7  Y lo llevó a la posada:
La predicación dominicana como "kairós" teologal. La teologalidad fuente meta y sentido de la predicación

En fidelidad a los testigos de su canonización, confesamos con gozo de nuestro padre Santo Domingo: “Hablaba con Dios o de Dios”. Contemplación y predicación. Lo contemplado es predicado. Esa descripción sacramentaliza la teologalidad que envuelve toda la vida de fray Domingo (teologalidad orada y teologalidad predicada). Y, al mismo tiempo,fundamenta y encarna nuestra afirmación: la predicación es para la vocación dominicana un “kairós teologal”, es decir, el tiempo favorable de Dios para recapitular en Cristo todas las cosas.1 De este modo la gracia de la predicación es para nosotros una experiencia teologal y la predicación de la gracia busca llenar de teologalidad la historia de los hombres y mujeres de hoy. La gracia recibida (la predicación) es teologal en su origen y la gracia comunicada es teologal en su horizonte: la experiencia de Dios. Esta perspectiva espiritual fue abordada por primera vez y, de modo explícito, la única2, en el Capítulo de Ávila. Es la marca dominicana para situarnos en las fronteras y sus retos.

 

1ºLa predicación, signo de esperanza.3

La esperanza ha sido la marca teologal en la que más ha insistido el magisterio capitular. Cuando el capítulo de Oakland se preguntaba: “¿Qué significa predicar hoy?”4 nos ofrecía esta respuesta: "Nuestra predicación no se justifica si no es capaz de despertar esperanza y comunicar nueva fuerza". Conscientes de nuestra fragilidad, toda nuestra predicación debe mantenerse fiel a esta invitación encarnada en el Evangelio: engendrar vida y abrir esperanzas. Nuestra tarea como predicadores es entrar en este mundo de hoy, en el que millones de personas viven sin futuro y, sin embargo, esperan un futuro en el que se pueda vivir humanamente. La predicación dominicana es y debe ser de por sí un acto de esperanza que abre esperanzas5. Una esperanza que tiene esta primera y fundamental traducción: comunicar la alegría de vivir, dándole un sentido festivo a la vida.

La predicación debe comunicar, en palabras y gestos de hoy, esa esperanza que encuentra su roca en esta triple perspectiva: esperanza en la fuerza y en la vitalidad de la palabra de Dios que fecunda la realidad más allá de nuestras limitaciones; esperanza en el ser humano, epifanía de Dios y redimido por Cristo; y esperanza en el mundo, creado por Dios y guiado, misteriosa pero realmente,por el Señor de la historia. Esta esperanza es la que debemos transmitir y contagiar si queremos que nuestra palabra y vida sean forjadoras del sentido festivo de la vida en cada ser humano. “Únicamente en esta esperanza tendremos algo que decir”. Sólo así podemos romper con valentía el silencio de una sociedad que no presta atención, o revestirnos de coraje para confrontrar la “conciencia dominante” de quienes nos dicen lo que hay que pensar, o desafiar los falsos abolutos, o decir la verdad incómoda que a la vez consuela y libera, y que procede de nuestra contemplación de Cristo crucificado y resucitado6

 

2ºLa fe, fundamento de la predicación.7

El fraile predicador debe vivir de la y en la fe: de y en la adhesión vital a Jesucristo. Bebe en el pozo del Evangelio. Es un "atleta" de la fe que se inspira en la sabiduría de la Palabra revelada. Su predicación es también una experiencia de fe comunicada. De una fe personalmente asumida y continuamente reavivada en la contemplación y compartida, sobre todo, en la Eucaristía. Es la fe que guía e ilumina el espíritu profético de la predicación: el profeta se forma en el encuentro profundo, en silencio, con Dios, en un contexto humano marcado por la búsqueda y la ausencia de Dios, en el que Este ha sido desplazado por otros valores o pseudovalores. Fe y verdad son inseparables. Y presiden el corazón del predicador: una fe orada, celebrada, reflexionada, compartida y proclamada. Así será un auténticoportador del Evangelio de la vida en favor de la vida.

 

3ºLa predicación,nuestro modo de amar8.

Esto es lo radicalmente importante: la predicación es un ejercicio de caridad, el carisma mayor. Cada uno de nosotros tiene, en el origen de su vocación, la seguridad íntima de la predilección amorosa de Dios que compartimos en la comunidad de convocados. En la base de nuestra predicación está esta convicción convertida en vida: hemos sido elegidos por amor y para amar. Para renovarnos como predicadores tenemos que renovar nuestro amor a Dios. Y “dado que de la abundancia del corazón habla la boca, en nosotros el amor a Dios se hace amor a los hombres, se hace predicación”. Este amor, como experiencia personal y comunitaria, está en la base de la predicación dominicana. Se emula así el gesto constitutivo de la espiritualidad teologal o de la teologalidad espiritual de Santo Domingo de Guzmán: dedicaba el día a los hombres: el amor de Dios se hace amor a los hombres, se hace predicación; y la noche a Dios: el amor a los hombres se hace amor a Dios, se hace oración. La predicación dominicana, pues, debe testimoniar la dinámica de ida y vuelta del amor: dar y recibir. Por esto debe ser hoy capacidad de escucha, de hospitalidad al otro, de comprensión del prójimo y de compañía, a veces silenciosa, en su vida. En definitiva, capacidad de acogida sin medida y sin condiciones como lo atestigua la vida de santo Domingo: "todos cabían en el amplio seno de su caridad"9.

“Consagrados a Dios, amado por encima de todas las cosas”10. La concreción de esta opción, se concreta en el fraile predicador de esta manera: nuestro amor se hace profecía, diálogo, compasión, teología, comunidad, historia, pobreza e itinerancia.Es decir,nuestromodode amar se visibiliza en los rasgos carismáticos de la predicación dominicana. Predicar es nuestro modo de amar y amar es nuestro modo de predicar. Éste es nuestro lenguaje evangélico y universal que toca a las personas en sus sentimientos y en su vida concreta11.

 

A modo de conclusión abierta.

Todo lo compartido ha sembrado en mí una humilde esperanza: sueño en un mañana en el cual algún Capítulo General aborde la predicación en relación explícita con la misericordia evangélica, como el capítulo de Providence abordó la relación entre misericordia y estudio bajo el título: “misericordia veritatis”.12 La misericordia de Santo Domingo está en los orígenes de nuestra vocación y de lahistoria de nuestra Orden. Cuando nos incorporamos a ella lo primero que pedimos es “la misericordia de Dios y la vuestra”. El camino lo ha insinuado el capítulo de Cracovia cuando aborda el tema: “predicar en un mundo de pobreza y sufrimiento”. La misericordia nos revela la belleza de Dios, la belleza que salva: el amor que redime el dolor y el sufrimiento de los heridos en los bordes de los caminos. Recuerdo una pregunta de Pablo VI a la Iglesia en tiempos del Vaticano II que aplico a nuestro ministerio de predicadores: Ante ese mundo descrito, ¿cuál es el camino de la Iglesia?. Y su respuesta: “El camino de la Iglesia no puede ser otro que la espiritualidad que se desprende de la parábola del Buen samaritano”

 

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1 Inserto aquí una intuición personal que necesitaría un mayor desarrollo: la relación entre el kairós salvífico y el “O lumen” que oramos al atardecer de cada día.

1ºTodo kairós es histórico: la actuación de Dios en la historia humana para hacerla historia de salvación. La predicación es también histórica, encarnada, inserta en las búsquedas y esperanzas de los hombres. Esta es la primera afirmación que se desprende del magisterio capitular. Oramos de nuestro padre Santo Domingo: “Luz de la Iglesia”, una luz de Dios para los hombres, en la historia humana, en las realidades humanas. Nuestra predicación, como el kairós bíblico, debe ser luz en medio de esas realidades humanas: “no se enciende una luz y se la esconde bajo el celemín”. Nuestra predicación es luz escondida cuando no esta encarnada en la historia humana. Todos los capítulos generales nos hablan y nos convocan a vivir este sentido histórico y encarnacional de nuestra predicación:

2º Todo kairós es teologal: viene de Dios, nos conduce a Dios, nos habla de Dios, siendo respuesta a las necesidades y esperanzas de los hombres. “Nos diste a beber el aguda de la sabiduría”. Y esa sabiduría se concreta aquí en la dimensión teologal de nuestra predicación. Predicar para nosotros es el modo concreto de vivir nuestra teologalidad: “habla de Dios o con Dios”. La predicación como acontecimiento teologal: “si conocieras el don de Dios y quien te pide de beber….” Nuestra predicación se convierte en encuentro y diálogo con las mujeres samaritanas de nuestro tiempo. Nos referimos a la teologalidad contemplada. “habla con Dios”. La teologalidad orante. Y la teologalidad comunicada: “hablaba de Dios”. La teologalidad predicada.

3ºTodo kairós tiene una dimensión antropológica: servicio de Dios a los hombres para su plenitud: el hombre nuevo en Cristo. ¿Cuáles son las características de esta diaconía divina? En primer lugar esta revestida de paciencia: “de muchos modos y en diversas ocasiones…”. Oramos de nuestro Padre Santo Domingo:“ejemplo de paciencia”. En segundo lugar esta hecha de diálogo abierto: la verdad no se impone, se descubre y se acepta en libertad; así nuestra predicación no va dirigida prioritariamente a imponer códigos éticos o dogmáticos, sino a proclamar la belleza de Dios: “anunciar el año de gracia de Dios”. Así decimos de Santo Domingo: “Doctor de la verdad”. En tercer lugar, esa diaconía divina esta marcada por la presencia, Dios no salva desde la lejanía o la distancia, sino desde la cercanía de la encarnación asumiendo el camino de la pobreza: “se anonadó”; expresión máxima de la pobreza de Dios. Y en cuarto lugar, manifiesta la itinerancia de Dios presente en los sucesivos kairós que configuran la historia de la salvación, Dios se hace compañero de camino de la humanidad y esto nos habla de un Dios itinerante que camina al lado de los hombres. La predicación en este contexto, en esta perspectiva antropológica, tiene que estar revestida de paciencia, hecha de diálogo, nuestro modo de estar presentes, y marcada por la itinerancia. De todo ello nos habla el magisterio capitular.

4ºTodo kairós tiene una dimensión o vertiente comunitaria: “Dios ha proyectado salvarnos no indivifualmente, sino como pueblo (LG 9). Dimensión comunitaria en su origen: la Trinidad y en su destinatario: la comunidad, el pueblo. De este modo la predicación es siempre entre nosotros un hecho comunitario, y ampliando el horizonte, un acontecimiento familiar (familia dominicana). En su origen: nace de la comunidad y en sus destinatarios: para el bien de todos. “Únenos a los santos”

5º.Todo kairós, como acontecimiento salvífico, es manifestación de la belleza de Dios: “predicador de la gracia”. Y esa gracia es para mí la belleza de Dios: el amor que redime el dolor y el sufrimiento. La belleza que salva. “Me ha ungido para….predicar el año de gracia del Señor”: la misericordia del Padre. La predicación es un momento en que manifestamos la belleza de Dios. No somos profetas de calamidades; el predicador dominico debe tener un talante positivo, acogedor, abriendo y sembrando esperanza. Somos, si cabe la expresión, predicadores del evangelio más que predicadores apocalípticos.

2 Ningún otro Capítulo general ha dedicado un apartado explícito a este tema, lo cual no significa que han silenciado la dimensión teologal de la predicación.

3 Texto íntegro de Ávila: “LA PREDICACIÓN COMO SIGNO DE ESPERANZA"

En un mundo que está amenazado por signos de desesperación la predicación es un acto de esperanza. Esperanza que se traduce en la alegría de vivir, comunicada a los demás por nuestra palabra y nuestros gestos. Esperanza en el hombre y en el mundo. No en ellos aislados, ni en sus signos de decadencia, sino en su condición de epifanía y de imagen, muestran que el mundo y el hombre han sido creados y son guiados por el Señor de la historia (Col. I).

Pero sobre todo la predicación es un acto de esperanza en la fuerza y la vitalidad de la Palabra de Dios (Hebr, 4). Nuestra palabra no es nuestra sino de aquél que nos ha enviado, y a pesar de la pobreza de nuestros discursos o la flaqueza de nuestro testimonio, tenemos la seguridad de la fecundidad de nuestro mensaje, ya que es Dios que da el incremento (I Cor. 3,6).

Los jóvenes de hoy no son menos generosos que los de siempre, ni nuestro proyecto de vida menos atrayente. Una renovada fidelidad comunitaria seguirá siendo la mejor invitación para abrazar la vida dominicana (LCO. 165, 11) (Actas I, 72)

4 Cfr. Oak: Actas, capítulo III

5 Ib.III, IV: Al servicio de la esperanza

6 Cra: Actas, II, nn. 55-56: “Auschwitz no ofreció ninguna resurrección, pero nuestra predicación ofrece esperanza. La fe, en una sentencia atribuida con frecuencia a San Agustín, sólo nos dice que Dios existe, y la caridad sólo nos dice que Dios es amor. Pero la esperanza nos dice que Dios cumplirá su designio. La esperanza tiene dos amadas hijas, la ira y la valentía: La ira, de modo que lo que no debe ser, no pueda ser, la valentía, de modo que lo que debe ser, sea”.

“ Únicamente en esta esperanza tendremos algo que decir. Sólo así podemos romper con valentía el silencio de una sociedad que no presta atención. Sólo así podemos valernos de esa ira para confrontar la ‘conciencia dominante’ de quienes nos dicen lo que hay que pensar. Sólo así podemos desafiar los falsos absolutos, enfrentar el futuro sin miedo, y decir la verdad incómoda que a la vez concsuela y libera, y que procede de nuestra contemplación de Cristo crucificado y resucitado”.

7 Texto íntegro de Ávila: “EL FUNDAMENTO DE NUESTRA PREDICACIÓN"

Ante todo nuestra predicación es un hecho de fe. Vive de la fe. De una fe personalmente asumida y continuamente reavivada por el constante espíritu de conversión, celebrada en la oración y compartida en la Eucaristía.

No bastan las buenas intenciones, ni aún el movimiento de amor solamente humano, para que exista un predicador. El dominico tiene que tener alma de profeta, y el profeta se forma en el encuentro profundo con el silencio de Dios (Os. 2, 16).

Una de las enfermedades de hoy es la ausencia de Dios en la vida del hombre. Muchas veces también la sustitución de su primacía por otros valores o pseudovalores, que son amados sobre todas las cosas. Este ateísmo práctico puede entrar también en la vida religiosa. Los jóvenes que se allegan a nosotros, más allá de su ingenuidad o de su idealismo, nos interpelan y nos recuerdan que el primer testimonio de nuestra consagración es la primacía del amor a Dios por encima de todo otro amor (Evang. Testif. n. 1).

El Evangelio que hemos recibido no es de origen humano (Gal. 1, 11) y, como a los profetas, nos puede resultar costoso ser portadores de ese mensaje, pero siempre la Palabra del Señor nos animará: «No temas… lo que yo te mande dirás» (Jer. 1, 7). (Actas I, 72)

8 Texto íntegro de Avila :"EN LA IGLESIA DE LA CARIDAD".

Sin embargo lo principal es que nuestra predicación es un modo de amar. Nadie puede dar lo que no tiene. Por eso el testimonio del que somos portadores surge de la conciencia gozosa de un Dios que nos ha amado primero (I Jn. 4, 10). Cada uno de nosotros tiene en el origen de su vocación la seguridad íntima de esa predilección (Is. 49, 1-2). Ese amor no se limita a una experiencia privada, sino que se hace perfecto en la comunidad de convocados, de los que han venido a vivir juntos (conventus). De esa experiencia de «ecclesia» de nuestras comunidades es que surge la predicación auténtica.

Esa novedad de vida, personal y comunitariamente sentida, ese convencimiento de haber sido elegidos por amor y para amar (Jn. 15, 16) está en la base de nuestra predicación.

Para renovarnos hoy como dominicos tenemos que renovar nuestro amor a Dios. Tenemos que renovarnos desde nuestra oración. Este es el primer gesto que tenemos que emular de santo Domingo, que dedicaba el día a los hombres y la noche a Dios.

Dado que de la abundancia del corazón habla la boca, en nosotros el amor a Dios se hace amor a los hombres, se hace predicación. Este es el sentido siempre válido de la expresión «caritas veritatis». Amar a los hombres dándoles la Verdad. Amar a los hombres dándoles a Dios.

No ama solamente aquel que da, sino también el que recibe. La predicación también tiene que ser hoy capacidad de escucha, de recibir al otro, de comprenderlo y acompañarlo en silencio. Capacidad de acoger, como Domingo «en el amplio seno de su caridad» en la que todos cabían, sus alegrías y sus esperanzas, sus inquietudes y sus problemas, sus sufrimientos y debilidades,

Santo Domingo, doctor de la Verdad, que ha tenido «el oficio del Verbo» (santa Catalina) sea siempre nuestro ideal.

Encomendamos los frailes predicadores a la Virgen María, «sedes sapientiae, madre del Verbo y por ello, como la llama el Episcopado Latinoamericano, Estrella de la evangelización ». (Actas, I, 72)

9 Cfr. Av: Actas, n.72

10 Vaticano II: Lumen gentium, n.44

11 Cfr. Cra: Actas, II, n. 61

12 Cfr. Pro.: Actas, capítulo III