Incorruptos: patrimonio exclusivo de la Iglesia

¿Es posible que cuerpos de difuntos puedan conservarse lozanos y frescos tras siglos? Ni antes de la Iglesia ni fuera de ella se da este prodigio

 

Estamos conscientes de que hablar sobre la muerte, aún en el caso de los santos, trae consigo la carga del disgusto de una sociedad que se niega a meditar en la misma. También sabemos que al batallón de escépticos del mundo, se suman desgraciadamente aquellas almas de poca fe que se niegan a admitir la existencia de los prodigios que estamos a punto de tratar. Y es que, como tantas veces hemos comentado desde el comienzo de nuestro apostolado, el ojo de la visión sobrenatural se ha cerrado en esta época, dejando abierto únicamente el naturalista que ve contradicción en donde sólo hay un enriquecedor y bellísimo complemento.

Pero – preguntarán comprensiblemente muchos fieles creyentes – ¿acaso no estamos contradiciendo la frase bíblica proferida por Dios mismo en el Génesis? ("Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres y al polvo volverás". Gen. 3, 19)

A ellos respondemos, anticipando lo que las maravillas que relataremos demostrarán en los hechos, que al castigo de la separación del alma y el cuerpo que nos fuera impuesto a partir del pecado original, y que siempre se cumple, ha querido Dios dar el don sobrenatural de la preservación que desafía las leyes naturales en algunos casos de probada santidad, con motivo de robustecer nuestra fe y engrandecer la memoria de ese modelo de fe, como otras formas ha tenido su divina inventiva para con distintos santos.

Para dar a este tema el lugar que se merece, hemos querido mostrar a los incrédulos lo infundado de sus objeciones y el valor inmenso de este milagro tan poco apreciado hoy en día. Y para dar cuerpo a una cuestión tan poco profundizada y tan silenciada en el presente, hemos incluido una buena cantidad de casos que, por la gracia de Dios, han llegado a nuestro conocimiento. Esperamos que esta materia tan poco frecuente pueda ser conocida y rescatada de los antiguos arcones del patrimonio católico que, como piedras vivas de la Iglesia, tenemos la gracia de poseer. Dios es todopoderoso, y nosotros somos sus hijos, ¿puede haber razón de desconfianza respecto a los dones que ha querido otorgarnos?

Para entrar en el tema, se hace importante mencionar que la preservación de los cuerpos tras la muerte puede ser clasificada de tres formas, según la manera en que alcanzó dicha conservación: hablamos de los cuerpos preservados deliberadamente, los preservados accidentalmente, y los incorruptibles. Los que fueron preservados accidental o naturalmente son encontrados desde bastante antes de los tiempos de los faraones egipcios, cuando el arte del embalsamamiento produjo por primera vez momias deliberadamente, que han sobrevivido por alrededor de cinco mil años.

Se entiende por momia a todo cadáver bien conservado, en el cual se observan presentes tejidos blandos, músculos, cabellos, piel, etc. La palabra ‘momia’ es originaria de Persia y deriva de la palabra ‘mummeia’ o ‘mum’, que significa asfalto o piche, sustancia empleada para tratar los cuerpos. Con el transcurso del tiempo la palabra momia pasó a designar a los cuerpos tratados con dichas sustancias, perdiendo su significado original.

Los incorruptibles, a diferencia de los anteriores, han existido sólo desde los tempranos días de la cristiandad. Su preservación desde aquellos tiempos ha desafiado la tozudez de escépticos y contradicho las leyes de la naturaleza, para la consternación de muchos admirados científicos de sucesivas generaciones.

Lo cierto es que la incorruptibilidad es la única forma de preservación que no obedece a ninguna ley, porque no depende ni de la forma, ni de la temperatura, ni del lugar del entierro. Estos cuerpos ni siquiera se ven afectados por el tiempo esperado para el entierro tras la muerte, ni por la humedad de las tumbas, ni por la falta de cuidados que hubo en algunos casos, ni por los frecuentes traslados, por estar cubiertos con cal viva, o por su proximidad con cuerpos en descomposición, todos elementos provocadores de la putrefacción. La gran mayoría nunca fueron embalsamados o tratados de ninguna forma, y muchos se encuentran casi iguales a cuando estaban vivos, con gran flexibilidad, y un suave aroma que desprenden de sus cuerpos por años y años después de su muerte, haciendo una diferencia radical con las otras dos clasificaciones de preservación antes mencionadas, en cuyos casos sin excepción fueron encontrados decolorados y esqueléticos. El misterio de la preservación va también de la mano de fenómenos tales como la preservación de la sangre, o la emanación de suaves aceites aromáticos que – casi se hace innecesario decir – jamás se han encontrado en los preservados deliberada o accidentalmente.

Para no dejar lugar a la duda y poder apreciar mejor este maravilloso hecho, altamente misterioso y en la mayor parte de los casos, repletos de aspectos milagrosos, es de gran importancia que examinemos, aunque brevemente, los métodos empleados en la preservación deliberada de cuerpos desde los tiempos antiguos hasta los tiempos modernos, y las condiciones que favorecen la preservación accidental o natural de restos humanos.

Preservación deliberada

La preservación artificial de cuerpos humanos ha sido del interés de la civilización desde alrededor del año 3000 A.C. Se cree que su técnica derivó de los procedimientos utilizados para preservar comida a través del secado y el salado, y tuvo en su origen el sentido satisfactor de las creencias religiosas de los lugares en que se practicaba. Los creadores egipcios de este arte de la preservación, creían que la conservación del cuerpo era esencial para mantener la identidad del muerto en su prolongado viaje hasta su última existencia en el otro mundo. Para mantener el necesario albergue de su espíritu, desarrollaron una buena cantidad de métodos de embalsamamiento, algunos de los cuales no fueron tan exitosos como las preservaciones naturales que se lograron sobre los restos en zonas de arena seca y caliente.

Habían básicamente tres técnicas de embalsamamiento. El método más elaborado y caro, utilizado para la clase más rica, requería de la remoción del cerebro a través de los pasajes nasales y la extracción de los órganos internos, excepto por el corazón y los riñones, a través de incisiones regulares. La cavidad craneal era rellenada con resina caliente y la cavidad abdominal, después de haber sido limpiada con vino de palma y aromatizantes, era rellenada con alguno de varios tipos de elementos, incluyendo especias, resinas, o aserrín empapado en resina. El cuerpo era entonces colocado en natrón, un carbonato de sodio encontrado en el Desierto Libio. Tras la completa desecación (deshidratación o secado), que tomaba alrededor de setenta días en lograrse, el cuerpo era limpiado con varias especias y aceites. Entonces seguía la elaborada envoltura de cada dedo, cada miembro, y el cuerpo entero con al menos trescientos cincuenta metros de algodón o lino, dentro del cual se envolvían brazaletes, collares, anillos, y finos amuletos, con la intención de que sirvieran para el uso del espíritu en su riesgoso viaje. Después de que el lino era sellado con resina o goma de árbol, el cuerpo era retornado a sus parientes para el almacenamiento en sarcófagos, lo que nos es familiar en el caso de los egipcios.

Uno de los procesos más económicos requería la inyección de aceite de cedro en el abdomen con el uso de jeringas, y la desecación del cuerpo en natrón. El aceite y los intestinos eran entonces retirados. En el método más simple y barato, los intestinos eran sacados, y después de setenta días en natrón el proceso se consideraba completado. En estos métodos simples no se utilizaba la envoltura de lino.

Muchas momias egipcias han sobrevivido hasta los tiempos modernos en notables estados de preservación, como ya todos sabemos, pero muchas se redujeron a polvo durante los exámenes científicos, o se pudrieron rápidamente cuando el vendado fue retirado.

Los Incas sudamericanos tuvieron también bastante éxito en la momificación de restos humanos, pero los procedimientos utilizados no son conocidos con total certeza. Se piensa, sin embargo, que los cuerpos fueron disecados antes del entierro, probablemente por el clima cálido y seco de la región.

En el Tibet, la momificación fue usada en los cuerpos de los lamas más importantes. Tras el destripamiento, la cavidad abdominal era rellenada con compresas saturadas en laca, y el cuerpo era envuelto en seda laqueada. Luego era completamente secado en posición de loto en un cuarto lleno de sal, dentro del cual por muchos días se tiraba aire caliente. Después de enfriar y desvendar, era cubierto con hoja de oro por experimentados artesanos y entonces era llevado al Salón de las Encarnaciones donde era sentado sobre un trono en la solemne compañía de otros lamas dorados de eras pasadas.

En el caso de Perú, sustituían los tejidos blandos con arcillas y el esqueleto se acompañaba con materiales de refuerzo y se efectuaba la desecación por fuego, luego se curaba el cuerpo con humo, se untaba con betún, bálsamo, y otras resinas, procediéndose a rellenar el cuerpo con hierbas de propiedades antisépticas.

En Brasil, el pueblo Jíbaro, sumergía la cabeza trofeo en agua con jugo de Chichipe y producía la cocción de la misma, que luego era expuesta al humo, pero previamente a este paso se extraía el cerebro por medio de incisiones en la región antero-posterior del cráneo, en forma de Y invertida.

Y en Siberia, se extraían el cerebro y las vísceras, se rellenaban las cavidades corporales con hierbas, musgos y sustancias aromáticas y posteriormente se procedía a la congelación gradual del cuerpo.

Como podemos ver, sustancias muy inusuales fueron usadas por los esfuerzos humanos en conservar la carne mortal. En Babilonia, se dice que las preservaciones se efectuaban mediante la inmersión de los cuerpos en miel; se supone que los restos de Alejandro Magno fueron preservados de esa manera. En 1773, para dar otro caso, se encontró el cuerpo bien preservado de un comandante naval empapado en ron.

Métodos más modernos fueron inventados cuando se hizo necesario preservar cuerpos y varios órganos para disección anatómica y su almacenamiento en museos médicos. Numerosos métodos originales fueron usados que necesitaban del uso de nitro, brea, alquitrán, resina, sal, alcanfor, o canela, pero el alcohol llegó a ser el más popular, excepto porque causaba un encogimiento y una pérdida de color indebidos. En el siglo diecinueve, el uso de formaldehído se puso en boga, y los cuerpos eran tratados de esa manera. El color era restaurado mediante una breve inmersión en una alcoholatura y almacenándolos en una solución de glicerina al 50%.

Los métodos de embalsamamiento modernos, que están más detallados y científicamente formulados de lo que uno supondría normalmente, se vinculan básicamente al drenaje de los vasos sanguíneos y la inyección, bajo presión, de una solución de formaldehído, glicerina y bórax, los principales constituyentes del fluido embalsamador. Este es el caso, por ejemplo, del procedimiento utilizado para la conservación del cuerpo de S.S. Juan XXIII, según nos relata el médico que dirigió la operación. Esos ingredientes y muchos otros pueden ser usados en diversas proporciones y cantidades en la medida que el embalsamador estime apropiado y necesario. Lo cierto es que, como se hace obvio a los ojos del lector, el trabajo que debe hacerse sobre un cuerpo para su momificación es bastante complejo y en muchos casos, caro, y la detección de los elementos utilizados en dicho cuerpo es difícil, sino imposible de ocultar.

La completa disolución de algunos cuerpos puede requerir varios años, dependiendo de la fuerza de los fluidos embalsamadores utilizados, pero incluso con estos elementos químicos especializados, muchos de los cuerpos se han deteriorado un año después de la muerte.

Indudablemente los métodos más modernos inventados para preservar cuerpos humanos bien puede decirse que pertenecen al reino de la ciencia ficción. Esta es la técnica desarrollada por la Sociedad de Extensión de la Vida (Criogénica) en la cual el cuerpo de las personas que están muriendo de enfermedades incurables son congelados en un estado de animación suspendida en cilindros controlados por termostatos, para ser descongelados y reanimados en tiempos futuros cuando la ciencia haya encontrado alguna cura para sus enfermedades particulares. Los tests de congelación y reanimación sobre animales han fallado miserablemente, y el éxito con esas personas congeladas no reviste ningún fundamento en su optimismo. Los ejecutores de este método están, sin embargo, dejándolo librado al futuro y ganando considerables sumas de dinero mientras tanto. El caso de Walt Disney contribuyó a dar fama internacional a este cuestionable procedimiento.

Ahora que hemos examinado brevemente los métodos y materiales usados durante distintas épocas en la preservación deliberada de cuerpos humanos, consideraremos las condiciones y elementos favorecedores de la preservación accidental o natural de tales restos. Este análisis es muy importante ya que los cuerpos de los incorruptos han sido erróneamente clasificados por muchos como momias naturales. El origen y diferencias entre los dos grupos es enormemente distinto, como una buena exploración del tema nos demostrará.

Preservación accidental o natural

La humedad es el principal freno en la formación de las momias naturales o accidentales. Contrariamente, el entierro en una atmósfera seca y cálida, particularmente en arena cálida y seca, permite la rápida evaporación de los fluidos del cuerpo, interrumpiendo la disolución de los órganos internos, donde comienza usualmente el proceso de corrupción. Durante el transcurso del secado, la piel pierde su elasticidad en la medida de que la humedad y la materia grasa debajo se evaporan, causando considerables arrugas; o puede contraerse, produciendo una distorsión desigual de los rasgos.

Las preservaciones naturales más exitosas que han sido descubiertas se encontraron en climas cálidos y secos como los de Egipto, Perú y México. La caliente arena estéril de Egipto produjo tan satisfactorias momificaciones de cuerpos no embalsamados que a fines del siglo diecinueve los coleccionistas europeos fueron provistos fraudulentamente con lo que se suponía eran momias del tiempo de los faraones, cuando en realidad se trataba de cuerpos tomados de cementerios relativamente nuevos por ladrones de tumbas que después de desenterrarlos los envolvían en lino envejecido y amarilleado, dentro del cual colocaban amuletos dorados para sus engañosos propósitos.

También se producen – ocasionalmente – momias naturales en donde hay aire seco y frío. Una momia natural se encontró en una cueva de una región montañosa de Chile. En febrero de 1954, el cuerpo de un niño de ocho o nueve años fue encontrado a 5.398 metros, sobre el pico El Plomo. Se cree que fue sedado con un narcótico y dejado congelar como un sacrificio Inca. El cuerpo congelado fue bajado con gran dificultad y cautela, y es exhibido en un congelador-vitrina en un museo de Santiago. El cuerpo está sentado con los brazos alrededor de las piernas levantadas y la cabeza descansando sobre las rodillas. Se supone que la muerte de este niño ocurrió hace unos cinco siglos.

Los cuerpos de granjeros de la "Era de Hierro" que fueron preservados por cerca de tres mil años, han sido descubiertos en la turba de pantanos de Dinamarca, Irlanda y Escocia. Esos cuerpos están siempre muy decolorados, debido a la reacción química de los fluidos de la turba, lo que les da una coloración que varía entre el rojo y el caoba oscuro. La preservación accidental es atribuida a los ácidos húmico y tánico contenidos en la turba, que no sólo inhiben el crecimiento bacterial, sino que también curten la carne. Una condición extraña que permite que el cuerpo retenga su existencia corporal es la saponificación, que es un proceso cadavérico que transforma químicamente la capa de grasa que existe en la endodermis y que al desecarse se vuelve sólida, granulosa y de color generalmente grisáceo que se denomina Adipocira. Esto se produce en cadáveres sepultados en grupos o en forma individual en terrenos húmedos y gélidos. Estos cuerpos no pueden ser considerados verdaderamente incorruptos ya que los tejidos son transformados en otra sustancia. Algunos de los cuerpos así preservados han mantenido las líneas del rostro, sus rasgos, expresión, y el cabello, pero en la mayor parte de los casos son horrorosos de ver. Ocasionalmente esta masa blanda – adipocira – es encontrada sólo en las cavidades torácica y abdominal, pero es rápidamente reconocida por los médicos. Ya que esta condición es bastante rara, no merece una mayor atención que la de ser presentada aquí como una condición más que puede frenar en cierto modo la descomposición de un cuerpo. Debe notarse sin embargo que esta sustancia nunca se ha encontrado en el cuerpo de los santos que se han considerado incorruptos.

Se ha sugerido en años recientes que la radiación podría ser la razón para la preservación de una gran cantidad de cuerpos encontrados en el Castillo Wasseburg Somersdorf en la Provincia Mittelfranken en Alemania, donde las momias encontradas se calcula que tenían unos doscientos cincuenta años de edad. Fuertes trazas de radioactividad fueron descubiertas en las tumbas, lo cual se supone que frenó la disolución. Los resultados, sin embargo, parecen ser poco más que cabello y fragmentos de carne cubriendo los esqueléticos restos.

La Iglesia de San Antonio en Pechersk (también conocida como Kievo Pechersk), en Rusia, cuida las Cuevas de San Antonio, que contienen capillas subterráneas en las cuales varias habitaciones fueron separadas como tumbas para unos cuarenta monjes que vivieron durante el siglo XI. Sus marchitos cuerpos yacen en ataúdes semiabiertos cubiertos con vidrio. Sólo una pequeña porción de sus cuerpos puede verse ya que un velo púrpura cubre sus cráneos y sus cuerpos están vestidos con túnicas azules. Su preservación es atribuida a "componentes especiales de caliza" de las cuevas.

Una condición curiosa existe en la cripta de la Catedral Bremen (Der Dom Zu Bremen) en Alemania Occidental. Durante el siglo XVIII un joven cayó en la cripta y allí murió. Su cuerpo fue descubierto muchos años después en un excelente estado de preservación. Poco después del descubrimiento, los miembros de la aristocracia alemana pidieron ser enterrados allí, y sus cuerpos momificados pueden ser vistos en sus ataúdes abiertos. El factor asombroso de este lugar es que incluso los animales y pájaros encontrados allí, con el correr del tiempo han quedado momificados, y su carne se ha vuelto como el cuero, incluso cuando el aire fresco circula libremente a través de ventanas abiertas. Los especialistas han hecho experimentos allí, tomando pequeñas cantidades de carne para analizar, pero aunque las cualidades preservadoras de este lugar son aún inexplicables, se ha visto que la radiación contribuye en el fenómeno. Lo evidente es que, por tratarse de una zona con ciertas cualidades inductoras de preservación, todo cuerpo que es colocado allí sufre los mismos resultados, cosa que no sucede con la zona donde se han encontrado santos incorruptos.

Ahora que las razones para la preservación natural o accidental han sido brevemente explicadas, avanzaremos hacia las circunstancias bajo las cuales fueron descubiertos los cuerpos incorruptos. Las razones de su conservación fueron, en la mayor parte de los casos, completamente inexplicables.

Los incorruptos

La incorruptibilidad ha sido incorrectamente clasificada como momificación natural, pero tal como hemos visto, los productos de las preservaciones deliberada y accidental, sin excepción, no han sido más que momias arrugadas, siempre rígidas y extremadamente secas. La mayor parte de los incorruptos, en cambio, no están ni secos ni rígidos sino que bastante húmedos y flexibles, incluso tras el paso de los siglos. Es más, sus preservaciones se han logrado bajo condiciones que naturalmente ayudarían a la putrefacción, y han sobrevivido a circunstancias que incuestionablemente han significado la destrucción de todos los otros cuerpos sometidos a las mismas condiciones.

Si para alcanzar la momificación natural, los restos debieron llevarse rápidamente bajo condiciones secantes antes de que varias áreas susceptibles del cuerpo comenzaran el proceso de deterioro, todo lo contrario ha ocurrido con los casos de incorruptibilidad sobrenatural. De hecho, los entierros de buena parte de incorruptibles fueron retrasados debido a la reticencia de los devotos a ser separados del objeto de su veneración. El cuerpo de San Bernardino de Siena fue, por esta razón, expuesto por veintiséis días, y el de Santa Ángela Merici por treinta días (1). Santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón fue también expuesta durante cincuenta días, sólo para nombrar algunos casos.

Se intentó la deliberada y rápida destrucción de los cuerpos de tres santos poniendo cal en sus ataúdes: San Francisco Javier, San Juan de la Cruz y San Pascual Baylón. Como es bien sabido, la cal deja los huesos absolutamente limpios en unos cuantos días. En los dos primeros casos se intentó provocar rápidamente la descomposición para que sus traslaciones pudieran llevarse a cabo más conveniente e higiénicamente, transfiriendo sus huesos en lugar de los cuerpos medio deteriorados. En el caso de San Pascual, el intento de provocar una desintegración acelerada obedecía a evitar que los olores ofensivos de la putrefacción molestaran a los visitantes al santuario, un hecho que podría afectar la devoción y el dulce recuerdo de su memoria (2). En los tres casos la preservación triunfó. De hecho, en el caso de San Francisco Javier, a pesar de su tratamiento inicial, de varias traslaciones, de amputación de miembros, y el rudo trato de su cuerpo cuando fue forzado a entrar en una tumba demasiado pequeña para su tamaño, era todavía hermoso ciento cuarenta y dos años después (3). El cuerpo de San Juan de la Cruz permanece todavía hasta el presente perfectamente flexible (4).

La humedad es el factor principal que colabora en la disolución de la carne, y aunque muchos de los incorruptos encontraron esta condición durante sus entierros, sus preservaciones se mantuvieron inexplicablemente desafiando las leyes naturales. Debemos considerar el caso de Santa Catalina de Génova, quien permaneció en la tumba por dieciocho meses, pero fue encontrada perfectamente limpia, contradiciendo la humedad y la mortaja putrefacta. Santa María Magdalena de Pazzi fue desenterrada un año después de su muerte y sus ropas fueron encontradas mojadas, aunque su cuerpo permanecía completamente inafectado. Santa Magdalena Sofía Barat permaneció perfectamente preservada por veintiocho años aunque fue encontrada en vestidos húmedos y enmohecidos dentro de un ataúd que estaba en estado de desintegración avanzada. Nueve meses después de su muerte, se halló que Santa Teresa de Ávila se encontraba en un ataúd del que se había soltado la tapa, permitiendo que tierra húmeda cubriera su cuerpo. Aunque sus restos estaban vestidos en fragmentos sucios y podridos de tela, su cuerpo no sólo estaba fresco y perfectamente intacto después de la limpieza, sino que además estaba misteriosamente fragante.

Fue tal la excesiva humedad en la bóveda de San Carlos Borromeo, en la Catedral de Milán, que ésta causó la corrosión y podredumbre de las dos tapas de su ataúd, causando que la humedad penetrara hasta el cuerpo, pero sin descomponerlo. Los restos de San Pacífico de San Severino fueron enterrados sin ataúd directamente en tierra por indicación de la regla de su orden, como en el caso de Santa Catalina de Bologna (5). Sin embargo, ambos se mantuvieron en perfectas condiciones.

Cincuenta y seis años después de la muerte de Santa Catalina Labouré, su cuerpo fue encontrado perfectamente blanco y natural, incluso cuando su triple ataúd se encontraba muy afectado por la excesiva humedad. Tan grande fue la cantidad de humedad que penetró por sus resquebrajaduras que parte de su hábito se deshacía marchito hacia su mano, como observaron los médicos examinadores. El cuerpo de Santa Catalina de Siena también soportó los abusos de la humedad, pero fue encontrado inafectado después de haber sido colocado en un cementerio donde el Beato Raymundo de Capua dijo que "estaba muy expuesto a la lluvia". La ropa con la que fue enterrada sufrió severos deterioros por la humedad (6).

De las muchas santas reliquias que sobrevivieron a las esperables ruinas de la humedad durante sus entierros, tal vez el más impresionante es el caso de San Charbel Makhlouf, quien fue enterrado sin ataúd, como está recomendado en la regla de su orden religiosa. Su cuerpo fue encontrado flotando en barro dentro de una tumba inundada, durante la exhumación llevada a cabo cuatro meses después de su muerte, tiempo suficiente como para permitir al menos una destrucción parcial. Su cuerpo, que se ha preservado perfectamente como cuando estaba vivo y flexible por más de setenta años, constantemente emite un bálsamo perfumado que ha sido reconocido como verdaderamente prodigioso (7).

Los cuerpos de tres santos soportaron condiciones inusuales: la del aire, el agua y en sangre. La conservación del cuerpo de San Coloman es bastante notable debido a que su cuerpo permaneció suspendido de un árbol en el cual había sido colgado por un período tan largo que los pobladores lo hallaron francamente milagroso. Debe notarse que la descomposición de un cuerpo expuesto al aire es ocho veces más rápida que la de aquellos que son enterrados, debido a la actividad de los microorganismos que hay en el aire.

Tras el martirio de San Josafat, su cuerpo fue arrojado en un río cercano, donde permaneció por casi una semana. Al ser recuperado, se encontró que no había sufrido ningún deterioro y fue consignado a una tumba, donde nuevamente fue encontrado sin daños cinco años más tarde aunque el lugar era excesivamente húmedo, lo cual había causado el deterioro de sus vestidos.

Una de las preservaciones más impresionantes es la de San Andrés Bobola. Antes de su martirio, fue parcialmente desollado vivo, sus manos fueron cortadas y su lengua fue arrancada. Astillas de madera fueron introducidas bajo sus uñas, y su rostro soportó tales mutilaciones que era difícilmente reconocible. Tras horas de torturas y mutilaciones, lo mataron cercenando su cabeza con una espada. Su cuerpo fue rápidamente enterrado por católicos en una bóveda bajo la iglesia jesuita de Pinsk, donde fue encontrado cuarenta años después perfectamente preservado, a pesar de las heridas abiertas, que normalmente favorecen y aceleran la corrupción. Aunque su tumba estaba húmeda, causando que sus vestimentas se pudrieran, y en la proximidad de otros cuerpos en descomposición, sus restos estaban perfectamente flexibles, su carne y músculos estaban suaves al tacto, y la sangre que cubría las numerosas heridas se encontraba como la sangre fresca que es congelada. La preservación fue reconocida oficialmente por la Congregación de Ritos en 1835. Incluso aunque la reliquia fue rudamente tratada durante sus numerosas traslaciones, el cuerpo permanece después de trescientos años en un maravilloso estado de preservación (8).

¿Quién puede explicar las razones de esta extraña dispensación, la cual afecta a tantas personas santas que representan a tantas naciones y que vivieron en tan diversas condiciones ambientales? ¿Quién puede explicar por qué esas santas reliquias permanecen intactas aunque fueran enterradas en diversas situaciones y frecuentemente en tumbas en las que sus ocupantes anteriores cumplieron la ley natural de desintegración? Además, ¿quién puede decir algo sobre las misteriosas exudaciones de bálsamos claros y de delicioso aroma que fluyen durante largo tiempo de muchas de esas reliquias para perplejidad de los médicos examinadores?

Fenómenos que en muchos casos acompañan a la incorruptibilidad

Aparte de misteriosos perfumes, la exudación de este inusual líquido es el fenómeno más frecuentemente reportado. Ha sido registrado, para mencionar sólo unos pocos santos así favorecidos, en los casos de Santa María Magdalena de Pazzi (9), Santa Julia Billiart, San Hugo de Lincoln (10), Santa Inés de Montepulciano, Santa Teresa de Ávila, San Camilo de Lellis, San Pascual Baylón. El aceite que fluye cada cierto tiempo a través de las centurias del cuerpo de la Beato Matías Nazzarei de Matelica, quien falleció en 1320, ha estado fluyendo continuamente de sus manos y pies desde el año 1920. La fenomenal conservación de San Charbel Makhlouf es constantemente complementada con la transpiración de agua y sangre que han fluido desde su aparición cuatro meses después de su muerte en 1898. En Toledo, España, el cuerpo de la Venerable Madre María de Jesús, compañera de la gran Santa Teresa de Ávila, exuda un perfume descrito como aroma de rosas y jazmines y adicionalmente transpira un aceite que continua fluyendo en el presente. En el siglo dieciocho, San Juan Damasceno reconoció este fenómeno cuando escribió: "Cristo nos da las reliquias de los santos como fuentes de gracia a través de las cuales fluyen bendiciones y curación. Esto no debe dudarse. Porque si a la palabra de Dios el agua saltó de la roca dura en el desierto – sí, y de la mandíbula de un asno cuando Sansón estaba sediento – ¿por qué puede parecernos increíble que se destile una medicina curativa de las reliquias de los santos?". Jamás se han reportado exudaciones similares en relación a los preservados deliberada o naturalmente, ni han podido ser explicadas por sus observadores científicos.

El olor de santidad, que fue percibido y atestiguado por personas de incuestionable integridad, es tan frecuentemente registrado como para poder garantizar su existencia (*). Los observadores de la exhumación de San Alberto Magno, que se llevó a cabo doscientos años después de su muerte, quedaron asombrados por un perfume celestial procedente de las reliquias del Santo. El cuerpo de San Juan de la Cruz estaba fragante muchos años después de su muerte, y el cuerpo del Beato Angelo de Borgo San Sepolcro despedía aún un dulce perfume ciento setenta y seis años después de su muerte. La misteriosa fragancia que se notó sobre el cuerpo de Santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón, se encontró también en todos los objetos que ella había usado durante su vida. Similarmente, la dulzura del aroma sobre el cuerpo de Santa Lucía de Narni se quedaba en todos los objetos con que reverentemente tocaron la reliquia durante su exposición durante cuatro años después de su muerte. El olor que frecuentemente se notaba alrededor del cuerpo de Santa Teresa durante su vida fue notado también durante muchas exhumaciones y traslaciones de su cuerpo y fue sentido por las hermanas de su convento en Alba de Tormes durante la última exhumación de su cuerpo en 1914, más de trescientos treinta años después de su muerte. El cuerpo de Santa Rita de Cascia está también fragante después de más de quinientos años. El perfume que se sintió en el cuerpo de San Vicente Pallotti al momento de su muerte persistió por un mes en el cuarto en que falleció, a pesar de que se encontraba abierta la ventana. Similar es el caso de San Juan de Dios, excepto que la fragancia que permaneció en el cuarto de su muerte por varios días, fue renovada allí durante muchos años en cada sábado, el día en que ocurrió su fallecimiento.

Como antes comentáramos, los cuerpos de las momias naturales son duros y rígidos. Contrastando, debemos observar que muchos, sino la mayoría de los incorruptibles nunca experimentaron rigidez cadavérica y estuvieron flexibles por gran cantidad de años después de sus muertes, permaneciendo muchos de ellos flexibles tras el lapso de varias centurias. Esta excepción a la norma general, que comienza la rigidización de los miembros unas pocas horas después de la muerte, fue observada en los casos del Beato Alfonso de Orozco, cuyo cuerpo estaba flexible doce años después de su muerte; San Andrés Bobola, por cuarenta años, y Santa Catalina Labouré, por cincuenta y siete años. El cuerpo de Santa Catalina de Bologna estaba tan flexible doce años después de su muerte que pudo ser colocado en posición sentada, forma en que aún puede vérsela. El cuerpo de la Beata Eustoquia Calafato también fue colocado en la misma posición ciento cincuenta años después de su muerte. El cuerpo de San Juan de la Cruz, quien murió en 1591, todavía está perfectamente suave, como también el de Santa Clara de Montefalco (11).

Otra condición que desafía las explicaciones es la emanación de sangre fresca que procede de una buena cantidad de estos cuerpos muchos años después de su muerte. Este prodigio es cuidadosamente analizado por el P. Herbert Thurston en El fenómeno físico del misticismo, en donde el lector encontrará interesantes detalles. Este espectáculo fue observado ochenta años después de la muerte de San Hugo de Lincoln, cuando se separó la cabeza del cuello. Nueve meses después de la muerte de San Juan de la Cruz, fluyó sangre fresca de la herida resultante de un dedo amputado. Durante la exhibición solemne del cuerpo de San Bernardino de Siena, que duró veintiséis días después de su muerte, una cantidad de brillante sangre roja salió por su nariz durante el día veinticuatro, como observó y registró San Juan Capistran. Durante el examen médico del cuerpo de San Francisco Javier un año y medio después de su muerte, uno de los médicos insertó su dedo en una herida del cuerpo y lo retiró con sangre, la cual, como declaró, estaba "fresca e impoluta". La herida mortal sobre la frente de San Josafat sangró veintisiete años después de su muerte. Cuarenta y tres años después del fallecimiento de San Germán de Pibrac, mientras unos trabajadores preparaban la tumba para otro ocupante, una herramienta que estaban utilizando se resbaló y dañó la nariz del santo, haciéndola sangrar (12). Y finalmente, cuarenta años después de la muerte de San Nicolás de Tolentino, un hermano lego separó secretamente los brazos de la reliquia. Fue encontrado y seriamente reprendido cuando un copioso flujo de sangre señaló el acto sacrílego. Se ha visto fluir sangre copiosamente de los dos brazos en muchas ocasiones durante los siguientes cuatrocientos años (13), suceso que fue aceptado como milagroso por el Papa Benedicto XIV.

Aunque no contribuyó en nada a la preservación de estas reliquias, la aparición de luz en los cuerpos y tumbas de algunos de estos santos señaló, donde se encontraba, el don celestial allí otorgado. La santidad de San Guthlac fue afirmada por muchos testigos que vieron la casa en que murió envuelta con una luz brillante, la cual procedía desde allí y se dirigía hacia el cielo (14). El perfume que procedía de la boca de San Luís Bertrand en su lecho de muerte fue acompañado por una intensa luz que iluminó su humilde celda por varios minutos. Muchos otros santos fueron favorecidos con esta iluminación, incluyendo a San Juan de la Cruz, San Antonio de Stroncone, y Santa Juana de Lestonnac. Tal vez la manifestación más impresionante ocurrió en la tumba de San Charbel Makhlouf. La luz que brilló fuertemente por cuarenta y cinco noches en su tumba fue presenciada por muchos pueblerinos y finalmente resultó en la exhumación de su cuerpo, destapando así los fenómenos antes mencionados y que todavía hoy pueden observarse.

Respondiendo a los reticentes

Incluso el más persistente y confirmado racionalista debería admitir, al ser confrontado con estas maravillas testificadas y confesadas, que los incorruptibles no pueden ser clasificados dentro de las otras preservaciones.

La mayor parte de los incorruptibles nunca fueron embalsamados ni tratados en ninguna forma. Muchas de las órdenes religiosas a las que pertenecían estos santos creían y mantenían estrictamente que el proceso natural del polvo volviendo al polvo debía hacer su camino sin interferencia química. Por ese motivo, la mayor parte de las reliquias no recibieron ningún tipo de tratamiento, y ninguno de los mencionados incorruptibles las recibieron con total seguridad.

Raramente en las biografías se mencionaba la causa de muerte, y en la mayor parte de los casos sólo unos vagos síntomas eran anotados en los registros antiguos y medievales. Algunos creerán que sus enfermedades tuvieron algo que ver con su conservación; sin embargo, podemos asumir con seguridad que la enfermedad final de los incorruptibles no fueron nada único, sino que estuvieron entre el espectro de las enfermedades que millones de otras personas sufrieron, por las que murieron y fueron enterradas para nunca más ser vistas.

El Papa Benedicto XIV, tomando todas las precauciones que la cautelosa Iglesia mantiene en estos casos, incluyó dos largos capítulos titulados De Cadaverum Incorruptione en su gran trabajo sobre la beatificación y canonización de los santos. En esos capítulos él delineó la posición de la Iglesia respecto a tales preservaciones. El Papa reglamentó que los cuerpos de personas santas que fueron encontrados intactos, pero desintegrados después de unos pocos años, no pueden ser considerados preservaciones milagrosas. Las únicas preservaciones que él deseaba considerar como extraordinarias son aquellas que mantienen una flexibilidad, color y frescura semejantes a cuando los santos estaban vivos, sin intervención deliberada, por muchos años tras sus muertes. Estos estrictos requerimientos son, por supuesto, magníficamente cumplidos por una enorme cantidad de santos incorruptos. Por ejemplo, en el caso de San Andrés Bobola, fue debatido por sucesivos Promotores de la Fe y de Postuladores de su Causa en 1739 y 1830, la condición del cuerpo, que aunque estaba mutilado por las heridas infligidas durante su martirio, fue finalmente aceptado en su incorruptibilidad por la Congregación de Ritos como uno de los milagros requeridos para su beatificación.

La causa de beatificación estaba en marcha en la mayoría de los casos antes de que las tumbas fueran abiertas para el necesario reconocimiento de las reliquias, como requiere la Sagrada Congregación de Ritos, por lo que el descubrimiento de las preservaciones contribuye sólo en una mayor distinción de su candidatura. La disolución de algunas de las reliquias no tiene efectos negativos en sus causas, como evidencia el gran número de santos canonizados y el relativamente pequeño porcentaje de incorruptos.

En las descripciones actuales de algunas de estas reliquias suele leerse que la piel está seca o apergaminada. Estas condiciones esperables resultan después de que los cuerpos estuvieran inexplicablemente húmedos y flexibles por muchos años, a veces por siglos. El oscurecimiento de algunos de ellos debe ser considerado como algo menor, dado que como ya hemos explicado, esas reliquias han sido expuestas constantemente a los organismos en el aire después de sus desentierros, y fueron además muy manipuladas por la gran cantidad de traslaciones que tuvieron, y soportaron el proceso de repentinos cambios de temperatura y humedad. Cuando examinamos las pinturas que fueron creadas en la época de esos santos e inspeccionamos su superficie en la que se ha grabado el paso del tiempo, parece extraordinario que carne humana, tan susceptible a la corrupción, haya sobrevivido las inclemencias de la tumba, las muchas examinaciones científicas, y los años de exposición, sin un cuidado o tratamiento especial de ninguna naturaleza. Por otro lado, a pesar del oscurecimiento o sequedad de algunas de esas reliquias, debe notarse que los corazones bien conservados y otras reliquias fueron extraídas de ellos sin daño, y muchos de los cuerpos retuvieron su flexibilidad a pesar de la sequedad de su carne exterior.

Varios argumentos serán presentados por los escépticos en un intento de racionalizar estas preservaciones. Tal vez el más frecuentemente formulado es el de la radioactividad. Como antes dijimos, en los casos en que tales condiciones se extendieron como una causa de preservación se han encontrado muchos cuerpos afectados por la misma. En cambio, cuando se trata de incorruptibilidad sólo se encuentra el caso particular de un santo, y en la mayor parte de los casos, sus tumbas habían sido usadas previamente por otros ocupantes con resultados normales y esperables de descomposición. No es posible que en una tumba se encuentre esta condición y no se la encuentre en las tumbas adyacentes, y que justo ocurra cuando hay allí una persona de probada vida de santidad y no antes de la misma, y todo esto, además, en los numerosos casos ocurridos con tantos santos.

Una conjetura es que las "dietas ascéticas" y abstinencias de comidas que contribuyen a la rápida putrefacción (cualesquiera sean), colaboraron en esas conservaciones. Como sea, el fenómeno de incorrupción nunca fue encontrado entre víctimas de hambrunas o en regiones donde, debido a la extrema pobreza, los habitantes practicaran unas fuertes "dietas ascéticas". A lo sumo se ha encontrado el caso de Japón, donde se dejaba deshidratar a la persona haciéndola morir de inanición, siendo luego enterrada por tres años y después exhumada y secada. Además de tratarse de un proceso que no se efectuó en el caso de los santos incorruptos, el resultado, por cierto, ha sido tan esquelético y seco como el de cualquier otra momia artificialmente provocada.

Los escépticos más antirreligiosos arguyen que tales conservaciones no son más que fraudes perpetrados por los devotos de los santuarios o por las órdenes religiosas. Además del desprecio anticatólico al que nos tienen acostumbrados, cabe mencionar que evidentemente, a la hora de no creer, puede llegarse – con tal de no creer lo evidente – a sobrevalorar la ciencia de estos "malos católicos" que encontraron desde hace ya dos mil años la forma de preservar cuerpos como ni siquiera la última tecnología puede hacerlo, y sin dejar rastros de ningún tipo de tratamiento que los científicos modernos puedan encontrar en los análisis que periódicamente practican en muchos de los santuarios públicos e iglesias que permiten esto para mayor gloria del santo que allí se encuentra.

Unas palabras finales

La presencia o ausencia de fe indudablemente determinará la voluntad de aceptación o negación de este fenómeno de incorruptibilidad. Para aquellos que habitualmente buscan una explicación socio-económica para todo, no hay argumentos que satisfagan suficientemente sus dudas; por consiguiente, este material es presentado a quienes ante la rotundidad de los argumentos y de las imágenes que pueden ver con sus propios ojos, considerarán los factores con tanto asombro e interés como los realizadores de esta investigación.

Cuando vemos la perfección absoluta de la conservación de las reliquias, como en el caso de Santa Bernardita Soubirous, que pareciera estar descansando plácidamente mientras espera la llegada del Juicio Final, o de San Vicente de Paul, el Santo Cura de Ars, Santa Catalina Labouré y tantos otros, sólo queremos dar gracias a Dios por sus prodigios y dones, y rendirnos ante la evidencia que hasta el mayor reticente no puede más que aceptar, si se toma la molestia de investigar o acercarse a alguno de los tantos lugares que para nuestra alegría, conservan con devoción estos santos restos.

Para aquellos de nosotros que admiran y aman con fe a estos santos, es consolador saber que ellos no sólo están en el reino celestial, sino también en sus cuerpos, los cuales algún día serán glorificados, y que permanecen entre nosotros. Los católicos somos privilegiados, de hecho, no sólo por tener estas reliquias únicas que el Altísimo se complace en preservar dentro del seno de Su Santa Esposa, sino también por poder mirar el mismo rostro de estos modelos religiosos que lucharon la buena lucha, que terminaron el curso de la vida en la forma más edificante y perfecta, y mantuvieron y practicaron la Fe en un grado heroico, y por sobre todo, por sabernos incondicionalmente guiados y acompañados por un Dios que no se mantiene ajeno a nuestras vidas, sino que constantemente nos llama a su lado, deseando para nosotros el mayor de los bienes existentes que es Él mismo.


  • Notas

    (*) La frase "murió en olor de santidad" es encontrada en innumerables biografías de santos y beatos, y, considerando que es normalmente usado en un sentido figurativo para denotar una "muerte santa", la expresión tiene su base en el hecho concreto de que ha sido frecuente el surgimiento de un aroma bellísimo durante la muerte de tantos santos.

    (1) "… cuando los venerados restos de Santa Ángela Merici fueron sacados de la urna, el venerado cuerpo se presentaba admirablemente preservado e intacto, sin ningún tipo de químico…". Esta cita fue tomada del Verbals of Recognition, que fue firmado por el Rev. Canciller y por Mons. Gaffuri y muchos testigos presenciales. Esta información fue suministrada por la ´Casa Santa Angela´ en Brescia.
    (2) ´El Santo de la Eucaristía´. L. A. de Porrentruy. 1905.

    (3) ´San Francisco Javier´. The Wicklow Press. Nueva York, 1952.
    (4) ´San Juan de la Cruz´. Padre Pascasio Heriz, O.C.D. Colegio de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Washington, D.C. 1919.
    (5) La información obtenida fue tomada del material suministrado por el santuario de la santa, Monastero del Corpus Domini, Detto Della Santa, Bologna.
    (6) ´La vida de Santa Catalina de Siena´. Beato Raimundo de Capua. P.J. Kenedy & Sons. Nueva York.
    (7) ´San Charbel, la Hermita del Líbano de la Orden Maronita Libanesa´. Monasterio de San Marón. Annaya, Líbano.
    (8) ´La vida de San Andrés Bobola de la Sociedad de Jesús, Mártir´. Cesare Moreschini. Bruce Humphries, Inc. Boston. 1939.
    (9) ´Serafín entre ángeles. La vida de Santa María Magdalena de Pazzi´. Sor María Mínima. La Prensa Carmelita. Chicago. 1958.
    (10) ´La vida de San Hugo de Lincoln´ . Herbert Thurston, S.J. Bensinger Brothers, Nueva York, 1898.
    (11) Se puede conseguir más información en la literatura desarrollada en el Santuario de Santa Clara de Montefalco.
    (12) ´Annales de Sainte-Germaine de Pibrac´. Redaction et Administration: M. le Curé. Pibrac. Junio y Octubre de 1968.
    (13) El monasterio agustino y los archivos del Obispo de Camarino poseen numerosos documentos confiables y autorizados sobre las reliquias de San Nicolás de Tolentino, y los fenómenos relativos a las mismas.
    (14) ´Héroes y Santos Anglosajones´. Clinton Albertson, S.J. Fordham University Press. Nueva York. 1967.