III. LA VENERACIÓN DE IMÁGENES

Una cosa distinta de la admisión de las imágenes es la cuestión del modo en que eran tratadas. ¿Qué signos de reverencia, si había alguno, le daban los primeros Cristianos en sus catacumbas e iglesias? Para el primer período no tenemos información. Hay tan pocas referencias a las imágenes en la primera literatura Cristiana que difícilmente hubiéramos sospechado su presencia ubicua de no haberse mostrado ellas realmente en las catacumbas como el más convincente argumento. Pero estas pinturas de las catacumbas no nos dicen nada sobre cómo eran tratadas las mismas. Podemos dar por seguro, por un lado, que los primeros Cristianos entendían muy bien que las pinturas no tenían ninguna participación en la adoración debida solamente a Dios. Su monoteísmo, su insistencia en el hecho de que ellos servían solamente a un todopoderoso invisible Dios, su horror a la idolatría de sus vecinos, la tortura y muerte de sus mártires sufrida antes de depositar un grano de incienso ante la estatua del numen del emperador son suficientes para convencernos que no estaban erigiendo filas de ídolos propios. Por otra parte, el lugar de honor que le otorgaban a sus símbolos y pinturas, el cuidado con el que las decoraban, sugiere que trataban a las representaciones de sus más sagradas creencias con al menos una reverencia decente. Es desde esta  reverencia que se desarrolla gradual y naturalmente toda la tradición de venerar las imágenes. Después de la época de Constantino es todavía principalmente por conjeturas que podemos deducir la manera en que eran tratadas esas imágenes. La etiqueta de la corte Bizantina evolucionó gradualmente hacia elaboradas formas de respeto, no solamente hacia la persona del César sino aún hacia sus estatuas y símbolos. Filostorgio (quien fue un Iconoclasta mucho antes del siglo octavo) dice que en el siglo cuarto los ciudadanos Cristianos Romanos en el Este ofrecían presentes, incienso y aún oraciones, a las estatuas del emperador (Hist. eccl., II, 17). Sería natural que gente que se inclinaba, besaba, prendía incienso a las águilas imperiales y a las imágenes de Cesar (con ninguna sospecha de nada parecido a la idolatría), quienes prestaban elaboradas reverencias a un trono vacío como su símbolo, otorgara las mismas señales a la cruz, las imágenes de Cristo, y al altar. Por tanto, en los primeros siglos Bizantinos crecieron tradiciones de respeto que gradualmente se fueron fijando, como lo hace todo ceremonial, Tales prácticas se derramaron en alguna medida a Roma y al Oeste, pero su hogar fue la Corte de Constantinopla. Mucho después los obispos Francos en el siglo octavo todavía no eran capaces de comprender formas que en el Este eran naturales y obvias, pero para los Germanos parecían degradantes y serviles (Sínodo de Frankfort, 794; ver ICONOCLASIA IV).También es significativo que, aunque Roma y Constantinopla acordaron completamente el principio de honrar a las imágenes santas con signos de reverencia, los descendientes de los subyugados del emperador Oriental fueron aún mucho más lejos que nosotros en el uso de tales signos.

El desarrollo fue entonces una cuestión de moda general más que de principio. Para el Cristiano Bizantino del siglo quino y sexto, la postración, los besos, el incienso eran el modo natural de mostrar honor a cualquiera; estaba acostumbrado a tales cosas, era aún apropiado para con sus superiores civiles y sociales; estaba acostumbrado a tratar los símbolos del mismo modo, brindándole un honor relativo el que obviamente estaba realmente dirigido a sus prototipos. Y por tanto llevaba sus hábitos normales a su iglesia. La tradición, el instinto de conservación en que siempre se insiste en materia eclesiástica o la costumbre, gradualmente estereotiparon tales prácticas hasta que fueron anotadas como reglas y se convirtieron en parte del ritual. No hay ninguna sospecha de que la gente que estaba inconscientemente desarrollando este ritual, confundiera la imagen con su prototipo u olvidara que estaba dirigido en homenaje supremo sólo a Dios. Las formas usadas eran tan naturales para ellos como para nosotros saludar a la bandera.

Al mismo tiempo uno debe admitir que justo antes de la revuelta Iconoclasta las cosas habían ido demasiado lejos en la dirección de la veneración de imágenes. Aún así es inconcebible que ninguno, excepto quizás los más groseramente estúpidos campesinos, puedan haber pensado que una imagen podía escuchar la plegarias, o hacer algo por nosotros. Y sin embargo el modo en el cual alguna gente trataba sus íconos sagrados sugiere más que el meramente relativo honor que se supone que los Católicos deben observar para con ellos. En primer lugar, las imágenes se habían multiplicado en una enorme medida en todos lados, las paredes de las iglesias estaban cubiertas por dentro desde el piso hasta el techo con íconos, escenas de la Biblia, grupos alegóricos, (Un ejemplo de esto es Santa María Antiqua, construida en el siglo séptimo en el Foro Romano, con su arreglo sistemático de pinturas cubriendo la iglesia completa. Los íconos, especialmente en el Este, eran llevados en los viajes como una protección, marchaban a la cabeza de los ejércitos, y presidían las carreras en el hipódromo; colgaban en lugar de Honor en cada cuarto, sobre todo negocio; cubrían copas, prendas, mobiliario, anillos; en cualquier lugar en que se encontraba un espacio posible, se lo llenaba con una figura de Cristo, nuestra Señora o un santo. Es difícil entender exactamente que pensaban de ellos esos Cristianos Bizantinos de los siglos séptimo y octavo. Los íconos parecen haber sido de algún modo el canal a través del cual el santo era aproximado; tiene una virtud casi sacramental en despertar sentimientos de fe, amor, etc. en aquellos que los miraban fijamente; a través y por los íconos Dios obraba milagros, el ícono hasta parece haber tenido su propia personalidad, en tanto que ciertas pinturas eran especialmente eficaces para ciertas gracias. Los íconos eran coronados de guirnaldas, inciensados, besados. Lámparas ardían ante ellos, les eran cantados himnos en su honor. Eran aplicados por contacto a personas enfermas, puestos en la ruta de un incendio o torrente para pararlo por una especie de magia. En muchas oraciones de esta época la inferencia natural de las palabras sería que son dirigidas a la pintura presente.

Si tanta reverencia se brindaba a imágenes ordinarias “hechas a mano”, cuán mucha más se le ofrecía a las milagrosas “no hechas a mano” (eikones acheiropoietai). De estas había muchas que habían descendido milagrosamente del cielo, o – como la más famosa de todas en Edessa – habían sido producidas por nuestro Señor Mismo mediante la impresión de Su rostro sobre una tela (La anécdota de la pintura de Edessa es la forma Oriental de nuestra leyenda de Verónica). El Emperador Miguel II (820 – 9), en su carta Luis el Pío describe los excesos de los veneradores de imágenes:

Han quitado la santa cruz de las iglesias y las han reemplazado por imágenes ante las cuales queman incienso… Cantan salmos ante estas imágenes, se postran ante ellas, imploran su ayuda. Muchos visten especialmente las imágenes con prendas de lino y las eligen como padrinos de sus hijos. Otros, quienes se convierten en monjes, abandonando la vieja tradición – de acuerdo con la cual el cabello que se les corta es recibido por alguna persona distinguida – lo dejan caer en las manos de alguna imagen. Algunos sacerdotes raspan la pintura de las imágenes, la mezclan con el pan consagrado y el vino y se lo daban a los fieles. Otros ubican el cuerpo del Señor en las manos de imágenes de las cuales es tomada por los comulgantes. Otros, asimismo, despreciando las iglesias, celebran el Servicio Divino en casas privadas, usando una imagen como un altar (Mansi, XIV, 417-22).

Estas son las palabras de ácido Iconoclasta, y deberían, sin duda, ser recibidas con cautela. Sin embargo la mayoría de las prácticas descriptas por el emperador pueden ser establecidas por otras evidencias libres de toda sospecha. Por ejemplo, Santo Teodoro del Studion escribe para felicitar a un oficial de la corte por haber escogido un ícono sagrado como padrino para su hijo (P.G., XCIX 962-3). Tales excesos como estos explican, en parte al menos, la reacción Iconoclasta en el siglo octavo. Y la tormenta Iconoclasta produjo al menos un buen resultado: el Séptimo Sínodo Ecuménico (Nicea II, 787), que, mientras defendió las imágenes santas, explicó el tipo de veneración que puede legítima y razonablemente otorgarse a las mismas y desaprobó todas las  extravagancias. Una anécdota curiosa, que ilustra la dimensión a la cual había llegado la veneración de las imágenes para el siglo octavo, es contada en el “Nuevo Jardín” (Neon Paradeision — Pratum Spirituo ale) de un monje de Jerusalén, Juan Moschus (619 DC). Este trabajo fue por mucho tiempo atribuido a Sophronius de Jerusalén. En el mismo el autor cuenta la historia de un viejo monje en Jerusalén que estaba muy atormentado por la tentación de la carne. Al final el demonio le promete paz a condición de que él deje de honrar su figura de nuestra Señora. Él lo prometió, y entonces comenzó a sufrir tentaciones contra la fe. Consultó a su abad quien le dijo que mejor sufriera el anterior mal (aparentemente aún rindiéndose a la tentación) “mejor que dejar de venerar a nuestro Señor y Dios Jesucristo con Su madre”.

Por otro lado, en Roma especialmente, encontramos que la importancia de las santas imágenes es explicada sobria y razonablemente. Son los libros de los ignorantes. Esta idea es una de las favoritas de San Gregorio Magno (604 DC). Escribe a un obispo Iconoclasta, Sereno de Marsella, quien ha destruido las imágenes de su diócesis: “No sin razón ha permitido la antigüedad que las historias de los santos fueran pintadas en los lugares santos. Y nosotros ciertamente te elogiamos por no permitir que ellas sean adoradas, pero te culpamos por romperlas. Porque una cosa es adorar una imagen, y otra muy distinta aprender de la apariencia de una pintura lo que debemos adorar. Lo que los libros son para aquellos que pueden leer, lo es una pintura para el ignorante que la mira; en una pintura aún el ignorante puede ver qué ejemplo debería seguir; en una pintura aquellos que no conocen una letra pueden sin embargo leer. Por tanto, especialmente para los bárbaros, una pintura toma el lugar de un libro” (Ep. ix, 105, in P. L., LXXVII, 1027). Pero también en el Este había gente que compartía esta más sobria opinión Occidental. Anastasio, Obispo de Teópolis (609 DC), quien era amigo de San Gregorio y tradujo al Griego su “Regula Pastoralis”, se expresa en casi el mismo modo y hace la distinción entre proskynesis y latreia que se hizo tan famosa en los tiempos de la Iconoclasia : “Veneramos (proskynoumen) a hombres y a los santos ángeles; no los adoramos (latreoumen). Moises dice: Venerarás a tu Dios y solamente a él adorarás. Obsérvese que antes de la palabra ‘adorar’ el pone ´solamente`, pero no antes de la palabra ‘venerar’, porque es legitimo venerar [criaturas], desde el momento que es solamente darles un honor especial (énfasis de tiempos), pero no es legítimo adorarlas ni de ningún modo ofrecerles oración o adoración (proseuxasthai)" (Schwarzlose, ob. cit., 24).

IV. ENEMIGOS DE LA VENERACIÓN DE IMÁGENES ANTES DE LA ICONOCLASIA

Mucho antes de la revuelta en el siglo octavo hubo casos aislados de personas que temían el continuo crecimiento del culto de las imágenes y veían en ella peligro de un retorno a la vieja idolatría. No necesitamos resaltar con relación a esto las invectivas de los Padres Apostólicos contra los ídolos (Athenagoras "Legatio Pro Christ.", xv-xvii; Theophilus, "Ad Autolycum" II; Minucius Felix, "Octavius", xxvii; Arnobius, "Disp. adv. Gentes";Teruliano, "De Idololatria", I; Cipriano, "De idolorum vanitate"), en las cuales ellos denuncian no solo la veneración sino hasta la manufactura y posesión de tales imágenes. Todos estos textos se refieren a ídolos, esto es, imágenes hechas para ser adoradas. Pero el canon xxxvi del Sínodo de Elvira es importante. Este fue un sínodo general de la Iglesia de España celebrado, aparentemente alrededor de año 300, en una ciudad cerca de Granada. Este elaboró muchas leyes severas contra los Cristianos que recaían en la idolatría, herejías, o pecados contra el Sexto Mandamiento. El canon dice: “Está ordenado (Placuit) que las Pinturas no deben estar en iglesias, de modo tal que aquello que es venerado y adorado no debe ser pintado en las paredes”. El significado del canon ha sido muy discutido. Algunos han pensado que fue solamente una precaución contra la posible profanación por paganos quienes podrían haber ingresado a una iglesia. Otros ven en él una ley principista contra las pinturas. En cualquier caso el canon no puede haber producido más que un ligero efecto aún en España, donde había pinturas santas en el siglo cuarto como en otros países. Pero es interesante ver que justo al final del primer período había algunos obispos que desaprobaban el creciente culto a las imágenes. Eusebio de Cesárea (340 DC), el Padre de la Historia de la Iglesia, debe ser contado entre los enemigos de los íconos. En muchos lugares de su historia muestra su desagrado por los mismos. Son “costumbres paganas” (ethnike synetheia Hist. eccl., VII, 18); escribió muchos argumentos para persuadir a la hermana de Constantino, Constancia, de no mantener una estatua de nuestro Señor (ver Mansi XIII, 169). Un obispo contemporáneo, Asterio de Amasia, también trató de oponerse a la difundida tendencia. En un sermón sobre la parábola del hombre rico y Lázaro dice: “No pintes pinturas de Cristo ya que él se humilló suficientemente haciéndose hombre.” (Combefis, "Auctar. nov.", I, "Hom. iv en Div. et Laz."). Epifanio de Salamis (403 DC) rasgó una cortina en una iglesia de Palestina porque tenía una pintura de Cristo o un santo. También el Ariano Filostorgio (siglo quinto) fue un precursor de los Iconoclastas (Hist. Eccl., II, 12; VII, 3), como así también el Obispo de Marsella (Sereno), a quien San Gregorio Magno escribió su defensa de las pinturas (ver arriba). Finalmente podemos mencionar que en por lo menos una provincia de la Iglesia (Siria Central), el arte cristiano se desarrolló hacia una gran perfección mientras que sistemáticamente rechazó toda representación de figuras humanas. Estas excepciones son pocas comparadas con la sostenidamente creciente influencia de las imágenes y su veneración en toda la Cristiandad, pero sirven para mostrar que los íconos sagrados no obtuvieron su lugar enteramente sin oposición, y representan una delgada corriente de oposición como un antecedente de la virulenta Iconoclasia del siglo octavo.

V. LAS IMAGENES DESPUES DE LA ICONOCLASIA

Coronación de Imágenes

 Después de la tormenta de los siglos octavo y noveno (ver ICONOCLASIA), la Iglesia en todo el mundo se calmó nuevamente en la segura posesión de sus imágenes. Desde su triunfante retorno en la Fiesta de la Ortodoxia en 842, su posición no ha sido nuevamente cuestionada por ninguna de las viejas Iglesias. Solamente ahora la situación ha sido definida más claramente. El Séptimo Concilio General  (Nicea II, 787) ha sentado los principios, establecido las bases teológicas y restringido los abusos de la veneración de imágenes. Este concilio fue aceptado por la gran Iglesia de los cuatro patriarcados como igual a los otros seis. Sin aceptar sus decretos nadie puede ser un miembro de esa iglesia, nadie puede hoy ser Católico u Ortodoxo. Las imágenes y sus culto se han convertido en una parte integral de la Fe. La Iconoclasia fue entonces definitivamente una herejía condenada por la Iglesia tanto como el Arrianismo o el Nestorianismo. La situación no fue cambiada por el Gran Cisma de los siglos noveno y undécimo, Ambos bandos todavía mantienen los mismos principios en esta materia; ambos reverencian igualmente como un sínodo ecuménico el último en el cual ellos se encontraron al unísono antes de la calamidad final. Los Ortodoxos aprobaron todo lo que dijeron los Católicos (ver el siguiente párrafo) sobre el principio de venerar imágenes. Lo mismo hicieron las viejas Iglesias Orientales Cismáticas. Aunque ellas se apartaron mucho antes que la Iconoclasia y Nicea II tomaron como propios los principios que mantenemos – lo que es suficiente evidencia de que tales principios no eran nuevos en 787. Los Nestorianos, Armenios, Jacobitas, Coptos y Abisinios llenan sus iglesias con íconos santos, se inclinan ante ellos, los incensan, los besan, lo mismo que los Ortodoxos.

 Pero hay una diferencia, que no es de principio sino de práctica, entre el Este y el Oeste, a la que ya hemos aludido. Especialmente desde la Iconoclasia, en el Este no gustan las estatuas sólidas. Quizás porque tiene muchas reminiscencias de los viejos dioses Griegos. En todo caso el ícono Oriental (ya sea Ortodoxo, Nestoriano o Monofisita) es siempre plano- una pintura, un mosaico, un bajo relieve. Algunos de los menos inteligentes Orientales todavía parecen ver una cuestión de principio en esto y explican la diferencia entre un ícono santo, tal como un Cristiano debería venerar, y un detestable ídolo, del más simple y crudo modo: “los íconos son planos, los ídolos son sólidos”.

 Sin embargo, esta es una opinión que nunca ha sido sugerida oficialmente por su Iglesia, ella nunca ha hecho esto terreno de queja contra los Latinos, sino que admite que es (como por supuesto lo es) simplemente una diferencia de moda o hábito, y reconoce que estamos justificados por el Segundo Concilio de Nicea en cuanto al honor que rendimos a nuestras estatuas, del mismo modo que ella lo hace, con una mucho más elaborada reverencia, para con sus íconos planos.

 En Occidente, el uso exhuberante de estatuas y pinturas durante la Edad Media es bien conocido y puede ser visto en cualquier catedral en la que el celo Protestante no haya destruido los tallados. En Oriente es suficiente ir a cualquier Iglesia Ortodoxa para ver la multitud de íconos santos que cubre las paredes, que brillan a través de la iglesia desde la iconostasis. Y las iglesias de las sectas Orientales que no tienen iconostasis, muestran la misma cantidad de pinturas en otros sitios. Como especímenes de extrema belleza e íconos curiosos pintados después de los problemas Iconoclastas en Constantinopla, podemos mencionar los mosaicos del Kahrie-Jami (el viejo “Monasterio en el Campo”, Moue tes choras) cerca del portal de Adrianople. Los Turcos, por algún accidente han respetado estos mosaicos al convertir la iglesia en una mezquita. Habían sido puestos por orden de Andrónico II (1282-1328), cubren todo el interior de la iglesia, representan ciclos completos de los acontecimientos de la vida de nuestro Señor, imágenes de Él, de Su madre, y varios santos; y todavía muestran en el profanado edificio un ejemplo de la espléndida pompa con la cual la tardía Iglesia Bizantina cumplía los principios del Segundo Concilio de Nicea.

 Tanto en Oriente como en Occidente la reverencia que se le presta a las imágenes ha cristalizado en ritual formal. En el Rito Latino el sacerdote tiene la obligación de inclinarse ante la cruz en la sacristía antes de abandonarla para decir la Misa ("Ritus servandus" en el Missal, II, 1); Se inclina profundamente de nuevo “ante el altar o la imagen del crucifijo ubicado sobre él” cuando comienza la Misa (ibid., II, 2); comienza por incensar el altar incensando el crucifijo que está sobre él (IV, 4), y se inclina ante él cada vez que pasa (ibid); también ofrece incienso a cualquier reliquia o imagen de santo que pueda haber sobre el altar (ibid). Del mismo modo muchas obligaciones parecidas que existen como regla muestran que siempre se brinda una reverencia a la cruz o a imágenes de santos cada vez que nos aproximamos a ellos. El Rito Bizantino muestra, si es posible, una aún mayor reverencia a los íconos sagrados. Deben estar arreglados de acuerdo a un esquema sistemático a lo largo de la pantalla que se encuentra entre el coro y el altar, que por este motivo es llamada iconostasis (eikonostasis, “stand de pinturas”); delate de estas pinturas, se mantienen siempre lámparas ardiendo. Entre ellos, de cada lado de la puerta real, se encuentran los de nuestro Señor y Su Madre. Como parte del ritual, el celebrante y el diácono, antes de ir a vestirse, se inclinan profundamente ante ellos y dicen ciertas oraciones fijas: “Veneramos (proskynoumen) Tu inmaculada imagen, Oh Cristo” etc. ("Euchologion", Venecia, 1898, p. 35); también son instruidos constantemente para que a lo largo del servicio den reverencia a los santos íconos. Las imágenes por tanto eran propiedad y recibían veneración en toda la Cristiandad de forma incuestionable hasta que los Reformistas Protestantes, fieles a su principio de recurrir solamente a la Biblia, y no encontrando nada acerca de ellas en el Nuevo Testamento, buscaron en la Antigua Ley reglas que nunca habían tenido significado para la Nueva Iglesia y descubrieron en el Primer Mandamiento (al que llamaron segundo) una orden de no hacer siquiera ninguna imagen tallada. Sus sucesores han ido gradualmente atemperando la severidad de este, como de muchos otros de los principios originales de sus fundadores. Los Calvinistas mantienen la norma de no admitir estatuas, ni aún la cruz, casi exactamente igual. Los Luteranos tienen estatuas y crucifijos. En las iglesias Anglicanas uno puede encontrar operante cualquier principio, desde aquel de la cruz desnuda hasta una perfecta plétora de estatuas y pinturas.

 La coronación de imágenes es un ejemplo de un viejo y obvio signo simbólico de honor que se ha convertido en un rito establecido. Los paganos Griegos ofrecían coronas doradas a sus ídolos como ofrendas especialmente valiosas. San Irineo (202 DC) ya observa que ciertos Cristiano heréticos (los Gnósticos Carpocracianos) coronaban sus imágenes. Él desaprueba esa práctica, aunque parece que parte de su disgusto en alguna medida se debe a que coronan estatuas de Cristo junto con las de Pitágoras, Platón y Aristóteles ("Adv. omn. haer.", I, xxv). La ofrenda de coronas para adornar imágenes devino en una práctica común en las Iglesias Orientales. No significaría en sí mismo más que agregar tanto esplendor adicional al ícono como le podría ser dado por un bonito marco de oro. Por tanto la fijación de la corona generó en sí mismo una cierta cantidad de ritual, y la corona misma, como todas la cosas dedicadas al uso de la Iglesia, era bendecida antes de ser colocada.

También en Roma, la ceremonia evolucionó desde esta pía práctica. Un caso famoso es la coronación de la pintura de nuestra Señora en Santa María Mayor. Clemente VIII (1592-1605) presentó coronas (una para nuestro Señor y una para Su Madre, estando ambos representados en la pintura) para adornarla; lo mismo hicieron los papas que lo sucedieron. Estas coronas fueron perdidas y Gregorio XVI (1831-46) decidió reemplazarlas. El 15 de Agosto de 1837 rodeado de cardenales y prelados, trajo las coronas, las bendijo con una oración compuesta para la ocasión, la roció con agua bendita y le esfumó incienso. Cuando se hubo cantado el “Regina Coeli”, fijó las coronas a las pinturas, diciendo la fórmula–"Sicuti per manus nostras coronaris m terris, ita a te gloria et honore coronari mereamur in coelis" –para nuestro Señor, y una similar (per te a Jesu Christo Filio tuo . . .) para nuestra Señora. Hubo otra colecta, el Te Deum, una última colecta, y entonces la Alta Misa coram Pontífice. El mismo día el papa emitió una instrucción (Coelistis Regina) acerca del rito. Las coronas deben ser conservadas por los canónigos de Santa María la Mayor. El ceremonial usado en esa ocasión se convirtió en el estandard para funciones similares.

El Capítulo de San Pedro tiene el derecho a coronar estatuas y pinturas de nuestra Señora desde el siglo diecisiete. Un cierto Conde Alejandro Sforza-Pallavicini de Piacenza dispuso una suma de dinero para pagar las coronas que serían usadas con este propósito. El primer caso fue en 1631, cuando el capítulo, el 27 de agosto, coronó una famosa pintura, "Santa Maria della febbre", en una de las sacristías de San Pedro. El conde pagó los gastos. Poco después, a su muerte, por su voluntad (fechada el 3 de julio de 1636) dejó una considerable propiedad al capítulo con la condición de que deberían gastar sus rentas coronando famosas pinturas y estatuas de nuestra Señora. Así lo han hecho desde entonces. El procedimiento es que un obispo puede solicitar al capítulo que corone una imagen en su diócesis. Los canónigos consideran su petición, si la aprueban hacen hacer una corona y envían uno de los suyos para llevar a cabo la ceremonia. A veces el mismo papa ha coronado imágenes por el capítulo. En 1815 Pío VII lo hizo en Savona, y nuevamente en 1816 en Galloro cerca de Castel Gandolfo. Una lista de imágenes así coronadas hasta 1792 fue publicada ese año en Roma ((Raccolta delle immagini della btma Vergine ornate della corona d’oro). El capítulo tiene un  "Ordo servandus in tradendis coronis aureis quae donantur a Rmo Capitulo S. Petri de Urbe sacris imaginibus B.M.V." – aparentemente solamente en manuscrito. El rito es casi exactamente el mismo que el usado por Gregorio XVI en 1837.

VI. LOS PRINCIPIOS DE LA VENERACION DE IMÁGENES.

 Finalmente debe decirse algo sobre los principios Católicos concernientes a la veneración de las imágenes sagradas. El Latino Cultus sacrarum imaginum puede muy bien ser traducido (como siempre lo ha sido en el pasado) “veneración de imágenes santas”, y “venerador de imágenes” es un término conveniente para cultor imaginum – eikonodoulos, como opuesto a eikonoklastes (destructor de imágenes). Veneración de ningún modo implica la suprema adoración que puede solamente ser dada a Dios. Es una palabra general que denota un mas o menos alto grado de reverencia y honor, un reconocimiento de valía, como el Verehrung Germano (“con mi cuerpo te venero”) en el servicio de casamiento; las compañías de las ciudades Inglesas son “venerables”, un magistrado es “Su venerable”, y se puede continuar. No podemos por tanto dudar de hablar de veneración de imágenes; aunque sin duda seremos a menudo llamados a explicar el término.

 Notamos en primer lugar, que el Primer Mandamiento (excepto en la medida en que prohíbe la adoración y el servicio de imágenes) no nos afecta en absoluto. La Antigua Ley – incluyendo los diez mandamientos – desde el momento que solamente promulga la ley natural, es por supuesto eterna. Ninguna posible circunstancia puede nunca abrogarla, por ejemplo el Quinto, Sexto y Séptimo Mandamiento. Por otra parte, desde el momento que es ley positiva, fue de una vez por todas abrogada por la promulgación del Evangelio Rom., viii, 1-2; Gal., iii, 23-5, etc.; Hech., xv, 28-9). Los Cristianos no están obligados a circuncidarse, a abstenerse de la de la impura comida levítica etc. El Tercer Mandamiento que ordenaba a los Judíos a guardar el Sábado santo es un caso típico de una ley positiva abrogada y reemplazada por otra por la Iglesia Cristiana. De este modo en el Primer Mandamiento debemos distinguir las cláusulas – “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, “No los adorarás ni los servirás” – que son ley natural eterna (prohibitum quia malum), de la cláusula: “No te harás ninguna imagen tallada”, etc. Cualquiera sea el sentido en que el arqueólogo pueda entender esto, claramente no es ley natural, ni tampoco podrá nadie probar la maldad inherente de hacer una cosa tallada; por tanto es ley positiva divina (malum quia prohibitum) de la Vieja Dispensa que nos se aplica más a los Cristianos que la ley de casarse con la viuda de su hermano.

 Desde el momento en que no hay ley positiva Divina en el Nuevo Testamento sobre la materia, los Cristianos están obligados, primeramente, por la ley natural que nos prohibe dar a cualquier criatura el honor que se le debe solamente a Dios, y prohíbe el obvio absurdo de dirigir plegarias o cualquier tipo de absoluta veneración a una imagen manufacturada; en segundo término, por cualquier ley eclesiástica que pueda haber sido hecha sobre la materia por la autoridad de la Iglesia. La situación fue definida bien claramente por el Segundo Concilio de Nicea en 787. En su séptima sesión los Padres escribieron acabadamente la decisión esencial (horos) del sínodo. En el mismo, después de repetir el Credo de Nicena y la condena de los primeros heréticos, llegan a la candente cuestión del tratamiento a las imágenes santas. Ellos hablan de real adoración, suprema veneración prestada a un ser por su propio bien solamente, reconocimiento de absoluta dependencia en alguien que puede garantizar favores sin referencia a nadie más. Esto es lo que ellos significan por latreia y declaran enfáticamente que esta clase de veneración des ser dada a Dios solamente. Es pura idolatría brindar latreia a cualquier criatura en absoluto. En Latín, adoratio es generalmente (aunque no siempre; ver e.g. en la Vulgata, II Reyes, i, 2, etc.) usada en este sentido. Especialmente desde el concilio hay una tendencia a restringirla a este sentido únicamente, de modo tal que adorare sanctos suena hoy escandaloso. Por tanto ahora en Inglés por adoración siempre se interpreta la latreia de los Padres del Segundo Concilio de Nicea. De esta adoración el concilio distingue el respeto y la honorable reverencia (aspasmos kai timetike proskynesis) tal como puede ser brindado a cualquier venerable o gran persona, al emperador, a un patriarca, etc. A fortiori puede y debe brindar tal reverencia a los santos que reinan con Dios. Las palabras proskynesis (como distinta de latreia) y douleia se convirtieron en las palabras técnicas para este honor inferior. Proskynesis (la que bastante raramente significa etimológicamente la misma con que adoratio – ad+os, kynein, besar) corresponde en el uso Cristiano al Latín veneración, reverencia; douleia podría ser generalmente traducido como cultus. En Inglés se usa para estas ideas veneración, reverencia, culto.

 Esta reverencia se expresará en signos determinados por las costumbres y etiqueta. Debe notarse que todas las exteriorizaciones de respeto son sólo signos arbitrarios, como las palabras, y esos signos no tienen necesariamente una connotación inherente. Ellos significan lo que es acordado y entendido que deben significar. Es siempre imposible mantener que cualquier signo o palabra debe necesariamente significar a alguien una idea. Como las banderas, estas cosas han llegado a significar lo que la gente que las usa se propone que signifiquen. Arrodillarse en si mismo no significa más que sentarse. Entonces, con relación a las genuflexiones, besos, incienso y signos similares prestados a cualquier objeto o persona el único estándar razonable es la inferida intención de la gente que los usa. Su mayor o menor abundancia es materia de la etiqueta, la que puede muy bien diferir en distintos países. Especialmente arrodillarse, de ningún modo tiene siempre la connotación de suprema adoración. La gente por largo tiempo se arrodillo ante los reyes. Los Padres de Nicea II distinguen además entre la veneración absoluta y la relativa. La veneración absoluta es prestada a cualquier persona para su propio realce. La veneración relativa es brindada a un signo, de ningún modo para su propio realce, sino para realzar lo que la cosa significa. El signo en sí mismo no es nada, pero comparte el honor de su prototipo. Un insulto al signo (una bandera o estatua) es un insulto a la cosa de la cual es signo; del mismo modo honramos al prototipo al honrar al signo. En este caso todas las exteriorizaciones de reverencia, visiblemente dirigidas al signo, se vuelve en intención hacia el real objeto de nuestra reverencia – la cosa significada. El signo es solo puesto como la visible dirección de nuestra reverencia, porque la cosa real no está físicamente presente. Todos conocen el uso de tales signos en la vida ordinaria. La gente saluda banderas, se inclina ante tronos vacíos, se descubre ante estatuas y cosas así, y nadie piensa que esta reverencia es dirigida a un lienzo pintado, o a la madera, o a la piedra.

 Es esta veneración relativa que debe ser prestada a la cruz, a las imágenes de Cristo y de los santos, mientras que la intención se dirige realmente en forma total a las personas que estas cosas representan. Entonces del texto de la decisión de la séptima sesión de Nicea II es: “Definimos con toda certeza y cuidado que ambas, la figura de la sagrada y vivificante cruz, como así también la venerable y santa imagen, ya sea hecha en colores o mosaicos u otros materiales, han de ser colocados adecuadamente en las santas iglesias de Dios, o en los copones y vestimentas, en las paredes y pinturas, en casas y por los caminos; lo que es decir, las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, o de nuestra inmaculada Señora la santa Madre de Dios, de los honorables ángeles y todos los santos y hombres santos. Ya que tan a menudo como ellos sean vistos en sus representaciones pictóricas, así la gente que los mire es elevada ardientemente a la memoria y amor a los originales e inducidos a darles respeto y venerable honor (aspasmon kai timetiken proskynesin) pero no una real adoración (alethinen latreian) la que de acuerdo con nuestra fe se debe dar solamente a la Divina Naturaleza. De modo tal que las ofrendas de incienso y vela se deben dar a ellos como a la figura de la sagrada y vivificante Cruz, a los santos libros de los Evangelios y otros objetos sagrados a objetos de hacerles honor; aquel que venera (ho proskynon) a una imagen venera la realidad de aquel que esta pintado en ella “(Mansi, XIII, pp. 378-9; Harduin, IV, pp. 453-6).

 Este es todavía el punto de vista de la Iglesia Católica. La cuestión fue establecida para nosotros por el Séptimo Concilio Ecuménico; nada ha sido agregado a esa definición desde entonces. Las costumbres por las cuales mostramos nuestro “respeto y venerable honor” por las imágenes santas naturalmente varían en los diferentes países y en tiempos diferentes. Solamente la autoridad de la Iglesia ha intervenido ocasionalmente, a veces para prevenir un retorno espasmódico a la Iconoclasia, más a menudo para prohibir los excesos de tales signos de reverencia que pudieran ser malentendidos y generar escándalo.

 Los Teólogos discutieron toda la cuestión in extenso. Santo Tomás declara lo que es la idolatría en la “Summa Theologica”, II-II:94, y explica el uso de imágenes en la Iglesia Católica (II-II:94:2, ad 1Um). Distingue entre latria y dulia (II-II:103). La vigésimo quinta sesión del Concilio de Trento (Dec., 1543) repite fielmente los principios de Nicea II.

 El santo Sínodo ordena que las imágenes de Cristo, la Virgen Madre de Dios, y otros santos deben ocupar sus puestos y ser guardados especialmente en las iglesias, que se les debe brindar honor y reverencia a ellos (debitum honorem et venerationem), no que se piense que cualquier divinidad o poder reside en ellas en virtud del cual deban ser venerados, o que pueda pedírseles cualquier cosa a ellas, o que debe ponerse alguna confianza en las imágenes, como era hecho por los paganos que depositaban su confianza en sus ídolos [Ps. cxxxiv, 15 sqq.], sino porque el honor que se muestra hacia ellos esta referido a los prototipos que ellos representan, de modo tal que besándolas, descubriéndonos, arrodillándonos ante las imágenes adoramos a Cristo y honramos a los santos cuya semejanza portan (Denzinger, no. 986)

 Como un ejemplo de la enseñanza Católica contemporánea sobre esta materia difícilmente pueda uno citar nada mejor expresado que el “Catecismo de la Doctrina Cristiana” usado en Inglaterra por disposición de los obispos Católicos. En cuatro puntos, este libro resume exactamente la totalidad de la posición Católica.

“Está prohibido brindar divino honor o veneración a los ángeles y santos ya que esto le pertenece solamente a Dios”

“Debemos prestar un honor o veneración inferior a los ángeles y santos, ya que este les es debido como siervos y amigos especiales de Dios”

“Debemos brindar a las reliquias, crucifijos y santas pinturas un honor relativo, desde que nos refieren a Cristo y sus santos y son conmemorativos de ellos”

“No les rezamos a las reliquias o imágenes, ya que ellos no pueden ni vernos ni escucharnos ni ayudarnos.”