El Primer Mandamiento parecería prohibir absolutamente hacer cualquier tipo de representaciones de hombres, animales, o aún plantas:

No tendrás dioses extraños delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás, ni las servirás (Ex., xx, 3-5).

Es por supuesto obvio que el énfasis de esta ley está en la primera y última cláusula “no dioses extraños”, “no los adorarás”. Sin embargo cualquiera que las lea puede apreciar también en las otras palabras una orden absoluta. A la gente no solamente se le dice que no adore ni sirva a las imágenes; sino que no deben ni siquiera tallar imágenes o inscripciones, que pudieran parecer, cualquier cosa en absoluto. Uno puede entender ya el alcance de tal orden en aquel tiempo. Si hacían estatuas o pinturas, probablemente terminarían adorándolas. Se muestra cuan propensos eran a erigir como un dios extraño a una talla en el relato del becerro de oro en el mismo momento que las diez palabras eran promulgadas. A diferencia de las naciones vecinas, Israel habría de adorar a un Dios invisible, así no habría peligro de que los Israelitas cayeran en la clase de religión de Egipto o Babilonia. Esta ley prevalecía ciertamente en lo tocante a las imágenes de Dios. Cualquier intento de representar el Dios de Israel gráficamente (parece que la becerro de oro tenía este significado – Éxodo xxxii, 5) es siempre desaprobada como una idolatría abominable. Pero, excepto por un período reciente, notamos que el mandamiento nunca fue entendido como una prohibición absoluta y universal para cualquier tipo de imagen. A través del Viejo Testamento hay ejemplos de representaciones de cosas vivientes, de ningún modo adoradas, pero usadas legalmente, aún ordenadas por la ley como ornamentos del tabernáculo y del templo. Los muchos casos de idolatría y variadas defecciones de la Ley que denuncian los profetas no son, por supuesto, los casos mencionados. Son las estatuas hechas y usadas con la completa aprobación de las autoridades las que muestran que las palabras, “No te harás ninguna imagen tallada” no eran entendidas en un sentido absoluto y literal. Podría ser que la expresión Hebrea traducida como “imagen tallada”tuviera un sentido técnico que significara más que una estatua, e incluyera la idea de “ídolo”; aunque esto no explica la dificultad de la siguiente frase. De cualquier modo es cierto que había “similitudes de lo que está arriba en el cielo o abajo en la tierra y en la aguas” en el culto Judío ortodoxo. Sea lo que sea lo que se piense hayan sido los misteriosos efod y terafines, estuvo la serpiente de bronce (Num., xxi, 9), que no fue destruida hasta que lo hizo Ezequías (IV Reyes, xviii, 4), estuvieron las guirnaldas de frutos y flores talladas y moldeadas (Num., viii, 4; III Reyes, vi, 18; vii, 36); el trono del rey que descansaba sobre leones tallados (III Reyes, x, 19-20), leones y toros soportaban los cimientos del templo (III Reyes, vii, 25, 29). Especialmente están los querubines, grandes figuras talladas de bestias (Ezeq., i, 5; x, 20, donde los mismos son llamados bestias), parados sobre el arca de la alianza (Ex., xxv, 18-22; III Reyes, vi, 23-8; viii, 6-7, etc.). Pero excepto por las cabezas humanas de los querubines (Ezeq., xli, 19, Ex., xxv, 20, cuando se combinan las referencias a ellos parecen apuntar irresistiblemente a algunas figuras tales como los toros alados con cabezas humanas Asirios) no leemos nada sobre estatuas de hombres en el culto legítimo del Viejo Testamento. En este punto, por lo menos, los Judíos parecen haber comprendido que el mandamiento prohibía hacer tales estatuas, aunque ni aún esto está claro en los períodos más tempranos. El efod alguna vez fue ciertamente una estatua de forma humana (Jueces, viii, 27; xvii, 5; I Reyes, xix, 13, etc.), y ¿qué eran los terafines?(Jueces, xvii,5) Ambos eran usado en el culto ortodoxo.

 Sin embargo, durante el período Macabeo, hubo un fuerte sentimiento contra cualquier tipo de representación de cosas viviente. Josefo cuenta la anécdota de Herodes el Grande: “Fueron hechas ciertas cosas contra la ley por parte de Herodes por las cuales fue acusado por Judas y Matías. Ya que el rey hizo, y levantó sobre el gran portal del templo una inmensa águila dorada sagrada y muy preciosa. Pero está prohibido por la ley a quienes desean vivir de acuerdo con estos preceptos erigir imágenes, o asistir a cualquiera a consagrar figuras de cosas vivientes. Por lo tanto aquellos sabios hombres ordenaron destruir al águila” ("Antiq. Jud.", 1. XVII, c. vi, 2). Lo mismo en "De bello Jud.", 1. l, c. xxxiii (xxi), 2, dice: “Está fuera de la ley tener imágenes o pinturas en el templo, o cualquier representación de cosas vivientes”, y en su “Vida”: “que pudiera persuadirlos de destruir absolutamente la casa construida por Herodes el tetrarca, porque tiene imágenes de cosas vivientes (pronto morphas) ya que nuestra ley prohíbe hacer tales cosas” (Jos. Vita, 12). A riesgo de sus vidas, los Judíos persuadieron a Pilatos de quitar las estatuas de César erigidas entre los estandartes del ejército en Jerusalén ["Ant. Jud.", 1. XVIII, c. iii (iv), 1, De bell. Jud., ix (xiv), 2-3]; imploraron a Vitelio ni siquiera conducir tales estatuas a través de sus tierras [Ibíd., c. v (vii), 3]. Es bien conocido cuán fieramente resistieron diversos intentos de erigir ídolos de falsos dioses en el templo (ver JERUSALEN, II) aún cuando esto causara que los abominaran aún mas allá de su horror general por las imágenes de cualquier clase. De este modo se hizo general la convicción de que los Judíos aborrecían cualquier tipo de estatua o imagen. Tácito dice: “Los Judíos adoran un Dios que está en sus mentes solamente. Consideran profanos a los que hacen imágenes de dioses con materiales corruptibles a semejanza del hombre, ya que el es supremo y eterno, nunca cambiante ni mortal. Por lo tanto no permiten imágenes (simulacra) en sus ciudades o templos” (Hist., V, iv).

 Son esta actitud intransigente en la historia Judía tardía, junto con el aparentemente obvio significado del Primer Mandamiento, los responsables de la idea generalizada de que los Judíos no tienen imágenes. Hemos visto que esta idea debe ser modificada en función de épocas anteriores. Tampoco prevalece en modo alguno como un principio universal en tiempos posteriores. A pesar de las ideas iconoclastas de los Judíos de Palestina descriptas por Josefo, a pesar de su horror a cualquier cosa de la naturaleza de un ídolo en su templo, los Judíos, especialmente en la Diáspora, no encontraban dificultad en embellecer sus monumentos con pinturas, aún con forma humana.

Hay una serie de catacumbas y cementerios Judíos decorados con pinturas representando pájaros, bestias, peces, hombres y mujeres. En Gamart, al Norte de Cartago, hay uno cuyas tumbas están adornadas con ornamentos tallados de guirnaldas y figuras humanas; en una de las cuevas hay pinturas de un jinete y otra persona sosteniendo un látigo bajo un árbol, otro en Roma en la Vigna Randanini, cerca de la Vía Apia tiene un techo pintado con pájaros, peces, y pequeñas figuras humanas aladas alrededor de una pieza central representando a una mujer, evidentemente una Victoria, coronando a una pequeña figura. En Palmira hay una cámara funeraria Judía toda pintada con figuras femeninas aladas que sostienen retratos redondos, arriba hay una pintura, con un estilo bastante del Romano tardía, de Aquiles y las hijas de Lycomedes (515 DC).

 Muchos otros ejemplos de figuras talladas en sarcófagos, pinturas en paredes, y ornamentos, todas al modo de la decoración de Pompeya y de las catacumbas Cristianas, pero de cementerios Judíos, muestran que, a pesar de su religión exclusiva, los Judíos en los primeros siglos Cristianos se sometieron a la influencia artística de sus vecinos Romanos. De modo tal que en esta materia, cuando los Cristianos comenzaron a decorar sus catacumbas con pinturas sacras no cortaron con la costumbre de sus antepasados Judíos

II. LAS IMÁGENES CRISTIANAS ANTES DEL SIGLO OCTAVO

 Dos cuestiones que deben obviamente mantenerse separadas son el uso de las imágenes sagradas y la reverencia que se les brinda. Aquellos Cristianos de los propios comienzos adornaban sus catacumbas con pinturas de Cristo, de los santos, de escenas de la Biblia y los grupos alegóricos son tan obvios y tan bien conocidos para que no sea necesario insistir sobre el hecho. Las catacumbas son la cuna de todo el arte Cristiano. Desde su descubrimiento en el siglo dieciséis – el 31 de mayo de 1578, un accidente reveló parte de las catacumbas en la Vía Salaria – y la investigación de sus contenidos que se ha desarrollado permanentemente desde entonces, nos permite reconstruir una idea exacta de las pinturas que las adornaban. Es un mito (defendido entre otros por Erasmo), que los primeros Cristianos tuvieran cualquier clase de prejuicio contra las imágenes, pinturas o estatuas, y ha sido disipado abundantemente por todos los estudiantes de arqueología Cristiana. La idea de que debieron haber temido el peligro de la idolatría entre sus nuevos conversos es refutado en la forma más simple por las pinturas y aún las estatuas, que permanecen desde los primeros siglos. Aún los Cristianos Judíos no tenían razón para tener prejuicios contra las pinturas, como hemos visto; menos aún tenían las comunidades Gentiles ningún sentimiento tal. Ellos aceptaban el arte de su tiempo y lo usaban, tanto como una comunidad pobre y perseguida podía hacerlo, para expresar sus ideas religiosas. Los cementerios paganos Romanos y las catacumbas Judías ya mostraban el camino; los Cristianos siguieron estos ejemplos con modificaciones naturales. Desde la segunda mitad del siglo primero hasta los tiempos de Constantino, enterraron sus muertos y celebraron sus ritos en estas cámara subterráneas. Los viejos sarcófagos paganos han sido tallados con dioses, guirnaldas y flores, y ornamentos simbólicos; los cementerios paganos, habitaciones y templos han sido pintados con escenas de la mitología. Los sarcófagos Cristianos estaban ornamentados con diseños indiferentes o simbólicos – palmas, pavos, vinos, con el monograma chi-ro (mucho antes de Constantino), con bajorrelieves de Cristo como el Buen Pastor, o sentado entre las figuras de los santos, y, a veces, como en el famoso de Julio Baso, con elaboradas escenas del Nuevo Testamento. Y las catacumbas estaban cubiertas con pinturas. Hay otras decoraciones tales como guirnaldas, cintas, paisajes estrellados, y vinos que sin duda en muchos casos tenían un significado simbólico

 Uno ve con alguna sorpresa motivos de la mitología empleados entonces en un sentido Cristiano (Psique, Eros, Victorias aladas, Orfeo), y evidentemente usados como una representación de nuestro Señor. Constantemente recurren ciertas escenas del Viejo Testamento que tienen una evidente aplicación a su Vida e Iglesia: Daniel en la madriguera del león, Noé y su arca, Sansón empujando el portal, Jonás, Moisés golpeando la roca. También son muy comunes escenas del Nuevo Testamento, la Natividad y la llegada de los Reyes Magos, el bautismo de nuestro Señor, el milagro de los panes y los peces, la fiesta del casamiento en Canaá, Lázaro, y Cristo enseñando a los Apóstoles. Hay también figuras puramente típicas: la mujer orando con las manos elevadas representando a la Iglesia, ciervos bebiendo de una fuente que brota de un monograma chi-ro, y ovejas. Y hay especialmente figuras de Cristo como el Buen Pastor, como legislador, como el niño en brazos de Su madre, de Su cabeza solamente en un círculo, de nuestra Señora sola, de San Pedro y San Pablo, figuras que no son escenas de eventos históricos, pero, como las estatuas en nuestras iglesias modernas, son solamente conmemorativas de Cristo y Sus santos. Hay poco que pueda ser descrito como escultura en las catacumbas; hay unas pocas estatuas por una razón muy simple. Las estatuas son más difíciles de hacer, y mucho más costosas que los murales. Pero no había ningún principio en contra de ellas. Eusebio describe estatuas muy antiguas Cesárea Filipi representando a Cristo y la mujer que El curó allí ("Hist. eccl.", VII, xviii, Mat., ix, 20-2). Los más antiguos sarcófagos tienen bajo relieves. Tan pronto como la Iglesia salió de las catacumbas, se hizo más rica, no tuvo más miedo a la persecución, la misma gente que había pintado sus cuevas comenzó a hacer estatuas de los mismos temas. La famosa estatua del Buen Pastor en el Museo Laterano fue hecha tan tempranamente como a comienzos del siglo tercero, las estatuas de Hipólito y de San Pedro datan de fines del mismo siglo. El principio fue muy simple. Los primeros Cristianos estaba acostumbrados a ver las estatuas de los emperadores, de dioses paganos y de héroes, lo mismo que murales paganos. Por tanto hicieron pinturas de su religión, y, tan pronto las pudieron solventar, estatuas de su Señor y de sus héroes, sin el más remoto temor o sospecha de idolatría.

 La idea de que la Iglesia de los primeros siglos era de algún modo prejuiciosa contra las pinturas y las estatuas es la más imposible ficción. Después de Constantino (306-37) hubo, por supuesto, un enorme desarrollo de todo tipo. En lugar de cavar catacumbas, los Cristianos comenzaron a construir espléndidas basílicas. Las adornaron con costosos mosaicos, grabados y estatuas. Pero no hubo nuevos principios. Los mosaicos representaban más artística y ricamente los motivos que habían sido pintados en las paredes de las viejas cuevas, las grandes estatuas continuaron la tradición comenzada por los sarcófagos tallados con pocos ornamentos de plomo y vidrio. Desde ese tiempo hasta la Persecución Iconoclasta, las imágenes sagradas fueron posesión a través de todo el mundo Cristiano. San Ambrosio (397 DC) describe en una carta cómo, una noche se le apareció San Pablo, y que él lo reconoció por su parecido a sus pinturas (Ep. ii, en P. L., XVII, 821). San Agustín (430 DC) se refiere varias veces a las pinturas de nuestro Señor y los santos en las iglesias (e. g. "De cons. Evang.", x en P. L., XXXIV, 1049; "Contra Faust. Man.", xxii 73, en P. L., XLII, 446); dice que algunas personas hasta las adoran ("De mor. eccl. cath.", xxxiv, P. L., XXXII, 1342).

 San Jerónimo (420 DC) también escribe de las pinturas de los Apóstoles como bien conocidos ornamentos de iglesias (En Ionam,iv). San Paulino de Nola (431 DC) pagó por mosaicos que representaban escenas Bíblicas y santos en las iglesias de su ciudad, y luego escribió un poema describiéndolos (P. L., LXI, 884). Gregorio de Tours (594 DC) dice que una dama Franca, que construyó la iglesia de San Esteban, le mostró a los artistas que pintaron sus paredes como debían representar a los santos sacándolo de un libro (Hist. Franc., II, 17, P. L., LXXI, 215). En el Este San Basilio (379 DC), predicando sobre San Barlaam, reclama a los pintores que haciendo pinturas del santo, le hagan más honor del que él pudo hacer con sus palabras. ("Or. en S. Barlaam", en P. G., XXXI). San Nilo, en el siglo quinto, culpa a un amigo porque  deseaba decorar una iglesia con ornamentos profanos, y lo exhorta a reemplazarlos por escenas de las Escrituras (Epist. IV, 56). San Cirilo de Alejandría (444 DC) fue tan grande defensor de los íconos que sus oponentes lo acusaron de idolatría (por todo esto ver Schwarzlose, "Der Bilderstreit" i, 3-15). San Gregorio Magno (604 DC) fue siempre un gran defensor de las pinturas santas (ver abajo).

(N.del T : El Catecismo de la Iglesia Católica trata el tema en 476 “Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo es limitado. Por eso se puede “pintar” la faz humana de Jesús (Ga 3,2). En el séptimo Concilio Ecuménico, La Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas”. Amplía en los puntos 1159 ss., 2130 ss.,2691, 2705.)

 Notamos, sin embargo, en los primeros siglos una cierta reticencia a expresar el dolor y la humillación de la Pasión de Cristo. Ya fuera para no herir la susceptibilidad de los nuevos conversos, o como una reacción natural desde su condición de secta perseguida, Cristo es generalmente representado como espléndido y triunfante. Hay pinturas de Su Pasión aún en las catacumbas (e.g., la coronación de espinas en la Catacumba de Pretextato en la vía Apia) o Cristo mostrando Su Poder, resucitando a Lázaro, obrando algún otro milagro, parado entre Sus Apóstoles, sentado en su gloria. No hay pinturas de la Crucifixión excepto el falso crucifijo rayado por algún soldado pagano en las barracas Palatinas. En las primeras basílicas también el modelo de Cristo triunfante continúa siendo la normal. La curva del ápice (concha) sobre el altar está regularmente cubierta con un mosaico representando el reino de Cristo en algún grupo simbólico. Nuestro Señor se sienta en un trono, está vestido con la túnica talaris y pallium, sostiene un libro en Su mano izquierda, y está con la derecha levantada. Este es el modelo que se encuentras a en incontables basílicas en el Este y Oeste desde los siglos cuarto a séptimo. El grupo alrededor de Él varía. A veces son santos apóstoles o ángeles (Santa Prudenciana, Santos Cosmas y Damián, San Pablo en Roma, Santo Vitalis, San Miguel); a menudo a ambos lados de Cristo hay figuras puramente simbólicas, corderos, ciervos, palmas, ciudades, los símbolos de los evangelistas ( San Apolinario en Classe, la capilla de Galla Placidia en Ravena). Un típico ejemplo de esta tradición era el mosaico del ápice de la vieja San Pedro en Roma (destruida en el siglo dieciséis). Aquí Cristo es entronado en el centro de la manera usual, barbado, con un nimbo, en túnica y palio, sosteniendo un libro en la mano izquierda, bendiciendo con la derecha. Debajo de sus pies brotan cuatro arroyos (los ríos del Edén, Gen. Ii, 10) de los cuales beben dos ciervos (Sal. xli, 2). A cada lado de Cristo están San Pedro y San Pablo, y detrás de cada uno de ellos una palmera; el fondo está salpicado de estrellas mientras que arriba rayos de luz y una mano emergiendo desde bajo una pequeña cruz sugieren a Dios Padre. Debajo hay un friso en el cual salen corderos de una pequeña ciudad en cada extremo (marcadas Jerusalén y Belén) hacia un Agnus Dei sobre una colina, de la que nuevamente fluyen cuatro arroyos. Detrás del Agnus Dei hay un trono con una cruz, detrás de los corderos, una fila de árboles. Posteriormente fueron agregadas figuras de un papa (Inocencio III, 1198-1216) y un emperador precediendo la procesión de corderos, pero el plan esencial de este mosaico (restaurado a menudo) data del siglo cuarto.

 Aunque las representaciones de la Crucifixión no ocurren hasta después, la cruz, como el símbolo del Cristianismo, data de su comienzo. Justin Mártir (165 DC) lo describe de un modo que ya implica su uso como un símbolo (Dial. cum Tryph., 91). Dice que la cruz es providencialmente representada en cada tipo de objeto natural: la vela de un barco, un arado, aún el cuerpo humano (Apol. I, 55). De acuerdo con Tertuliano (alrededor de 240 DC), los Cristianos eran conocidos como los “adoradores de la cruz” (Apol., xv). Tanto las cruces simples, como el monograma chi-ro son ornamentos comunes de las catacumbas; combinados con ramas de palmeras, corderos y otros símbolos, forman un obvio símbolo de Cristo. Después de Constantino, la cruz, espléndidamente hecha, con oro y gemas, se erigió triunfalmente como el estandarte de Fe conquistadora. Una pintura en una catacumba posterior representa una cruz ricamente enjoyada y adornada con flores. El Labarum de Constantino en la batalla del  Puente Milvian (312), y la anécdota del hallazgo de la Verdadera Cruz por Santa Helena, dieron un fresco impulso a su veneración. Aparece (sin una figura) sobre la imagen de Cristo en el mosaico del ápice de Santa Prudenciana en Roma, en Su nimbo constantemente, en algunos lugares prominentes en un altar o trono (como el símbolo de Cristo), en prácticamente todos los mosaicos sobre el ápice o en el lugar principal de las primeras basílicas (San Pablo en Roma, ibid., 183, San Vitalis en Ravena). En la capilla Galla Placidia en Ravena, Cristo (como el Buen Pastor con Sus ovejas) sostiene una gran cruz en Su mano izquierda. La cruz tiene un lugar especial como objeto de veneración. Era el principal signo externo de la Fe, era tratada con más reverencia que  cualquier pintura “veneración de la cruz” (stauralatreia) era una cosa especial distinta de la veneración de imágenes, de modo tal que vemos que los más benignos de los Iconoclastas en años posteriores, aún  tratábanla con reverencia, mientras que destruían pinturas. Un argumento común de los veneradores de imágenes a sus oponentes fue que mientras estos últimos también veneraban la cruz, eran inconsistentes al rechazar la veneración de otras imágenes (ver ICONOCLASIA). La cruz además ganó un importante lugar en la conciencia de los Cristianos por su uso en funciones rituales. Hacer la señal de la cruz con la mano pronto se convirtió en la forma común de profesar la Fe o invocar una bendición. Los Cánones de Hipólito dice a los Cristianos: “Señala tu frente con la señal de la cruz para derrotar a Satán y glorificar en tu Fe” (c. xxix; cf. Tertuliano, "Adv. Marc.", III, 22). La gente oraba con los brazos extendidos para representar una cruz (Origen, "Hom. in Exod.", iii, 3,  Tertuliano, "de Orat.", 14). Así también, hacer la señal de la cruz sobre una persona o cosa se convirtió en un gesto usual de bendición, consagración, exorcismo (Lactantius, Divine Institutes IV:27), cruces reales de material adornaban las copas usada en la Liturgia, una cruz era llevada en procesión y se la situaba en el altar durante la Misa. El Primer Ordo Romano (siglo sexto) alude a las cruces portantes en la procesión. Tan pronto como la gente comenzó a representar escenas de la Pasión naturalmente incluyeron el evento principal, y, por tanto tenemos las primeras pinturas y tallados de la Crucifixión. Las primeras menciones de crucifijos son del siglo sexto. Un viajero en el reino de Justiniano nos da noticia de que vio uno en una iglesia en Gaza, en el Oeste, Venancio Fortunato vio un palio bordado con una figura de la Crucifixión en Tours, y Gregorio de Tours se refiere a un crucifijo en Narbone. Por un largo tiempo Cristo en la cruz fue representado siempre vivo. Los crucifijos más viejos que se conocen son los de las puertas de madera de Santa Sabina en Roma y un tallado en marfil en el Museo Británico. Ambos son del siglo quinto. Un manuscrito Siríaco del siglo sexto contiene una miniatura representando la escena de la crucifixión. Hay otras representaciones parecidas hasta el siglo séptimo, después del cual se torna usual la costumbre de agregar la figura de nuestro Señor a las cruces; el crucifijo tomó posesión en todos lados.

 Por tanto la conclusión es que el principio de adornar las capillas e iglesias con pinturas data del mismo comienzo de los tiempos cristianos: siglos antes de los problemas Iconoclastas eran usadas a través de toda la Cristiandad. También todas las viejas Iglesias Cristianas en el Este y el Oeste  usan pinturas sagradas constantemente. La única diferencia es que aún antes de la Iconoclasia, en el Este existió un cierto prejuicio contra las estatuas sólidas. Esto se ha acentuado desde la época de la herejía Iconoclasta (ver abajo, sección 5). Pero hay pistas de ello antes; es compartido por los viejos cismáticos (las Iglesias Nestorianas y Monofisitas que se apartaron mucho antes de la Iconoclasia). El principio en el Este no fue universalmente aceptado. Los emperadores erigieron sus estatuas en Constantinopla sin que se los culpara; las estatuas con propósitos religiosos existieron en el Este antes del siglo octavo (ver por ejemplo el Buen Pastor de mármol Tracia, Atenas y Esparta, la Madonna y el Niño de Salónica, pero son mucho más raros que en el Oeste. Las imágenes en el este eran generalmente planas, pinturas, mosaicos, bajo relieves. Los más celosos defensores Orientales de los santos íconos parecen haber sentido, sin embargo, que tales representaciones planas eran justificables, mientras que había algo sobre las estatuas sólidas que las hacía sospechosamente parecidas a un ídolo