por Monseñor Thiamer Toth

Cristo es Rey no sólo de la patria celestial, el cielo, sino también de la patria terrena, aquella en la que cada uno vive. El patriotismo es una virtud querida por Cristo y fomentada por la Iglesia Católica.


El amor a la patria

El amor patrio de los católicos brota:

1) Del ejemplo de Cristo. Interesante cuadro: tan sólo faltan algunos días para la Pasión del Señor, y Él se despide de Jerusalén. Desde la cima del Monte de los Olivos fija su mirada, una vez más, en la ciudad santa, inundada por la brillante pompa de luz purpúrea que despide el sol en su ocaso. De repente llénanse de lágrimas los ojos del Señor: llora por su patria y por su amado pueblo, que no correspondieron a la invitación de Dios y se alejaron de Él obstinadamente.

2) Del mandato de la Sagrada Escritura. Uno de los pasajes terminantes es la frase de Cristo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (San Mateo 22,21) ; otro es la admonición de San Pablo: «No hay potestad que no provenga de Dios» (Romanos 13,1).

El César significa el poder terreno, la potestad del Estado. ¿Qué debemos darle? Servicio material, contribución, respeto y obediencia en todos los asuntos en que tiene derecho a exigírnosla. Según las palabras de San Pablo, debemos obedecer en tanto el Estado respete la Ley de Dios de quien recibe autoridad.


La base del verdadero patriotismo

¿En qué consiste el verdadero amor a la patria?

Es el esfuerzo santo y el trabajo sin desmayos para que sean respetados mi patria, mi pueblo, mi raza. La fe de mi pueblo ha de ser firme como las montañas, y si contribuyo a eso, amo a mi patria. La moral ha de ser brillante y pura como el ojo de los niños, y si trabajo en ello, amo a mi patria. La ciencia, el trabajo, la enseñanza deben ir dirigidas al mayor bien de mi patria.

El amor a la patria es capaz de lanzar un pueblo a las alturas sin que por ello haya de humillar o afrentar a otros pueblos.

El Catolicismo no enseña un patriotismo de discursos políticos grandilocuentes, ni de actos multitudinarios, ni de partidos políticos que buscan su propio beneficio.

El Catolicismo se coloca al lado de los hombres, y cuando el honor va menguando de manera espantosa, les dice: Sé honrado, no manches tus manos ni tu alma. Eso es patriotismo.

Las mayores bendiciones para el Estado brotan de la religión católica, porque inculca los deberes para con la patria al predicar los deberes para con Dios

El Catolicismo aparece a la vera de los esposos, y cuando la Revolución quiere destruir el fundamento de la sociedad, que es la familia, les dice: no destrocéis vuestros hogares con el divorcio. Eso es patriotismo.

El Catolicismo se acerca a los padres de familia, y cuando el mundo moderno ha borrado el justo aprecio de la misión paterna, les recuerda sus deberes sagrados respecto a la transmisión de la vida, condenando la anticoncepción y el aborto. Eso es patriotismo.

El Catolicismo se pone en contacto con los jóvenes, única esperanza de la patria, y cuando sus almas se salpican de inmundicias satánicas por la calle, la TV, los cines, internet; les advierte: guardad la pureza de vuestras almas, ¿qué será de la patria si los pecados ocultos hacen palidecer vuestros rostros y doblegarse vuestros cuerpos? Eso es patriotismo.

Pero, ¿en qué se funda el amor de los católicos a la patria?

Se funda en el amor a la patria celestial. Las palabras de Cristo no dicen tan sólo: «Dad al César lo que es del César», sino también: «y a Dios lo que es de Dios». El amor a la patria eterna es el mejor estímulo del amor a la patria terrena. Cuando un católico empieza a considerar los deberes que tiene para con su patria, al mismo tiempo ha de resolver esta otra cuestión: qué ha de hacer por su alma.

Nuestra religión habla constantemente de la vida eterna, de otra patria. Y justamente, para inculcar el amor a la patria terrena, no hay mejor pensamiento que este: llegará la hora en que Dios exigirá la devolución de todo cuanto tengo, de todo lo que me dio; de mi propia persona y de las que he tratado en mi vida.

Las mayores bendiciones para el Estado brotan de la religión católica, porque inculca los deberes para con la patria al predicar los deberes para con Dios.

Daniel O’Connell fue el mayor patriota irlandés y uno de los hijos más fervientes de la Iglesia Católica. Él escribió en su testamento: «Dejo mi cuerpo a Irlanda, mi corazón a Roma, mi alma a Dios».

Todo católico bien puede decir: «Dejo mi cuerpo a la patria, mi corazón a la Iglesia Católica, mi alma a Dios».

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