermanos nuestros “querer tapar el sol con un dedo”.

El presente artículo pretende, con la ayuda de Dios, mostrar que tales  “conflictos” son aparentes, no reales. En las Escrituras muchas veces nos encontramos, católicos y no-católicos, con pasaje difíciles, los cuales tratamos de entender a la luz de toda la Escritura, del contexto, etc. No pudiendo hablar de todos los puntos doctrinales tomaremos uno, muy importante, que nos servirá para aclarar tantos otros, y que es un pasaje frecuentemente señalado a los católicos como anti-bíblico. Me refiero al pasaje de 1 Tim 2:5 (porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre): ¿acaso este pasaje no excluye clarisimamente la doctrina católica de la mediación de María y los Santos a favor de los creyentes? Con un poco de paciencia veremos que la respuesta, según las Escrituras, es “no”.

En este artículo entiendo por “fundamentalista” un creyente en Cristo que dice basar su fe SOLAMENTE en la Biblia (aunque a este respecto ya lo dice bien el refrán popular: “del dicho al hecho hay un largo trecho”), queriendo con eso significar que tal hermano no prestará oídos a la Iglesia, ni a la predicación oral de los primeros discípulos de Jesús (que luego en parte quedará escrita), ni a nada en el mundo: SÓLO lo que está ESCRITO, nada más, ya que esa es la Palabra de Dios, y no existe ninguna otra.[1]

El tema que afrontamos es interesantísimo y muy útil, no sólo para el versículo concreto de 1 Tim 2:5, sino para entender mejor el mensaje evangélico en su perspectiva real, evitando así la superficialidad de miras, los criterios carnales, las discusiones vanas. Sin esta visión “en profundidad”, nos pasaremos la vida citando versículos unos contra otros, cada uno interpretando a su modo cada palabra de Jesús o de Pablo o de Juan, etc: una cuestión de nunca acabar. La idea que me mueve a escribir estas líneas es solo una: incentivar la reflexión. Quien es capaz de pensar sin prejuicios se dispone a la verdad, aunque en la práctica -y sin él saberlo- sea uno de sus peores enemigos[2].

Dado que la ignorancia de la auténtica enseñanza de la Iglesia es tal vez el motivo principal por el cual muchos optan por el fundamentalismo cristiano, me propongo también ilustrar, tanto al católico como al no-católico, cuál es verdaderamente la enseñanza que profesamos sobre la única mediación de Cristo, las mediaciones de los Santos y algunas otras doctrinas afines, siempre de modo simple y breve[3].

Dos mil años no son en vano

Más de uno piensa que el evangelio se corrompió sustancialmente en la época inmediatamente post-apostólica, pasando por la larga noche de la salvación-por-obras católica, hasta que vino tal grupo de gente y renovó el evangelismo puro, sin tradiciones humanas [4].

Las cosas, sin embargo no son tan sencillas. No es el momento aquí de hacer una historia de la Iglesia o de la teología, pero me sea lícito recordar que todas la dificultades que existen en las Escrituras y todas las posibles interpretaciones han sido ya tratadas durante siglos, por miles de creyentes, con las más dispares interpretaciones, claro está. Pero es importante saber que no somos hongos que aparecen después de la lluvia, sino que formamos parte de un cuerpo, tenemos antepasados en la fe, gente a la cual también iluminó el Espíritu Santo. Sobre cada palabra del Evangelio hay miles de homilías, controversias, reflexiones… Y hay miles y miles de vidas vividas en la fe y en respuesta a las palabras de las Escrituras, hasta derramar la propia sangre. ¡No nos creamos los únicos, ni los primeros, ni los mejores!

De entre miles de cosas que podemos aprender de cristianos que vivieron antes de nosotros, y que dedicaron sus vidas al conocimiento e interpretación de las Escrituras, nos sirven en este artículo dos conceptos básicos, a saber, la noción de “analogía” y la de “participación”: estas dos palabras nos llevarán de la mano para entender tantísimas aparentes “contradicciones” en las Escrituras, en concreto nuestro tema del “único mediador”.[5]

Según el diccionario de la Real Academia Española (1992), analogía es la “relación de semejanza entre cosas distintas”. Para el sustantivo participación, el diccionario manda al verbo “participar”, y participar se define como “tomar parte en una cosa; recibir una parte de algo; compartir, tener las mismas opiniones e ideas, etc., que otra persona. Se usa mucho con la preposición de”.

Estos conceptos, en su sencillez, son de fundamental importancia para nuestro tema. La realidad de estas nociones se irá viendo con más claridad en la aplicación que hagamos a diversos pasajes “conflictivos”.

Procederemos así: enunciaremos un pasaje o varios pasajes bíblicos donde se ven “contradicciones”, y luego veremos cómo, aplicando las nociones arriba indicadas, la aparente contradicción desaparece. ¿Un truco para hacer coincidir la Biblia con la enseñanza católica? Lo dirá el lector por sí mismo.

Jesús, único fundamento

La Escritura enseña que

a.      Cristo es el único fundamento y nadie puede poner ningún otro (1 Cor 3:11). Pero también enseña que

b.      Los apóstoles son fundamento (Ef 2:20). En ambos textos se usa la misma palabra (gr. zemelion) y refiriéndose al fundamento de los cristianos en ambos casos.

Como esto parece contradecirse, uno de mis amigos evangélicos decía que en Ef 2:20 había que leer así: “el fundamento que han puesto los apóstoles”… etc, es decir, “fundamento” sería aquí “Jesús”, no los apóstoles, y de ese modo no habría oposición. Esta solución, desde el punto de vista gramatical, no es viable (falta un “también” que de pie a la propuesta del comentador mencionado: el texto dice “siendo Cristo la piedra angular”, y no “siendo Cristo también la piedra angular”), y sobretodo rompe con la imagen que está usando Pablo. En efecto, en el texto en cuestión Cristo viene presentado como “piedra angular” (gr. akrogoniaios). Piedra angular es la piedra que termina una construcción, que se pone al final de la misma para trabar y asegurar el resto del edificio, no se trata de una piedra que se coloca en el fundamento de la construcción. Leyendo Ef 2:20 con la interpretación querida por el citado cristiano evangélico, nos quedaría una imagen totalmente deforme: el texto quedaría así: “habéis sido edificados sobre el fundamento puesto por los apóstoles y por los profetas, es decir, sobre Cristo, siendo Cristo también la piedra angular”. Pero la idea de Pablo es hablar de que cada uno es parte de un edificio, en el cual Cristo ocupa el lugar central ¡y no todos los lugares! Por el contrario, la imagen tiene sentido si se atribuye a los apóstoles y profetas el ser “fundamento” y a Cristo el ser “piedra angular”, como, por otra parte, lo traen todas las traducciones[6]. Esta idea de los apóstoles como fundamento se confirma también en Apocalipsis 21:14.

¿De dónde viene esta interpretación digamos “forzada” que mi amigo evangélico quiere imponer? Del deseo de solucionar un “conflicto”, pero sin usar los medios adecuados para hacerlo. Me explico: para él, los dos pasajes “se oponen”: ¿cómo puede ser Cristo el único fundamento y a la vez serlo también los apóstoles? Y explica el problema cambiando el texto por medio de una traducción que desvirtúa e inutiliza la imagen. Eso no es buena exégesis. Él justifica esta traducción porque dice que la Palabra de Dios no puede oponerse a sí misma, y si la Palabra de Dios enseña que Jesús es el único fundamento, no puede ser que la Palabra de Dios diga ahora que los apóstoles son fundamento…

¿Cuál es la solución? ¿Realmente se opondría Efesios 2:20 a 1 Cor 3:11 si tomamos a los apóstoles como fundamento? La respuesta, según la doctrina católica, es no. Cristo es el fundamento, los apóstoles y profetas PARTICIPAN de ese oficio de Jesús de ser fundamento. No son fundamentos “paralelos” a Jesús, sino que “en Jesús” son también ellos fundamento. La expresión griega “en Xristó”, “en Cristo”, aparece en los escritos de Pablo unas ochenta veces. ¿Qué significa “en Cristo”? ¿Se tratará de una banalidad, un giro de Pablo sin sentido?

Para finalizar este punto, recordemos que el Nuevo Testamento llama “fundamento” (en sentido espiritual como en los dos textos estudiados) también al “arrepentimiento de obras muertas” (Heb 6:1), a “las buenas obras” (1 Tim 6:18-19) y a la “predicación evangélica” (Rom 5:20). Notable en particular 1 Tim 3:15, donde se llama a la Iglesia “columna y cimiento de la verdad”.[7]


Jesús, único pastor

La Escritura enseña que

a.      Jesús es el gran pastor de nuestras almas (Heb 13:17.20; 1Pe 2:25; Jn 10:11.14.16). En 1 Pe 5:4 se lo llama “pastor principal”, o “pastor de pastores” (gr. arjipoimenos). No creo que sea descabellado afirmar que los cristianos tienen UN solo pastor, que es Jesús. Pero la Escritura enseña también que

b.      Hay otros hombres que también son pastores (Ef 4:11)

Entonces, ¿quién es el pastor? ¿Jesús o algún otro? Cuando Pablo habla de los “pastores” en Ef 4:11 (gr. poimenas), ¿está dañando a Jesús como único pastor? Cuando en Hechos 20:28 Pablo exhorta a los presbíteros de la Iglesia a pastorear el rebaño, ¿se olvidó acaso de que Jesús es el Pastor? ¿O se olvidó el mismo Jesús cuando le dijo a Pedro “apacienta mis ovejas” (Jn 21:15-17)?

No, no se habían olvidado ni Jesús, ni Pedro, ni Pablo, ni Juan, sino que sabían perfectamente que el oficio de ser “pastor de nuestras almas” Jesús lo quería compartir, “participar” a los demás. Como quiso que “participemos” en sus sufrimientos (1 Pe 4:13). Jesús es “EL pastor”, los demás son “pastores por participación”. Notemos que sin este concepto de participación, en todos estos pasajes habría una “contradicción” insuperable, como en los pasajes que veremos.

Jesús, único maestro

La Escritura enseña que

a.      Jesús es el único maestro, y a nadie más hay que darle ese título (Mat 23:8.10; Jn 13:13). Pero también enseña que

b.      Pablo se llamaba a sí mismo, con toda verdad, “maestro” (1 Tim 2:7; 2 Tim 1:11) y en la Iglesia hubo siempre muchos “maestros” designados por el mismo Espíritu Santo (Ef 4:11).

Pero entonces, ¿cómo puede Jesús decir que no hay que llamar a nadie maestro, y luego Pablo se llama con toda libertad “maestro”, como si Jesús no hubiese dicho nada? ¿Y los primeros cristianos que llamaban a algunos hombres “maestros”? ¿Qué había pasado con la prohibición de Jesús? ¿Será que la “corrupción del mensaje evangélico con los dogmas humanos de la Iglesia Católica” ya había hecho irrupción en las comunidades cristianas…?

Jesús, único obispo

La Escritura enseña que

a.      Jesús es EL obispo (gr. episcopos) de nuestras almas (1 Pe 2:25). Pero también enseña que

b.      Dios estableció a algunos como obispos de los creyentes (Hechos 20:28; Fil 1,1).

Con lo que hemos hablado hasta aquí, creo que no es necesario abundar en palabras. Los “obispos” lo son por analogía, es decir, participando del “obispado” de Jesús, que es el obispo de modo absoluto y de donde proviene todo obispado. Que alguien sea “obispo” no quiere decir que le está robando el puesto a Jesús: si es obispo, lo es EN el único obispo de nuestras almas, que es Jesús. No hay conflicto, hay participación de un oficio.

Dios, único Padre

La Escritura enseña que

a.      No se puede llamar a nadie en el mundo “padre”, sino sólo a Dios (Mat 23:9). Pero también enseña que

b.      Pablo se presenta como padre (1 Cor 4:15), y llama a Abraham “padre de todos nosotros” (según el contexto se refiere a judíos y griegos, es decir, paternidad espiritual, exactamente lo que había “prohibido” Jesús en Mat 23).

Entendemos las palabras de Jesús como referidas a los “padres” espirituales, ya que si tomamos el sentido literal tendríamos que no podemos llamar “papá” a nuestros papás, etc. Dejamos eso de lado.

Pero aún en el plano espiritual, una vez más nos encontramos con un falso “conflicto”, tantas veces mencionado contra los católicos. El consabido estribillo suena más o menos así: “Mat 23:9 prohíbe llamar “padre” a cualquier persona en el mundo, y los católicos llaman a sus sacerdotes “padres”. Más claro imposible: he ahí, una vez más, la doctrina anti-bíblica de los católicos”.

Sin embargo, los apóstoles no pensaban así. Muchos cristianos fundamentalistas ven el árbol pero ignoran el bosque. [8] Porque para los apóstoles no había oposición excluyente entre Dios-Padre y el apóstol-padre. Tampoco hay ninguna oposición para la Iglesia. La Iglesia Católica es libre, y esto no todos lo entienden. Pero seguirá gozando de esa libertad que viene del Espíritu. Ya le pasaba a Pablo:

Sin embargo, ni siquiera Tito quien estaba conmigo, siendo griego, fue obligado a circuncidarse, a pesar de los falsos hermanos quienes se infiltraron secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de reducirnos a esclavitud. Ni por un momento cedimos en sumisión a ellos, para que la verdad del evangelio permaneciese a vuestro favor (Gal 2:3-5)

¡Ni por un momento! dice Pablo. Pablo tenía un mente grande, universal, abierta, no era ningún mojigato ni quería figurar como el perfecto cumplidor de nuevas leyes. Para él Cristo era todo, su vida, su predicación, sus pensamientos, sus sentimientos… ¿No se iría a llamar también él “padre” de los que había “dado a luz con dolores de parto”? (Gal 4:19). Cristo, que lo había llamado a completar lo que faltaba a su pasión en beneficio de su Iglesia (Col 1:24) ¿recriminaría a Pablo cuando se presentaba abiertamente como “padre” de quienes lo oían? ¿Se ofendería Dios-Padre ante este magnífico ejemplo de paternidad espiritual, imagen -aunque opaca sin duda- de la paternidad de Dios? ¿No participaba Pablo de la paternidad divina “engendrando” (gr. gennao, que significa “volverse padre por haber engendrado”) nuevo hijos para el evangelio? (1 Cor 4:15)

Resumiendo, Pablo se presenta como “padre” de sus oyentes. Particularmente se puede recordar aquí 1 Cor 4:15:

Pues aunque tengáis mil pedagogos en Cristo, sin embargo no tenéis muchos padres, porque en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio.

En Rom 4:16, Pablo llama a Abraham “padre de todos nosotros”, refiriéndose a los judíos que han creído y a los gentiles que han creído (ver el contexto). De modo que se trata de una paternidad espiritual, como la que se dice en la Santa Misa: “nuestro padre Abraham”. Pues bien, se trataba precisamente de esta paternidad en Mat 23:9, cuando Jesús dijo “no llaméis a nadie en el mundo padre”. ¿No entendió Pablo el mensaje de Jesús? 

Una  explicación en las mismas Escrituras encontramos en otro texto del apóstol: en Ef 3:14-15, Pablo proclama: “doblo mis rodillas delante del Padre, de quién toma nombre toda paternidad (gr. patria) en los cielos y en la tierra”. El sustantivo griego “patria”, traducido a veces como “familia”, viene de la raíz “patros”, es decir, “padre”. ¿No es esto lo que en realidad quería decir Jesús en Mateo, y no que evitásemos de “nombrar” a nadie con la palabra “padre”? Si Pablo habla de una “paternidad” que proviene de Dios, ¿estará mal reconocer esa paternidad en las personas llamándolas “padre”, como hacen los católicos? ¿O acaso debemos reconocer que “toda paternidad viene de Dios”, pero luego… ¡no podemos nombrarla!? Esto sería muy cercano al fariseísmo. ¿No será tal vez que lo que Jesús estaba enseñando era a descubrir que, si existe la paternidad en el mundo, ella proviene exclusivamente de Dios?

Dios es Padre, y “en Dios” Pablo es padre. Y si lo es, no hay razón para abstenerse, llevado de neo-legalismo veterotestamentario, de llamarlo “padre”. Se lo llama “padre” por analogía con Dios-Padre, por participación en su generar hijos. En 1 Tes 2:11 Pablo dice que se comportó con los Tesalonicenses “como un padre con sus hijos”: ¿le está robando solapadamente la gloria a Dios, único Padre? [9]

El gran conocedor de las Escrituras y de la historia de la Iglesia Tomas Spidlik explica nuestra participación en la paternidad divina de esta manera[10]:

             “El carácter paterno de Dios es tan perfecto que encierra un valor absoluto, como todas sus cualidades divinas. Por esto Jesús nos advierte: “No llaméis a nadie en el mundo “padre”, porque sólo uno es vuestro padre, el que está en el cielo” (Mat 23:9). Por otro lado, sin embargo, los valores absolutos de Dios nos han sido comunicados con el don del Espíritu, motivo por el cual hemos sido invitados a “ser perfectos como es perfecto nuestro Padre celestial” (Mat 5:48). La paternidad divina se refleja, de alguna manera, en la imagen, y particularmente en los santos, destinados a tener discípulos-hijos, y en general en la “maternidad” de la Iglesia. […] La vida del Espíritu inicia con el bautismo; por lo tanto el sacerdote que bautiza es “padre”, como así el que reconcilia con Dios y nutre la vida con la eucaristía; padres son también los obispos a los cuales se encomienda la vida de la Iglesia, que custodian la recta doctrina en los concilios ecuménicos y que ordenan sacerdotes.”

Por estar razones los católicos llamamos a nuestros sacerdotes, que nos engendraron para Dios en el bautismo y nos expusieron la fe (Heb 13:7) y nos alimentan con el “pan de vida” en la eucaristía, “padres”. Estoy de acuerdo que para eso se requiere mucha libertad.

Dios, único Juez

La Escritura enseña que

a. Dios es el único Juez (Sal 50:6; 75:7; Heb 12:23). Pero también enseña que

            b. Los cristianos serán jueces (Mat 19:18; Luc 22:30; 1 Cor 6:2-3).

Es decir, Dios es el único que puede juzgar, y eso aparece claro en toda la Escritura, pero por decisión suya ha querido participar de ese poder a los creyentes. ¿Quién juzgará al mundo, Dios o los creyentes? Es una falsa dicotomía: Dios juzgará y también juzgarán los creyentes.

Dios, único Santo

La Escritura enseña que  

a. Dios es el único Santo (Rev 15:4, gr: hosios). Pero también enseña que

b. El obispo debe ser santo (Tito 1:8, gr: hosios).

Obviamente la santidad que se espera en el obispo no es una santidad paralela a la de Dios, sino que se trata de una participación en la única santidad de Dios, y nadie piensa que se esté atribuyendo a un hombre una cualidad que es exclusiva de Dios. Pero la cuestión es que Apocalipsis 15:4 dice que sólo Dios es santo. De modo que aquí tenemos otro ejemplo de cómo algo es atribuido a Dios exclusivamente, y luego se atribuye o espera de un ser humano también.

Dios, único Dios

La Escritura enseña que

a.      Hay un solo Dios (desde la primer página a la última). Pero también enseña que

b.      “Sois todos dioses” (Jn 10:34, donde Jesús cita el salmo 82:6 -texto masorético: “elohim atem”; LXX: “zeoi este”; también usado analógicamente en Éxodo 7:1)

Jesús usa este pasaje del salmo en su sentido más primigenio, haciéndoles ver a los que lo acusaban de “hacerse Dios” que las Escrituras enseñaban (y no podían errar) que nosotros “somos dioses”.

Lo que hay que recalcar aquí es la libertad de Jesús (y antes que él del salmista) para atribuir a los hombres la naturaleza divina, al menos en un cierto sentido. ¿Cómo puede ser? Una vez más … ¡por participación! Pero ¿se trata sólo de una cita aislada y sin importancia, que debemos tomar en un modo exclusivamente figurativo? De ningún modo. Es más bien una primer piedra del edificio teológico que vendría después. ¿Después cuándo? No ciertamente con los Concilios y dogmas de la Iglesia, sino con la predicación de los apóstoles. 2 Pe 1:4: “nos han sido dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas seáis hechos partícipes de la naturaleza divina.

¡Participación! ¡De la naturaleza divina! Se ve aquí que lo de “participación” es, en verdad, un concepto bíblico, y muy importante. ¿Qué más nos queda por participar de Dios? Si fuimos hechos partícipes de la naturaleza divina (como un ser humano engendra otro ser humano, de su misma naturaleza) ¿nos sorprenderemos de que Dios, en Jesús, nos haya hechos partícipes de todo lo demás?

Otros aspectos bíblicos de participación  

No queremos alargar  innecesariamente el artículo, que por otra parte ya ha tratado la sustancia del problema. Mencionamos aquí algunos otros aspectos (hay más) en los cuales se ve el deseo de Jesús de compartir con nosotros todo, su persona, su oficio, su vida, sus ideales, y que al hacerlo, no sólo no se rebaja o se empobrece Él, sino que muestra su poder, su fuerza, su sabiduría, sus planes de misericordia.

·        Jesús es la luz del mundo (Jn 8:12), pero también lo son sus discípulos (Mat 5:14).

·        Dios es el único bueno (Luc 18:19), pero también las personas son buenas (1 Pe 2:18; 4:10, etc.).

·        Dios es el único sabio (Rom 16:27), pero también los hombre (Rom 16:19; Mat 23:24, etc.).

·        Jesús es, claramente, nuestro único sacerdote (toda la carta a los Hebreos), pero también lo somos nosotros (Rev 1:6; 5:10; 20:6).

·        Para los cristianos existe un único sacrificio, el de Jesús (Heb 10:12), pero también nosotros debemos ofrecer “sacrificios” (Fil 2:17; Rom 12:1; Heb 13:15).

·        La pasión de Cristo es suficiente para nuestra salvación (todo el Nuevo Testamento), pero Pablo dice: “completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:24)[11].

·        Sólo Dios perdona los pecados (toda la Escritura), pero también los apóstoles (Jn 20:23).

·        Dios es el único justo, y no hay ningún justo entre los hombre, ni uno sólo (Rom 3:10). Pero 1 Timoteo 1:9 y 2 Pedro 2:7-8 hablan de los justos, en general y en particular (Lot). Sólo si aplicamos el concepto de “analogía” podremos explicar esta aparente contradicción: Dios es el único Justo, pero análogamente y por participación lo son también los que creen en El, etc.

Claro está que muchos lectores no-católicos se apurarán a explicar cada uno de estos aparentes conflictos. ¡Muy bien! También nosotros decimos que no hay un conflicto real en estas “contradicciones”. La cuestión es: ¿harán el mismo esfuerzo por explicar el supuesto conflicto “único mediador” – “mediación de los creyentes”? ¿Estarán dispuestos a ver que en realidad no hay oposición, así como están dispuestos a no ver oposición en otros pasajes bíblicos que, a primera vista, resultan “evidentemente” contradictorios? [12]

A todas estas manifestaciones y oficios de Jesús, que él ha querido compartir con nosotros, podríamos aplicar la expresión de Yves Simoens, comentando el carácter esponsalicio de Jesús: “Cristo es, sí, el único esposo, pero no en un espléndido aislamiento[13] (resaltado mío). En efecto, Cristo es la única luz del mundo, el único sacerdote, el único mediador… “pero no en un espléndido aislamiento”. Lo podría haber sido, por supuesto, pero sus planes fueron otros: quiso hacernos partícipes de su vida y de su misión.

Pasemos ahora a ver en concreto el tema que motivó el presente trabajo, a saber, 1 Tim 2:5, habiendo ya señalado las claves para una justa interpretación. Es decir, ¿no podremos ser nosotros, “en Cristo”, mediadores entre Dios y los hombres, así como somos también en Cristo “dioses”, “padres”, “justos”, “maestros”, “luz del mundo”, “obispos”, “fundamento”, etc. etc. etc.? Es más, no solo debemos preguntarnos si “podemos” llamarnos y ser “mediadores”, sino más bien si acaso no “debemos” serlo… Todo depende del plan de Dios, de su voluntad, y no de lo que nos parece a nosotros.

Cristo, único mediador entre Dios y los hombres

Antes que nada, ¿qué es ser “mediador”? Una vez más, acudimos al diccionario de la Real Academia Española; “mediar” es, según esa fuente, “interceder o rogar por uno. Interponerse entre dos o más que riñen o contienden, procurando reconciliarlos y unirlos en amistad. Existir o estar una cosa en medio de otras”. El término mismo no produce gran dificultad, y se entiende en general de buenas a primera: “mediador” es quién está entre dos o más personas, ofreciendo su persona para hacer como de puente entre ellas, sobretodo si estas están en conflicto.

La palabra que se usa en 1 Tim 2,5 es “mesités”, que fuera de nuestro texto aparece, en el Nuevo Testamento griego, en Gal 3:19.20; Heb 8:6; 9:15; 12:24. En los pasajes de Hebreos el término aparece siempre junto a “alianza”: Jesús es el “mediador de la nueva alianza”, en contraposición a Moisés y los ángeles, mediadores de la antigua alianza.  

Es interesante la presencia de “hombre” en la formulación de Pablo: el único mediador entre Dios y los hombres es “el hombre Cristo Jesús”: es precisamente como hombre que Jesús es capaz de interceder por nosotros. Esta observación de Pablo ha sido entendida por algunos como queriendo excluir a la Iglesia del oficio de mediador; en otras palabras: “Cristo es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:18), pero su oficio de mediador le pertenece solo a él como hombre, no como cabeza del cuerpo. ¿Qué decir de esta lectura?

En mi opinión nos encontramos con una exégesis del texto que deja bastantes dudas. Debemos preguntarnos ¿era esa la idea de Pablo? Cuando escribió en su carta que el único mediador es “el hombre Cristo Jesús” ¿pretendía con ello excluir a la Iglesia de ese oficio?  Consultando varios comentadores, tanto protestantes como católicos, todos coinciden en lo mismo: lo que Pablo quiere subrayar con el uso del término “hombre” es que Jesús es verdadero hombre, contra lo que sostenían los herejes docetas[14], a saber, que Jesús tenía una apariencia humana pero no era verdaderamente hombre. Pablo está subrayando que es Jesús, verdadero hombre y no solo aparentemente, el mediador entre Dios y los hombres. No hay ningún motivo, ni en el texto ni en el contexto, para interpretarlo en contraposición de la Iglesia, salvo el motivo “fundamentalista”, a saber, querer excluir la doctrina de la participación de la Iglesia en el oficio mediador de Jesús. Veamos algunos comentadores.

B. Witherington III explica así la presencia del término “hombre” en 1 Tim 2:5[15]:

¿Qué cosa quiere decir Pablo cuando afirma que la gracia viene a nosotros -así como la resurrección y la reconciliación- por medio de un hombre? El pecado era un problema humano que podía resolverse a favor de la humanidad sólo mediante un ser humano. Algunos pueden pensar que la eficacia de la salvación de la humanidad se debiese a Jesús como ser divino, en cambio Pablo aquí quiere acentuar lo contrario: si Jesús no fuese hombre verdadero, la humanidad no habría recibido la gracia, la resurrección, o – como lo hacen notar Colosense y Efesios-  la reconciliación. De hecho el evento extraordinario es precisamente que el hombre Jesús murió y resucitó: Dios, prescindiendo del misterio de la encarnación, no está sujeto a la muerte. (…) Resumiendo, para que la salvación llegase a los hombres y los rescatase, debía ser mediada por uno que compartiese la humanidad.