V. DESCRIPCIÓN DE LOS GRUPOS PARTICULARES

1 . LITURGIA SIRO-ORIENTAL (LLAMADA CALDEA).

La iglesia siro-oriental adquirió rasgos estables en la esfera de influencia de Edesa, foco de la cultura semítica cristiana en lengua siríaca y centro misionero para la propagación de la fe en el imperio persa. La élite cristiana de Persia se formó en la escuela de Edesa, especialmente en el período 363-489, cuando fue capaz de asimilar la doble cultura siria y griega y de familiarizarse con costumbres antioquenas. El influjo de Edesa se siente sobre todo en la himnografía, que es una antigua tradición local, ya ilustrada por los 150 himnos de Bardesano (siglo II) y los de san Efrén, que retoma de ellos el ritmo y la melodía, impregnándoles de una teología rica y profunda. La escasa penetración del helenismo y el alto número de comunidades judías de Mesopotamia, que se cristianizaron parcialmente poco después, integran el rasgo semítico de esta iglesia, que sigue el método de la explicación literal de la Escritura según el antiguo método del Targum y entiende podo el simbolismo teológico seguido entre los siro-occidentales.

La codificación litúrgica tiene lugar en tres etapas fundamentales, ligadas a los nombres de importantes katholikoi:

1)      ‘Isho ‘yab Ill (650-658): el rito del bautismo se simplifica y se adapta al bautismo de los niños, el catecumenado casi queda abolido. Isho’yab tiene predilección por el ritmo litúrgico septenario, que lleva a una transformación en la anáfora y a una organización del año litúrgico en series de siete semanas. Bajo su nombre se transmite el Hudrá, colección de oficios para los domingos del año, las fiestas y los días del ayuno de Nínive. Su reforma fija el orden de la salmodia y de los himnos para las vísperas, la oración matutina y las vigilias festivas. Entre los versos sálmicos se insertan estribillos (Qanona). El salterio se divide en 70 secciones (marmitha) o 20 hullale. Los oficios se extienden con la repetición de las respuestas (onitha).

2)      Elia II Abu Halim al Haditi (1176-1190) enriquece el ya abundante género de las oraciones de origen eclesiástico, como la proclamación (karozutha, invocación diaconal que se remonta al siglo V, teológicamente rica) con una colección de oraciones sacerdotales integradas, bien en cada salmo o bien en cada marmitha al final de la vigilia o al principio del matutino.

3)      Yahballaha (1190-1213), compilador del tesoro (Gazza), colección de himnos y antífonas para los nocturnos de las fiestas.

Los principales libros litúrgicos son:

1)      Hudrâ (ciclo), con las composiciones más antiguas para todos los oficios festivos;

2)      Gazza (tesoro), colección de composiciones poéticas de Lelya (nocturno) para las fiestas y las memorias de los santos;

3)      Kashkull (contiene todo): a diferencia del Hudrâ, que da sólo el principio de los textos festivos, éste contiene todo el texto ferial;

4)      Warda (rosa), antología poética de antífonas (‘onitha), atribuida al poeta Jorge Warda (†1300);

5)      Abu Halim, oraciones de la mañana (Sapra), composición del homónimo katholikos;

6)      Ktaba da-qdam wa-d-balar (libro de antes y después), ciclo que inicia el domingo de pascua con el propio del oficio durante semanas enteras, respetando la alternancia de domingos pares e impares;

7)      Tres leccionarios: Leccionario para el AT , Epistolario, Evangeliario para la eucaristía;

8)      Naqpayatha d-rase (suplemento de los misterios), cantos del propio eucarístico.

El año litúrgico comprende nueve tiempos:

1)      Anunciación (Subbara), cuatro domingos comenzando por el cuarto antes de navidad;

2)      Epifanía (Denha), dura de cuatro a nueve semanas, desde el 6 de enero; y Rogación de Nínive, precuaresma de veinte días;

3)      Cuaresma (Sawma), cuarenta y un días de ayuno;

4)      Resurrección (Qyamta), siete domingos, desde pascua a pentecostés;

5)      Apóstoles (Shlihe), ayuno de siete domingos comenzando desde pentecostés;

6)      Verano (Qayta), período penitencial, desde el domingo séptimo después de pentecostés;

7)      Elías (Eliyya), período variable de ayuno de seis-siete domingos, que empieza el séptimo domingo después del séptimo de pentecostés;

8)      Moisés (Moshe), período penitencial variable de unas cuatro semanas, que comienza el séptimo domingo después del primer domingo de Elías;

9)      Dedicación (Quddash), período de cuatro domingos, desde el octavo antes de navidad hasta el cuarto, en que comienza el tiempo de la anunciación.

Las anáforas usadas son las de los apóstoles; después, desde el siglo VII en adelante, las llamadas de Teodoro de Mopsuestia y de Nestorio, todas ellas remodeladas. Las lecturas bíblicas, originariamente oficio independiente, se unen a la eucaristía y son cuatro (dos del AT, san Pablo, evangelio).

La iglesia sito-oriental se unió a la de Roma en diversos períodos (1445, 1553-70 bajo Abdisho, 1662, 1672, 1778). Actualmente su cabeza lleva el título de patriarca, mientras que sólo una parte muy reducida y dispersa ha permanecido autónoma. Después de la unión con Roma, a siro-orientales unidos a Roma se llama caldeos; han aceptado varias costumbres latinas, como el bautismo por aspersión, la fórmula latina de la confirmación y reconciliación y el rito romano de unción los enfermos. Bajo el patriarca Ebedjesus (1894-99) recuperaron las antiguas fórmulas para la bendición myron.

También en la actual situación de latinización, la liturgia siro-oriental se caracteriza por sus rasgos arcaicos, una notable sobriedad, el simbolismo de los tres tiempos de oración (tarde, noche, mañana) y la doctrina mariana preefesina. Al haber vivido desde tiempos inmemoriales como una minoría perseguida, primero por los persas, después por árabes y los mongoles, muchas oraciones reflejan un sentido agudo de humilde temor, de penitencia y de espera del día del Señor; se recuerdan constantemente, mucho más que en otras liturgias, los numerosos mártires de la propia historia en las Qale llamadas de los mártires, cantados como los santos predilectos.

2. LA LITURGIA SIRO-MALABAR.

Creada originariamente por misioneros siro-orientales dependientes de la iglesia de Seleucia, en Persia bajo la guía de un obispo-metropolita llamado de la sede de santo Tomás y de toda la iglesia de los cristianos de la India, permanece fiel a las costumbres siro-orientales hasta la llegada de los portugueses a comienzos del siglo XVI. Éstos los consideraron en seguida como católicos, establecieron sin esfuerzo la communicatio in sacris y los sometieron al arzobispo de Goa. El sínodo de Diamper (1599), convocado por los portugueses, creó una verdadera mezcla de ritos, acabando con los viejos libros litúrgicos de tradición siria e imponiendo un ritual portugués traducido al sirio. El Pontifical Romano permaneció en uso hasta el 1962, cuando se introdujo el caldeo. La latinización ha alcanzado un grado muy alto: paramentos y utensilios latinos, actitudes en la oración, pan ácimo y comunión de los fieles bajo una sola especie, inserciones latinas en la anáfora de los apóstoles, Addai y Mari y obligación de recitar privadamente el oficio para los clérigos. En la liturgia se usa la lengua local, el malayalam. Actualmente hay en curso una interesante reforma litúrgica.

3. LA LITURGIA SIRO-OCCIDENTAL.

Se llama a esta liturgia a veces, jacobita, de Santiago Baradai, obispo de Edesa (†578); es común a la iglesia siro-ortodoxa y a su filiación moderna siro-católica; pero también a la iglesia siro-maronita, que forma una rama independiente con originalidades propias. Su origen se remonta a un fondo siro-palestinense primitivo, con fuerte influjo jerosolimitano (anáfora de Santiago), completado por un desarrollo que se creó en la época de las luchas cristológicas de los siglos V-VI y de los cismas consiguientes.

Severo de Antioquía, durante su breve patriarcado (512-518), codificó varios usos litúrgicos. Dedicó mucha atención a la poesía litúrgica; tanto sus 125 predicaciones catedralicias como su biografía, escrita por Juan Bar Aphtonia, muestran su interés por el pueblo de Antioquía, amante de la música, de las procesiones y del canto, hasta el punto de convertirse él mismo en compositor de himnos contenidos en el Octoechos sirio.

Por lo demás, la preeminencia de la himnodia es una característica típica de la liturgia antioquena, que practicaba desde los tiempos de san Efrén el género de las homilías (mamre) y de las instrucciones (madrashe) en forma de catequesis rítmica. Las obras atribuidas a Severo de Antioquía son recogidas y traducidas al siríaco un siglo después por Pablo de Edesa (619-624). La tradición le atribuye también himnos en forma dialogada (sogyatha).

La iglesia de Siria ha dado otros nombres célebres de la poesía teológica y litúrgica como Santiago de Sarug (451-521), del que no se sabe exactamente si se adhirió a la corriente monofisita. Los sirios lo veneran profundamente como "flauta del Espíritu Santo y arpa de la iglesia ortodoxa", y sus himnos son reivindicados también por los siro-orientales (caldeos), los maronitas y los melkitas. Son particularmente famosos sus himnos marianos, que han acentuado la veneración por la Madre de Dios, conmemorada en cada oficio.

Un discípulo suyo, Simeón Qutaya (el alfarero), enriqueció extraordinariamente el oficio siro-occidental con himnos (que se reencuentran en parte también entre los siro-orientales); su estilo entusiasta y expresivo ensombreció un poco los himnos más sobrios del Octoechos de Severo.

El año litúrgico se divide en nueve períodos: 1) Período inicial, desde el domingo de la dedicación u octavo antes de navidad; 2) Tiempo de la anunciación (Suboro); 3) Tiempo de navidad a epifanía.- 4) Tiempo de epifanía (Denho), desde el 6 de enero a la precuaresma 5) Tiempo precuaresmal, con tres domingos. En la primera semana se hace el ayuno de Nínive; 6) Cuaresma, con seis domingos; 7) Tiempo de pascua a pentecostés, con siete semanas 8) Tiempo de pentecostés a la exaltación de la santa Cruz, dividido en dos ciclos: a) domingos de los apóstoles, b) domingos del verano; 9) De la exaltación de la santa Cruz ala dedicación.

Los principales libros litúrgicos son: 1) el libro de las anáforas (Ktobo d’annafuras), que contiene sólo las oraciones recitadas por el sacerdote comprendido el sedro; 2) diaconal, con las órdenes, las amonestaciones, letanías diaconales de la fracción del pan y respuestas del pueblo; 3) ‘Atiqto (el antiguo), para las lecturas tomadas del AT; 4) Shlîho (Apóstol), para las perícopas paulinas, dividido en tres ciclos: a) domingos y fiestas móviles, b) fiestas fijas, c) para los días sin memoria de los santos 5) Evangeliario, dividido como el Apóstol; 6) la riquísima colección de himnos litúrgicos, contenida antiguamente en el Beth Gazo (tesoro), se conserva hoy principalmente en el Fanqîto, que contiene siete volúmenes con los oficios festivos, y en el Shehimo (simple, común), con los oficios semanales. A éstos hay que añadir: 7) el salterio; 8) el hyssoye, con los sedros sacerdotales; 9) el homiliario, del que se leen a veces largos párrafos.

La anáfora más típica y más usada es la llamada de Santiago. La lengua original de las anáforas es el griego; sólo después de los siglos VI-VII se tradujeron al siríaco. Los misales actuales contienen entre 7 y 12 anáforas de estructura similar: doxología del Trisaghion, anamnesis de la historia de la salvación con la narración de la institución, epíclesis y grandes intercesiones, divididas en seis cánones: por los padres de la jerarquía, los hermanos, los reyes, los santos, los padres y los maestros, los difuntos. Las anáforas siríacas conocidas son más de 70, todas diversas entre sí incluso en el texto de la narración de la institución. Las lecturas bíblicas son seis (tres del AT, una de los Hechos o epíst. cat., una epístola paulina, evangelio).

La liturgia siro-occidental se caracteriza también por el uso del sedro (orden), un formulario sacerdotal de origen sinagogal (de cierto parecido con las 18 bendiciones), compuesto, en prosa, de un proemio y de un sedro propiamente dicho, es decir, amonestación de naturaleza homilética llena de pensamientos bíblicos y referencias a la fiesta celebrada, al domingo, etc. Se puede añadir a esto un himno para el incienso (Qolo) y una petición por lo agradable del perfume (etro); originariamente, el sedro era una fórmula para la ofrenda vespertina y matutina del incienso. Cada domingo y fiesta tienen siempre un sedro propio para cada hora del oficio y la liturgia eucarística. La colección más antigua tiene 16, y posteriormente se han compuesto a centenares.

El desarrollo, la codificación y el complemento de los ritos se ha servido de una profunda teología litúrgico-sacramental contenida en las obras de los doctores sirios, autores de explicaciones mistagógicas y de ensayos teológico-litúrgicos: Jorge, obispo de los árabes ( † 724), autor de una explicación de los misterios la iglesia; Moisés Bar Kefa (815-903) comentó los misterios principales; Dionisio Bar Salibi (†1171), sumo representante del renacimiento literario sirio en el siglo XII, conocido como exegeta, pero autor de numerosos himnos eclesiásticos y tratados de teología litúrgica, entre los que destaca un comentario a la liturgia Eucarística (CSCO, 2.a serie 93, París 1903); Santiago Bar Shokko (†1241), autor del libro de los tesoros; Gregorio Bar Hebraeus (1226-1286), en su Candelabro del Santuario, comenta la liturgia de los sacramentos.

La liturgia siro-occidental es extraordinariamente rica en composiciones poéticas y eucologías (anáforas, sedros). La himnografía, la teología, la espiritualidad monástica han enriquecido en distintos tiempos el extenso patrimonio literario siríaco. Los ritos se conciben fundamentalmente como misterios, es decir, como simbolismos misteriosos de un mundo superior, y son en esto diferentes del sobrio minimalismo de los siro-orientales. El papel del Espíritu Santo se subraya con fuerza, hasta el punto de que Severo de Antioquía considera los sacramentos, las imposiciones de las manos y la consagración monástica como comunicación del Espíritu. Las ceremonias y la materia creada son portadoras de un significado pneumático y de una eficacia misteriosa y, aunque bajo el velo del misterio, conectan con la fe y la tradición apostólica; no raramente los autores (Moisés Bar Kefa, Juan de Mardin, † 1165) se esfuerzan por demostrar la institución divina o apostólica de ciertos usos. Por medio de los misterios y del sacerdocio, dice Bar Hebraeus, los hombres son conducidos de las costumbres animales a las de los ángeles. Se subraya el valor objetivo de los misterios, independientemente de los esfuerzos humanos.

La iglesia siro-occidental está hoy dividida entre siro-ortodoxos (mayoría) y siro-católicos. En la India del Sur existe desde el siglo XVII una iglesia siro-ortodoxa, de la que ha surgido una rama unida a Roma en 1932, llamada iglesia siro-malankar.

4. LA LITURGIA MARONITA.

La iglesia maronita, una rama autónoma de la antioquena, se formó en torno al monasterio de Qala’at alMadiq o de san Marón en el alto valle del Orontes, cerca de Apamea. Desde 1216 los maronitas están en comunión con la iglesia romana, que entró en contacto con ellos en tiempo de las cruzadas. Es imposible distinguir las particularidades litúrgicas maronitas antes del siglo XII. En el siglo XIII comienza una corriente de fuerte latinización, que aumenta con la fundación del colegio maronita en Roma (1584) y por obra de los delegados papales, el más intolerante de los cuales fue Eliano (quema de libros litúrgicos). La cumbre de la asimilación de la liturgia maronita a la romana se alcanzó con el sínodo del Monte Líbano (1736). Sólo el ritual de 1942 muestra un retorno de los maronitas a su tradición antioquena.

A pesar de la menor latinización de la misa y del oficio respecto al resto, la arquitectura de la iglesia ha cambiado, hasta el punto de que los muros de separación delante del altar han desaparecido; el pan eucarístico es ázimo; los sacerdotes ya no llevan el phaino (paenula), sino la casulla latina; el crisma se confecciona con una simple mezcla de aceite y bálsamo, al modo latino; desde el siglo XVIII se ha impuesto una extraña anáfora, que reelabora curiosamente el canon romano, y se la llama anáfora de la iglesia romana, mientras que en 1592 desapareció la llamada tercera anáfora de san Pedro, emparentada con la de Addai y Mari, tan antigua y característica.

Las diversas anáforas de los misales maronitas son comunes con las siro-occidentales. El comienzo de la misa presenta variantes derivadas del matutino. En la celebración de los sacramentos en general se han multiplicado los signos de la cruz las incensaciones y las unciones. El canto popular ha enriquecido con varias piezas (Sûghito) el repertorio litúrgico.

El oficio, respecto al siro-occidental, está simplificado y ofrece menos textos variables para los diversos tiempos litúrgicos; el ordinario del breviario (Sh’ himto) es hoy sólo un libro de lectura espiritual y ha sido sustituido por un breviario ferial mucho más sobrio. Después del Concilio Vaticano II se ha introducido aquí y allá la celebración de cara al pueblo y la misa dialogada en contradicción con la mas antigua costumbre.

A pesar de la mezcla de costumbres sirias y latinas, la liturgia maronita lleva una simpática impronta de piedad y popularidad, expresión de una vida comunitaria sufrida, plena de fe simple. La lengua litúrgica es el árabe, aunque permanecen ciertas partes en siríaco. La reforma litúrgica está en curso.

5. LA LITURGIA COPTA.

La liturgia alejandrina del primer milenio ofrece pocos documentos y es mal conocida. La oposición a Bizancio, la entrada en la órbita anticalcedoniana, la invasión árabe, el influjo preponderante del elemento monástico y estrechas relaciones teológico-institucionales delimitan el área de desarrollo litúrgico del Egipto cristiano. Los cristianos de la iglesia alejandrina, después de la invasión musulmana (639-642), se han venido llamando coptos, por la pronunciación árabe corrompida de aigyptios (egipcio), convertido después en qibti, qubti.

La lengua litúrgica originaria era el griego; después de las controversias calcedonianas, la lengua popular se hace literaria y se desarrolla sobre todo a costa del griego. En el ámbito monástico, la liturgia se celebra también en griego durante muchos siglos; sin embargo, es en este ambiente donde se originan las traducciones del griego al copto y esos numerosos himnos (psali), cantos a María (theotokia), odas, antífonas y doxologías que acompañan la liturgia en griego. El copto se mantiene como única lengua litúrgica hasta el medievo (está en uso todavía hoy); pero al comienzo del segundo milenio se impone como lengua hablada el árabe, que suplanta gradualmente al copto.

Entre los siglos X-XIII florece en Egipto una importante literatura árabocristiana (los tres Asálidos). De los dos principales dialectos coptos, el sahídico (en el Sur) y el bohárico (en el Delta), prevalece en la liturgia este último gracias a la aportación de los monjes del desierto occidental (san Macario, en Wadi n-Natrun). Por tanto, la antigua liturgia ciudadana de una Alejandría megalópolis, culta y cosmopolita, se convierte en esta coyuntura en una liturgia cada vez más copta, es decir, expresión nacionalista de la vida religiosa del pueblo. El influjo de los sirios ha sido notable, y ha acontecido al menos en tres etapas: en el siglo IV, en el momento de la conquista islámica, bajo el patriarca Benjamín (626-665), y en la reorganización eclesiástica de los siglos XII y XIII, sobre todo bajo el patriarca Gabriel II Ibn Turaik (1131-1145), al que se atribuye el ordenamiento del Libro pascual. La obra enciclopédica Lámpara de la oscuridad, de Abul-Barakat (comienzos del siglo XIV), contiene preciosas descripciones de las corrientes litúrgicas y de las costumbres locales, ilustrándolas con preciosos, aunque poco seguros, datos históricos. En el siglo XV, bajo el patriarca Gabriel V, se redactan definitivamente los rituales de los sacramentos y de las bendiciones. Las excelentes ediciones romanas de R. Tukit (siglo XVIII) y las actuales reproducen textos de esta última reforma.