En un punto de su historia, Japón pareció la más fructífera misión de toda Asia. San Francisco Javier desembarcó allí en 1549 y estuvo dos años estableciendo la iglesia. En el curso de una generación, el número de crisitanos había subido a los 300.000. Javier llamó al Japón "la delicia de mi corazón… el país de Oriente más adaptado al cristianismo".

Cuando este siglo llegaba a su fin, la repugnancia de los sogunes hacia las divisiones religiosas entre españoles, portugueses y holandeses llevaron a un cambio de política. Los sogunes expulsaron a los jesuitas, exigieron que todos los cristianos renunciaran a su fe y se registraran como budistas y empezaron a acosar a los desobedientes. Siguieron pronto las primeras ejecuciones, y comenzó la edad de los mártires cristianos del Japón.

Los japoneses que accedían a pisar el fumie -un icono de la Virgen y el Niño- eran declarados apóstatas y liberados. Quienes rehusaban eran acorralados y asesinados en el intento de exterminio más exitoso en la historia de la iglesia. Algunos fueron obligados a andar forzados a caminar hacia el interior del mar, otros fueron atados y abandonados en balsas; incluso otros fueron colgados boca abajo sobre una fosa llena de cadáveres y excrementos.

Los cristianos en Occidente crecen con inspiradoras historias de los mártires adelantando la frase: "La sangre de los cristianos es la semilla de la iglesia", decía Tertuliano. No así en Japón, donde la sangre de los mártires fue casi la aniquilación de la iglesia.

Casi, pero no del todo. En el siglo XIX, cuando Japón permitió finalmente que se construyera una iglesia católica en Nagasaki para los visitantes occcidentales, los sacerdotes se asombraron de ver a cristianos japoneses bajando en tropel de las colinas; eran Kakure, o cripto-cristianos, cristianos ocultos que se habían reunido en secreto durante 240 años. El culto sin el apoyo de una Biblia o libro de liturgia se había cobrado sin embargo un peaje: su fe había sobrevivido como una curiosa amalgama de catolicismo, budismo, animismo y sintoísmo (la religión tradicional japonesa, panteísta).

Los Kakure no tenían resto de creencia en la Trinidad, y con el paso de los años las palabras latinas de la Misa se habían convertido en una especie de lenguaje macarrónico: Ave Maria gratia plena Dominus tecum benedicta se había convertido en Ame Maria karassa binno domisu terikobintsu y nadie tenía la más ligera idea de lo que estos sonidos significaban. Los creyentes veneraban al "dios del armario", fardos de ropa envueltos alrededor de medallones cristianos y estatuas que eran disimulados en un armario disfrazado como un santuario budista.

Alrededor de 30.000 de estos cristianos Kakure aún dan culto, y 80 iglesias caseras continúan la tradición del "Dios del armario". Los católicos han intentado atraerlos y llevarlos de vuelta a la corriente principal de fe, pero los Kakure resisten. "No tenemos interés en unirnos a su iglesia", dijo uno de sus líderes después de una visita del Papa Juan Pablo II, "nosotros, y nadie más, somos los verdaderos cristianos".

Un museo en la ciudad de Nagasaki alberga restos de la época de los mártires cristianos japoneses (en uno de las terribles ironías de la historia, la segunda bomba atómica explotó encima de la catedral de Nagasaki, diezmando la mayor comunidad de cristianos en Japón y destruyó la iglesia más grande. Las nubes ocultaron el objetivo previsto, Kokura, forzando a la tripulación del bombardero a dirigirse a Nagasaki).

En los años 50, un joven escritor llamado Shusaku Endo solía visitar ese museo y permanecer solo mirando fijamente una vitrina en particular, que contenía un fumie verdadero del siglo XVII, un retrato de la Virgen y el Niño grabado en bronce. Endo estaba especialmente impresionado por las pequeñas marcas negras que desfiguraban el bronce; éstas, aprendió, estaban hechas por dedos humanos, las huellas dejadas por miles de cristianos que habían pisado el fumie.

El fumie obsesionaba a Endo. ¿Lo habría pisado yo? se preguntaba. ¿Qué sintió esta gente mientras apostataban? ¿Qué clase de gente eran? Los libros de historia católica registraban sólo los bravos, gloriosos mártires, no los cobardes que abandonaron la fe. Fueron doblemente malditos: primero por el silencio de Dios en el momento de la tortura y después por el silencio de la historia. Endo prometió que contaría la historia de los apóstatas y a través de novelas como "Silencio" y "El samurai" ha cumplido esta promesa.

En sus relatos cortos "Madres", "Unzen" y "Los últimos mártires", su novela "Silencio" y su obra de teatro "El país de oro" Endo contó la historia de estos martirios y estas apostasías, también de jesuitas portugueses. Y en "Silencio" y en "Los últimos mártires" aparecen en cada una de esas obras un apóstata japonés que reniega por cobardía, porque no tiene valor para soportar el sufrimiento.

Como ejemplo de las torturas y persecuciones voy a poner un fragmento de "Madres", en el que el protagonista va a una isla para conocer a los cristianos Kakure y habla sobre las persecuciones en aquella isla:

Después de haber tomado mi desayuno en compañía del sacerdote, me quedé tendido en la habitación que me habían dado, para releer un libro sobre la historia de la región […]

Según los textos, la persecución de los cristianos de la región había comenzado en 1607, se había hecho particularmente feroz a partir de 1615 y así durante 17 años.

El padre Pedro de San Dominico
Matías.
Francisco [sic] Gorôsuké.
Miguel [sic] Shin.émon.
Dominico [sic] Kisuké.

No son más que los nombres de los sacerdotes y los monjes que perecieron como mártires en 1615, pero hay sin duda numerosos campesinos, esposas de pescadores anónimos que perdieron la vida por su fe […]

Los documentos indican que sobre esta isla que tiene 10 kilómetros de largo por 3,5 kilómetros de ancho había otras veces unos 1500 kirishitan [deformación de la palabra portuguesa christâo que data del siglo XVI y designa a los primeros católicos del Japón]. Un sacerdote portugués, el padre Camilo Constanzo, había evangelizado los lugares fue quemado vivo en 1622 en una playa de Tabira. Se dice que estando ardiendo, la multitud continuaba oyéndolo cantar el Laudate. Después gritó cinco veces: "Él es santo entre todos los santos" y entregó el alma.

Los campesinos y los pescadores eran ejecutados en Iwashima, una isla rocosa a una media hora en barca. Con las manos y los pies atados, eran arrojados al mar desde lo alto de un acantilado. En la peor época de las persecuciones, no había menos de 10 ejecuciones por mes en Iwashima. Para ahorrarse trabajo, los funcionarios los ponían en sacos atados juntos en rosario y los arrojaban tal cual en el mar glacial. Casi nunca se encontraban los cuerpos.

En "Los últimos mártires" también se relata las torturas a que fueron sometidos los últimos cristianos kakure, del distrito de Uragami en la cuarta persecución en este lugar, que duró desde 1867 a 1873, y durante la cual fueron encarcelados 100 kakure, de los cuales 60 murieron en la cárcel por la tortura y el frío:

Los días siguientes, numerosos prisioneros fueron llamados al tribunal. Aquellos que rechazaron apostatar recibieron la tortura llamado dodoi: los pies, los brazos eran ceñidos dentro de cuerdas y todo ello era atado detrás de la espalda. Después se izaba el cuerpo sobre una cruz mientras que los gendarmes, colocados por debajo, lo golpeaban violentamente por medio de látigos y de bastones. A continuación lo remojaban de agua. Las cuerdas, que absorbían el agua, se inflaban, penetrando más en la piel de los prisioneros. Aquellos que habían quedado en la celda escuchaban, viniendo del tribunal, gritos que parecían aullidos de bestias salvajes, puntuados por los insultos de los verdugos.

A los que no cedían, les aplicaron otra estrategia: tratarlos bien e intentar adoctrinarlos, y como tampoco esto sirvió , los torturaron de nuevo:

El alimento, hasta ahora relativamente abundante, fue reducido a un pizco de sal y arroz hervido. Los colchones fueron reemplazados por una estera de paja, y el único vestido autorizado fue el kimono de verano que llevaban cuando los arrestaron.

El invierno se anunciaba desde el mes de noviembre, en la región de Sanin. La tortura tenía lugar en el pequeño estanque del jardín del templo de Kôrinji. Los cristianos eran desnudados y puesto delante del estanque, con una cuba llena de 70 litros de agua a su lado. Un policía, con un salabre en la mano, esperaba cerca y preguntaba:

“Entonces ¿reniegas o no?

– ¡No!”

Después de lo cual le empujaba dentro del estanque, cuya superficie estaba cubierta de una delgada capa de hielo. Cuando el ajusticiado subía a la superficie, el policía lo golpeaba. Kanzaburô describió así los sufrimientos soportados: “Yo estaba helado, comenzaba a temblar y los dientes castañeteaban; no veía más nada. Todo giraba a mi alrededor, y tenía la impresión de que mi última hora había llegado, el policía me llamó y me dijo que saliera. Habían atado un gancho al extremo de un tallo de bambú y por medio del gancho tiraron de mí con todas sus fuerzas, por los cabellos. Cuando estuve fuera del agua, rascaron la nieve e hicieron un fuego con dos montones de leña seca. Después me dejaron que me secara cerca de las llamas y me dieron sales para hacerme recobrar el conocimiento. Me es imposible describir el dolor soportado aquel día”.

Tras la tortura del agua, los prisioneros fueron conducidos a una minúscula celda, cuchitril de un metro cuadrado con barrotes de seis centímetros de largo puestos cada tres centímetros. La única abertura consistía en un agujero colocado a la altura de los ojos para distribuir la comida; vista la estrechez de los lugares, los detenidos debían agacharse antes de penetrar en ese calabozo.

Los fieles murieron uno detrás de otro a causa de las torturas y del rigor del invierno de Tsuwano. El primero en partir fue uno llamado Wasaburô, de veintisiete años. Sobrevivió durante veinte días en el calabozo pero finalmente la debilidad se apoderó de él y ese fue el fin.

El siguiente, Yasutarô, murió a la edad de treinta y dos años a consecuencia de la tortura. Este hombre, a pesar de una constitución de apariencia frágil, distribuyó su ración de alimento a sus camaradas y ofreció hacer tareas desagradables como limpiar los aseos. Fue obligado a quedar sentado en la nieve durante tres días y tres noches, después de lo cual fue puesto en el calabozo donde murió.Kanzaburô estuvo en condiciones de hablar con Yasutarô tres días antes de su muerte. He aquí lo que escribió en una de sus cartas: “Le he dicho que seguro que se sentía solo en el calabozo, pero me ha respondido que no; desde que tenía nueve años, una mujer vestida como la Santa Virgen, con un kimono azul y un velo, le cuenta historias, así él no se siente solo del todo. Pero me pidió que no lo contara a nadie mientras él viviera. Y tres días exactamente después de esta confesión, murió de una dulce muerte”.

Ante esos fallecimientos sucesivos, ciertos cristianos comenzaron a perder esperanza. Finalmente, por una noche de invierno particularmente fría, dieciséis de entre ellos hicieron acto de apostasía. Fueron soltados del calabozo y se les dio una comida caliente y sake; varios días después, bajaron de las montañas.

Quedaron diez hombres, entre ellos Kanzaburô y Zennosuke. En el calabozo, lucharán contra el recuerdo de su aldea, de su casa y de sus familias. Esos recuerdos, más que todo, debilitaban su corazón.

Pero como aún quedaban cristianos firmes, los verdugos decidieron torturar a los hermanos pequeños y a las madres:

En el mes de febrero, veintiséis mujeres y niños fueron embarcados en un barco y llevados a Tsuwano. Una nueva celda fue instalada en el jardín del templo de Kôrinji y se colocó allí a los nuevos que llegaron. La hermana menor de Kanzaburô, Matsu, y su hermano menor, Yujirô, se encontraban entre los prisioneros. La joven muchacha tenía quince años y Yujirô, doce.

Los niños fueron torturados sin piedad. Un niño de diez años rehusó renegar de su fe a pesar del agua hirviendo que vertieron sobre sus manos. Otro de cinco años fue dejado sin comida durante diez días y, cuando lo tentaron con caramelos, movió la cabeza con determinación diciendo: “¡Mi madre me ha dicho que si no reniego de mi religión, iré al paraíso y que allí hay golosinas mucho mejores que éstas!”

Yûjirô, el hermano de Kanzaburô, fue desnudado y dejado expuesto al viento helado, después lo instalaron sobre una cruz hecha con ramas de árbol. Por la noche, un policía arrojaba agua sobre su cuerpo y lo azotaba. Le hundieron el extremo del látigo en las orejas y en la nariz. Desde su calabozo, Kanzaburô podía oír las lamentaciones de ese pequeño muchacho de doce años. La sola cosa que podía hacer era rezar.

Pasó una semana y el cuerpo de Yûjirô comenzó a hincharse y a volverse azul. Su corazón se debilitaba. Los policías, alarmados, cesaron de torturarlo y volvieron a llevarlo al lado de Matsu. Con la cabeza anidada en el regazo de su hermana, Yûjirô hablaba jadeando: “Por favor, perdóname. Lo he hecho todo para no llorar así. He pensado en las pruebas que Jesús ha atravesado y he tratado no gritar. Pero el dolor era tan fuerte que he terminado por ceder. Mi fe es tan débil, perdóname, ¡te lo ruego!”

Al alba, el muchacho entregó su último suspiro apretando la mano de Matsu. Esa mañana los policías trajeron un ataúd, pusieron rápidamente el cuerpo en él y partieron sin decir una palabra.