Ante la cruz de Cristo hay una pregunta que me parece ineludible plantear: ¿qué tipo de vida fue la de este Jesús que pasó haciendo el bien para que se granjease unos enemigos tales que trataban de quitarle la vida? Porque no fue Dios el que quitó la vida a Jesús. Fueron los hombres los que crucificaron a Jesús, hombres a quienes molestaba su predicación y su actuación. Jesús fue condenado porque tomó partido a favor del ser humano, de los pequeños y pecadores, de los pobres y necesitados, un partido subversivo para los aferrados al poder. La mención de Poncio Pilato en el Credo expresa que aquella muerte tuvo que ver con intereses político-religiosos que se tambaleaban ante su presencia.

El libro de los Hechos de los Apóstoles pone repetidamente en boca de Pedro, dirigiéndose a los judíos esta palabra: “vosotros le matasteis, pero Dios le resucitó”. Los hombres le mataron. Pero esta muerte no fue el final. El final estaba en manos de Dios. Este final es el sentido último de la cruz, y es también lo más decisivo que se percibe en el rostro del crucificado. En efecto, la resurrección no es algo añadido a la cruz, sino que está implícita en el misterio de la cruz. La resurrección no es un premio que se añade desde fuera, sino la meta a la que conduce la vida de Jesús. Una vida como la de Jesús, aunque aparentemente parezca pérdida, es en realidad la máxima ganancia: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Jn 12,24-25). El amor siempre es fuente de vida. Y el amor de Dios (y éste era el amor que movía a Jesús) es fuente de vida eterna. Lo que es verdad para Jesús, también lo es para nosotros: “quien quiera salvar su vida la perderá, y quien pierda su vida por mi y el Evangelio, ése la salvará” (Mc 8,35).

En la cruz de Jesús, y en todas las cruces, no sólo están los torturadores y los asesinos. Está también Dios. Dios que quita la razón a los asesinos y se la da al asesinado. Este es el sentido de la resurrección. Decir que Jesús ha resucitado equivale a decir que Dios está del lado de Jesús, del lado de este reo, injustamente ajusticiado. Eso es tanto como proclamar que Jesús llevaba razón, que su causa era justa, que las autoridades se habían equivocado, que ellas no tenían razón. La resurrección manifiesta el fracaso del mundo y que el camino de Jesús es el bueno, el único que conduce a la vida. Por eso la resurrección no puede separarse del camino que condujo a Jesús a la cruz. La resurrección nos remite al camino de Jesús, a la vida de Jesús; en definitiva, al seguimiento de Cristo.

Confesar la resurrección de Cristo es una afirmación muy comprometida. No es simplemente afirmar que hay vida tras la muerte. Lo decisivo es que Dios ha resucitado a “este” Jesús, a este que vivió de una determinada manera, a este que dijo lo que dijo e hizo lo que hizo, a este que fue rechazado por los hombres, a este Dios le ha resucitado. Decir que un muerto vivía, en aquella época y contexto, no tenía porqué sorprender en demasía. Una posibilidad de vida tras la muerte era conocida por Israel, pero también por otras culturas y religiones, como Egipto y Grecia. Lo que resultó llamativo es que a “este Jesús” Dios le ha resucitado. O sea, los apóstoles no anunciaban simplemente una resurrección en abstracto. Tampoco anunciaban la resurrección de un cualquiera, sino la de “este Jesús”. Por eso las autoridades judías no permanecieron indiferentes ante este anuncio, y se mostraron tremendamente irritadas. No se trataba sólo de afirmar que la causa de Jesús seguía en pie, sino algo mucho más serio: el “autor” de la causa seguía vivo (ellos que habían pensado que matándole a él, mataban también su proyecto) y por tanto podía ponerse una vez más al frente de su causa.